Las dos muertes de Julia




 CAPITULO 1

La camioneta recorría la serpenteante ruta a gran velocidad. Eran las tres de la madrugada y sólo se cruzaban con uno que otro camión que se dirigía a Salta. Las pequeñas lomadas de las montañas apenas podían percibirse en la oscuridad de la noche. Los hombres divisaban a lo lejos una que otra casita iluminada por una luz amarillenta. De pronto, Carlos dijo:

─No te vayas a pasar, en la próxima curva está el camino que va al lago.

Enrique bajó la velocidad, luego de la curva tomó por una ruta provincial. ─Espero que no haya nadie en la comisaría.

Carlos estaba devastado, aún no podía dimensionar la envergadura del  

hecho que los llevaba a esos parajes. Pero de una cosa estaba seguro: no quería interferencias de la policía.

Llegaron hasta un gran arco que decía Bienvenidos a El Cadillal. A la izquierda del cartel estaban las instalaciones de la comisaría. Los hombres observaron con alivio que no había luces en la construcción. La ruta estaba expedita por lo que ingresaron sin inconvenientes a El Cadillal atravesando un camino recto encaramado en suaves ondulaciones. Al llegar a una bifurcación tomaron por una senda angosta de ripio. Estaba llena de pozos, la camioneta bailaba al ritmo de los barquinazos. Las luces de las casas se iban espaciando a medida que avanzaban. Los faros de la camioneta iluminaban el camino, la vegetación circundante era cada vez más espesa y achaparrada. La falta de lluvias hacía que un color terroso se adueñase del paisaje. De pronto el vehículo comenzó a zigzaguear.

─Mierda ─dijo Carlos.

Se sentía el desbalance provocado por una rueda pinchada. El conductor estacionó y los hombres se bajaron de la camioneta.

─Una pinchadura justo ahora ─se lamentó Enrique mientras se encaminaba hacia el baúl a sacar la rueda de auxilio y un gato.

Mientras el amigo cambiaba la rueda, Carlos prendió un cigarrillo, sentía que la descarga de tanta furia contenida tendría consecuencias definitivas sobre su vida. Se encaminaba hacia el vehículo cuando escuchó la voz de Enrique.

─Vamos Carlos.

Los hombres siguieron viaje para internarse más en las yungas. A un kilómetro le dijo al amigo:

─Pará aquí.

Con un chirrido de frenos el vehículo se detuvo. Los hombres se bajaron a explorar el terreno. Necesitaban algo lo más parecido a un claro para hacer su trabajo. No tenían tiempo ni habían llevado las herramientas necesarias para desmalezar el terreno. Sólo un par de palas que cargaban junto al bulto negro en la caja de la camioneta.

Se abrieron paso entre las ramas de la frondosa vegetación que les arañaba las manos y los brazos. Luego de una caminata que les pareció eterna, se detuvieron. A su paso sólo podían adivinar la espesura de las yungas. La luna iluminaba débilmente árboles y arbustos. Con la pequeña linterna del celular, Enrique enfocó a su alrededor. A unos metros se veía un claro, alguien había ido a ese lugar aislado para hacer un fuego. Restos de maderas calcinadas eran testigos de ese hecho.

Los hombres empezaron a cavar, cuando les pareció que habían hecho una zanja lo suficientemente profunda, fueron a buscar la bolsa a la camioneta. Carlos sintió que el cuerpo de la mujer le pesaba. No sólo se trataba de sus sesenta kilos, sino de lo que había significado ella en su vida. Los hombres la arrojaron a la fosa y comenzaron a cubrirla de tierra. Carlos lo hacía con vehemencia, como si quisiera enterrar junto al cuerpo toda una vida compartida. Estaba abatido, exhausto y dolido. Cuando terminaron el trabajo se sentó en el suelo a llorar. La voz de su amigo interrumpió sus pensamientos, le dijo:

            ─Ya está, Carlos, salgamos de aquí.


2

 

            Todo se inició el fatídico día en que Julia viajaba a Buenos Aires. Carlos Boba fue a despedirla al aeropuerto Teniente Benjamín Matienzo. En el camino de regreso contemplaba, complacido, los tonos de verde en las ondulaciones que bordeaban la ruta Presidente Perón. Esa mañana el cielo estaba despejado y el sol brillaba prometiendo una jornada calurosa a pesar de que se avecinaba el otoño.

Boba calculaba que en unos minutos estaría en la Facultad de Filosofía y Letras donde desarrollaba la mayor parte de su jornada. Era un afortunado: tenía un trabajo apasionante y una familia de la que se sentía orgulloso. ¿Qué más podía pedirle a la vida? Prendió la radio, le gustaba la FM 107.1. Esa mañana pasaban temas de sus cantantes favoritos.

            Cuando llegó a la Avenida Gobernador del Campo, aminoró la velocidad, había decidido cruzar por el parque 9 de Julio para ingresar a la Facultad. Le gustaban los colores que reinaban allí, el césped estaba recién cortado y aún húmedo por el rocío. Los árboles añosos convivían con otros pequeños y todavía endebles. Miró contrariado uno de los más jóvenes, cortado de cuajo. ¿No había allí alguien que cuidara el lugar? Estaba exultante, él siempre había protegido a su familia, a su esposa, a su hijo. Se sentía un modelo para sus alumnos, no sólo se limitaba a dictar su materia, a hablarle de los filósofos griegos, le gustaba relacionarlos con la actualidad, la vida cotidiana. Para ese día había preparado una clase sobre Platón y el mito de la caverna. Pensaba subrayar la importancia de reflexionar sobre la propia vida para llegar a la verdad. El mundo de los sentidos obnubilaba la capacidad de razón.

Abandonó sus pensamientos al arribar a la Facultad, atravesó el amplio portón y tomó el camino que lo llevaría a los edificios nuevos donde estaba su cátedra, una construcción moderna con paneles de vidrio. Estaba estacionando cuando un locutor interrumpió el programa musical para informar que un avión había caído a poco de salir del Aeropuerto Teniente Benjamín Matienzo. Se esperaba un comunicado oficial por parte de la compañía aérea. Había versiones contradictorias de la suerte corrida por los doscientos pasajeros y los ocho tripulantes.

            La felicidad de la mañana se había evaporado de pronto, un nudo en la garganta le oprimió. ¿Acaso sería el avión en el que viajaba su esposa? Había observado ante los mostradores de otra línea aérea, LATAM, una fila de pasajeros haciendo el check-in. Deseó que ese fuese el avión siniestrado y no la aeronave de Aerolíneas Argentinas. Buscó por Internet el teléfono del aeropuerto y llamó. Estaba ocupado. Su corazón latía aceleradamente, trató de recordar la información ¿daban el nombre de la compañía? Subió rápidamente las escaleras que llevaban a su cátedra, no bien entró abrió su computadora de escritorio y puso un canal de noticias. Mientras, rezaba un Padre Nuestro, era su ritual para que la ansiedad no se lo llevara puesto.

            En ese momento entró Enrique, su adjunto en Filosofía Antigua, también su mejor amigo.  Sin más preámbulos le contó su aflicción.

─Calmate, viejo ¿estás seguro de que es el avión en el que viajaba tu mujer? Escuché de un accidente cuando venía, pero tampoco te puedo dar más información porque justo me entró una llamada.

            Boba estaba en un estado confusional, ya no sabía qué había escuchado. Le hubiese gustado que todo fuese un sueño, una pesadilla de la que acababa de despertar. El corazón le latía con fuerza, notó que sus manos estaban mojadas. Parecía que todo su cuerpo iba a sufrir un colapso.

            De pronto, una voz que llegaba de los parlantes de la computadora llamó la atención de los hombres. Un avión de Aerolíneas Argentinas, el vuelo 4070 con destino a la ciudad de Buenos Aires, había caído en un campo en la localidad de Alberdi. Ambulancias y vehículos policiales se dirigían hacia allí. La periodista anunciaba próximas noticias ya que un equipo de la emisora se encaminaba hacia el lugar del siniestro.

            Boba sintió un dolor agudo en el pecho, se tocó el lado izquierdo, parecía que su corazón iba explotar. Un llanto convulsivo lo sacudió, temblaba como un poseído. Enrique lo abrazó y contuvo. Alarmado, lo llevó a los consultorios que tenía la Universidad cerca de allí. Sabía que el amigo era hipertenso y el riesgo de un infarto elevado. En el camino Carlos suplicaba:

─Por favor, llévame al aeropuerto, quiero saber qué pasó con Julia.

            ─Ya vamos, pero primero que te vea un médico, necesitás que te atiendan.

El profesor estaba en shock, los médicos le prestaron los primeros auxilios y llamaron una ambulancia.

─Está con un pre-infarto ─explicaron.

Enrique lo acompañó en el interior del vehículo hasta el Sanatorio Rivadavia. Allí fue internado en la sala de Unidad Coronaria. Los médicos explicaron que era un paciente de riesgo, su corazón estaba muy dañado y otro infarto podría causarle la muerte. Solicitaron la presencia de los familiares, había unos papeles que llenar. Enrique explicó a médicos y administrativos la situación por la que atravesaba Carlos. Considerando la emergencia; condescendieron que él fuese el garante y le hicieron firmar un pagaré en blanco. El juramento hipocrático no implicaba resignar honorarios médicos, farmacológicos ni sanatoriales.


3

 

 

En la amplia sala había ocho camas separadas entre sí por un metro aproximadamente. Alrededor de cada una se observaban múltiples aparatos. Sobresalían dos monitores que marcaban los signos vitales de los pacientes alojados allí.

Carlos vestía una bata de tela blanca con dibujos celestes como lunares o estrellitas. Un tubo conectado a su boca le proveía de oxígeno mientras una cánula llevaba un líquido a su torrente sanguíneo. A unos metros, detrás de un escritorio lleno de carpetas, la enfermera de turno miraba su celular.

A las dos de la madrugada Carlos se despertó, había dormido profundamente por efecto de los tranquilizantes.  Luego de unos minutos tomó conciencia de su situación, recordó la noticia sobre el accidente y los sucesos posteriores. Miró a su alrededor, todo estaba inmóvil en esa sala. Sólo el pequeño murmullo de los aparatos y de la respiración de otros enfermos rompía el silencio del lugar. Resolvió que debía salir inmediatamente. Dudaba que lo dejasen marchar solo a esa hora. Sabía que el trámite para su alta voluntaria sería engorroso.  Lo suyo era urgente, no tenía tiempo de dar explicaciones firmar papeles.

A unos metros, vio a una mujer vestida de blanco con una cofia en la cabeza, ella estaba sentada frente a una mesa apoyada en la pared, escribía en unas carpetas de espaldas a él. Luego se paró y comenzó a recorrer la sala. Para no despertar sospechas, entrecerró los ojos y se quedó inmóvil. A pesar de lo terrible, la situación le hizo recordar cuando jugaba a las estatuas en su infancia. Por el rabillo de un ojo vigilaba a la enfermera. La suerte estaba de su lado, la mujer había desaparecido de su vista. Luego sintió el suave murmullo de una puerta que se cerraba ¿ella habría ido a buscar algo? ¿una necesidad fisiológica la condujo en dirección a los sanitarios? Debía moverse con rapidez, el tiempo era valioso. Se arrancó el tubo y la cánula y salió atravesando la puerta doble casi corriendo. En la salida del sanatorio un guardia roncaba despatarrado en uno de los sillones del acceso. En su huida desesperada sólo lo guiaba la necesidad de hacer algo, comprobar qué había pasado con Julia. Quizás todo había sido un error, ella no podía estar muerta.

En la calle todo estaba quieto, unas potentes luminarias que se asemejaban a pequeños soles daban al paisaje una apariencia diurna. Miró en dirección a la escuela José Mármol desde donde unos borrachos le gritaron:

─Amigo, ¿una monedita para comprar un jugo?

Carlos no les hizo caso y se encaminó por Rivadavia hacia Corrientes, tenía que encontrar un taxi. Hizo señas a uno que bajaba por la última arteria, pero el hombre siguió de largo. Se paró en la esquina observando a sus alrededores. Vio algo que captó su atención: un taxi se estacionaba a unos metros, tenía el motor encendido, en el asiento de atrás dos personas hablaban con el conductor. Cuando los pasajeros estaban por bajar, salió corriendo hacia el auto para interceptarlo antes de que continuase su marcha. El chofer lo miró sorprendido; Carlos estaba semidesnudo, la bata que llevaba puesta se cerraba parcialmente en la espalda y dejaba al descubierto sus nalgas.

─Acabo de salir del hospital, debo ir a ver a mi esposa ─le explicó. Le dio la dirección de su casa, Diego de Villarroel 660 en el barrio Obispo Piedrabuena.  En el camino se dio cuenta de que no tenía las llaves y su corazón comenzó a latir como si fuese a salírsele del pecho. Se imaginó yaciendo muerto y semidesnudo en el asiento trasero de ese taxi anónimo; era una forma indigna de terminar con sus días. Tratando de reponerse, comenzó a rezar el Padre Nuestro mientras miraba el crucifijo que el taxi tenía colgado del espejo retrovisor. Su ritmo cardíaco se normalizó de a poco, la angustia le estaba jugando una mala pasada, pensó.  Más sereno, vino a su mente un recuerdo: había escondido un juego de llaves debajo de la maceta del jardín delantero.

─Por favor, me espera unos minutos, voy a cambiarme y seguimos viaje. ─le dijo al taxista al llegar.

Se vistió y llamó a Enrique, que lo atendió con voz soñolienta.

─Hola, amigo, discúlpame que te llame a esta hora. Me fui del sanatorio.

─¿Estás loco? Casi te infartás. Necesitás estar bajo vigilancia médica.

─Por favor, acompañame al aeropuerto. Tengo que saber qué pasó realmente.

─¿Dónde estás?

─En mi casa, en unos minutos te paso a buscar.

Cuando fue por Enrique éste lo estaba esperando en la puerta del edificio de departamentos donde vivía.

─¿Cómo estás? Con vos no gano para sustos ─le reprochó.

El taxi tomó por la Avenida Gobernador del Campo y luego por la Juan Domingo Perón. El tránsito era intenso. En el ingreso había una cola de varios autos marcando el peaje. El taxi siguió por un estrecho camino de asfalto. Cuando atravesaron la playa de estacionamiento observaron una ambulancia y los móviles de dos canales de televisión. El taxi se detuvo frente al gran edificio de dos plantas. Sobre la construcción se destacaba un cartel que, en grandes letras de molde, decía Tucumán. En una pared, que separaba las dos alas del aeropuerto, había un logo de acero inoxidable: un óvalo atravesado por una torre, debajo estaba escrito: Aeropuertos Argentina 2000.

Enrique pagó y los hombres entraron por una de las puertas de la construcción. En el amplio salón el bullicio era ensordecedor, una gran cantidad de gente se agolpaba ante los mostradores de Aerolíneas Argentinas. Los hombres se dirigieron hacia allí. Carlos se sentía abrumado ante la escena, todavía bajo los efectos de los psicofármacos no sabía qué hacer. Una mujer rubia se le acercó con un micrófono mientras un hombre lo gravaba con una gran cámara filmadora.

─¿Podemos hablar con usted? ¿Viene por algún familiar?

Carlos se alejó de los periodistas casi corriendo, buscó a Enrique, la situación lo desbordaba. Lo vio entre la multitud, pugnando por llegar a un mostrador. Empujando a algunas personas de la cola se aproximó al amigo, él dijo:

─Calmate, voy a preguntar aquí, ya avanzamos en la cola.

Cuando les tocó el turno, una mujer joven de camisa blanca con el logo de la compañía los atendió con cortesía:

─Buenos días soy Miriam Sansone, ¿En qué puedo ayudarlos?

Carlos no sabía qué decir, las palabras se alborotaban en la boca, tenía algo atragantado en la garganta que le impedía hablar. Enrique intervino:

─La esposa del señor Carlos Boba viajaba en el avión del siniestro ─dijo mirando al amigo.

Entonces Carlos pudo hablar.

─Ella se llama Julia Caramutti de Boba.

Enrique intercedió:

─Se imagina, la familia está condolida, quiere recuperar el cuerpo.

La empleada les informó que tenían que pasar a una sala de la planta alta donde recibiría más información sobre el siniestro.  Los amigos subieron unas anchas escaleras hacia el primer piso del aeropuerto. Delante de ellos una mujer lloraba apoyada en un hombre joven.

En la amplia sala había hileras de sillas grises, todas estaban ocupadas. Una empleada les alcanzó dos sillas y les invitó a sentarse. En unos minutos entraron tres hombres que se ubicaron en la cabecera de la mesa, ellos presidirían la reunión. Se presentaron como las máximas autoridades de la compañía.  Les informaron que un equipo de forenses estaba rastrillando la zona en la que cayó el avión, buscando restos humanos y materiales para identificar a las víctimas. Con respecto a las causas del accidente, personal especializado de la Junta de Investigación de Accidentes de la Aviación Civil estaba en camino. Un hombre se paró y les dijo que iba a demandar a la compañía en los tribunales. Había recabado información, sabía que un ex comandante de vuelos de Aerolíneas Argentina, Ovidio Martínez Estrada, había denunciado irregularidades y fallos técnicos en las aeronaves de la empresa y nunca le habían prestado atención. Se escuchó un murmullo de indignación. Uno de los representantes de la compañía, un señor mayor, que se presentó como gerente general, les dijo:

─Está abierta la posibilidad de que la aerolínea tenga que indemnizar por daños y perjuicios a los afectados, pero hasta que no concluya la investigación no se puede hacer nada.

El sonido de múltiples voces invadió la sala, los familiares estaban dolidos, también enojados. Las declaraciones de Martínez Estrada en entrevistas televisivas hacían sospechar a los deudos. Además, se corría el rumor de que la nave del siniestro había tenido que realizar un aterrizaje forzoso hace un mes. En esa oportunidad, el avión se había quedado sin combustible debido a una fuga en el motor derecho. Afortunadamente y gracias a la pericia del piloto, la nave planeó hasta el aeropuerto de Córdoba donde hizo el aterrizaje de emergencia.

El gerente general y sus acompañantes dieron por terminada la reunión y salieron por una puerta lateral. En ese momento una empleada de la compañía tomó el micrófono, pidió silencio, necesitaba dar una información a los presentes. Los murmullos se acallaron, ella les dijo:

─Solicitamos a los familiares su colaboración para identificar a las víctimas del siniestro, por favor pasar por el laboratorio forense para dejar su ADN. Mi compañera les va a entregar un impreso con la dirección del laboratorio.

            “Ni siquiera voy a poder dar a Julia una cristiana sepultura”, se lamentó Carlos mientras recibía el papel. El avión había caído en un campo y la nave y su contenido se habían incendiado.

            ─No sé cómo se le voy a decir a Joaquín, ─le dijo al amigo que permanecía callado a su lado.

            Enrique le contó que había en el aeropuerto una guardia con psicólogos especializados en catástrofes para contener a los familiares de las víctimas de la tragedia. Su hijo sabía lo que había ocurrido y estaba en casa de los abuelos maternos.

            ─Me pareció lo mejor, vos no estás en condiciones de dar consuelo a nadie.

            Carlos se dio cuenta de que el amigo había tomado el control de la situación. Lo de los psicólogos le parecía un chiste de mal gusto, sonrió con amargura:

            ─Nadie le va a devolver a su madre.

            Volvieron en un taxi. Carlos iba callado, rezando mentalmente, la angustia avanzaba igual, ya no había nada que hacer, Dios no se la iba a devolver. No podía concebir su vida sin Julia. Enrique lo observaba, le dijo:

─¿Por qué no volvés al sanatorio?

─Quiero irme a mi casa, voy a tomar unas pastillas, quiero dormir ─sí, pensó Carlos, dormir para siempre, no tener que soportar esta agonía.

─Tenés que ir al sanatorio, vos no estás bien.

Carlos le aseguró que se sentía bien. Ante la insistencia del amigo le dijo:

─Mañana voy al médico.

            El viudo no volvió a hablar hasta que llegó a su casa, estaba devastado.


4

             Julia dormía al lado de su amante en una cabaña a la vera de El Frontal. Luego de una noche de pasión, se despertó hambrienta y buscó jamón y queso en la heladera. Un buen sándwich y un café, eso necesitaba. Iba a desayunar sola, seguro que Guille dormiría hasta la hora del almuerzo. El amante tenía un sueño profundo, desde el comedor ella oía sus ronquidos. Se desperezó; era feliz.  Por la ventana veía el espejo de agua del embalse y la vegetación de la reserva natural, llena de árboles y plantas que contrastaban con el paisaje agreste de Santiago del Estero.

             Se acordó de Carlos, de su diligencia para cargar las valijas, llevarla al aeropuerto, invitarla a tomar un café hasta la hora del vuelo. Sintió culpa por el engaño. Luego de veinte años de matrimonio había decidido hacer algo excitante en su vida. ¿Tenía ella que cargar con el peso de un viejo impotente? Guille la ayudaba a soportar a ese exitoso profesor que la exhibía como un trofeo en las reuniones sociales.

            La relación había comenzado cuando, dos años antes, conoció a Guillermo en un congreso de Filosofía Antigua. Él era uno de los disertantes y a Julia le gustó. Tendría unos cuarenta años, era un hombre bien plantado, los anteojos le daban un cierto aire de intelectual. Tenía una frente amplia, prolongada hacia la cabeza por una incipiente calvicie. Había en él ciertas cualidades que ella buscaba de un hombre: inteligencia, cultura y, por supuesto, que le inspirara ganas de llevárselo a la cama.

A media mañana, los organizadores propusieron una pausa para un breack. Los asistentes y disertantes pasaron a una sala en la que estaban dispuestas dos mesas vestidas con manteles verdes. Cada una con dos termos grandes de té y café, variedad de facturas, botellitas de agua y vasos para el café y el agua.  

Julia miró a los presentes buscando al disertante, por el programa conocía su nombre: Guillermo Galindo. De pronto, lo vio entrar conversando con otro conferencista. Julia odió al acompañante, temió que su presa se le escapase ¿Cómo acercarse? Felizmente, a los pocos minutos, Guillermo quedó solo. Entonces, Julia se encaminó casi corriendo hacia él.

            ―Me gustó mucho tu exposición ―le dijo sonriendo, sabía que su dentadura perfecta aumentaba su encanto.

            ―¿Si? Gracias ―le respondió mientras se servía una taza de café del termo ubicado en una de las mesas― ¿Quieres café?

            Julia tomó una taza de la mesa y la acercó para que él le sirviese. Le preguntó:

            ―¿Cómo te llamas?

            ―Julia, me vine de Tucumán para escuchar tu ponencia.

            Guillermo se sintió halagado por el interés de esa hermosa mujer. Ella seguía hablándole:

            ―¿Estás trabajando hace mucho sobre el tema?, siempre me gustaron los presocráticos.

            ―En realidad, estoy haciendo una tesis doctoral.

            ―Si es posible, quisiera conocerla ―ella lo miró como si leer la tesis fuese un asunto de vida o muerte.

            ―Claro, es un borrador, quisiera que me des tu opinión.

            Guillermo siguió hablando sobre su plan de tesis y las principales hipótesis. Ella fingía escucharlo con interés mientras estudiaba unos hoyuelos que se le formaban en las mejillas mientras conversaba. Recordó a una amiga que le hablaba de los congresos:

            ―Ahí conocés gente, son muy propicios para un amorío pasajero.

            Su interlocutor terminó su explicación y le preguntó:

            ―¿Qué te parece?

            Julia titubeó, pero pudo salir del paso:

            ―Muy interesante ―respondió mientras se decía a sí misma “vos sos muy interesante, al diablo con los presocráticos y la filosofía”

            Él sacó una libretita y un lápiz:

            ―Dame tu mail.

            En ese momento una mujer se les acercó:

            ―Hola, querido, ¿te desocupaste? Nos tenemos que ir.

            Guillermo la presentó:

            ―Ella es Fernanda, mi esposa.

            Jula le dio un beso.

            ―Encantada ―atinó a decir, luego saludó a ambos y salió de la sala.

 

Al poco tiempo Guillermo le mando un e mail con un archivo adjunto: era un avance de su investigación.

            Cualquier pretexto es válido, pensó Julia, es hora de que me busque un amante, definitivamente Guillermo es el indicado. Lo había conversado con su amiga Elena cuando se juntaron a tomar un café.

Se le presentaron las imágenes de ese día: era una tarde primaveral, los lapachos florecían por toda la ciudad, Julia manejaba despacio, disfrutaba de ese paisaje de amarillos, lilas y rosas que adornaban la avenida Mate de Luna. Estacionó a una cuadra de Miraflores, un bar que formaba parte de las construcciones del Parque Avellaneda. A lo lejos, vio que Elena estaba sentada en la galería frente a una taza de café, con un cigarrillo en la mano.

            Llegó con una sonrisa pícara, la amiga se paró para besarla en la mejilla.

            ―¡Qué misteriosa! ¿Qué estás tramando? ― le dijo riéndose.

            Se conocían desde hacía diez años por lo menos, Elena se jactaba: “hasta te puedo adivinar el pensamiento”. Julia se lo había adelantado por teléfono, “tengo que contarte un secreto”.

            Julia pidió un té con tostadas, miró distraídamente a los paseantes, muchos de ellos corrían o caminaban dando vueltas por las veredas del parque. Elena la miraba, expectante. Finalmente le dijo:

            ―Te voy a contar una intimidad, no se lo dije a nadie, me da vergüenza.

            ―Conmigo tené plena confianza, ni hace falta que lo aclare. ¿De qué se trata?

            ―Carlos es impotente su voz era apenas audible.

En la mesa de al lado conversaban animadamente, nadie hacía caso de estas dos mujeres y sus confidencias.

            ―No me digás, ¿desde cuándo?

Julia observó cierto morbo en la cara de Elena, ella estaba divorciada luego de sufrir por un matrimonio espantoso, cargado de episodios de violencia. Odiaba a los hombres, “todos machistas”, decía siempre. No le gustaba Carlos por lo que disfrutaba al escuchar sobre la pérdida de su potencia masculina.

            ―Empezó cuando Carlos se enfermó de diabetes hace diez años. Luego, con su primer infarto, nuestra vida sexual disminuyó aún más hasta cesar por completo.

            ―¿No probaron con el Viagra?

            ―Ni con el Viagra se levanta el muerto.

            ―Entiendo, estás enojada y decepcionada. Me acuerdo que fue muy comentado tu noviazgo y tu casamiento. Vos eras su alumna favorita.

            ―No me digás, ¿hablaban mucho de nosotros?

            ―Sí, el tipo no tenía mal gusto: vos eras la más linda de la clase. Él no estaba mal, en esa época no se notaba tanto la diferencia de edad. Amiga, no te lo dije antes porque te veía muy enamorada pero siempre me pareció que la cosa no iba a andar.

            ―¿Se nota mucho que es más grande que yo? No sé qué me pasó para meterme con un hombre mayor. Lo hablé en mi análisis, quizás quería irme de mi casa, o buscaba el padre que nunca tuve. Además, siempre he admirado a los hombres cultos.

            ―Claro, dicen que buscamos a un padre, el famoso Edipo. Uno no piensa en el futuro cuando se casa.

―Hay otro problema que no ayuda: él está bebiendo mucho. Por ahora es un bebedor social, pero me temo que el cuadro se agrave. ―Julia decidió cambiar de tema abruptamente, con cara de misterio y picardía, le dijo:

            ―No te llamé solo para contarte sobre mis penas con Carlos, hay algo más. Ya sabés, cada problema tiene una solución y yo la encontré.

            ―Dale, no des tantas vueltas, contame.

            Julia miró a su alrededor, el bar se había llenado. Elena la miraba esperando la confidencia, estaba ansiosa.

            ―Dale, contá ―insistía.

            En voz baja Julia le dijo:

            ―Me gusta un tipo, se llama Guillermo.

            ―Eh, boluda, ¿vas a dejar a Carlos?

            ―Noo, todavía estamos en los prolegómenos, él también es casado.

            ―¿Dónde lo conociste?

            ―En un congreso, es de Santiago del Estero. Seguí tu consejo, siempre me dijiste que los congresos son ideales para un amorío.

            Elena se quedó pensativa:

            ―Está bueno, amiga, además están empatados: los dos casados. No tiene que hacerte el verso de que no se divorcia por los hijos o que viven en la misma casa, pero están separados. Y la peor: que comparten la cama, pero “no pasa nada”.

            ―No creas, ya me contó que quiere separarse, pero no puede, la situación económica no se lo permite.

            ―Ah, me olvidaba de esa.

            ―Vos no creés en los tipos.

            ―Si habré escuchado mentiras… y hasta creído algunas, pero nunca más ―con un gesto maquinal hizo una cruz llevando su índice a los labios.

            ―Él me gusta, no me importa su estado civil. Después de todo no pienso volver a casarme, como dicen “para muestra basta un botón”.

            ―Claro, con Carlos tendrás ternura, plata, brillo social y con Guillermo sexo puro y duro.

            ―No sé cuán duro, ja, ja, no fuimos a la cama todavía.

            ―Ja, ja, seguro que te va a ir bien, tratá de no enamorarte. No quiero que sufras, amiga.


5

 

Pero Julia se había enamorado y estaba ahí, en esa pequeña cocina comedor con vista al lago. En cuanto Guillermo se levantase le propondría salir a caminar. Podrían ir hasta la reserva natural o visitar el Museo del Automóvil. Tenía curiosidad por ver la vegetación y unos dinosaurios parlantes sobre los que escuchó comentarios. Estaba segura de que Guillermo preferiría ir al museo.

En la habitación el amante seguía durmiendo. Miró la hora, eran las doce ¿Se enojaría si lo despertaba?  Recordó su primer encuentro. Ella lo llamó al día siguiente de haber recibido su avance de tesis por correo electrónico. El diálogo se conservaba más o menos nítido en su memoria.

―Hola ¿cómo estás? recibí tu trabajo.

―¿Tuviste tiempo de leerlo?

―Sí, está muy bueno.

―Tengo una reunión en Tucumán el viernes, podemos conversar sobre tus impresiones.

Julia lo pensó ¿iba a dar ese paso? Él esperaba al otro lado de la línea, impaciente:

―Hola ¿me escuchas?

―Sí, estaba pensando en lo que me propusiste.

―¿Podés el viernes?

―Sí, ¿a qué hora?

―Cuando llegue a Tucumán te llamo.

El viernes Guillermo pasó a buscarla en una esquina, a dos cuadras de la casa de Julia. Ella se había puesto un vestido estampado elastizado en la cintura que terminaba a unos cinco centímetros por encima de la rodilla. Lucía unos altos tacos rojos con una cartera haciendo juego. Llevaba un maquillaje discreto que realzaba el contraste entre su piel blanca y pecosa y los cabellos rojos.

―Estás hermosa ―le dijo Guillermo mientras le daba un beso en la mejilla.

―Gracias. ¿Dónde vamos?

─Vamos a almorzar a un restaurante al frente de la plaza Urquiza.

Julia y Guillermo disfrutaron de un pollo a la pimienta regado con abundante vino tinto. Conversaron sobre temas relacionados con sus trabajos en la docencia. A medida que el alcohol relajaba los ánimos, el diálogo comenzó a girar hacia temas más íntimos, gustos personales, lecturas… Luego del postre, Guillermo le propuso ir a otro lado.

―Conozco un lugar discreto camino al aeropuerto.

―¿Amadeus?

―¿Estuviste allí?

―No, pero me dijeron que es muy lindo. Es un telo.

―Sí, ahí podemos conversar tranquilos. ―se daba cuenta de que Guillermo temía un rechazo. Por primera vez él estaba inseguro.

―Pensé que íbamos a hablar de tu tesis ―le dijo fingiendo seriedad.

Guillermo decidió seguirle el juego:

―Claro, vos sabes que toda tesis tiene su antítesis y luego viene la síntesis. No hace falta recorrer hoy toda la investigación.

Con eso le estaba diciendo que no forzaría las cosas. Subieron al auto y el profesor tomó por la avenida Gobernador del Campo. Guillermo contaba sobre anécdotas de su adolescencia en Tucumán mientras Julia pensaba en el paso que iba a dar ¿acaso ella no tenía derecho a ser feliz? Se preguntaba para aliviar los sentimientos de culpa.

─Estamos llegando ─le dijo Guillermo interrumpiendo sus pensamientos.

Julia observó que estaban a unos pocos metros de Amadeus. El auto disminuyó la marcha y giró para ingresar al lugar por un camino de grava. El hotel estaba conformado por dos construcciones de ladrillo a la vista, la más grande tenía un techo azul oscuro a dos aguas. Al su lado había una torre con una cruz o antena en su parte superior. Desde lejos podía confundirse con una iglesia, incluso en el centro de la construcción principal había una roseta, parecida a la que adornaba el frente de algunos templos europeos.

Por el portero eléctrico les habían indicado la habitación cinco. Entraron con el auto a un pequeño garaje que comunicaba con un dormitorio. Era un cuarto de grandes dimensiones decorado al estilo de Nueva York. Una estatua de la libertad de un metro y medio se erguía al frente de la amplia cama. En una pared había una gigantografía de la ciudad de los rascacielos de noche con sus brillantes luminarias.  Un juego de living con mullidos sillones de pana invitaba a sentarse. A pocos metros se observaba un yacuzzi, dos salidas de baño de toalla blanca y una repisa con toallones, jabones y espumas de baño. El techo era transparente y las nubes rosas del atardecer contrastaban con el paisaje de la Gran Manzana.

Un gran televisor ubicado en la pared estaba prendido: se veía una escena de sexo explícito en la que participaban un grupo de actores, los gemidos inundaban la habitación y desentonaban con la plácida melodía que salía por unos altoparlantes de alta definición.

Guillermo apagó el televisor y pidió champaña y unos bocaditos. Julia observó que, como por arte de magia, a los pocos minutos apareció una bandeja debajo de la mesa en la que estaban sentados. Guillermo sirvió la bebida en dos copas alargadas y propuso un brindis.

―Por mi tesis.

Julia le preguntó:

―¿La trajiste?

Él se le acercó riéndose y le dio un beso. Fue el comienzo de una noche mágica donde la pasión y la ternura reverberaban como dos navegantes en un río caudaloso que bajaba desde lo alto de la montaña. Julia y Guillermo parecían dos náufragos que se aferraban y sostenían mutuamente en ese vértigo.

Julia sintió placer y miedo ¿Sería capaz de seguir los consejos de su amiga? No podría porque se estaba enamorando de Guillermo.

Él le dijo:

―La pasé muy bien, ahora debo llevarte a tu casa.

Julia miró su reloj y luego el yacuzzi, finalmente le dijo:

―Sí, es mejor que no vuelva tan tarde.

Ella se dio cuenta que había palabras que merodeaban, pero no ingresaban en el discurso, por ejemplo: marido, esposa, hijos. Ellos eran ahora los terceros excluidos, no podían permitir que se entrometiesen en ese momento feliz y gozoso.

 

El canto de un pájaro interrumpió los pensamientos de Julia y la devolvió al presente, miró por la ventana, era una avecilla de pecho amarillo. Quizás habría lluvia más tarde; observaba cómo unas nubes oscuras se arremolinaban en el cielo. El gran espejo artificial de El Frontal había cambiado el ecosistema de la zona: lo que era un desierto se había transformado en un lugar turístico y verde.

Decidió ver las noticias. La cabaña de Las Termas estaba bien equipada con conexión a Internet y una antena para la televisión. Todos los canales informaban sobre la caída de un avión de Aerolíneas Argentinas, el vuelo 4070.  El corazón le dio un vuelco, no podía ser. Esto no podía ser cierto. Fue al dormitorio y despertó al amante bruscamente, a los gritos:

            ─Despertate, mi avión se estrelló.

            ─¿Cómo?

El hombre, semidormido, no entendía qué pasaba. La luz que entraba por la ventana le cegaba, los gritos lo ensordecían.

            ─Se supone que viajaba en el vuelo 4070.

─No entiendo ¿qué pasa? Estás alterada.

─El avión al que no subí se cayó.

            Guillermo se sentó en la cama, completamente despierto trataba de asimilar las palabras de Julia. Finalmente le dijo:

─Me duele la cabeza, necesito un café.

Ella salió de mala gana hacia la cocina, sentía que Guillermo no compartía su preocupación. El amante se vistió y fue al pequeño comedor de la cabaña. Se sentó frente a una taza de café negro humeante.

─Creo que entendí: tu avión cayó, posiblemente no haya sobrevivientes, ¡vos te salvaste! ─le dijo mientras le tomaba la mano.

            ─Tengo una familia, deben estar sufriendo, llorando porque creen que me estrellé con el avión. Estoy en un grave problema, no sé qué hacer.

            ─¡Qué lío!, vas a tener que inventar algo, alguna explicación de por qué no te subiste a ese avión. Insisto: lo importante es que estás viva, lo demás lo acomodás.

            ─Para vos es muy fácil, la carnera de tu esposa vive en una nube, pero Carlos no me va a perdonar esto; desde que “no puede” está más celoso que nunca. Me dijo que si lo engañaba me mataría.

            Julia se quedó pensativa. ¿Su marido y su hijo la darían por muerta? ¿Qué tenía que hacer? ese fin de semana romántico iba a ser un calvario. La angustia la invadía. Prendió el televisor, necesitaba más información sobre lo ocurrido. Se enteró de que el avión había explotado, aparentemente por el impacto de la caída y los tanques de combustible llenos. Los especialistas buscaban en la zona los restos de los doscientos pasajeros y ocho tripulantes. Desde los más altos niveles de la empresa, el gobierno y la policía habían pedido paciencia a los familiares; la identificación de los cuerpos despedazados iba a ser una tarea ardua y sin garantías.

            Legalmente estoy muerta, pensó Julia. Entonces tenía dos opciones: comenzaba una nueva vida con Guillermo en algún otro lugar o bien volvía a su casa, quizás debía confesar la verdad a Carlos y terminar con esa farsa de matrimonio. Habló con Guille sobre estos pensamientos.

            ─¿Estás loca? ¿Vos crees que yo voy a dejar a mi familia, mi trabajo y mis amigos para irme a otro lado, al fin del mundo?

            Era una locura, es cierto, pensaba Julia. Eso sólo es posible en las películas: una nueva identidad, con otro documento y hasta cirugías para modificar la apariencia.

            Discutían mucho con Guille sobre la situación, pero todo terminaba en la cama, el sexo aliviaba las tensiones y los transportaba lejos del problema que se avecinaba.

            Julia estaba desesperada, si Carlos se enterara…sabía que detrás del hombre atento y parsimonioso, había otro que podría ser muy cruel. Guillermo no estaba dispuesto a ayudarla. Elena tenía razón: los tipos son unos cagones. Mucho cariñito, mucho te amo, pero a la hora de la verdad arrugan.

            ―Yo no te importo, ―le recriminó.

            ―La situación se complicó. Volvé a tu casa, ya verás: no va a pasar nada.

            ―No hablés, vos no lo conocés a mi marido. No puedo volver.

            ―¿Qué vas a hacer?

            ―No sé, me escondo por ahí.

            ―¿Y después?

            ―No puedo volver a mi casa. Voy a empezar una nueva vida, vos podrías acompañarme. ―Insistía desesperada Julia.

            ―Te dije que no, estoy casado y no voy a dejar a mi esposa ni a mis hijos. Ellos son chicos para quedarse sin padre. Además, si Fernanda se busca otro tipo no lo soportaría.

            ―Voy a necesitar tu ayuda

            ―Te lo dije y lo repito: no puedo.

            ―No te pido que me acompañes, sólo ayúdame con unos mangos, por un tiempito hasta que consiga trabajo.

            ―Ok, ―Guillermo se le acercó para acariciarla ― ¿Me comprendés? Es difícil esto para mí.

            En medio de su complicada situación, Julia veía una oportunidad: podría comenzar una nueva vida. Seguramente extrañaría a Joaquín. No, no puedo irme para siempre, sólo por un tiempo hasta que se enfríe la cosa. Mientras tanto ¿dónde ir? Le convenía quedarse por ahí, Santiago del Estero era muy grande y había muchos pueblitos perdidos cerca de la frontera con Chaco. Recordó a una ex empleada doméstica que era oriunda de Monte Quemado, siempre le hablaba bien del lugar y de su gente. Había tenido un problema con esa mujer, pero nada que le impidiese elegir ese lugar remoto. Además, Isaura trabajaba en Tucumán.

            ¡Cómo extrañaba a Elena!, ella siempre estaba en los momentos difíciles. Prendió la televisión, en el noticiero otros hechos habían desplazado las notas sobre el avión siniestrado. Sólo muy marginalmente se refirieron a las investigaciones que llevaban a cabo equipos técnicos y forenses. Habían recuperado la caja negra y estaban trabajando en la identificación de los restos humanos.

            La angustia fue cediendo, comenzó a imaginar una nueva vida en contacto con la naturaleza, en un pueblo perdido, sin tránsito, con un aire limpio y habitado por gente amable y sencilla

  

 

            Julia había llegado en taxi a la terminal de ómnibus de Las Termas. Cuando quiso comprar un pasaje para tomar un micro hacia Monte Quemado, le pidieron su documento. Debía crearse una nueva identidad, pensó. Fue a una comisaría cercana y realizó una denuncia: le habían robado su bolso donde tenía su documento de identidad. Declaró que se llamaba Clara Torres e inventó un número de ocho cifras que comenzaba igual que el suyo real. Salió con una constancia policial

            Con la denuncia en la mano fue hasta la ventanilla a comprar el pasaje. Por primera vez desde el fatídico accidente sintió alivio: tenía una meta, precaria, pero meta al fin, Guillermo le había dejado algo de dinero. ¿Qué pasaría con su sueldo? No se atrevía a ir al cajero, ¿si sacaba plata la localizarían? Había visto muchas series de televisión y sabía que identificaban rápidamente el paradero de una persona por sus movimientos bancarios. Además, todos los cajeros tenían cámaras filmadoras.

            Pensar en las cosas prácticas que debía solucionar en su nueva vida le hizo bien, “basta de darme manija con Carlos y Joaquín” se ordenó con énfasis. Había decidido borrar todas sus huellas, ¿debía tirar el celular? No, no podía prescindir de él así que compró un chip prepago. ¿Habría internet en Monte Quemado?

            Mientras viajaba por la ruta 9 observaba el paisaje, pastizales verdes y árboles achaparrados que daban una tenue sombra, seguramente en verano animales y hombres se irían a refugiar bajo sus ramas para protegerse del sol calcinante de esos parajes.

Julia recordó su infancia en Trancas, la vida en el campo tenía para ella hermosos recuerdos: andaba a caballo con su padre, iban al río a pescar. Imágenes lejanas y deslucidas porque su padre había muerto cuando ella era una niña pequeña. Luego se enteró del accidente ridículo que la dejó huérfana. Su padre había tropezado y caído sobre un charco no muy profundo. Perdió el conocimiento y se ahogó.

¿Cómo hubiese sido su vida si él no se hubiese golpeado la cabeza en el lugar más inoportuno posible? Detestaba a su madre, ella volvió a casarse y la obligaba a soportar a un hombre horrible, tosco, vago. A los dieciocho la observaba con lascivia, la madre lo sabía, pero no le importaba, o sí, quizás miraba para otro lado con tal de retenerlo en la casa.

Cuando conoció a Carlos vio una oportunidad de liberarse de ese hogar infeliz. Él era un profesor, un hombre que le ofrecía una oportunidad de vivir bien y lejos del padrastro. Dejó a Pepe, el noviecito de la facultad por Carlos. Era una cuestión de cálculo, Pepe era estudiante como ella y sólo tenía para ofrecer un polvo apresurado en el asiento trasero del auto de su padre.

Luego de varios kilómetros, el bus tomó otro camino hasta llegar a una ruta provincial llena de agujeros. Julia observó pequeños pueblos que se dedicaban a la agricultura, hombres y tractores en los campos, grandes camiones transportando la cosecha, algunos silos... Cuando más avanzaba en su viaje menos tránsito y casas se veían en el camino. Al fin llegó a Monte Quemado, sabía dónde dirigirse gracias a una conversación con el chofer en una parada para almorzar.

            Había una pensión para los viajantes en el corazón del pueblo, limpita, decente, al menos esas fueron las referencias del hombre.

            ―No es cara y la dueña, doña Anita, es de lo más servicial ―le dijo.     Acostumbrada a rodearse de citadinos, sobre todo integrantes de ámbitos académicos, el contacto con gente humilde, quizás analfabeta, le resultó gratificante. ¿Cómo sería vivir sin el estrés del tránsito loco de San Miguel de Tucumán? Sin el ruido de los escapes libres de las motos y los bocinazos de los conductores, siempre nerviosos y apurados. ¿Cómo sería la vida sin motochorros ni marchas?, ¿sin cortes de calles ni manifestaciones? Cuando el ómnibus hizo una parada, el chofer la sacó de sus pensamientos:

            ―Estamos llegando, doña Clarita.

            Vio un gran arco de cemento negro; en su parte superior, con letras blancas, estaba escrito Monte Quemado.

            Julia se le acercó para despedirse.

            ―Mire, usted sigue derecho por ahí ―dijo señalando un camino de tierra― y a dos cuadras encuentra la pensión de doña Anita. Se va a dar cuenta porque es la única casa con techo de tejas, está pintada de azul y las puertas de rojo.

            ¡Azul y rojo, mis colores favoritos! Pensó Julia, una extraña alegría la invadía ¿me estaré volviendo loca? ¿Por qué este júbilo en un lugar que parecía el fin del mundo? Saludó al chofer y bajó a buscar su valija. Nadie la estaba esperando en la improvisada terminal. Ella tendría que acarrear sus bártulos. “Todo tan raro”, pensó

 

            La pensión era una antigua casa cuya propietaria regenteaba con mano firme. Julia pudo comprobar que era muy estricta con las normas. Se las leyó e hizo firmar con un discurso de bienvenida que repetía con cada huésped.  Ni ruidos molestos ni animales, los horarios de descanso debían ser respetados a rajatabla, la famosa siesta santiagueña no podía ser perturbada bajo ningún pretexto. No se admitían visitas, no estaba permitido ningún desliz en cuanto al sexo, sólo parejas si estaban debidamente casadas.

            Una jovencita limpiaba las habitaciones una vez al día, pero los huéspedes debían acomodarlas y tender sus camas. La comida era opcional, doña Anita se calzaba un delantal de cocina a las once de la mañana y se ocupaba ella misma de la faena. Hacía guisos, empanadas, humita, pastas…el menú era variado y económico así que los huéspedes solían reunirse a almorzar alrededor de una gran mesa de roble adornada con un mantel blanco y pequeños cuencos con flores. Julia nunca había vivido esa vida comunitaria. ¿Cómo sería?

En el primer encuentro con doña Anita, la mujer le cayó bien, después de todo, era su casa y no un hotel. Adivinaba en ella una luchadora que había salido adelante a pesar de la adversidad y la desolación del lugar. Julia participó del almuerzo luego de acomodar sus cosas en una habitación amplia y ventilada. Lo que le faltaba en lujos lo compensaba con un cubrecama de colores al crochet hecho con trocitos de lana y con las flores que decoraban las paredes. Pequeños murales que daban alegría al ambiente. El armario y la mesa de luz también estaban adornados con imágenes de la naturaleza: animales y plantas. ¿Tendría doña Anita cualidades artísticas? En ese primer almuerzo conoció a algunos de sus compañeros de casa. Había dos maestras, Tina y Mercedes, con las que rápidamente congenió.

 La primera, baja y gordita, con una sonrisa luminosa, era parlanchina y contaba anécdotas de sus alumnos. La otra, por el contrario, alta y huesuda, tenía una gran nariz, parecía un loro. Un poco amargada, se quejaba del sueldo, el clima, los alumnos…si bien eran muy diferentes, tenían una relación de trabajo y amistad de varios años.

Un señor mayor, de unos setenta años, apareció en cuanto comenzaron a comer. Vestía un traje gastado y una camisa que parecía haber sufrido cientos de lavadas, el cuello deshilachado en la parte posterior revelaba que, quizás, era su única prenda. Se veía que acababa de levantarse y no estaba bien de salud. Mientras doña Anita iba y venía sirviendo a sus comensales, Julia conversaba con las maestras. Se enteró que ambas eran de La Banda, una ciudad cercana a la capital de Santiago del Estero. Vivían durante la semana en esa pensión y los fines de semana iban a pasarla con sus familias. Tina era casada y tenía dos hijos mientras que Mercedes vivía con su madre luego de un divorcio conflictivo.

            Las mujeres cobraban casi el doble por trabajar en ese pueblo, es por “zona desfavorable”, le explicaron a Julia. Ella estaba encantada, tendría amigas a quien recurrir en ese lugar tan apartado. Le contó que venía de Tucumán, que también trabajaba en la docencia, que por problemas de salud le habían recomendado una temporada en Santiago, caluroso pero seco. Necesitaba ganarse la vida porque sus ahorros se iban a terminar pronto. En esa conversación con las maestras surgió la propuesta de que Julia se ocupase del quiosco de la escuela.

            ―La señora que atendía el negocito viajó por problemas familiares y no hay nadie ahora, ―le dijo Tina.

Mercedes agregó:

            ―Claro, yo puedo hablar con la directora y recomendarte. Creo que vas a tener un medio de vida con el quiosco, los chicos suelen comprar muchas golosinas.

            ―Gracias por la propuesta, lo pensaré, ―respondió Julia.

            Esa noche se quedó hasta tarde pensando qué haría, había decidido volver luego de una o dos semanas, pero dudaba, temía la reacción de Carlos. La idea de quedarse en ese pueblo la tentaba. Con el quiosco podría contar con un medio de vida. Eso le sacaba un problema de encima, además no tendría que estar confinada en la pensión todo el día.

            Al día siguiente se encontró con las amigas y les dijo que aceptaba su propuesta. Esa misma tarde la presentaron a la directora de la escuela. Con un pequeño capital Julia podría comprar caramelos, galletas, gaseosas, jugos…todo aquello que era apetecible para los chicos. Luego ampliaría su negocio con la venta de artículos de librería.

 

            Quizás Isaura, su ex mucama santiagueña, le había pintado un paisaje demasiado idílico de su pueblo. La mayoría de los trabajadores se ocupaban en las labores del campo, la soja, el ganado, los famosos chivitos. Los jóvenes se iban por falta de oportunidades laborales o para seguir estudios superiores en la capital. Había dos negocios de ramos generales y una pequeña mercería, dos hoteles y un bar. También una escuela, un hospital, la comisaría, un centro judicial, un club deportivo y la iglesia, todos ubicados en las inmediaciones de la plaza principal.

La plaza San Martín tenía una gran fuente y caminerías bordeadas de flores.  Julia se sentó en un banco para mirar un pequeño arco iris que atravesaba el chorro de agua bajo los ardientes rayos del sol.  Llamaron su atención los chillidos de una gran cantidad de loros. Salían en desbandada de un quebracho ubicado en el medio del paseo.

Un muchachito les tiraba piedras con su honda. Se le acercó explicando:

―No pude cazar nada hoy ¿Puede darme una monedita?

Julia le dio un billete, le preguntó:

 ―¿Cómo te llamas?

―Mi nombre es Camilo, pero todos me llaman Nilo, para lo que guste servir.

Una oleada de nostalgia la invadió, el chico tendría la edad de su hijo, ¿qué sería de Joaquín? ¿La extrañaría? Nilo salió corriendo con el billete en la mano, tendrá algo para llevar a su casa, pensó Julia. 

Le gustó como se veía la plaza al atardecer, observaba los lapachos, los bancos de colores, los chicos patinando en una pequeña pista… pensaba en el curso que había tomado su vida, en Carlos y sus achaques, en su hijo, un adolescente rebelde, en su amante cuya relación había causado ese abrupto giro en su vida.  Recordaba su trabajo en la universidad…era como nacer de nuevo. Guillermo se lo había dicho: ella podría estar muerta. Desistir de su plan de concurrir al congreso le había salvado la vida.

―Podríamos pasar un fin de semana juntos ―le había propuesto.

―Ya compré los pasajes y tengo todo listo para viajar a Buenos Aires.

―Te lo vas a pasar mejor conmigo.

Guillermo la había convencido, después de todo siempre había cumplido con su lema: primero el deber y después del placer. Desde que se aproximaba su fecha de cumpleaños había resuelto dar vuelta ese mandato. ¿Sería por la famosa crisis de los cuarenta?  Lo cierto es que no estaba conforme con su vida, quería un cambio, pero no sabía qué rumbo tomar.

Nunca se le hubiese ocurrido que el cambio sería tan intempestivo como radical. La situación la había puesto en una disyuntiva desesperada. Sólo necesitaba tiempo para decidir qué hacer, pensó.

 

 

8

 

            Carlos se despertó temprano esa mañana gris, habían pasado tres días de la caída del avión. Sentado en la cama que habían compartido durante casi veinte años con Julia, miró a su alrededor: el empapelado, las cortinas, los cuadros…todo había sido elegido por ella. En su mesa de luz estaban sus cremas y perfumes, un libro a medio leer y una cajita con distintos objetos que a la esposa le gustaba tener a mano.

            En ese momento, Enrique entró cargado con bolsas del supermercado.

            ─Tenés que alimentarte, amigo ─le ordenó cariñosamente.

            ─Ella está presente a través de tantos objetos y recuerdos…todavía no puedo creer que se haya ido así.

            Comenzó a llorar calladamente.

            ─Viejo, la vida continúa. Meté las cosas de Julia en bolsas, llevá la ropa a la Parroquia de San Roque.

            Carlos agradecía las atenciones de su amigo, pero era cruel decirle que regale las cosas de ella. Las necesitaba, o al menos las necesitaría durante un tiempo.

            Esperó que Enrique se fuera para entrar en el escritorio de Julia, mirar sus libros, su computadora, admirar el orden que reinaba allí. Examinó la infinidad de cosas que ella atesoraba, como los diplomas colgados en las paredes, las fotos familiares colocadas cuidadosamente en una mesita al lado de un sillón donde solía leer. Tomó una de su luna de miel, estaban abrazados en una playa de Cancún. Ella, con un pequeño bikini, lucía su hermoso cuerpo, tostado por el sol caribeño. En otro portarretrato, Joaquín estaba con los labios marrones sonriendo. Ese día habían ido a El Cadillal huyendo del calor de San Miguel de Tucumán. El hijo estaba comiendo tierra cuando lo sorprendieron y fotografiaron. Su adorable carita pedía clemencia por la travesura. Carlos suspiró, tantos recuerdos…los momentos compartidos ya pertenecían al pasado.

Carlos admiraba a Julia por su inteligencia, pero mucho más por su sensualidad. Ella fue alumna suya en dos cátedras en la Facultad. Siempre se sentaba en los primeros asientos. A veces se desconcentraba de la clase porque ella cruzaba las piernas de tal manera que su corta pollerita dejaba ver sus estilizadas y bien torneadas piernas. En ocasiones, creía entrever un pequeño y peludo triangulito entre ellas ¿usaría bombacha? ¿Serían su pubis tan rojo como sus cabellos?

            Lo habló con Enrique un día que estaban solos en la cátedra.

            ―Me gusta una alumna.

            ―Eh, hay tantas mujeres en Tucumán y a vos te gusta una alumna.

            ―¿Está mal? Me parece que coquetea conmigo, se sienta en primera fila con una minifalda corta y ceñida y cruza las piernas.

            ―Es pendeja, quizás sólo quiere que la apruebes. Corrés el riesgo de convertirte en un viejo verde.

            ―Me siento muy solo desde que falleció Mafalda.

            ―Viejo, búscate una mina de tu edad, además no es muy ético que te metás con una alumna.

            ―¿Te parece? Entonces no veo mucha gente ética por estos lares. Vos mismo tuviste una aventura el año pasado con la jujeñita

            ―Es cierto, aunque insisto: mezclar trabajo con diversión puede ser tu perdición, ya sabes “donde se come no se manicurea”.

            ―Estás muy pícaro hoy con tus versitos y refranes ¿qué te pasa? ¿hay programa esta noche?

            ―Una broma, amigo, para levantarte el ánimo.

            ―Justamente, estoy deprimido porque me siento solo, la casa es un desierto sin Mafalda.

            ―Y dale con Mafalda ¿Hace cuánto que falleció?

            ―Casi dos años.

            ―Pasá página, Carlos, quizás la alumnita te levante el ánimo. Olvídate de lo que te dije y seguí con tu plan de conquista.

            ―Por favor, ayúdame, estoy un poco fuera de forma luego de un matrimonio de veinte años. Ya olvidé cómo conquistar una mujer.

            ―Claro, tenés mi apoyo, incluso asesoramiento sentimental, viejo. Me interesa tu felicidad.

            ―Gracias amigo, tu experiencia será de gran ayuda.

            Enrique era un Don Juan que siempre andaba de cacería y conseguía buenas piezas. Carlos confiaba en sus consejos.

            ―No te marees en el primer boliche, esta chica ¿Julia se llama? Puede ser la primera de la serie. Luego elegís a la que más te conviene. Si no te decidís, no importa, te quedás con dos o tres.

            ―Es que a mí me gusta ella, esos cabellos ondulados y largos, sus ojos grandes, nunca vi una mirada tan profunda, ya te conté sobre sus piernas. Bueno, tiene tetas chicas, pero pueden llegar a gustarme. Ya sabes, la belleza no es perfección, es armonía.

            Enrique se reía:

            ―Estás cursi, ¿no te habrás enamorado, che?

Carlos recordó un encuentro con Enrique unos días después, él lo esperaba tomando un café en el bar de la facultad. El lugar estaba atestado de gente. Los estudiantes hacían cola para ser atendidos en unos mostradores recubiertos de azulejos blancos. Reinaba la algarabía propia de la juventud: el ruido de voces, las risas y chanzas. Alguien había puesto música y Carlos se arrepintió de haber arreglado un encuentro para conversar, ese bar no era el lugar adecuado.

Por uno de los ventanales se observaba una ceremonia: el bautismo a un nuevo egresado. Semidesnudo, estaba rodeado por un grupo de chicos y chicas ocupados en diferentes actividades: dos le cortaban los cabellos con una tijera que parecía de podar, otros le desgarraban la ropa mientras una chica lo embadurnaba con harina, huevo, mostaza y un líquido amarillo. Espero que no lo estén bañando de orín, pensó Carlos compadeciéndose del muchacho. El novel egresado parecía feliz, ¿estaría drogado? Sabía de lo que eran capaces y el decano había establecido las condiciones del bautismo. A unos metros, los ordenanzas esperaban con mangueras y escobas para limpiar la basura que los estudiantes dejaban tras la ceremonia.

De pronto, Carlos sintió detrás suyo la voz de su amigo:

―Hola ¿cómo andas?  Dijo mientras se sentaba.

Un muchacho se les acercó a tomar el pedido. Los profesores tenían esos privilegios en la facultad. Pidieron un cortado. Enrique encaró a Carlos:

―¿Cómo te va con Julia?

            ―No sé cómo abordarla, escucho como hablan los jóvenes hoy en día, pero me temo que no estoy en esa onda. Todo el tiempo con palabrotas, escriben con k en vez de usar la q en los mensajes…

            ―Modernízate, viejo. Te vestís muy formal. Sacate la corbata. ¿Alguna vez pensaste usar una camisa a cuadros para venir a la facultad? También se usan con pequeños estampados.

            ―Tengo que renovar mi guardarropa y hacer un lifting a mi vocabulario. A veces pienso que no voy a estar a la altura de las circunstancias.

            ―Pero si la minita te calienta, qué importa lo demás.

            ―Es que no quiero sólo un encame, ella me gusta. Necesito una pareja, mi vida matrimonial fue muy buena, estoy dispuesto a reincidir.

            ―Segundas náuseas nunca fueron buenas, ja, ja. Perdón quise decir: segundas veces no son buenas. Hacé vida de soltero un tiempo más, vas a ver cómo te empieza a gustar, dicen que hay cinco mujeres por cada hombre.

            Enrique estaba de muy buen humor, hablaba con Carlos eufórico:

―Esta noche voy a salir con una rubia, tiene un lomo…

―¡Qué bien! ¿te vas a poner de novio?

―Noo, es una amiguita con derecho a roce, una fiera en la cama.

Carlos sonrió, Enrique nunca iba a sentar cabeza, pensó. Le dijo:

            ―Voy a seguir tu consejo, esta tarde me compro ropa nueva, más informal. He pensado invitarla a una conferencia el viernes, viene un epistemólogo famoso, el doctor Klimosky.

            ―Viejo, invítala al cine. En la mitad de la película le agarrás la mano. Si no la retira avanzás, la tomás del hombro. Quizás hasta puedas besarla.

            ―Tenés razón, sos un verdadero maestro, amigo.

 

Carlos volvió al presente, los recuerdos le habían proporcionado un pequeño alivio a la opresión que le atenazaba el pecho y la garganta. Tomó una chalina rosa, amarilla y verde que él le había regalado a Julia la última navidad y se la pasó por la cara. Era suave como el rostro de ella. Eso era lo que le quedaba: imágenes grabadas en su mente, las conversaciones con Enrique antes de que comenzaran a salir, las fotos de momentos felices. Se aferraba a imágenes, olores, diálogos, cosas y sensaciones que nunca podrían reemplazarla, pero era todo lo que tenía. Una idea vino a su mente: los videos que había hecho; a él le gustaba filmar los cumpleaños, algunos momentos de sus viajes. Recordaba a Julia sonriendo en la Quinta Avenida, también la filmó antes de entrar al Museo de Cera de Madame Tussauds.

Ella había guardado esos videos en su computadora. Se dirigió al escritorio y se sentó en un mullido sillón. El monitor ocupaba una parte del mueble, debajo estaba el CPU. Encendió la computadora, luego de unos segundos, una foto apareció ante su vista: altas montañas, blancas casas abigarradas al lado de un lago en cuyas aguas quietas se reflejaba el paisaje. Quiso entrar, pero una pequeña ventanita le indicaba que debía poner una clave de acceso. Le irritó esa actitud de Julia, ¿tendría secretos para él?

            Trató de abrir el primer cajón del escritorio, estaba cerrado con llave. ¿Por qué lo había cerrado? Quizás habría separado un dinero para algún gasto extra. Con un destornillador rompió la cerradura del mueble. Encontró un sobre con fotos. Un golpe seco lo sacudió, el alma se le estaba deshilachando. Julia abrazada a un hombre alto y joven. Ella y el hombre besándose. ¿Tenía una aventura? ¿Sería reciente? ¿Acaso él no le daba lo que ella necesitaba? Trató de deducir qué había pasado. Mirando las imágenes llegó a dos conclusiones: la primera es que las fotos eran recientes, en una de ellas la mujer llevaba un vestido que él le había regalado para su cumpleaños, hace dos meses.  La segunda conclusión es que se veían en Las Termas, Santiago del Estero. Carlos reconoció el paisaje del dique El Frontal.

            Llamó a Enrique para contarle. Del otro lado de la línea se hizo un largo silencio.

              ─Vos ya sabías…─lo increpó

            ─Escuché un rumor, no hago caso de los chismes y menos si vienen de ese vinagre de Introducción. No te des manija con eso, acordate de los momentos felices.

            ¡Era el hazmerreír de la facultad! Y él hablando con tanto orgullo de Julia, hasta llegó a creer que lo envidiaban. Una esposa tan linda e inteligente…

            La tristeza se convirtió en furia que descargó con su amigo.

            ─Tendrías que haberme avisado, no eres leal ─le dijo y cortó bruscamente.

            “He vivido en la mentira, quizás yo ya era viejo para ella”. Ahora la furia se volvía en su contra: “un cornudo, un boludo, eso es lo que soy”, ¿desde cuándo sería el engaño?, era cierto lo que decía la gente: el marido es el último en enterarse. 

            Fue al baño a mirarse en el espejo. El examen le devolvió la imagen de un hombre mayor pero todavía apuesto. Conservaba una tupida cabellera y su rostro sólo presentaba pequeñas arrugas en las sienes, la frente y la comisura de los labios. Varias alumnas se le habían insinuado, pero para él sólo Julia contaba. ¿Por qué se había buscado un amante? Se preguntaba repetidamente.

            Un acceso de furia lo envolvió, Enrique tenía razón: mejor deshacerse de las cosas de Julia. Se daba cuenta de que sólo era un pretexto para investigar el mundo secreto de quien, hasta hace unas horas, creía conocer. Fue al dormitorio y se sentó en la cama, al lado de la mesa de luz de ella. En una cajita guardaba una crema de noche, esmaltes para las uñas, una pinza de depilar, un alicate. Al lado, vio un libro: Madame Bovary de Flaubert. Lo hojeó, su mujer había subrayado varios pasajes. ¿Acaso se sentía identificada con Emma Bovary? Posiblemente, porque los textos resaltados daban cuenta del aburrimiento de la mujer, la monotonía de su vida y los besos rutinarios del marido. Como para Emma, un amante significaba saltar el cerco de la vida cotidiana para abrazar esa pareja insidiosa formada por el peligro y el placer.

            ─Puta ─le dijo, aunque ella no podía escucharlo.

            Se fue al baño y tomó las pastillas para su hipertensión, un analgésico para su jaqueca y un ansiolítico. Quería dormir y no despertar más. La idea de suicidarse pasó por su cabeza, pero pensó en Joaquín, su madre estaba muerta… ¿cómo podría dejarlo también sin padre?

Joaquín había vuelto después de unos días en la casa de sus abuelos, pero la relación entre ellos era distante. El adolescente siempre había sido muy compinche con la madre y se había puesto rebelde y agresivo con él. Un día discutieron porque había dejado la cocina llena de ollas y platos sucios, además de botellitas de cerveza tiradas por doquier. Le dijo:

            ―¿Qué pasó? ¿Por qué tanta suciedad y desorden?

            ―Nos juntamos con los chiques a comer y tomar unas birras.

            ―No puedes dejar la casa un chiquero. Desde hoy no traés a nadie cuando yo no esté.

            El muchacho le respondió, muy enojado:

            ―Ojalá te hubieses muerto vos no mamá.

            Fue un golpe bajo para Carlos, se quedó sin palabras. Inmediatamente se refugió en su dormitorio y cerró la puerta. Era terrible para él, la muerte de Julia los había separado. Quizás tendría que haberse ocupado más del muchacho y no dejar que la madre lo malcriara. Después de todo, ese era su trabajo, ella no lo había hecho bien y ahora sería difícil enderezarlo.

 

9

 

Un sábado por la tarde Enrique estaba en su departamento corrigiendo parciales. Las notas debían ser publicadas el lunes y el trabajo era abrumador. La tarea se había incrementado para todos los miembros de la cátedra por la ausencia de Carlos. El profesor, sentado al frente de su escritorio, iluminado por una pequeña lamparita, miraba con fastidio la pila de exámenes que le faltaba evaluar. Decidió hacer una pausa para tomar un café. Pensó en su amigo que había abandonado sus ocupaciones y se pasaba todo el día rumiando su resentimiento hacia Julia. Decidió llamarlo, luego de saludarlo, le dijo:

            ―Viejo, ¿cuándo volvés al trabajo? Se te extraña mucho por aquí.

            ―No sé, mañana tengo turno con el psiquiatra él me lo dirá, estoy muy mal anímicamente.

            ―Es comprensible que te hayas tomado licencia, pero te aconsejo que hagas un esfuerzo y te levantes de la cama. Te haría bien trabajar.

            ―Como siempre, tenés razón amigo, me la paso viendo videos y fotos de Julia y no termino de convencerme ¿Por qué ella me engañó? Y enterarme así...

            ―El tiempo cura las heridas.

            ―Ya estoy viejo, no me queda tanto tiempo.

            ―Carlos, estás melodramático, sos un hombre joven todavía ―Enrique cambió de tema― El lunes hay una reunión de cátedra ¿por qué no venís?

            ―Bueno, así me pongo al tanto de las cosas.

            ―Te paso a buscar a las ocho y media.

            ―Se ve que no crees que vaya.

            ―Viejo, no lo tomes como una presión, es por tu bien.

 

***

 

Carlos se reincorporó al trabajo en la facultad, pero sus estados de ánimo indicaban un profundo desequilibrio mental. Además, había un agravante, había comenzado a abusar del alcohol y su vida se había transformado en un caos. Un día, en la cátedra, estaba buscando unos papeles en el armario cuando entró la jefa de trabajos prácticos.

            ―Me has sacado las planillas que estaban sobre el escritorio ―la acusó.

            ―No es así, por favor, no toco nada suyo.

            ―Hace rato que faltan cosas en esta oficina. No sólo tenés la maldad de llevarte mis planillas, sino que estás haciendo robo hormiga de café, hojas, azúcar…

            La mujer se puso roja de la ira, le dijo:

―No puede acusarme de ladrona, nunca he tenido problemas con nadie.

En ese momento entró Enrique. Inmediatamente se dio cuenta de la tensión que reinaba en la pequeña oficina, un aire denso lo envolvía todo.

            ―Hola, ¿qué pasa?

            ―Carlos me acusa de ladrona, ―la mujer sacó un pañuelo, se lo pasó por los ojos.

            Enrique miró a su amigo y colega:

            ―Vamos al bar, quiero hablar con vos. ―Se dirigió a la auxiliar:

            ―Griselda, tranquilizate, es sólo un mal entendido.

            Ambos hombres tomaron por el pasillo Cero y se encaminaron al bar ubicado a unos metros de la puerta de entrada por Avenida Benjamín Aráoz. Carlos iba callado, miraba los grandes carteles hechos con papel afiche por los alumnos que militaban en diferentes agrupaciones.

            ―Siempre hacen esto para las elecciones, están disputando por los primeros puestos, me parece que los del Partido Obrero le van a ganar a La Franja. ―dijo Enrique.

Boba comprendió que trataba de distender el clima que se había creado por su discusión con la auxiliar. Ya en el bar, con una taza de café de por medio, Enrique habló:

            ―Carlos, estás mal, tu pelea con Griselda es el cuarto incidente de la semana.

            ―Ella hurga mis papeles y está robando las cosas que tenemos para el refrigerio.

            ―¿Te parece?  Está hace cinco años con nosotros ¿y justo ahora pasan estas cosas?     

             Carlos movía los hombros como despegándose de la situación. Enrique siguió hablando:

            ―También dejaste mal a esa chica, ¿cómo se llama? La nueva ayudante estudiantil.

            ―Cecilia es una incompetente ―respondió Carlos―. Tuve que llamarle la atención porque viene a enganchar alumnos en lugar de trabajar.

            Carlos se sentía traicionado por su amigo. ¿Ahora se ponía de parte de esas minas? Claro, un mujeriego, ya se habría encamado con las dos. Finalmente respondió:

            ―¿Qué me querés decir? ¿Que estoy loco?

            ―No, Carlos, pero llegás con un olor…parece que te estás pasando con el alcohol.

            ―Sólo tomo un whisky por la noche, para poder dormir.

            ―Y hay algo más…

            ―Me quieren crucificar ¿qué les pasa ahora a las mujeres?

            Enrique tomó impulso y habló:

            ―Una alumna te denunció al decano.

            ―No lo sabía ¿por qué?

            ―Dice que le gritaste, le tiraste a la cara un parcial.

            ―Fue ese día que se borraron todos y tuve que dar consulta. Ella no estaba de acuerdo con la nota, ya sabes cómo se ponen los alumnos cuando desaprueban.

            ―El decano te va a llamar, le llegaron rumores sobre tu comportamiento. ¿Seguís con el psiquiatra?

            ―Mirá, yo no estoy loco. Sólo estoy pasando un mal momento.

            ―Comprendo tu situación, pero la forma en que estás procesando el duelo…

            ―Ella me engañó y vos ahora me traicionás y te ponés de parte de esas pendejas, si querés ser el titular de la cátedra vas a tener que esperar hasta que me jubile.

            Carlos salió enojado del bar, se dirigió hacia la playa de estacionamiento a buscar el auto. No lo encontró. Recorrió varias veces el lugar. ¿Se lo habrían robado? De pronto, recordó: había ido en taxi hasta allí. 

 

 

10

 

            Esa mañana Carlos se miró en el espejo: su aspecto era impecable, estaba muy bien afeitado y peinado. Se había puesto su mejor traje. Tenía una cita con el decano de la Facultad de Filosofía y Letras a las diez.

            Le preocupaba la formalidad de la citación: la secretaria lo había llamado por teléfono. Carlos era amigo del decano, por eso le inquietaba que hubiese delegado en otra persona la comunicación. Salió de su casa en auto, miró la hora, tenía tiempo de sobra para llegar a la facultad. Le gustaba ser puntual.

            El día anterior le había comentado sobre la reunión a su amigo:

            ―Enrique, me citó Evaristo Doncelli para mañana. ¿Sabés algo? No me explicaron los motivos.

            ―¿No sospechas nada?

            ―No, ¿vos qué sabés?

            ―Viejo, oficialmente nada, pienso que te llama por los incidentes que ocurrieron últimamente.

            ―¿Qué incidentes?

            ―Vos estuviste muy agresivo con una alumna y dos auxiliares.

            ―No veo que eso sea tan importante como para que Evaristo se ocupe.

            ―Hay algo más…

            ―¿Qué?

            ―No sé si decírtelo, son rumores.

            ―Por favor, Enrique, ya te dije, no guardés secretos, no te reservés los rumores. No me contaste sobre Julia y su amante.

Carlos no perdía oportunidad para sacarle en cara lo que consideraba una deslealtad de su amigo.

            ―No me reprochés, son cosas distintas. Una alumna dice que le pusiste una mano encima.

            ―Yo no pegué a nadie, es ridículo.

|           ―No, no dice que le pegaste, sino que la manoseaste. Ya sabes, ahora cualquier cosa es violencia de género. Te va a denunciar por abuso.

            Cuando llegó a la facultad se encaminó al estacionamiento, estaba a unos veinte metros del decanato. Ingresó a la oficina de Doncelli y vio a su secretaria sentada detrás de un escritorio tecleando en una computadora. A su lado, en una mesita, la impresora funcionaba con su característico sonido. Detrás, una cafetera despedía un aroma que impregnaba el lugar. En la mesa de la cafetera vio varias tazas de café, sobres de azúcar y edulcorante y cucharitas ubicados en una bandeja.

            La secretaria le dijo que el decano estaba en una reunión, se desocuparía en diez minutos. Le ofreció una taza de café. Carlos declinó cortésmente el ofrecimiento.

            ―Gracias, pero no puedo tomar café, es por consejo médico, ―intentó sonreír, pero sólo una mueca acudió a su rostro. Salió un momento a fumar. Estaba muy nervioso.

Cuando lo hicieron pasar, Evaristo se paró y le dio un fuerte apretón de manos.

            ―¿Cómo estás?

            ―Tratando de superar la muerte de Julia, ―dijo Carlos poniendo cara de sufrimiento, quizás necesitaría de la compasión y comprensión de Doncelli.

            ―Fue un duro golpe, lo lamentamos. Te llamé porque tengo muchas quejas por tu comportamiento.

            ―Estuve muy mal últimamente. ―Carlos se puso a la defensiva, sospechaba que se estaba armando una conspiración en su contra.

El decano tosió, no sabía cómo empezar, le dijo:

            ―Se rumorea que vienes alcoholizado a trabajar.

Carlos se sorprendió, esa no se la esperaba, ¿quién sería el buchón?

            ―No es que yo esté nervioso ni venga alcoholizado, me irrita la incompetencia de algunos miembros de la cátedra, eso es todo.

            ―Sólo personal femenino y alumnas vinieron a reclamar.

            ―¿Pensás que tengo algo en contra de las mujeres? Si en esta facultad son mayoría.

            ―Carlos, hay un hecho grave que quizás haya llegado a la policía.

            ―Sí, sé que se corre el rumor que yo abusé de una alumna, te juro que son mentiras, soy incapaz de hacer algo así.

            ―Te casaste con una alumna, ―dijo, sonriente el decano, tratando de aliviar la tensión de la reunión.

            ―Sí, yo la amaba, la perdí tan rápido...

            ―Carlos, voy a pedirte un favor: tomate una licencia, andá al médico. Tenés que dar prioridad a tu salud.

            ―Yo me siento bien, no creo haber hecho nada incorrecto. Enrique me convenció para que volviera a mi trabajo en la facultad porque estaba entrando en un cuadro depresivo grave.

            El decano lo miró, la cosa iba a resultar más difícil de lo que había calculado, Carlos eran un tipo terco. Pero tenía que ponerse firme, ya habían venido del gremio de los profesores y alumnos del centro de estudiantes a reclamar por el comportamiento de Carlos. Todos sentían su pérdida, pero no por eso iban a tolerar atropellos de su parte. Doncelli le dijo:

            ―No voy a tomar medidas si aceptas mi sugerencia, si no tendré que poner la situación a discusión del consejo de la facultad. Te cuento que hasta el rector está preocupado, te estima y quiere que te recuperes.

            Carlos no tuvo más remedio que aceptar la propuesta, al día siguiente pidió licencia por enfermedad.

***

 

Esa mañana Carlos se levantó temprano. Fue a la cocina a prepararse el desayuno, debía salir en unos minutos para entrevistarse con el director del colegio de Joaquín. Los problemas de conducta del hijo eran una preocupación de docentes y autoridades. Su vida se había vuelto un caos. Era un paria en la facultad, su hijo estaba fuera de control y era viudo por segunda vez. Sentía que, desde la muerte de Julia, se precipitaba en una pendiente ¿acaso tocaría fondo alguna vez? Perder a Julia le dolía, pero su infidelidad lo había partido en dos.

¿Qué había tenido para ofrecerle? Ella era mucho más joven, con esa fuerza y arrogancia que, durante los primeros años, lo habían hecho sentir vital. Ahora no era más que un viejo carcamán. Enrique había tenido razón, fue un error casarse con una alumna. Sus sesenta y cinco años le pesaban, la diabetes y los problemas cardíacos le había jugado algunas malas pasadas en la cama. Él había ofrecido a Julia su fidelidad ¿qué hombre era fiel a su esposa hoy en día? Sabía de sobra que todos andaban con los colmillos afilados para hincar el diente a tantas mujeres que andaban por ahí disfrazadas de caperucitas rojas. Detrás de su fingida inocencia se podía captar una mirada lasciva que delataba su deseo de tener un encontronazo con el lobo para que las coma sin mayores vacilaciones.

Mafalda, ella sí había sido una mujer entera: leal, amorosa, sin más pretensiones que ser su esposa, atender la casa y formar una familia. Lamentablemente no pudo, esa maldita enfermedad les había impedido tener hijos. El la acompañó hasta su último aliento. Si Mafalda viviese…ahora la valoraba más que nunca. Tenía todas las cualidades que debe tener una mujer: servicial, atenta, siempre esperándolo con la comida lista. Le alcanzaba la ropa cuando salía del baño, nunca sus camisas estuvieron tan impecables.

Eran el día y la noche con Julia. Su segunda esposa siempre estaba ocupada trabajando, viajando a congresos, saliendo con sus amigas. Debía reconocer que había sido una ráfaga de aire fresco en su vida, le hizo sentir un hombre joven, vital, potente. Su existencia ya no era rutinaria, por el contrario, si bien no planchaba sus camisas siempre estaba inventando algún juego estimulante.

Recordó que una noche se le apareció en el dormitorio vestida como una monja. Con un hábito marrón hasta los tobillos y una toca del mismo color. Su único adorno era una cadena con un gran crucifijo. Al principio Carlos se molestó por lo sacrílego de su atuendo, pero luego comenzó a excitarse y dejó de lado sus pruritos. Ella se fue sacando las capas de ropa: el hábito, la cofia, las enaguas, los zapatos… hasta quedar en un diminuto bikini. Todo el striptease lo hacía al compás de una música envolvente, realizando movimientos eróticos con el vientre y las caderas como una auténtica bailarina árabe. En ese momento le pareció que su matrimonio con Mafalda había sido aburrido y rutinario.

Pero todo lo que Julia le había dado se había diluido en un instante. Cuando vio las fotos de ella abrazando a ese hombre sintió que despertaba de un sueño ¿Acaso ella no había valorado su amor, su fidelidad, la familia que habían construido juntos?

Carlos se encaminó hacia el placar y sacó una caja con fotos, presa de furia comenzó a romper en pequeños pedazos cada una de ellas: Julia y él en Cancún, los dos abrazados en el jardín de su casa, ambos sosteniendo a Joaquín en su bautismo… Arrepentido de haber roto la última foto, buscó entre los pedazos el rostro del hijo, su pequeño cuerpo y su propio retrato. Reconstruyó la fotografía, pero sólo la mitad: él con su hijo, los dos solos, como era su realidad. Julia tendría que salir de su mente y de su corazón, así como había salido de su vida.


11

 

 

En una plazoleta del pueblo se alzaba una célebre escultura: la del hachero. Parado sobre el tronco ancho, cercenado y muerto de un árbol se erguía un hombre con un hacha sostenida con ambas manos. Representaba el triunfo de la cultura sobre la agreste naturaleza, el trabajo humano que permitía domar la selvática vegetación del monte. El pueblo del interior de Santiago del Estero, en la frontera noreste con Chaco se alzaba también como un triunfo sobre el árido desierto y la salvaje selva.

Isaura pasaba todas las mañanas frente al hachero, lo veía sin ver, el gigante era parte del paisaje de tierras coloradas de ese recóndito pueblo. Esa mañana se levantó con fuertes dolores, seguramente iba a cambiar el tiempo. Los huesos le avisaban, ellos sabían que iba a llover más que los charlatanes de la televisión.

Ayer le pareció ver a su ex patrona, la señora Julia. De muy moza Isaura había trabajado en Tucumán, en la casa de gente con plata, un matrimonio, profesores los dos. Ella le había tomado cariño a doña Julia Boba, una pelirroja que nunca estaba en la casa. Siempre trabajando en colegios, le contaba que tenía muchos alumnos.

Todo había resultado de conveniencia mutua hasta que la mujer la acusó de ladrona. Fue un golpe tremendo para Isaura. Estuvo detenida en la Brigada Femenina, maltratada por los policías para que confiese qué había hecho con el anillo de brillantes de la patrona.

Un trago amargo porque era inocente ¿acaso no dicen: “prefiero ser santiagueño que tucumano ladrón”? no sabía por qué doña Julia se había ensañado con ella. Tuvo que volverse a Monte Quemado, con antecedentes en su prontuario y la cabeza gacha. En el pueblo estaba el Eulogio esperándola con sus galanteos y aires de fiestero empedernido.

Ella no lo quería, pero su madre la obligó a aceptarlo, no sólo porque ya no podía aportar dinero al presupuesto familiar sino porque era una carga, una boca más para alimentar.

─Es un hombre trabajador ─le decía.

Isaura había visto otra vida en la casa de doña Julia: canillas en toda la casa, de ellas salía el agua a la temperatura que uno quería. Una hermosa cocina a gas natural, varias habitaciones, un gran living con sillones de pana…hasta ella que era la mucama tenía su propio dormitorio y baño.

Sabía que con el Eulogio iba a tener que meterse en una piecita de dos por dos y compartir con los padres y hermanos la cocina a leña y un baño tipo letrina ubicado a dos metros de la casucha.

Mama, son vagos los Orellana, mire que ni revocan ni pintan el rancho ─se quejaba con la madre.

─¿De dónde esos humos?, se te ha pegado la vida de los ricos en Tucumán.

─Nunca ha salido del pueblo, mama, usted no sabe cómo es vivir bien. Si hasta hace poco acarreaba el agua del río.

Las discusiones con la madre eran interminables, pero Isaura la conocía muy bien: no iba a descansar hasta salirse con la suya.

 

 

12

 

El bar de Toño era un punto de encuentro de empleados públicos y viajantes. Tenía ocho mesas con manteles rojos de cuerina, seis heladeras verticales y un gran mostrador donde despachaban los pedidos. Un muchacho con delantal atendía las mesas. Los días que había fútbol el barcito se llenaba, un televisor de sesenta pulgadas congregaba a los hinchas. Toño tenía que traer sillas del depósito y los hombres llegaban gritando y cantando eufóricos, la cerveza y el vino aliviaban la sed y exacerbaban los ánimos.       

Julia se juntaba todas las tardes a la salida de la escuela con sus nuevas amigas a merendar en lo de Toño. Disfrutaba de esa vida tranquila y sin sobresaltos, aunque extrañaba a su hijo y se sentía muy sola los fines de semana cuando Tina y Mercedes se volvían a la ciudad para estar con sus seres queridos.

            Un día, mientras hacía su rutina de caminatas, percibió que alguien la seguía. Detrás de sus pasos, otros pasos sonaban como un eco. Cuando se daba vuelta no había nadie. ¿Me estaré volviendo loca?, pensaba. Ocurrió en varias oportunidades hasta que la vio: una mujer morena y bajita, con un holgado vestido estampado la espiaba escondida detrás de un árbol. Julia la miró fijamente y la mujer desapareció por una calle lateral.

            A la mañana siguiente se despertó con la respuesta a su pregunta sobre la mujer que la seguía.  En el baúl de sus recuerdos apareció el rostro de Isaura, su ex mucama. Claro, vivía en el pueblo y la había reconocido. Se dio una ducha y tomó el desayuno. A las ocho de la mañana salió hacia la escuela. En el camino la ex mucama se le acercó:

            ―Hola, señora Julia, ¿se acuerda de mí?

            ―Claro, Isaura ¿cómo me voy a olvidar? Tantos años trabajando en casa, ¿cómo estás?

            ―Bien, la primera vez que la vi me di un julepe, yo creía que estaba viendo un fantasma

            ―¿Por qué?

            ―Vi en la televisión, decían que muchas personas murieron cuando un avión chocó, no, no fue un choque, se rompió algo y cayó. Sacaron una lista de los difuntos y usted figuraba.  Cuando la vi en el pueblo me preguntaba “¿será la doña?”, la miré mucho hasta que me convencí que usted no estaba muerta.

            ―No, esa noticia fue por una confusión. Isaura, te debo una disculpa, me porté mal con vos.

            Julia había acusado a Isaura de ladrona cuando notó que le faltaba su anillo de brillantes. La mucama le había jurado que ella era incapaz de hacerse con lo ajeno, pero no convenció a Julia que la echó luego de denunciarla en la policía.

            Isaura fue interrogada y estuvo tres días en la Brigada Femenina. Julia encontró el anillo en un mueble, se lamentó por haber denunciado a la mujer, pero ya no podía hacer nada. Su orgullo se lo impedía, no iba a pasar por una ridícula que hace denuncias porque se olvida donde pone las cosas.

―Usted me perjudicó ―le dijo― me tuve que volver a este pueblo, casarme con el Eulogio. Ya pasaron varios años, pero sigo extrañando la vida en Tucumán.

─Perdóname, Isaura, fue un error. No imaginé que te iba a dañar de esa manera. Si hubieses ido a mi casa te daba una recomendación. Mi amiga Elena te habría tomado con gusto, ella siempre tiene problemas con las mucamas, vos eras muy buena, honesta.

─Esa denuncia me manchó para siempre, me pintaron los dedos, creo que quedé fichada. Cuando la policía me dejó ir me agarró una cosa…un miedo de que me volviesen a llevar en cana. Me tuve que volver a la casa de mis padres.

Julia escuchaba las recriminaciones de la ex mucama con cara de circunstancia, le dijo:

─Te pedí perdón, no sé qué más puedo hacer.

La mujer no pensaba aflojar, el resentimiento acumulado afloraba.

─No entiendo por qué se vino a vivir acá. ¿Está sola? ¿Y el señor Carlos?

            ―Este lugar es muy bonito, siempre quise vivir en el campo. Carlos está de acuerdo.

Las mujeres se despidieron, Julia había quedado preocupada por ese encuentro inesperado. No presentía las consecuencias que iba a tener sobre su vida.

 

***

 

            Isaura volvió a su casita pensativa, recordaba cómo admiraba a Julia. Una mujer elegante, segura, trabajadora, con muchos conocimientos. El hijo y el esposo la adoraban. Ella no había podido hacer más que la primaria. A los doce años su madre la había llevado a Tucumán. Una señora amiga de la familia la había recomendado para el trabajo de niñera. Así comenzó su carrera en el servicio doméstico, aprendió muchas cosas: a limpiar, planchar, lavar. A los veinte años la anciana que cuidaba murió por lo que quedó en la calle. Volvió por una temporada a Monte Quemado, su madre se enojó con ella.

─¿Qué vamos a hacer ahora que estás sin trabajo? El dinero que mandabas nos permitía comer decentemente.

Ella era la mayor de siete hermanos por lo que la madre cobraba la pensión por los siete hijos. Siempre se lamentaba.

─La pensión no alcanza, aquí son muchas bocas, tu hermana está embarazada, los changos no consiguen trabajo.

Isaura tenía que soportar la letanía de la madre. Un día se reveló:

Mama, trabajo desde los doce años, ¿por qué no manda a trabajar a esos vagos?

Pero no iba a ganar una discusión con ella que rápidamente le pegó donde sabía le iba a doler, y mucho:

─El Eulogio me vino a hablar, quiere ser tu novio.

─Ya sabe mama que no me gusta ese hombre, siempre anda con la ropa sucia y el pelo grasiento.

─Qué pretenciosa. El Eulogio es un muchacho trabajador, claro, no está en una oficina. En esos trabajos en el surco se te pega la tierra.

Las discusiones con la madre se terminaron el día en que una llamada telefónica cambió la suerte de Isaura. La madre le dijo:

─Hay un empleo para vos en Tucumán, dos profesores necesitan una mucama. La Rita trabaja para la madre de la señora Boba y te ha recomendado.

Isaura hizo las valijas y partió, pensó que iba a ser para siempre. Nunca sospechó que la misma persona que la había sacado del pueblo la empujaría de nuevo a ese lugar. Su odio hacia Julia era grande, ella había criado a ese chico, Joaquín. Si hasta le hacía hacer los deberes porque la madre no estaba nunca. ¿Y cómo le había pagado? Con una denuncia falsa. Quizás había perdido el anillo y no quería decirle la verdad al marido.

Estaba resentida, no podía perdonar a la señora que le hizo tanto daño, su prontuario estaba manchado. Las personas que podían contratarla pedían referencias y ella no podía contar por qué había salido de la casa de Julia. Era la palabra de una humilde mujer de campo contra la de una profesora con plata.

No entendía por qué la había tratado tan mal. Ahora estaba en el pueblo pidiendo disculpas.  No entendía qué hacía ahí.

Miró su pequeño reloj pulsera, tenía que ir a la escuela para hablar con la maestra de Rigoberto. Ya la había llamado antes la señorita Tina, el chico era su nieto preferido, tenía once años y mala conducta. Se encaminó hacia allí, cuando entró a la escuela vio a la señora Julia atendiendo el quiosco, ella estaba ocupada y no la vio.  Fue hasta el grado de Rigoberto, escuchó los reclamos de la maestra y le prometió tomar medidas. Antes de irse preguntó:

─Hay otra mujer atendiendo el quiosquito…

─Sí, es nueva, se llama Clara Torres, vive en la pensión de doña Anita.

─Me di cuenta que no es de este pueblo.

─No, se vino de Tucumán, por un tema de salud. Creo que, por sus bronquios, donde vivía es muy húmedo.

Isaura se despidió de la maestra y saludó con la mano al nieto que fingía estar concentrado en una tarea.

Esa noche Isaura no durmió bien, al primer canto del gallo saltó de la cama y fue a cebarse unos mates. El Eulogio roncaba, parecía una locomotora. Se acordó del profesor Carlos Boba, un hombre educado, limpito. ¿Por qué doña Julia lo había dejado? ¿Por qué ella no estaba muerta si su avión había caído? ¿Por qué se hacía pasar por otra persona? ¿Por qué había elegido su pueblo para vivir? Muchas preguntas bullían en su cabeza.

Resolvió ir a la pensión de doña Anita para hablar con Julia. Seguro la encontraría a la tardecita, cuando se desocupase de su trabajo en la escuela. Pensaba cómo encararla, qué le iba a decir. No tenía sentido seguir recriminándole, ahora podría vengarse, eso sí. Vengarse y sacarle provecho.

Cerca de las siete de la tarde se puso su vestido nuevo, el que usaba los domingos para ir a misa. Era de una tela liviana parecida a la seda, se calzó sus mejores zapatos y se dio un toque de lápiz labial. Ella iba a hablar con Julia de igual a igual. Tenía el coraje y los motivos para no achicarse con esa profesora que se daba aires de importancia.  Ella tendría que compensarla, después de todo era una mujer rica.

            Caminó diez cuadras hasta la pensión de doña Anita. Golpeó la puerta, la dueña salió a atenderla:

─ ¿Qué se te ofrece Isaura?

─Busco a la pensionista nueva, la que atiende el quiosco en la escuela.

─Se llama Clara Torres ¿quieres que la llame?

─Sí, por favor.

Doña Anita no la hizo pasar, Isaura no se ofendió. Era mejor así, pensó, para que nadie escuche la conversación. Cuando vio a Julia perdió la seguridad que la había acompañado hasta allí. Se olvidó de todo lo ensayado durante el día, sólo atinó a decirle:

            ―He pensado ir a Tucumán el fin de semana, ¿quiere que le lleve algo a don Carlos?

            ―No, no hace falta.

            Isaura notó el nerviosismo de Julia, la tranquilidad regresó. Ahora ella era la dueña de la situación. Había llegado la hora de vengarse.

            ―Voy a ir, quizás él no sepa que está usted bien.

            ―Por favor, no vayas, algún día te contaré, es muy complicada mi situación.

─Quizás no vaya, quizás la perdone, todo depende de usted.

─ ¿Qué quieres que haga?

─Estoy terminando mi ranchito, Rigoberto es mi nieto preferido, él necesita una pieza. Está creciendo, no puede dormir siempre conmigo y mi esposo ¿Me entiende?

─No, no sé qué me queréis decir.

─Con mil ladrillos será suficiente, mis hijos me van a ayudar a levantar las paredes.

─Mira, mi situación es distinta ahora, ya no tengo mis cátedras, estoy separada de Carlos, vivo del quiosco. Gano poco, sólo para gastos mínimos.

─Bueno, la entiendo, me voy.

─No, espera, dame unos días, tómalo como una compensación por la denuncia que te hice.  Voy a conseguir para unos quinientos ladrillos.

Isaura se puso firme, sabía que tenía la sartén por el mango.

─No, con eso no hago nada, necesito mil…para empezar.

Julia temió que una Isaura desconocida, ambiciosa y extorsionadora derrumbase la precaria tranquilidad que había conseguido en Monte Quemado.

           


13

 

            Una noche, cuando todos dormían en la pensión, un grito despertó al viejo y a doña Anita. Fueron corriendo hacia la habitación de Julia. Se sorprendieron al ver la puerta abierta. En ese momento la anfitriona salía de la cocina con una taza de té en la mano. Dentro de la habitación una mujer se retorcía de dolor.

― ¿Qué pasó? ―preguntó el viejo, lagañoso, vestido con un pijama a rayas raído.

Doña Anita, indiferente ante el cuadro de la mujer quejándose en el piso, reprochó a su pensionista:

―Usted no puede recibir gente en su pieza. Y a esta hora…―dijo mientras miraba su reloj pulsera. Cuando se dio cuenta de que la afectada era Isaura se le acercó.

─¿Qué te pasa?

Isaura gemía y se tocaba la pierna. Julia les dijo que su amiga no se sentía bien y había ido a la cocina a prepararle una taza de té. Desde allí había escuchado el grito.

Doña Anita llamó al hospital. Consiguió comunicarse con el doctor de guardia, su médico personal.

―Tengo un problema, en mi pensión una visita está con un ataque.

― ¿Qué le pasa?

―Llora y se toca una pierna, dice que le arde.

―Tiene que traerla.

La ambulancia estaba rota así que el médico se llegó a la pensión en su automóvil, doña Anita y Julia cargaron a la mujer en el asiento trasero. Julia explicó al galeno que se llamaba Isaura Orellana y era su amiga.

En el hospital descubrieron que tenía en la pierna la mordedura de un ofidio, el cuadro evolucionaba rápidamente, la pierna presentaba dos puntitos violetas, se estaba hinchando y poniendo morada y tumefacta. La piel estaba adelgazada y a punto de ceder, por lo tensa. Isaura, muy acalorada, se quejaba y pedía agua.

El médico llamó a Julia, necesitaba de su presencia en el hospital. Cuando llegó fue a ver a su ex mucama. Estaba rodeada por sus familiares. Una cánula conectaba su brazo izquierdo con una bolsa con líquido que pendía de un soporte metálico. La enfermera se le acercó, le acomodó las sábanas y la almohada. Le tomó el pulso y la presión. Isaura parecía inconsciente, sudaba mucho. Sólo un ventilador refrescaba la atestada habitación.

El médico pidió a los familiares que se retirasen, necesitaba hablar a solas con Julia.

―Es poco frecuente, ―le dijo―, la mordedura de serpiente, esta le inoculó un veneno que podría matarla.

― ¿Una serpiente en mi habitación? No puede ser.

―Sí, hay como veinte especies en el monte, la poda de árboles y la presencia del hombre las hace emigrar sin rumbo.

― ¡Increíble!  ―Julia puso cara de asombro.

― ¿Usted la vio?

―No, fue todo tan rápido…cuando comenzó a gritar pensé que le había dado un ataque de hígado o algo así. ¿ella va a morir?

―No si le administramos el suero antiofídico específico. Tenemos doce horas, lo importante es saber qué especie la picó.

Julia salió pensativa, su plan tambaleaba, ¿acaso era una asesina? Todavía estaba a tiempo de revertir la situación. Quizás Isaura se alejase de ella, no podía soportar más la extorsión a la que la sometía, “esta gente es supersticiosa, podría ver lo que le ocurrió en mi dormitorio como una señal”.

En su afán de sacarse a la mujer de encima, Julia había ideado un plan que se estaba desarrollando a la perfección. ¿Iba a echarse atrás? ¿Quién podría imaginarse que en ese remoto pueblo ella elucubrase un crimen? Algún día se lo contaría a Elena, ella no solo odiaba a los hombres, las mucamas eran el blanco preferido de sus críticas. Ahora debía tomar una decisión que marcaría su futuro.

Recordó las presiones de Isaura: primero fueron los mil ladrillos, luego tres bolsas de cemento y arena. La ambición de la mujer no tenía límites, la extorsionó también para que le comprase unas chapas. Julia sentía que trabajaba para su ex mucama y una caterva de hijos y nietos. Una manga de vagos que vivían de planes y changas. Se había enterado que el marido de Isaura era alcohólico y los fines de semana se iba con sus amigos al bar de Toño. El drenaje de dinero la estaba llevando a la quiebra, debía un mes de pensión a doña Anita y no había pagado a los proveedores. Su única fuente de ingresos, el pequeño quiosco, tenía cada vez menos mercadería.

            Ahora se le presentaba un dilema, el médico le había dicho que no podía administrarle el suero antiofídico sin saber de qué especie era. En el camino hacia la pensión pensaba, tratando de recordar si el muchacho le había dado el nombre del animal. Ella no lo había visto, se había limitado a desanudar la cuerda de la bolsa que Nilo le había entregado.

Cuando llegó encontró a doña Anita en su cuarto.

―Hemos revisado todo y no hay ninguna serpiente en su dormitorio.

―Gracias ¡Qué alivio! Cuando pienso lo que me pudo haber pasado tiemblo.

―Es la vida del campo, ―le contestó la mujer.

Julia se extrañó al verla sin su delantal. Claro, era domingo, su día de descanso.

―Sí, me explicaron que puede ocurrir estando tan cerca del monte.

―Hay mucha tala, los animales salen en desbandada, el hombre está destruyendo sus nidos.

Mientras conversaba con la dueña de la pensión Julia recordó, Nilo le había dicho el nombre de la serpiente, era una yarará.

Le dijo a doña Anita:

―Voy a volver al hospital.

― ¿Cómo está su amiga?

―No sé, voy a preguntar, ―dijo saliendo apresurada. Después de todo, Isaura se portó mal conmigo, se merecía un buen susto. Había decidido que ella no era capaz de asesinar a su ex mucama. Cuando llegó al hospital habló con el médico de guardia.

―He averiguado qué serpiente mordió a Isaura Macías. Fue una yarará.

El médico le dio las gracias y subió en una ambulancia para ir a buscar el suero antiofídico que salvaría a la mujer de una muerte segura.

 

***

 

Cuando la vida en Monte Quemado parecía haber vuelto a la normalidad, Julia se encontró con Isaura. Fue una tarde en la plaza en la que solía sentarse los sábados cuando sus amigas visitaban a sus familias en La Banda y ella quedaba sola.

― ¿Cómo estás Isaura?

―Bien.

― ¿Te has recuperado de la picadura?

―Sí, gracias por avisarle al médico el nombre de la víbora que me picó. Usted me salvó la vida.

―No me des las gracias, era mi obligación.

― ¿Sabe doña Julia? Lo estuve pensando mucho ¿por qué la víbora me atacó cuando usted no estaba? ¿Fue cosa del animal o usted lo hizo adrede?

―No puedes pensar que quise matarte. Me explicaron varias personas, eso sucede a veces por el desmonte. Quizás el animalito entró cuando dejé la puerta abierta para hacerte un té.

―Me asusté mucho cuando vi la víbora, se me apareció como de la nada, con esos ojos chiquitos que me miraban con maldad. Su lengua, muy negra, se movía dentro de esa boca con unos dientes filosos, el cuerpo manchado y con escamas. Casi paro la pata.

―Lo lamento, Isaura. Me alegro que te hayas recuperado.

―Sí, estoy muy bien, pero, usted sabe doñita, las necesidades nunca terminan, el Ezequiel necesita una bicicleta para ir a trabajar. Consiguió una changuita en Copo.

Julia se dio cuenta que había perdido la oportunidad de mandar al otro mundo a la extorsionadora. Pero ella no era de las personas que se dan por vencidas fácilmente.

 

***

 

Julia tenía que tomar una decisión, no podía seguir viviendo en esas condiciones. Isaura era insaciable en sus exigencias. Lo mejor era volver a su casa, extrañaba a Joaquín, quizás Carlos la recibiera bien. También cabía la alternativa de hablar con él y pedirle el divorcio

Julia dudó mucho antes de llamar a Guillermo. Se habían puesto de acuerdo que era mejor que cada uno siguiese su camino. La mujer sólo podía hablar con él, era el único que conocía su secreto, claro, además de Isaura.

            ─Hola, ¿cómo estás? ─Le dijo Julia, insegura─ ¿Podes hablar?

            ─Hola, Julia, qué linda sorpresa…sí, puedo hablar ¿Cómo estás?

            ─Todavía viviendo en este pueblito perdido …te extraño.

            ─Yo te extraño también.

            ─Estoy en apuros, por una gran casualidad vive aquí una mujer que me conoce. Sospecha que estoy huyendo y me extorsiona.

            ─ ¡Qué gente! ¿Qué vas a hacer?

            ─No sé, quizás vos puedas ayudarme.

            ─Claro, contó conmigo. Me gustaría verte ―le dijo Guillermo con un tono seductor.

            ─ ¿Por qué no me llamaste?

            ─Sí te llamé muchas veces, me daba “línea fuera de servicio”.

            ─Claro, qué estúpida, cambié de número. Por precaución.

            ─Comprendo. Te olvidaste de mí. Guillermo le hablaba en un tono en donde el reclamo se anudaba a un pedido.

            ─Nos podemos juntar en la ciudad de Santiago del Estero, tengo que viajar para ahí por unas compras ─le propuso Julia.

            ─Bueno, te busco en la terminal.

            El reencuentro fue en un hotel discreto en las afueras de la ciudad. La pasión no se había extinguido. Julia amaba realmente a ese hombre.

            ─Si pudiese volver en el tiempo…─le dijo, melancólica, mientras lo abrazaba después de hacer el amor.

            ─ ¿Qué harías?

            ─Me casaría con vos y no con Carlos.

            ─Nos encontramos tarde ―se lamentó él.

            ─Sí, me pregunto ¿Cómo estará mi marido?

            ─Un viudo doliente, seguro. No tengo noticias de él.

            ─Necesito tu ayuda, la extorsionadora de la que te hablé es una ex mucama que vive en Monte Quemado. Se dio cuenta de que estoy escondida en el pueblo. Sabe lo del avión.

─ ¿Qué pensaste?

─No sé, darle un susto. Tengo que solventar sus gastos y los de su familia.  La otra posibilidad es volver a Tucumán, hablar con Carlos.

─No puedes huir eternamente. Quizás tu marido ya tiene consuelo.

─Me gustaría saber cómo está ¿Podes ayudarme?

─Claro, no sé qué tengo que hacer.

─Hay muchos santiagueños en Tucumán, ¿conoces a alguien que te pueda dar información sobre Carlos?

─Voy a averiguar.

Esa tarde se reunieron nuevamente los amantes en el hotel.

─Hablé con el Pelado López, él trabaja en una investigación con gente de Filosofía. Le pedí que me consiga datos de tu esposo.

─ ¿Y? ─Julia estaba ansiosa.

─El Pelado se inventó que buscaban un profesor para un simposio sobre ética, pidió referencias de Boba a una auxiliar de la cátedra donde él trabaja. Le dijeron que está de licencia. Se corre el rumor de que lo obligaron a tomar esa licencia porque se sacaba con sus colaboradores, específicamente con las mujeres que trabajan con él.

─Son malas noticias.

 

14

 

 

El vehículo se paró en las puertas del Poder Judicial, un enorme edificio, antiguo y majestuoso. Guillermo tembló, sabía que el juicio podía terminar en condena, la que lo llevaría a vivir encerrado el resto de su vida.

            Subió las escalinatas de ingreso y se encaminó por un pasillo para dirigirse a donde se ubicaba la Sala II que lo juzgaría. A su lado iba el Chino y dos policías. En el trayecto escuchó una voz que lo llamaba. Era su esposa, la saludó con la mano y siguió caminando. Una vez en la planta alta recorrió otros pasillos Balaustradas de cemento hacían las veces de barandas de contención.

            Por un momento, Guillermo contempló la posibilidad de treparse a ellas y arrojarse al vacío. El Chino lo tomó del brazo como si adivinase sus pensamientos.

            Cuando los hombres entraron a la Sala, Guillermo observó que, sobre una tarima, estaban los jueces, vestían de traje, su gesto adusto transmitía fastidio y recelo. Estaban sentados detrás de un estrado de madera de roble. Para destacar su importancia, se ubicaban a mayor altura del piso que el resto de los asistentes.

            Había muy poca gente. El acusado observó una hilera de bancos vacía. Él era el protagonista del juicio, todas las miradas lo seguían hasta su ubicación a la derecha de sus juzgadores, a la izquierda la fiscal parloteaba con un colaborador.

El juicio duró dos semanas, todos los días Guillermo se afeitaba y vestía con saco y corbata. Su esposa lo apoyaba en este momento tan difícil y había procurado que se presentase correctamente vestido. Había adelgazado mucho por lo que ella le había comprado una camisa blanca y un traje adecuados a su nuevo cuerpo.

El secretario del tribunal leyó la acusación: doble homicidio calificado agravado por femicidio. El presidente del tribunal le dijo al acusado:

─Póngase de pie. Se le informa de su derecho a no declarar sobre sí mismo y a no confesarse culpable. Si va usted a declarar, responda a las preguntas del Ministerio Fiscal.

El doctor Lugones expresó:

─Mi defendido no ha resuelto todavía si va a declarar.

La fiscal comenzó dando una semblanza de la víctima, una madre ejemplar, profesora de colegios secundarios y de la universidad, una mujer honesta y joven cuya vida fue sesgada por el acusado. Un hombre que, pretextando consultarla por un trabajo profesional, la sedujo y llevó al adulterio. Cuando mató a la occisa también asesinó al hijo nonato de ambos. La semblanza emocionó a Guillermo hasta las lágrimas. El abogado defensor le reprochó esta conducta, “no querrás que piensen que lloras porque te carcome la culpa”.

La fiscal no dio tregua al torbellino emocional que sufría Galindo, presentó como primer testigo al médico forense que realizó la necropsia de Julia. Ella sufrió lesiones en la cara, contusiones en el ojo y pómulo derecho, presuntamente a causa de un puñetazo. Lo que provocó su muerte fue una herida en la carótida que le produjo un schok hemorrágico. Se trataba de una herida corto contusa presumiblemente realizada con un arma blanca. La mujer no pudo sobrevivir a la gran pérdida de sangre que la lesión le produjo. El médico aseguró que la víctima fue asesinada en otro lugar y luego trasladada hasta las yungas. Se desconocía cuál había sido la escena del crimen, en la ropa de Julia Boba se encontró vegetación no compatible con la de la zona donde la enterraron. Los estudios de laboratorio revelaron que en el cuerpo de la mujer había material genético del acusado, el feto presentaba ADN compatible en un 99.99% con el de Galindo.

Guillermo trató de controlar su angustia, conocía algunos detalles de la autopsia, pero escucharla en el juicio le dio la dimensión del sufrimiento de Julia, salvajemente golpeada y herida por su agresor. Estaba seguro que el marido la había matado pero las autoridades habían considerado falaces sus palabras. Creían que sólo buscaba liberarse de culpa y cargo.

El encargado de las cabañas en El Frontal declaró sobre las discusiones de la pareja y dejó muy mal parado a Guillermo a quién describió como un hombre agresivo que había maltratado a Julia. Había escuchado que él le gritaba que de ninguna forma se iba a separar de su esposa ni dejar sin padre a sus hijos.

El comisario Córdoba narró cómo había encontrado el cuerpo y el procedimiento seguido para resguardar las pruebas. También informó sobre la primera etapa investigativa a su cargo. Las conversaciones con los sospechosos, el acusado y el esposo de la occisa, señor Carlos Boba a través de interrogatorios en comisaría habían descartado al último. Se entrevistó al profesor Enrique Salinas que dio una coartada precisa sobre un trabajo que hicieron con el profesor Boba en el horario en que fue asesinada la señora Julia Caramutti, entre las dos de la tarde del día veinte de mayo y las dos de la mañana del día siguiente, según estimaciones del perito forense.

La fiscal presentó a una testigo de que había visto al señor Galindo junto a la víctima en el horario probable de su defunción.

El informe psicodiagnóstico que una perita del Gabinete Psicosocial realizó al señor Galindo reveló:

El señor Galindo padece de una depresión por situaciones de pérdida actuales y pasadas. La misma es acompañada por trastornos en el sueño, inapetencia y dolores estomacales. De las diferentes pruebas realizadas se observa que el paciente posee las funciones superiores conservadas, no presenta dificultades en el manejo temporo espacial ni psicopatologías severas. La impulsividad es una de las características de su personalidad. Posee dificultades para contener su agresividad, conflictos en las relaciones personales e inestabilidad. No obstante, aparecen indicadores de creatividad y recursos yoicos. Su nivel intelectual supera la media. Las situaciones triangulares le generan incomodidad, incógnita, descubrimiento.

El “Chino” arremetió contra el informe sobre todo lo referido a la impulsividad y las dificultades para contener su agresividad.

─En su experiencia, ¿esas características del acusado aparecen con frecuencia en el resto de la población?

─Así es, esos rasgos de personalidad aparecen con frecuencia en hombres y mujeres.

─¿Y cuál sería entonces la diferencia con un asesino?

─La mayoría de las personas puede controlar sus pulsiones agresivas a través de diferentes mecanismos aprendidos en su proceso de socialización.

─¿El señor Guillermo Galindo podría pertenecer a ese grupo?

─Si, no se detectaron indicadores de desbordes violentos.

A pedido de la fiscalía también se presentó a declarar la psicóloga que realizó una autopsia psicológica de la víctima. Sus conclusiones fueron de que se trataba de una mujer que padecía de un cuadro de histeria leve, egocéntrica, centrada en su carrera profesional y con gran adherencia a su único hijo. Su relación matrimonial atravesaba una crisis, pero no había indicios de que tuviese intención de separarse del marido todavía. No se encontraron signos de trastornos psicopatológicos ni adaptativos. La profesional explicó al jurado que había recurrido a entrevistas con amigos, familiares y colegas para reconstruir las características de la personalidad de la señora Julia Caramutti.  El abogado del acusado aprovechó este informe para repreguntar sobre la relación matrimonial de la víctima y arrojar sospechas sobre el marido.

─Licenciada, ¿pudo usted sacar alguna conclusión sobre la vida matrimonial de la víctima?

─Sí, el matrimonio estaba en crisis.

─¿Pudo deducir los motivos de tal crisis?

─Había conflictos con respecto a las ocupaciones de la señora Boba, ella trabajaba mucho y estaba poco tiempo en la casa, también se presentaban otros problemas que hacían a la vida íntima de la pareja.

─¿Pudo deducir si el señor Boba era violento con ella?

La fiscal Lanús objetó la pregunta. No iba a permitir que el juicio se desviase hacia el esposo. Él no estaba siendo juzgado.

El tribunal deliberó y su presidente no dio lugar a la objeción:

─Le vuelvo a preguntar, ―dijo el Chino:

―¿El señor Boba era violento con su esposa, la señora Julia Caramutti?

─No, y no hay antecedentes de violencia tampoco de su anterior matrimonio con la señora Mafalda Cortone.

El abogado defensor hizo desfilar cantidad de testigos que pudieron dar fe de la hombría de bien de Guillermo. Presentó a su esposa, unos alumnos y compañeros de trabajo de Galindo. La esposa intentó justificar el adulterio del acusado diciendo que estaban pasando un momento difícil en su matrimonio, pero no convenció a nadie. Hacía gestos con las manos y transpiraba, miraba hacia abajo, evidentemente estaba mintiendo. La fiscal no hizo preguntas, nadie podía obligarla a declarar en contra del marido.

La prensa de Tucumán y Santiago del Estero siguió con atención las alternativas del juicio y los periodistas se agolpaban por obtener declaraciones del acusado.

El doctor Lugones se esmeró en su defensa: el hecho que su cliente tuviese una camioneta azul, su semen en el cuerpo de la occisa, la discusión en El Frontal de la que la fiscalía presentó un testigo eran pruebas circunstanciales. Señaló que los peritajes en la camioneta y la casa del acusado no dieron resultados inculpatorios para su cliente. Trató de desacreditar a la testigo que dijo haber visto a Galindo con la señora Boba en un bar de la Avenida Aconquija en la franja horaria en que se presume la mujer fue asesinada. También presentó una prueba importante: el celular del acusado no había sido activado en los lugares en los que se desplazó el presunto asesino para enterrar a la víctima.

La fiscal convenció a los jueces de la validez de su principal testigo de cargo, la señorita Hortencia Rodríguez. Ignoraba que la mujer era una hermanastra de Carlos Boba que estaba dispuesta a hacer lo que el viudo le pidiese. Siempre había estado enamorada de él.

Para la prueba del celular la doctora Lanús llamó a un técnico, gracias a la habilidad de su interrogatorio dejó establecido que Galindo podría haber dejado el aparato en su casa cuando viajó a Tucumán a asesinar y enterrar a Julia.

El tribunal falló en contra del señor Galindo, declarándolo culpable de la muerte de la señora Julia Caramutti de Boba. Los hechos expuestos y las pruebas documentales, testimoniales y periciales presentadas dejaban en claro, más allá de toda duda razonable, que el acusado cometió el crimen, estando plenamente consciente de sus actos y del daño que éstos eran capaces de producir en la víctima. La intencionalidad de matar estaba probada. Si bien no pudo encontrarse el arma homicida, los informes del cuerpo de peritos médicos indicaban de que se trataba de un elemento corto punzante. La fiscalía había conseguido demostrar que el móvil que desencadenó el crimen fue el embarazo de la víctima que ponía en riesgo la situación matrimonial del señor Galindo.

 El acusado fue condenado a veinticinco años de prisión. Guillermo no sólo perdió su libertad: su esposa pidió el divorcio y sólo una hija y su hermana lo visitaban en el Pabellón cinco de Villa Urquiza.


 

15

 

 

Guillermo se despertó de un raro sueño, estaba preso en una habitación donde en una pared brillaba una gigantografía de Nueva York de noche. Los puentes y rascacielos sobre el río Hudson, la serpiente roja del tránsito, deleitaban sus sentidos. Una lagartija de color verde manzana lo miraba desde un rincón. Una mujer de cabellos rojos le daba masajes en la espalda. Por el amplio ventanal entraba el sol de la mañana. Cuando abrió los ojos vio que la foto no era más que una gran mancha de humedad en la pared, la lagartija era una rata que movía sus ojitos y bigotes estudiándolo. La mujer de cabellos rojos había desaparecido y el ventanal no era más que un alto ventanuco con gruesas rejas mal pintadas de verde.

Su vida no era vida. Lo había perdido todo. El día que entró en la prisión y la puerta se cerró detrás suyo sintió una extraña sensación, la puerta que se cerraba a sus espaldas de un golpe seco quedaría para siempre en su memoria.  Las palabras afuera y adentro habían tomado una espesa consistencia en su vida.

Su abogado le había dicho que, si tenía un buen comportamiento, iba a gestionar permisos de salida. El tiempo era eterno. Consiguió una autorización para seguir investigando y terminar su tesis. El trabajo en la carpintería del penal le hizo vivenciar esa cualidad de usar las manos para hacer un producto concreto, real y útil. ¿Acaso sus publicaciones podían equipararse? ¿Eran útiles o inútiles?

Desde su juventud no había hecho otra cosa que hablar, escribir, dar conferencias, inventar frases, buscar expresiones, las palabras eran el centro de su mundo.  Ellas poblaban sus pensamientos ¿qué eran? ¿Un producto de la mente surgido de cientos o miles de sinapsis neuronales que vagaba por el cerebro como circula la sangre en el cuerpo?

Recordaba el día en que lo llevaron al penal de Villa Urquiza. Estaba nublado y Córdoba salió a despedirlo. Lo trasladaron esposado en una camioneta de doble cabina. Atravesaron la Ciudad muy temprano, no había mucho tránsito a esa hora. De pronto, un edificio muy alto con garitas que sobresalían cada ocho o diez metros le indicó que habían llegado. Dos policías lo acompañaban, pasaron por varios controles hasta llegar a una celda donde perdería su identidad, su vida…la cárcel sería como un paréntesis entre un antes reciente y un lejano después.

Entendió que el pudor era lo primero que debía dejar atrás. Lo desnudaron y revisaron. Un policía le dio unos cachetazos innecesarios ¿acaso él estaba desobedeciendo alguna norma? Seguramente había allí muchas reglas que no estaban escritas en ninguna parte. Códigos tumberos, se dijo.

Sus pertenencias habían quedado también atrás, no podía llevar una cadena de oro que Julia le había regalado, ni las fotos de sus hijos, ni miles de objetos que atesoraba como pequeños trofeos donde los recuerdos y la cronología se entremezclaban. Rememoró el día en que caminaban cerca del dique El Frontal y Julia encontró una pequeña piedra gris en forma de corazón. Esa noche se la regaló con una dedicatoria “Por siempre te amaré”.  ¿Cuánto había durado el “por siempre”?

Guillermo era un bicho raro en esa prisión de paredes descascaradas donde el hacinamiento y los olores nauseabundos le hacían sentir que estaba en una cloaca. A los pocos días de llegar se hizo un amigo en la biblioteca del penal. Apenas había cumplido los dieciocho años y ya tenía un frondoso prontuario. Algunos le decían Ariadna, otros Chicho. Le contó a Guillermo que él había descubierto a Dios gracias a las visitas de un grupo católico, Palestra. Era la primera vez que alguien le mostraba un camino distinto y le daba esperanzas de una vida al servicio de causas nobles. Le habían dejado un pequeño libro con oraciones y pidió al profesor que le ayudase a leer. Sólo había completado el tercer grado y estaba casi olvidado de cómo hilvanar las letras para dar sentido a ese mundo nuevo que amanecía como futuro y promesa. Guillermo sabía que era uno de los secuaces de la banda del Buda. Le pareció que Ariadna necesitaba aferrarse a algo, la religión podía ser su salvación. Presentía que en la cruda realidad de la cárcel sólo las alianzas tumberas y la violencia garantizaban la supervivencia ¿Acaso él podía juzgar las contradicciones de los demás? Su misma vida era un ejemplo de incoherencia que dejaba traslucir su desdén por alinear sus palabras con sus acciones y pensamientos.



 

16

 

 

            Habían pasado tres meses de la muerte de Julia, Carlos se levantó temprano y comenzó a prepararse el desayuno. Sintió un ruido en la puerta. Alguien la estaba abriendo. Pensó que era Joaquín.

            Cuando vio a Julia, tan hermosa que parecía un ángel, creyó estar ante una aparición, casi se vuelca la taza con café encima. A duras penas pudo apoyarla en la mesa y sentarse.  No era una construcción de su mente. Lo comprobó cuando la mujer comenzó a hablar.

―Hola ¿cómo estás? ¿dónde está Joaquín?

Julia hablaba como si nada hubiese pasado, como si volviese de trabajar. Trataba de parecer despreocupada pero su voz delataba que estaba asustada, era quebradiza y tambaleante.

            Carlos balbuceaba:

            ─El avión, la explosión, los muertos...

            ─No, tontito, al final no viajé en ese avión.

            El hombre estaba conmocionado, cuando se recuperó le dijo:

─Puta, estuviste con tu amante y apareces ahora, así como si nada.

─Tranquilízate, tenemos que hablar como personas civilizadas.

La rabia dibujaba en las facciones de Carlos a un monstruo, la cara roja, los ojos inyectados en sangre, el cuerpo en tensión como una fiera a punto de dar un salto. Se abalanzó sobre ella y le dio una trompada, Julia cayó pesadamente al suelo. Acostada boca arriba miraba al marido parado a su lado. Trató de levantarse:

─No me hagas daño ─rogó.

Carlos tomó un cuchillo que estaba en la mesa de la cocina, la apuñaló varias veces. Julia, haciendo un esfuerzo sobrehumano, se paró y salió corriendo hacia el baño. Una vez dentro, puso el pasador. Los golpes en la puerta eran aterradores.

─Abrí, puta. Salí de ahí ─sus gritos resonaban en toda la casa.

Julia temblaba, le respondió:

            ─Volví porque no puedo vivir sin ustedes…vos y Joaquín son lo único importante para mí.

            El profesor se puso más furioso, “esta pensaba en borrarse para siempre” rumiaba, en ese momento era una bestia. De una patada tiró la puerta abajo. Quedó paralizado cuando vio que no había nadie en el baño; corrió la cortina de la ducha, Julia no estaba allí. Miró hacia una pequeña ventana que daba al jardín, seguramente ella había salido por esa abertura. Corrió en su búsqueda. Tampoco estaba en el jardín, ¿por dónde habría escapado? Carlos miró el cerco de ligustros, ¿podría haber trepado por ahí y saltado al patio del vecino?, ¿o aprovechado un sector donde el perro cavó un agujero? Desesperado pensó en Enrique, él siempre estuvo cuando lo necesitó. Ahora dudaba en llamarlo.

Desde que estaba de licencia había recibido dos visitas del amigo.

            ―Viejo, has vivido una historia de mucho estrés, hace los tratamientos y te vas a recuperar.

            ―Vos, a quien yo creía mi mejor amigo, me has traicionado.

            ―Todo el tiempo te estabas peleando con las mujeres, alumnas, auxiliares…seguro por la bronca contra Julia.

            ―¿Ahora sos psicoanalista? ¿Me vas a interpretar?

            ―No te enojés Carlos, siempre voy a estar con vos, en las buenas y en las malas, sigo siendo tu mejor amigo.

Carlos buscó el teléfono y llamó a Enrique.

            ─Amigo, necesito tu ayuda.

            ─¿Qué pasó? ─ Enrique escuchaba la voz agitada de Carlos al otro lado de la línea.

            ─Julia volvió.

            ─¿Qué te pasa? ¿Has estado bebiendo?

            ─No, ella no tomó el avión.

            Enrique se quedó callado, necesitaba tiempo para asimilar esa noticia.  ¿Estaría delirando? Al fin dijo:

            ─¡Qué bueno! ¿Qué alegría? Tenemos que salir a festejar ¿En qué te puedo ayudar ahora?

─Me saqué, le pegué mal.

─¿Está muy lastimada? ─Enrique seguía dubitativo.

─No sé, se escapó.

─¿Cómo fue?

─Llegó como si nada, me enfurecí, le pegué una trompada. Ella se refugió en el baño y de ahí saltó por una ventanita al jardín. Pero no la encuentro, no sé si escapó por un agujero que hay en la cerca de ligustros que da al vecino.

─Viejo ¿estás de nuevo con la coca? Es importante que hagas un tratamiento con el doctor Marazza, es un psiquiatra especialista en adicciones.

─No me crees, ─le dijo Carlos sollozando.

─Calmate, viejo, todo tiene solución en esta vida. ¿En qué te puedo ayudar?

─Decime ¿qué hago? Pensé en buscarla por el vecindario, pero no sé. Quizás ella vuelva a irse con el tipo, quizás me denuncie. Vení, por favor.

─Tranquilízate, salgo para tu casa en cinco minutos.

Carlos colgó el teléfono; mientras esperaba a Enrique volvió a revisar el jardín, percibió con sorpresa que la manga derecha de la camisa estaba machada con sangre. ¿Cuán grave sería la herida que había infligido a la esposa? Se dio cuenta del odio y la furia acumulados durante esos meses. ¿Había sido un acto de venganza? Muchas veces se había preguntado: ¿por qué su infidelidad le había afectado tanto? Incluso más que su muerte. ¿Era por su amor propio herido? Esa explicación se la había dado Enrique.

─Viejo, parece que tu amor propio se fue por el inodoro ¿No me vas a decir que sólo se basaba en Julia, su cariño y fidelidad? ¿No valorás tu doctorado? No cualquiera es profesor de la facultad. Tenés un hijo.

Carlos comenzó a buscar en el Alcanfor y la tierra manchas de sangre, estaba casi seguro que ella había escapado por allí.  Se preguntó ¿Podría una persona herida treparse a un árbol y saltar sobre el cerco vegetal? Es el instinto de supervivencia, concluyó. Más fuerte que cualquier otro.

Miró con detenimiento al alcanfor y la hilera de ligustros, examinó de nuevo el hueco en un sector de la tupida formación. Se acercó buscando huellas de pisadas o de sangre. No encontró nada. Estaba en esas elucubraciones cuando vio a Toribio, el caniche de Julia, mover la cola, su hocico apuntaba hacia una pequeña construcción donde guardaban los elementos para cuidar el césped y podar las rosas. Era una casilla de madera que primero había servido para los juegos de Joaquín. La habían instalado en una gruesa rama del árbol, el hijo jugaba a que era Tarzán de la selva. Cuando el chico creció, Julia le pidió que bajase la casita para usarla para guardar herramientas.

Miró detenidamente al perrito, muchas veces se refugiaban las ratas y el animalito se esforzaba por cazarlas. De pronto vio un hilito rojo colarse por debajo de la casita y manchar el césped.

            Sintió su propia sangre palpitar en sus sienes, la sorpresa lo paralizó. ¿Ella estaba ahí? La tenía a su merced ¿completaría la faena? Quizás le perdonase la vida. Se dirigió hacia allí, caminaba con sigilo, lamentó que Toribio ladrase armando un gran barullo. No permitiría que Julia se escapase de nuevo. Cuando abrió la puerta, la vio acurrucada en un rincón. Le llamaron la atención sus ojos: estaban abiertos, inexpresivos. Se le acercó con lentitud, seguro se trataba de una inmovilidad fingida.  Carlos le sujetó una mano, estaba laxa, puso sus dedos índice y medio en la muñeca para tomarle el pulso, no sintió sus latidos, estaba muerta. Suavemente la alzó y la sacó de ahí acostándola en el césped, observó que presentaba moretones y heridas en la cara y en distintas partes del cuerpo.  Entonces tomó conciencia de la furia que lo había dominado.

            Se sentó a su lado con la mirada extraviada. Cuando se recuperó del shock, acusó al otro, a la bestia, por el crimen. Entonces arrastró el cadáver hasta el baño. Con el mismo frenesí que había matado a la esposa, comenzó la tarea de limpiar todo, un reguero de sangre había trazado un camino desde el jardín hasta el baño. El único testigo, Toribio, ladraba sin comprender nada.

            Lo más difícil vendría después: deshacerse del cadáver. En ese momento sintió el timbre, era Enrique.

            ─Amigo, necesito tu ayuda ─lo abrazó llorando.

            ─¿Qué pasó? ¿Dónde está Julia? ─Enrique sonaba preocupado─ ¿Te lastimaste? Señaló unos raspones que Carlos tenía en la cara y un brazo.

            Con un gesto, lo llevó al baño. Enrique quedó shockeado cuando vio a Julia en el piso, ensangrentada, muerta. Todavía tenía los ojos abiertos, inmóviles. Su rostro presentaba manchas moradas por los golpes recibidos, la ropa estaba llena de sangre y la rigidez comenzaba a adueñarse de su cuerpo. Tenía el aspecto de un maniquí apaleado.

Enrique le dijo:

─¿Cómo pudiste hacerle eso?

Carlos no lo escuchaba, repetía:

            ─La maté…maté a mi esposa… fue un accidente.

            Enrique fue a sentarse, no lograba asimilar lo que veía y escuchaba. Parecía que estaba teniendo una pesadilla y quería despertar.

            ─Tenemos que llamar a la policía─ dijo luego de largos minutos.

            ─No, no quiero ir preso ¿quién se ocupará de Joaquín?

            ─Pero… ¿qué pasó?

            Discutimos, ella se me abalanzó con un cuchillo y forcejeamos.

            ─Por favor, llamá a la policía.

            ─No, Enrique, por Dios ayúdame, tenemos que enterrarla. Ella está muerta oficialmente desde que el avión se estrelló. ¿Te acuerdas de las fotos con un tipo? Se fue con él de luna de miel.  La perra volvió, ─Carlos comenzó a llorar.

            ─Te mandaste un cagadón, pero podés alegar emoción violenta. Después de todo, desde que ella se fue vos no estás en tus cabales.

            ─Se presentó hoy como si nada, me sacó de quicio. Necesito tu ayuda para enterrarla.

            ─Llamá a la policía, viejo, ─le respondió Enrique, todavía estaba bajo los efectos de la escena que acababa de presenciar.

            Carlos le rogó que lo ayudase, insistía ¿acaso ella no estaba oficialmente muerta?

            ─Voy a perderlo todo, fue un momento de emoción violenta. ─rápidamente había hecho suyas las palabras del amigo.

            ─¿Crees que es tan fácil deshacerse de un cadáver?

            ─La podemos llevar a Ticucho.

            Enrique recordó los agrestes y aislados paisajes de las yungas y asintió. Se estremeció al pensar que esas aventuras de pesca con Carlos ahora iban a ser el escenario de una tumba anónima.

 



            

SEGUNDA PARTE: INVESTIGACION

 

 

 

 

17

 

            El comisario Córdoba se paró a mirar la vidriera del pequeño local ubicado en una galería céntrica de San Miguel de Tucumán. Era una de las diez casas de tatuajes que había en la Ciudad. La investigación de un crimen lo había llevado a ese insólito lugar. Un logo daba cuenta de su nombre y actividad: K’ arma Tattoo Body Piercing. En el escaparate sobresalía un dibujo: un ancla con una flor en el medio con la leyenda Tatuajes Color 20% de descuento. También exhibían infinidad de aros para piercings y fotos. Le llamó la atención una de ellas: era de una mujer con el rostro tatuado y esos adornos de acero en la nariz, la lengua, las orejas y las cejas. Parte de la cabeza, alrededor de la oreja izquierda, estaba rapada para permitir que luciera un ramillete de flores rojas. El comisario detestaba esta costumbre tumbera; definía a sus acólitos como “locos y drogadictos”.

            Empujó la puerta vidriada y entró. Una campanilla sonó, anunciando su presencia. Del interior salió un joven de barba, muy musculoso, con ambos brazos tatuados. Córdoba había conversado con él por teléfono el día anterior y le pedía colaboración para identificar a la víctima de un asesinato. El cadáver tenía un pequeño tatuaje en el cuello: era el símbolo del infinito adornado con diminutas manchas de colores, un corazón y las patitas de un perro.

            Córdoba le mostró las fotos de la occisa y las del tatuaje. Karma reconoció el dibujo y a su portadora.           

            ─Yo hice el tatuaje a esa mujer y a su hijo; vinieron con el esposo de ella. Estuve buscando entre mis papeles; son el señor Carlos Boba y su esposa Julia.

 El tatuador fue a un mueble con cajones, después de buscar entre unos papeles sacó un formulario firmado por el matrimonio autorizando que le hiciese el tatuaje al hijo.

            Si bien era un símbolo del infinito era un pedido común, él solía escribir en la piel una pequeña k, era su sello que, a simple vista, pasaba desapercibido. El comisario Córdoba salió contento, esta información podía servir para identificar el cuerpo que habían enterrado en su jurisdicción; la comisaría de El Cadillal.

            Recordaba el día en que lo llamaron de la comisaría. Un denunciante anónimo había visto a dos hombres llegar en una camioneta Toyota de color azul a un desolado paraje camino a Ticucho. De la caja del rodado bajaron una bolsa negra con lo que parecía un cuerpo. Él estaba en ese momento en su cabaña de El Cadillal tirado en la cama mirando la televisión. Inmediatamente se levantó y comenzó a vestirse.

            El oficial Reynoso lo esperaba en la puerta de la comisaría situada en la entrada de la Villa. Reynoso le alcanzó un papel; en él había anotado una serie de datos de la denuncia: la descripción de los hombres, del vehículo y del lugar donde estaba enterrado el supuesto cadáver. Era en un punto de la ruta provincial 312, un camino de tierra muy poco transitado y despoblado que bordeaba el dique y terminaba en Ticucho.

            ─Lo primero es hacer una inspección ocular, puede ser una denuncia falsa ─le dijo.

            Con ese propósito partió con su ayudante hacia el lugar indicado por el denunciante. Buscaron durante dos horas hasta que, cansados, decidieron emprender el regreso.  Córdoba insultaba por lo bajo: “Estos pelotudos con sus bromas pesadas”. Subido a la camioneta, el comisario hizo una maniobra para retornar y vio, por el espejo retrovisor, un montículo de tierra. Frenó y, de un salto, bajó de la camioneta. Alcanzó una pala a Reynoso y lo puso a cavar. La tierra estaba recién removida y no resultó difícil llegar al objeto enterrado: una bolsa negra. Con sólo mirarla se dieron cuenta de que era un cuerpo humano.

            ─Precinte la zona, voy a llamar a Criminalística, ahora es el turno de ellos ─le dijo.

            El apacible y agreste paisaje que ofrecen las yungas fue alterado ese día por la visita de tres vehículos con policías y el equipo forense. Con las precauciones del caso, se llevaron el cuerpo en una camioneta hacia la morgue.

 

***

            Unos días después del hallazgo del cadáver, Córdoba tenía en sus manos el informe de Criminalística: era un caso de femicidio: una mujer de 39 años aproximadamente, un metro setenta de estatura. Presentaba heridas de arma blanca en diferentes partes del cuerpo. Las dos primeras en la garganta causaron su muerte. Se recogieron muestras para analizar huellas biológicas de terceros en el cuerpo de la mujer. A pesar de que se encontró semen, los médicos afirman que no fue violada. Cursaba un embarazo de cuatro meses.

            Córdoba dejó el expediente, pensativo. Su oficina estaba en la planta alta de la comisaría, desde allí observó el paisaje. Le gustaba ver cómo el camino trepaba la pequeña y ondulante serranía. Los diferentes tonos de verde hacían contraste con el techo rojo de las casas y daban una nota de color a la carretera que llevaba al lago por la ruta 347.

            Estaba amargado, no tenía nada concreto. La prensa ya había comenzado a hablar del asesinato: le llamaban “el crimen de las yungas”.

            En ese momento entró corriendo el oficial Reynoso.

            ─Jefe, jefe ─decía exaltado─ Mire ─y puso ante sus ojos un celular con una imagen macabra. ─ Es el cadáver de la señora que encontramos en la ruta.

            ─Ya no respetan ni a los muertos ─le respondió.

            El comisario observó las fotos: se veía la rigidez de la muerte, la cabeza y el cuello de un color verdoso. Su rostro estaba irreconocible. Le llamó la atención un pequeño tatuaje en el cuello.

            Rápidamente apartó la vista, estaba impresionado, si hasta le pareció oler los gases nauseabundos de la muerta. Ya no llevaba la cuenta de cuántos cadáveres había visto en su vida profesional. A veces soñaba con ellos, era como una película de zombis, los muertos lo perseguían con sus movimientos rígidos y cuerpos deformes.

Recordó que, cuando fue trasladado desde la comisaría Segunda a El Cadillal, creyó que sólo se toparía con robos menores y peleas de borrachos. Evidentemente, se había equivocado. Hacía unos pocos meses que estaba trabajando en su nuevo destino y ya tenía que investigar un crimen.  Le resultó muy conflictivo el cambio, pero era eso o perder el puesto. “Todo por culpa de esa loca que me acusó de querer matarla”. Llamaba así a su ex esposa que lo había denunciado por amenazarla con su arma reglamentaria. El comisario la acusó de mentirosa y falaz, pero no pudo evitar que le quitasen el arma y lo suspendieran. Fue a hablar con el jefe de Policía, su amigo, el Comisario General Domingo González, Mingucho para los amigos.  “No podemos tener más femicidios dentro de la fuerza” le había dicho. Córdoba le confió que le gustaban las mujeres y salir de noche, pero no había agredido a su esposa ni amenazado con un arma.

            El Jefe de Policía lo tranquilizó, le explicó que por protocolo tenía que ver a la licenciada Mariela Espeche, para que certifique su estado de salud mental, si informaba que podía controlar su impulsividad, podría seguir en la fuerza.

Dos meses después, le llevó el certificado de la psicóloga a Mingucho. El jefe lo leyó atentamente.

            ─Está bien, pero vas a tener que trasladarte a cumplir funciones en El Cadillal.

            ─¿Estoy castigado?

            ─No lo tomes así. Esos verdes paisajes te devolverán la tranquilidad. Y será sólo por un tiempo.

            Un llamado interrumpió sus pensamientos, era de Romina.

            ─Hola, estaba pensando en vos ─le dijo con voz cariñosa. Iba a salir esa noche con su joven novia.

 

  

18

  

 Córdoba recibió un llamado el día en que se había quedado hasta después de hora para completar una estadística que le pidieron sus superiores. Él mismo atendió: escuchó la voz de un hombre. Le dijo:

            ─Quiero informar sobre la mujer encontrada en el camino a Ticucho.

            ─¿Quién es usted? ─le preguntó Córdoba.

            El hombre le respondió:

            ─Sólo puedo decirles el nombre de la mujer: Julia Boba. Y cortó.

            El comisario se quedó pensando, ¿será una broma pesada? Recordó que, cuando era niño, le gustaba hacer bromas por teléfono. Más de una vez su madre le había dado una reprimenda. “Historia antigua”, se dijo.  Anotó el nombre de la supuesta víctima. Como sea, era una pista, quizás alguien la reconoció en las fotos que subieron a Internet, pensó. Las imágenes se habían viralizado; “la gente es muy morbosa”.

            No tuvo que ir muy lejos para saber de quién se trataba, consultó en el buscador de su celular. Había una sola Julia Boba en Tucumán, figuraba en Google y en Facebook. En realidad, se llamaba Julia Caramutti de Boba. Era profesora de la universidad. Hace unos meses había fallecido en un accidente de aviación. En las redes sociales la despedían. El comisario no terminaba de entender cómo se puede despedir así a alguien. Muchos le daban el pésame a la familia y le escribían frases cariñosas a la muerta. “Mandar mensajes a un muerto es el colmo” pensaba.

            El llamado anónimo era una pista falsa, concluyó. “Si la mujer falleció en un accidente de aviación hacía tres meses ¿cómo es posible que la hayan enterrado en las yungas?”

            Recordó las fotos del cadáver y se estremeció. Quizás ese pequeño tatuaje en el cuello podría servir. ¿Cuántas casas de tatuajes había en Tucumán?  Volvió a consultar en Internet. Se sorprendió: había diez locales en los que ofrecían lo que llamaban Tatoo, nombres como Inkubo, Chuky, Karma. Leyó una de las recomendaciones, era de un cliente que decía “Excelente trabajo, voy a volver porque necesito una dosis de tinta”. Córdoba no podía creer, le parecía que hacerse un tatuaje era un vicio diabólico.

Al día siguiente llamó a Criminalística para que le consiguieran una fotografía lo más nítida posible del tatuaje. Preguntó a los expertos:

            ─¿Cuánto tiempo podría mantenerse el tatuaje?

            ─Los tatuajes no se deterioran después de la muerte. Cuanto antes le mandamos la imagen ampliada, ─fue la respuesta.

            Cuando llegó la fotografía a la comisaría, Córdoba mandó al oficial con la foto del dibujo a los Tatoo de la ciudad. Dieron con uno que decía que lo había hecho pero que no recordaba a quién.

            Dos días después resolvió ir personalmente al negocio del tatuador en San Miguel de Tucumán.

            Salió pensativo del negocio de Karma, “voy a hablar con la fiscal”, se dijo. Cuando arribó a la comisaría la llamó.

            ─Tengo una pista que nos puede llevar a identificar a la víctima de El Cadillal.

            La doctora Lanús se comprometió a llamar al tatuador para que ratifique sus declaraciones ante la fiscalía.

            Había un cabo suelto: ¿sería posible que la mujer no hubiese subido al avión siniestrado?


19

 

            Esa mañana amaneció con un cielo encapotado. Carlos se asomó a la ventana para observarlo: las nubes oscuras presagiaban una tormenta. Buscó el paraguas en el placard y tomó su portafolios. A las diez tenía que juntarse con Enrique a tomar un café y conversar, las noticias de la prensa sobre el “crimen de las yungas” lo tenían preocupado. Compraba todos los días La Gaceta y leía algunos portales de Internet para seguir las novedades. Estaba seguro de que habían encontrado el cuerpo de Julia. Quizás no lo habían enterrado lo suficientemente profundo. Perros hambrientos habrían desenterrado el cadáver. Hizo un gesto con la mano como queriendo borrar las terribles imágenes de Julia atacada y destrozada a dentelladas por una jauría de canes famélicos.

Mientras se afeitaba, recordó una conversación con Enrique.

―Calmate, viejo, tienen un cadáver, no saben de quién es.

―En los diarios no dicen cómo lo encontraron. Quizás alguien nos vio.

―A esa hora en esa jungla no había nadie.

―Debimos cavar más profundo ―se lamentó Carlos.

―Está hecho. Carlos, tratemos de pensar fríamente: primero tienen que identificarla, eso va a ser difícil. Ella no está en el listado de personas desaparecidas.

El sonido del timbre interrumpió sus pensamientos, salió a atender: era un policía.

―¿Usted es el señor Carlos Boba?

―Sí, ¿qué necesita?

―Le traigo una citación ―dijo mientras le alcanzaba un papel. Carlos firmó una copia.

―¿Por qué me citan?

―Debe presentarse en la Fiscalía II, allí le informarán.

El hombre dio media vuelta y se fue. Carlos miró la citación, era un formulario rellenado con algunos datos, sobresalía uno: homicidio de NN.  ¿Por qué lo citarían? ¿Habrían identificado Julia? Debía presentarse al día siguiente. Cuando salía a su reunión con Enrique, sintió que la transpiración lo invadía y el corazón quería salírsele del pecho, le faltaba el aire. Fue al botiquín del baño y se tomó una dosis doble de ansiolíticos. Al menos podría conversar con su amigo, a él siempre se le ocurrían cosas para salir del paso.

Cuando iba en taxi hacia el centro su mente comenzó a aclararse. Él no estaba acusado de nada, Al entrar al bar Topeka de Avenida Sarmiento, vio a Enrique que lo saludaba desde una mesa. Se le acercó.

―¿Qué te pasa, amigo, te sentís bien?

Carlos le alcanzó la citación que el policía le había dejado. Enrique la examinó detenidamente, finalmente le dijo:

―¿Habrán identificado a Julia?

―Seguro, ¿por qué más me van a citar?

―¿Y si te presentás con un abogado?

―No sé, sería menos sospechoso si voy solo, como cualquier persona que es citada.

―Te veo muy nervioso, tratá de calmarte, ármate un guión. ¿Qué tal tus dotes actorales? Hacé el papel de viudo doliente y sorprendido por la noticia, pedí un vaso con agua. Que los nervios y la transpiración se deban al shock. Después de todo, no cualquiera tiene que lamentar dos veces la muerte de su esposa.

 

Cuando Carlos volvió a su casa estaba más tranquilo, Enrique tenía razón él tenía motivos para estar nervioso si le hablaban de su esposa. Lo importante era llegar sereno, preguntando el motivo de la citación. Luego debía descomponerse, deseó tener un ataque de pánico, sabía que no dependía de su voluntad, pero tendría que ensayar uno. Debía ser convincente, seguro no tenían nada.

Había resuelto deshacerse de la camioneta y contratar una empresa de limpieza para borrar toda huella que pudiesen encontrar en su casa. Si alguien los hubiese visto era difícil que pudiese identificarlos claramente en esa noche oscura, tampoco al vehículo, pero todas las precauciones eran pocas. La cárcel no era para él “prefiero estar muerto antes que en esa pocilga que es la prisión de Villa Urquiza”, pensó.

En el fondo de su mente sabía que el día en que mató a Julia él murió con ella. Recordó el asesinato cometido por Raskólnikov en Crimen y Castigo, el joven no podía soportar haber acabado con la vida de la vieja casera. Carlos se identificaba con él, el acto que duró unos minutos, quizás menos, unos segundos, era definitivo. Tenía que elegir entre la cárcel o matarse. Una tercera que no podía vislumbrar ya había ocurrido: estaba loco.

 

***

 

A las ocho de la mañana Carlos ingresó por Avenida Sarmiento al Foro Penal del Poder Judicial de Tucumán. Subió las escalinatas del edificio de tres plantas que otrora fuese propiedad del ejército. En su interior, sobresalía una superficie cuadrada con césped y árboles autóctonos. A su alrededor, a la derecha y la izquierda se alineaban las oficinas. Carlos preguntó a un policía que vigilaba la puerta.

─¿Dónde es la fiscalía II? ─y le extendió la citación que había recibido.

El agente le dio las indicaciones y el señor Boba se encaminó hacia la izquierda del cuadrilátero. Caminó por ese pasillo hasta leer Fiscalía II. Allí, detrás de un mostrador, estaban dos empleados atendiendo al público. Cuando le tocó el turno, Carlos les mostró la citación a un muchacho flaquito, que lucía camisa y corbata.

─Espere unos minutos, ya lo hacemos pasar ─le dijo.

No habían pasado ni diez minutos cuando le indicaron que debía ingresar por una puerta lateral. Una vez allí observó una habitación con cinco escritorios detrás de cada uno había una persona escribiendo en una computadora o leyendo papeles. Una señora lo llamó.

─Soy la secretaria de la fiscal Lanús, venga por aquí.

Quizás por su cargo, la mujer estaba separada por un pequeño tabique del resto de los empleados de esa habitación. Una vez que Carlos se hubo sentado, la secretaria le informó que habían encontrado el cadáver de Julia en El Cadillal. Entonces el hombre sufrió una descompostura que causó revuelo en esa apacible mañana en la fiscalía. Uno de los empleados le alcanzó un vaso con agua.

─¿Quiere que llamamos a un médico? Podemos dejar su declaración para otro día ─le dijo la mujer.

Carlos salió de su marasmo y respondió:

─Ya estoy bien, por favor, prosiga con su trabajo.

 La secretaria comenzó solicitándole su versión de los hechos. En sus declaraciones Boba detalló cómo había acompañado a su esposa al aeropuerto y los sucesos que siguieron al accidente que acabó con 200 pasajeros y los miembros de la tripulación.

Por un momento, Carlos se detuvo y miró a la mujer que escribía en su computadora.

─¿Tiene algo más que aportar?

Él se sonrojó, le dijo:

─Hay un hecho que puede tener relación con el crimen de mi esposa. Es penoso para mí contarlo.

La mujer lo animó a seguir hablando. Visiblemente conmovido, Carlos declaró que Julia tenía un amante con el que solía verse en Las Termas, Santiago del Estero. Como prueba, Boba mostró las fotos que tenía en su celular. En ellas se veía a una pareja abrazada: era una selfie en la que los amantes estaban parados al frente de una cabaña con un espejo de agua de fondo.

─Por lo que usted me ha informado, deduzco que ella no viajó en el avión para irse con él ─le dijo, casi llorando, el viudo.

La secretaria, ni lenta ni perezosa, pidió una autorización para obtener su ADN y el de su hijo para compararlos con el del cadáver y los restos biológicos hallados en él.

─Necesitamos que vaya a la morgue para hacer el reconocimiento ─le solicitó.

Carlos salió aliviado de tribunales, no tenían nada en su contra.

  

20

  

             Carlos se preparó un café muy cargado que bebió rápidamente. Debía ir a cumplir con el reconocimiento del cuerpo de Julia. Salió hacia la cochera, había resuelto ir en su auto. Tomó derecho por la calle Jujuy hasta la Avenida Independencia, allí dobló. A mano izquierda se alzaba una construcción de color beige, desde la calle se veían grandes patios y un pequeño jardín en la parte delantera. Altas y negras rejas flanqueaban la entrada. Un arco de cemento identificaba el lugar: Cuerpo Médico Forense y Morgue. Poder Judicial de Tucumán. Arriba de las letras el escudo de la provincia. Carlos constató que el oficio de la fiscal estaba en su portafolios. Lo que para la justicia era un trámite más para él significaba una penosa situación.

Estaba devastado, luego de haber matado a Julia pudo dimensionar el odio que lo habitaba y la grieta que había creado entre él y el mundo.  Carlos era un cobarde, planificaba una y otra vez su muerte, pero se echaba atrás. Había comprado una soga y preparado un banquito. Luego de elegir una gruesa rama del alcanfor de su jardín, se trepó en el banco, pero no pudo moverse de él. Finalmente aflojó el nudo que le atenazaba el cuello y bajó sin pena ni gloria. Otras ideas pasaban por su cabeza: se arrojaría a las vías del tren o debajo de las ruedas de un camión en la ruta ¿Y si sobrevivía? Si quedaba tullido o cuadripléjico ¿cómo sería su vida? Se imaginaba una enfermera dándole de comer y cambiando sus pañales. 

 

La espera duró unos diez minutos. Una mujer de mediana edad, con el cabello recogido, salió de una de las oficinas de la morgue, llevaba un delantal blanco desabrochado sobre un conjunto de pantalón y remera azul, le preguntó qué buscaba. Carlos le extendió el oficio. Luego de leerlo con detenimiento le dijo:

─¿Usted es el marido de la señora Julia Caramutti? ─sin esperar respuesta lo hizo pasar─ espere un minutito, la doctora Gordillo lo va a atender.

Casi inmediatamente una mujer canosa, de anteojos y aspecto severo apareció en la puerta de una de las habitaciones y lo invitó a ingresar a una gran sala aséptica y refrigerada. Los cuerpos se conservaban a cuatro grados de temperatura, le explicó la doctora a Carlos. Una de las paredes estaba conformada por numerosas puertas metálicas, como las de los cofres de las cajas de seguridad de un banco, pero varias veces más grandes. La mujer abrió una de ellas y empujó hacia afuera una camilla con ruedas, sobre la misma yacía un cuerpo tapado con una sábana blanca. Sólo sobresalían los pies. En el derecho una etiqueta atada al dedo gordo contenía información sobre el cadáver.  Carlos alcanzó a leer el nombre de la esposa y otros datos. Cuando la doctora destapó el rostro de Julia, el hombre cerró los ojos. La médica le habló:

─¿Es su esposa, la señora Julia Caramutti?

Carlos abrió los ojos y dio una rápida mirada.

─Sí, es ella.

La doctora tapó de nuevo el rostro y le dijo:

─Pase por aquí, necesito que me firme unos papeles.

Lo que Carlos había visto era una imagen muy diferente a la Julia asesinada, si bien el rostro estaba descomponiéndose no tenía marcas ni cicatrices. ¿habría vida después de la muerte? Se preguntó compungido. Intentó convencerse: los golpes y las puñaladas formaban parte del pasado. Pasado que se proponía enterrar junto a su esposa.

 

***

La empresa fúnebre llevó a Julia al cementerio, iba a ser velada por unas horas para luego trasladar el cadáver para su cremación. Le tocaba a Carlos elegir las prendas que la mujer usaría en su último viaje. Elena, su amiga del alma, se encargaría de vestirla. Era extraño y penoso hacer ese trabajo inútil porque la velarían a cajón cerrado. La cara de Julia estaba desfigurada y su cuerpo cosido por todas partes a consecuencia de la autopsia. Elena había insistido, ¿cómo iba a ir desnuda en el cajón?

 A Carlos no le resultó fácil la tarea, el guardarropa estaba repleto. Se le ocurrió que no podía elegir un azul eléctrico ni un rojo furioso, tampoco esos estampados chillones de fucsias, violetas y amarillos que tanto le gustaban a Julia. La muerte demandaba sobriedad, además había sido con violencia. Requería entonces solemnidad. Finalmente separó una camisa rosa y una pollera negra.

Cuando Carlos llegó al cementerio se dirigió al salón donde estaban velando a Julia, era amplio, en su cabecera estaba el cajón de roble con el cuerpo de su mujer. Se sentía como un deudo cualquiera y no el esposo y asesino de la mujer que protagonizaba la ceremonia. Su estado de ánimo era tan artificial como las luces del salón, los sedantes habían neutralizado su angustia y preocupaciones.

            La habitación olía a cirio y estaba perfumada con un difusor que impregnaba todos los rincones con un aroma a rosas. La paz del lugar se vio alterada por el ruido de unos pasos enérgicos sobre el piso de porcelanato: dos policías vestidos de azul preguntaban por el encargado del cementerio. Venían de parte de la fiscal Lanús para dejar un oficio: tendrían que inhumar el cuerpo, de ninguna manera cremarlo. El viudo quedó conmovido y muy nervioso. ¿Por qué la fiscal Lanús no me advirtió sobre que no podía cremarla? Se preguntaba. Hasta donde sabía, la autopsia no había revelado nada que lo incriminase.

 Carlos temió que los forenses siguieran buscando pistas en el cadáver. Había visto en televisión que un crimen fue descubierto porque la víctima tenía restos del agresor debajo de sus uñas. Recordaba que Julia había intentado defenderse. Como había quedado muy debilitada por el puñetazo, sólo había podido arañarle la cara, también tenía un raspón en el brazo a consecuencia del enfrentamiento

            Unos amigos se acercaron a saludar a Carlos, las autoridades de la universidad habían mandado una corona, el viudo recibió el abrazo de mucha gente. Lamentó la ausencia de Enrique. Vio caras tristes y no tan tristes. “Algunos vienen por curiosidad”, pensó. Julia no había viajado en el avión siniestrado. La aparición de su cuerpo en una fosa poco profunda en las yungas no tenía explicación. Una mezcla de suspicacia y pena embargaba a los presentes.

            Un sacerdote convocó a los deudos para rezar una oración por la difunta. Cuando terminaron los rezos llegaron unos hombres para trasladar el cajón. Todos se hicieron un lado y salieron de la sala. Las puertas se cerraron. Mientras esas faenas se llevaban a cabo, Carlos fumaba en un patio cercano. Tiró el cigarrillo cuando vio que el cajón estaba preparado para llevarlo a la tumba. Desde el gran ventanal, se divisaba un hermoso parque con lápidas y cruces. Era un gran predio verde, lleno de rosas. El paisaje hacía honor al nombre del lugar: “Parque de la paz”. Todo estaba allí quieto y silencioso, sólo se veía, casi al final del terreno, a dos hombres cavando a marchas forzadas. “Seguramente allí colocarán el ataúd”, se dijo.

 

 

21

 

 

Córdoba observó el panel que había en una pared de su oficina: en él iba pegando fotos: la de la víctima, su esposo, el amante, los lugares claves para la investigación. Las fotos de la tumba de la mujer en El Cadillal, unas selfies en las que Julia y su amante sonríen, observó detrás una cabaña y agua, ¿sería en El Frontal? También pequeños papeles con información relevante como los estudios de ADN que confirmaron que el cadáver enterrado era de Julia Boba. Ella no viajaba en ese avión. Lo que sorprendió a Córdoba fue que el semen encontrado en el cuerpo de la mujer no era del esposo, tampoco el niño que llevaba en su vientre.

            Córdoba volvió a sus antiguas elucubraciones sobre un crimen pasional, un femicidio, un triángulo amoroso... Le llamó la atención la rapidez con la que el esposo señaló al amante. “Sinvergüenza”, pensó.

Debían localizar al amante. Córdoba fotocopió el expediente y cuidó muy bien que la foto de la pareja fuese reproducida con nitidez y en color.

            Ese fin de semana invitó a su amiguita a Las Termas. Iba en misión oficial, pero una buena compañía no hacía daño a nadie. Consiguió viáticos como para pagar el Amerian. “Que la pendeja se quede en la pileta mientras voy a hacer las averiguaciones”, pensó.

            Fue así que recorrió varias cabañas ubicadas a la vera del espejo de agua hasta que dio con un pequeño complejo. Cada hospedaje tenía un color diferente, parecían confortables, con reposeras y parrillas en un patio exterior. ¡Eureka!, gritó Córdoba cuando reconoció la cabaña de la fotografía. Pidió hablar con el encargado mostrándole la foto de la pareja. El hombre miró detenidamente la fotografía.

            ─Sí, ellos estuvieron aquí hace tres meses aproximadamente. Habían pagado una semana, pero se fueron a los dos o tres días. Discutieron mucho antes.

            ─¿Les pasó algo? ─, preguntó.

─No sé, me saludaron y se fueron sin dar explicaciones.

             El encargado buscó los registros: solo había tomado los datos del hombre; se llamaba Guillermo Galindo, de 45 años de edad, casado, domiciliado en Santiago del Estero. Rectificó la fecha “fue hace tres meses y diez días”.

            El comisario hizo un acta donde constaba el nombre del encargado y la información declarada y se marchó. La pendeja lo esperaba para una zambullida en la pileta de aguas termales.

 

Unos días después, en la pequeña comisaría, Córdoba charlaba con Reynoso mientras tomaban mate en bombilla.

―Tenemos dos sospechosos, ―le dijo al suboficial.

―¿Usted qué cree?

―El marido y el amante, claro. Siempre son los primeros a los que hay que investigar.

―Están citados, esta tarde viene el esposo. Tenemos que apurar las cosas, en cualquier momento el caso llega a la prensa y nos arruina el elemento sorpresa.

―Sí, respondió el subcomisario. Pero sólo sorprenderá al amante.

―Le voy a pedir que me acompañe en los comparendos, aquí no tenemos detector de mentiras por lo que tenemos que ser muy observadores.

―Digamos que vamos a oficiar de polígrafos humanos ―dijo riendo el subcomisario.

―Algo así, …la gente se pone nerviosa, comienza a transpirar, quiere llamar a un abogado…hay pistas que pueden ayudar.

El señor Boba llegó puntual a las cinco de la tarde, vestía un pantalón azul y una camisa a cuadros. No parecía dispuesto a cooperar.

─No sé por qué me llaman, ya declaré en la fiscalía.

─Hay algunas cuestiones sobre las que queremos hablar con usted, son importantes para descubrir quién asesinó a su esposa.

─Está bien ¿Qué quiere saber?

─¿Cómo era la relación entre ustedes?

─Muy buena, yo la amaba.

─¿Cuándo supo usted del amante?

─Ya declaré en la fiscalía, fue después del siniestro. Yo quise poner en orden sus cosas. Encontré las fotos en un cajón.

─¿Usted la acompañó al aeropuerto?

─Sí, había muchas personas el día en que ella, supuestamente, partió en ese avión. Incluso nos encontramos con un matrimonio amigo y tomamos un café en el bar. Puedo darles sus nombres.

─Hemos investigado, es cierto que ella hizo el check in

─No sé qué más puedo aportar…

─El señor de la foto, el presunto amante, ¿es una persona conocida suya?

─No, para nada.

─¿Dónde estaba usted la noche del veintiuno de mayo?

─Con mi amigo y colega, el profesor Enrique Salinas. Teníamos que terminar un trabajo que yo había iniciado. Carlos decía toda la verdad, él estaba ocupado con Enrique, sólo había omitido informar de qué se trataba el “trabajo”.

─Agradecemos su colaboración, ─dijo Córdoba y lo despidió.

Cuando quedaron solos, intercambiaron opiniones con Reynoso.

─No parece un viudo apenado ─le dijo el subcomisario.

─Esa impresión me dio a mí también, recién pasaron tres meses y medio. Seguro que tenían problemas.

─Él no la mató ─Reynoso se solidarizó con Carlos, su novia se había ido con otro y comprendía su situación─   pobre hombre, primero el sufrimiento por la muerte de la señora y luego la revelación de los cuernos.

─Todavía tenemos un sospechoso, vamos a ver qué dice el amante.

 

 

 

 

 

  22

 

El señor Galindo llegó al día siguiente a la comisaría de El Cadillal. Subió las escaleras dando saltos, estaba en muy buen estado físico. Contrastaba con el aspecto enclenque del marido. En la primera oficina, estaba sentado el oficial Reynoso. Le mostró el citatorio. El oficial lo leyó con atención. Finalmente le dijo:

─Señor Galindo, siéntese, voy a llamar al comisario para tomarle declaración.

─¿Por qué me han citado? ─se notaba en él una curiosidad nerviosa. Llevaba puesto unos anteojos ahumados que se sacó para frotarse los ojos. Luego volvió a colocárselos con parsimonia.

Al poco tiempo, Córdoba ingresó a la oficina, le tendió la mano a Galindo y se sentó. Inmediatamente comenzó el interrogatorio:

─¿Conocía usted a la señora Julia Boba?

─Sí, de vista, a veces coincidíamos en algún congreso, yo enseño en la Universidad de Santiago del Estero y ella en la de Tucumán. Intercambiábamos información y trabajos científicos.

Córdoba pensó sí, mucho intercambio, pero en la cama.

─¿Por qué me lo pregunta? ¿Le pasó algo? El hombre parecía auténticamente alarmado.

─Antes de contestarle quiero que vea estas fotos ─le pasó un sobre donde él estaba con Julia en El Frontal.

El señor Galindo las miró, parecía que estaba estudiando las fotografías.

─¿Ustedes eran amantes?

─Sí, ─dijo el hombre rendido ante la evidencia.

─Ella está muerta ─le largó Córdoba sin anestesia.

Galindo se derrumbó, sollozaba diciendo:

─No puede ser, yo la amaba. Ella era tan vital ¿Qué pasó?

─Lo estamos investigando, fue asesinada.

El hombre se quedó pasmado, se había separado de Julia hace unos días y estaba tratando de recomponer su matrimonio. ¿Habrían publicado algo? Quizás en La Gaceta, él leía muy someramente El Liberal de Santiago y nunca las páginas policiales.

Su mundo se partía en dos, ya nada sería igual. Sin Julia su vida no tenía sentido. Recordó que la amante temía al esposo. Preguntó:

─¿Tienen al criminal?

─No, como le dije, estamos tras varias pistas.

Galindo no podía asimilar todo lo que escuchaba, su rostro pasó de la congoja a la perplejidad y el temor.

─¿Soy sospechoso?

─Mire, queremos descartarlo de la lista de sospechosos. ¿Tendría usted problemas de ir por Criminalística a dejar una muestra de saliva para un ADN?

─No, estoy dispuesto a cooperar. Quiero que encuentren al asesino.

─¿Cuándo la vio por última vez?

─Hace unos días, ella me dijo que iba a volver con su marido porque extrañaba a su hijo, un adolescente.

─¿Usted le hizo daño?

─No, nosotros nos llevábamos muy bien.

─No es eso lo que declaró el hombre que les alquiló una cabaña en Las Termas.

─¿Qué le dijo?

─Que pelearon, escuchó gritos. Usted estaba enojado.

─Sí, discutimos porque ella quería que nos escapemos juntos, el marido iba a descubrir que ella le mentía. Julia no quería volver con él. Yo soy un hombre casado, no puedo borrarme, así como así, de un día para otro.

─Entonces ¿no estuvieron juntos estos meses en que se la dio por muerta?

─No, ella decidió irse a un pueblito del interior de Santiago, cuando estaba por regresar tuvimos un encuentro en la capital. Entonces fue que me contó sobre su regreso.

─¿Dónde estuvo usted la noche del veinte de mayo y la madrugada del veintiuno?

─En mi casa, viendo televisión.

─¿Había alguien con usted?

─No, mi esposa y mis hijos habían viajado a Tucumán para ver a unos familiares de ella.

Los policías interrogaron a Galindo sobre su vida, actividades, situación familiar y una serie de datos que podrían ser útiles para la investigación. Finalmente lo despidieron.

─Si lo necesitamos de nuevo lo haremos llamar.

Cuando Galindo hubo cerrado la puerta, Córdoba le dijo a Reynoso:

─El tipo no tiene coartada.

─La típica, viendo televisión solo toda la noche.

─Quizás el encuentro fue en la casa de él, discutieron y la mató.

─Puede ser, la cargó en la camioneta y la enterró en El Cadillal.

─Pero, ¿por qué a dos horas de su casa?

─Eso hay que investigar.

―También puede haberla matado en algún lugar de Tucumán y luego llevarla al lago. Él vivió parte de su vida en esta provincia y conocía bien el lugar.

─¿Tomó los datos del telo donde dijo que estuvieron? Por favor investigue esa información ─le dijo Córdoba levantándose para salir. Esa noche tenía un compromiso.

 

***

 

Galindo fue citado a declarar nuevamente, el comisario Córdoba le informó sobre el resultado de las pericias. Su ADN fue encontrado en el cuerpo de Julia. También le informó que ella estaba embarazada de una hija suya.

―Claro, ya le conté, nosotros tuvimos relaciones sexuales antes de que ella volviese a Tucumán. No sabía lo del embarazo, Julia me comentó que tenía irregularidades en el período. Pensó que era por la menopausia.

─Usted no tiene una buena coartada.

─¿Investigaron al marido?, ella le tenía pánico.

─Él estuvo todo el tiempo con un amigo.

Galindo se puso pálido, era el principal sospechoso de un crimen que no había cometido.  Unos días después recibió una citación para presentarse ante el juez de instrucción de la I Nominación en el Foro Penal de la Ciudad de Tucumán.


23

 

 

Ese día Guillermo regresó a su casa antes de lo acostumbrado, estaba enfermo, sentía que le dolía el estómago, su gastritis crónica podría convertirse en úlcera. Los nervios le atenazaban. Debía presentarse en tribunales penales de Tucumán para declarar como imputado en el asesinato de Julia. Su futuro era incierto, su abogado le había dado garantías de que era sólo un trámite para entretener a los medios. “Tienen que mostrar que están haciendo algo”, el crimen de la mujer ocupaba las primeras planas. “Ya vas a ver: cuando la prensa lo publique en la última página, sin darle tanta importancia, te van a dejar en paz”.  Guillermo presentía que su situación era grave. Esa noche habló con su esposa:

─Necesito contarte algo ─le dijo angustiado.

─No me asustes, te veo muy nervioso últimamente.

─No sé cómo explicarte…he tenido una amante. ─Guillermo titubeaba, se daba cuenta que Fernanda era muy importante en su vida. Sólo ella le quedaba. La mujer lo miraba sorprendida e incrédula.

─¿Cómo? ¿Y ahora me lo confiesas? ¿Va en serio?

─Fue hace tiempo, el problema es que ella está muerta.

─¿Qué pasó?

─La asesinaron y me quieren culpar a mí del crimen. Querida, yo no la maté, estuvimos separados unos meses y nos reencontramos hace unos días…

─¿Volviste a estar con ella? ─Fue la primera reacción de la mujer.

─Sólo una noche, ella me dijo que iba a regresar con el esposo, pero no la volví a ver. Ahora está muerta. Si te fijas, en El Liberal hay noticias, ella se llamaba Julia Boba.

─ Tu amante fue asesinada ¿Por qué te acusan a vos?

─Porque encontraron mi semen en su cuerpo y no tengo coartada. La noche del crimen yo estaba solo en casa, ¿Te acordás del día en que te fuiste con los chicos a Tucumán? Iban a festejar el cumpleaños de tu ahijado, el veinte de mayo.

─Te metiste en un buen lío.

La esposa estaba fastidiada por la infidelidad, pero se dio cuenta que el problema era mucho más grave que eso.

Galindo sintió un dolor en el pecho, quizás en adelante sus hijos sólo verían tras las rejas de una prisión.

─¿En qué falló lo nuestro para que vos te metas en semejante problema? ─le preguntó ella llorando.

─Una aventura no significa necesariamente un matrimonio malo.

Guillermo la abrazó, sufría por el dolor que producía en su familia, por su propia vida desperdiciada. Trató de reponerse, tomó un pañuelo de su bolsillo para secarle las lágrimas a la mujer, ella le preguntó:

─¿Ya tenés abogado?

─Sí, hablé con el Chino Lugones. Él me va a acompañar mañana a tribunales

─ Voy a necesitar tu apoyo ―le rogó Guillermo.

─No sé, déjame que lo piense.

 

***

 

Detrás del escritorio de madera de roble de gran tamaño se encontraba el titular del Juzgado de Instrucción de la I Nominación, doctor Mariano Donadío. Estaba sentado en una silla de madera tapizada en cuero verde. El respaldo, tallado con unos firuletes que imitaban la flor de lis, hacía juego con los apoyabrazos. Sobre el escritorio, la balanza de bronce de la justicia brillaba. A la derecha del magistrado la bandera argentina lucía calma. De baja estatura y un vientre prominente, el juez vestía de traje y corbata.  Cuando entró el señor Galindo con su abogado, se paró y les dio la mano.  Los invitó a sentarse, luego él   se sentó en la silla de madera labrada. Se puso los anteojos y tomó el expediente caratulado: Juicio: Guillermo Galindo sobre homicidio agravado por femicidio y alevosía.

En unos minutos entró la fiscal Mirta Lanús y el doctor Salustiano Zavalía, abogado de Carlos Boba. El Chino objetó que el viudo fuese admitido como querellante por las sospechas que recaían sobre él por el asesinato. La fiscal informó que el señor Boba no era sospechoso y la víctima era su legítima esposa. El juez replicó que no procedía la objeción planteada. La fiscal Lanús solicitó la prisión preventiva de Galindo a quién acusó de del ser el asesino de Julia Caramutti. Presentó pruebas que daban cuenta de que él había sido el último en ver a Julia con vida, había restos biológicos suyos en el cuerpo de ella y cursaba un embarazo de cuatro meses, las declaraciones del encargado de las cabañas corroboraban que en su relación con la occisa había problemas. Tampoco tenía una coartada. El broche de oro de la fiscala era un testigo que lo había visto con Julia en la franja horaria determinada por los forenses en su informe sobre la hora del asesinato.

El acusado proclamó en todo momento su inocencia, pero las pruebas eran abrumadoras. Por la naturaleza del delito no le fue concedida la libertad condicional, debía aguardar el juicio en una comisaría.

 

***

 

Galindo esperaba en un calabozo de la Comisaría Segunda el juicio en su contra por la muerte de Julia y su hijo nonato.  El lugar era una casa antigua, medio derruida que había sido adaptada como comisaría. Los detalles en sobre relieve y los arcos de su fachada, así como las pequeñas y grandes columnas estaban pintadas de blanco mientras el resto en un amarillo desvaído.  Sobre la gran puerta de ingreso, encaramado en una viga semicircular, estaba pintado en letras negras Comisaría Seccional 2, debajo se observaba el escudo de la provincia que daba color al frente con sus tonos rojo, verde y celeste. Luego de pasar por dos oficinas ubicadas a la derecha e izquierda del pasillo de ingreso, la construcción se abría a un gran patio descubierto. Alrededor de éste otras oficias de paredes descascaradas albergaban dependencias del organismo.

En una pizarra se detallaban los nombres y rangos de los funcionarios policiales de la provincia y los del comisario y oficiales de guardia de ese día.  Detrás, fuera de la vista del público, estaban los calabozos. Eran un lugar de alojamiento transitorio que se utilizaba por diferentes motivos, allí residían hombres por una infracción menor como disturbios en la vía pública hasta casos judiciales por orden de tribunales. Esas instalaciones tenían un aspecto aún más descuidado que el de las oficinas, eran cubículos, cada uno con una puerta reja, las paredes estaban rotas, presentaban humedades y goteras, en algunos rincones donde se acumulaba la basura. Un olor fétido invadía el lugar.

Guillermo había declarado su inocencia en reiteradas oportunidades, pero, para la justicia, había pruebas suficientes para su juzgamiento. Por la gravedad del ilícito tenía que esperar el juicio en un calabozo de la Segunda. Su abogado y amigo, el “Chino” Lugones, le había dado esperanzas. “Son todas pruebas circunstanciales, te voy a sacar de ésta”. Mientras, había tenido que vender un departamento que sus padres le habían heredado para pagar los honorarios del letrado.

 Una larga lista de testigos iba a dar cuenta de su honorabilidad. El “Chino” temía la conducta prejuiciosa de algunos magistrados que desaprobaban el adulterio. Por supuesto, la muerte de una mujer y su hijo eran hechos gravísimos pero el abogado sabía que la vida y antecedentes del acusado influirían en las decisiones de los camaristas de la Sala II que llevaría adelante el juzgamiento. El abogado tenía elementos para demostrar que todas las pruebas contra su cliente eran circunstanciales. Sólo la declaración de la testigo lo tenía preocupado.

Guillermo tenía mucho tiempo para pensar en ese sucio habitáculo que compartía con tres detenidos. No había camas allí, sólo unas losas de cemento con un delgado colchón. Un balde servía para la evacuación mientras que una pequeña mesa era el “comedor”.  Sus compañeros de celda eran criminales de verdad, uno había violado a su vecinita de cinco años y dos eran atracadores que entraban y salían del sistema como Juan por su casa. La convivencia era difícil y el encierro enloquecedor. La muerte de un hijo le producía un dolor agudo en el pecho, él no sabía del embarazo de Julia. Quizás si ella se lo hubiese contado habría tomado otras decisiones y la mujer y el niño estarían vivos.  Sintió que necesitaba un escape para no enloquecer en ese sucio agujero, consiguió permiso para leer y escribir.  

Meditaba sobre su vida, los errores que había cometido para desembocar en esa covacha. La primera justificación que venía a su mente es que él sólo había perseguido la felicidad ¿y qué había conseguido? Hundirse en un pozo de desdicha. La felicidad que le dio Julia había mutado en una gran infelicidad.  Quizás él se había equivocado, no había cumplido con la regla autoimpuesta, la de los tres encuentros. Esa fue su perdición, como le dijo el Chino, estaba en caída libre, todavía no había llegado al piso. ¿Con qué se encontraría cuando aterrice? ¿podría sobrevivir?

El día del juicio se aproximaba y el abogado lo visitaba todos los días. A instancias del Chino, Guillermo había señalado a las personas que podrían oficiar de testigos: ex alumnos, colegas, sus hijos, una hermana, hasta la esposa le había transmitido que estaba dispuesta a hablar a su favor. La estrategia era que los testigos relatasen sobre las cualidades del profesor, para dar el semblante de una persona de bien, un padre ejemplar, un docente dedicado. Guillermo sabía que la fiscal iba a presentar testigos también: el médico forense, el encargado de las cabañas de El Frontal donde se alojó con Julia, una psicóloga que había realizado un psicodiagnóstico al acusado y otro profesional que expondría sobre la autopsia psicológica a la víctima

El humor de Guillermo era cambiante, a veces estaba tranquilo, otras veces deprimido. En una oportunidad, tuvo un enfrentamiento con un compañero de celda y casi llegan a la violencia física. El profesor estaba ese día irascible y respondió ante una burla de otro recluso con respecto a su profesión y trabajo científico. En ese ambiente las palabrotas y chanzas hacia Guillermo arreciaban, no comprendían que una persona pudiese leer y escribir casi todo el día.  También les resultaba irritante que el comisario Córdoba le llamase al menos media hora por día a su despacho. ¿Acaso sería un buchón de la policía? Temían que Galindo comentase sobre la circulación de droga que los familiares llevaban escondida en la comida. A veces para consumo personal otras para su venta. En realidad, a Córdoba le gustaba conversar con el profesor, muy difícilmente tendría otra vez un preso tan ilustrado. También sentía curiosidad por el crimen y esperaba alguna confesión de Galindo. El hombre se prestaba a responder al comisario sobre diversos temas de su interés, pero no podía dar más información sobre el asesinato porque él era inocente.

24

 

 

La mesa rebozaba de recipientes de diferentes tamaños. Algunos cuencos con maíz y poroto en remojo, una bandeja con huesos y cueros de chancho de color rosado, una ensaladera con choclos amarillos cortados en rodajas, unos dados grandes de zapallo que sobresalían de una gran fuente. Isaura miró los ingredientes con satisfacción, sólo faltaban los chorizos, se había olvidado de comprarlos y el locro no sería lo mismo sin ellos. El domingo tenía muchos invitados, hijos y nietos se iban a dar un festín. Gritó llamando a Rigoberto, el muchacho acudió a su lado, le preguntó:

―¿Qué necesita abu?

―Por favor, comprame seis chorizos colorados en lo de Zacarías ―dijo mientras buscaba su monedero. Miró la hora―, rajá ya mismo porque en un rato el viejo cierra.

Isaura siguió con los preparativos que había iniciado el sábado. Un buen locro santiagueño requería un tiempo. El maíz y el poroto comenzaron a hervir en la gran olla del patio, allí el marido había hecho un fuego con quebracho colorado. Isaura lo miró con rabia, estaba sentado tomando un vino y recién eran las 11 de la mañana. Cuando la comilona terminase estaría borracho.

Trató de apartarlo de sus pensamientos, el domingo era su día de felicidad, siempre bregó para conservar a la familia unida y era su mayor satisfacción. Poco a poco los comensales fueron llegando, besaban y saludaban a Isaura. Entre los nietos, Rosaura y Rigoberto eran sus preferidos, Rigo como le llamaba era el más compañero y cariñoso.

Cuando el almuerzo terminó, los comensales volvieron a sus casas. Isaura se quedó con el Eulogio y Rigo. El marido dormía en una silla roncando ostentosamente con silbidos y la boca abierta. El muchacho se dirigió a su abuela:

―Abu, estuve viendo por Internet unas noticias.

―¿Qué cosa?

―Usted me dijo que le interesaba saber de una señora Julia Boba y el hombre… ¿cómo se llamaba?

―El que la mató, Guillermo Galindo.

―¿Sabe que él no está preso?

―Pero si me leíste que lo mandaron a la cárcel.

―Hay otras noticias, más nuevas.

―Pasame las novedades.

El muchacho buscó en su celular una noticia más reciente sobre el crimen de la señora Julia Boba.

―Esto publicaron en El Tribuno:

Un hombre estuvo casi dos años preso por un asesinato que no cometió.  El señor Guillermo Galindo fue condenado por el tribunal de la Sala 2 del Crimen de la capital tucumana, por femicidio en prejuicio de a la señora Julia Boba. Ellos eran amantes y la fiscalía acusó a Galindo de haberla matado con agravantes de alevosía y violencia doméstica. Se basaron en numerosas pruebas, especialmente de los dichos de una testigo que lo vio con la señora Boba en horas cercanas a su asesinato. La verdad fue revelada por el señor Carlos Boba quien dejó una nota confesando que él mató a su esposa en un rapto de emoción violenta. Luego se suicidó, arrojándose de la terraza de un edificio en barrio Sur, en San Miguel de Tucumán. El abogado del acusado, doctor Eusebio Lugones declaró a este diario que su cliente sufrió daños físicos, económicos, morales y psicológicos por lo que demandará al Estado para que reciba un resarcimiento.

La cabeza de Isaura trabajaba a mil, observó las fotos de la señora Julia, el marido y el amante. El señor Galindo era el único sobreviviente de la tragedia familiar. Recordó con cariño a Joaquín que ahora era huérfano de padre y madre. Estudiaba el rostro del señor Galindo. Rigoberto le habló:

―Abu, ¿ya puedo irme con mis amigos?

―Claro, pero necesito otro favor ¿me podés conseguir una foto del tal Galindo?

―Yo se la consigo, abu. En el quiosco de don Zacarías tienen una impresora, hago que bajen la noticia de Internet y le hagan una copia.

Isaura le dio unos billetes a Rigoberto.

―Tomá para los gastos.

―Pero no sale tanto

―El vuelto es para vos, gracias por tu ayuda, no entendí nada de lo que me explicaste que vas a hacer en lo de Zacarías, pero no importa, el asunto es que me consigas lo que te pedí.

El chico le dio un beso y salió corriendo con los billetes en la mano. Isaura pensó que tenía que juntar plata para el cumple de quince años de Rosaura, quería hacerle una gran fiesta a su nieta preferida. Después de todo la chica se iba a convertir en señorita y eso era muy importante. Tenía una corazonada, si no fallaba hasta podría contratar a Los Manseros para animar el festejo.

 

Nilo se acercó corriendo a Isaura. ella estaba sentada en un banco de la plaza esperándolo. Lo había mandado a llamar por medio de uno de sus nietos.

─¿Cómo está doñita? ─La saludó cariñosamente el muchacho.

─Bien, ¿sabés me quedé pensando en lo que me contaste?, quiero que me ayudés con el hombre que me atacó y me metió en el auto.

Doñita, yo le i’dicho todo lo que vi ese día.

─El Rigo me ayudó mucho para saber más, el changuito hace magia con la computadora.

Nilo estaba impaciente, le dijo:

─¿Qué se le ofrece doñita? Mi mama quiere que le lleve unas cosas para cocinar ─decía mientras mostraba un papel con una lista.

─Te llamé porque quiero que veas una foto, quizás conozcas a ese señor.

La mujer le mostró una hoja impresa en la que se veía un hombre salir del edificio de tribunales de Tucumán.  Nilo observó detenidamente la fotografía.

─Es ese, el hombre que le pegó en la cabeza, está un poco más flaco y más pelado, pero es él.

Isaura le dio un billete:

─Tomá, para que compres alguna golosina, ¡nada de cigarrillos!

Había visto fumar al chico y no le gustaba. Cuando Nilo se fue, Isaura se quedó pensativa: “el diablo sabe por diablo, pero más sabe por viejo”, se dijo, sus sospechas resultaron ciertas. El amante de la señora Julia la había aporreado y atado. Recordaba su sufrimiento en ese baúl, envuelta en la colcha, transpirando y sin aire, luego los barquinazos y el vuelco. Fue un milagro que saliese con vida de ahí.

El Nilo podría ser su testigo si hacía una denuncia, pero no ganaba nada con eso. Más le convenía conseguir un dinero, lo que había ahorrado para la fiesta de la Rosaura era muy poco. La chica se merecía un quince con luces, baile, un gran salón, torta, empanadas, humita, sándwiches. Un premio por ser tan buen alumna y excelente nieta.

 

 


 

25 

 

Guillermo atravesó el amplio patio del Colegio Belén, numerosas macetas con flores lilas, rosas y amarillas jalonaban los enormes baldosones de cerámica. Vio a una mujer con delantal celeste que llevaba una escoba y una palita, la detuvo para preguntarle por la oficina del director. Luego de recibir las indicaciones se encaminó hacia allí.

 En ese momento sonó el timbre del recreo y gran cantidad de chiquillas con polleritas tableadas y corbatas haciendo juego salían de las aulas. De pronto, el patio cobraba vida y movimiento, las adolescentes parloteaban y se dirigían en grupos hacia un quiosco en el interior del edificio. Guillermo vio un letrero en bronce, decía “Director”. Tocó la puerta y entró a una gran habitación donde un grupo de empleados de uniforme blanco con vivos azules estaban sentados detrás de sus escritorios. Comprendió que era la antesala del despacho del director. Le hicieron esperar unos minutos hasta que pudo pasar. Llevaba una valija cuadrada de cuero negro que puso sobre su regazo al sentarse. Conocía a su interlocutor, el licenciado Rosales, por haber cursado juntos algunas materias del doctorado.

─Hola, ¿cómo estás? ─fue la cálida bienvenida que incluyó un fuerte apretón de manos.

─Bien, está lindo el Colegio. Cursé la primaria aquí.

─Un ex alumno, qué bien. Estamos modernizando las instalaciones y la currícula. Trabajo aquí hace como diez años. ¿A qué obedece tu visita?

Guillermo abrió la valija y sacó una carpeta.

─Le expliqué a tu secretaria, busco trabajo. Aquí está mi currículum vitae.

El director tomó la carpeta y la puso sobre el escritorio.

─Lamentablemente las materias humanísticas son muy pocas en el programa, ya sabes: parece que inglés y matemáticas son lo más importante.

─Entiendo, no tienes horas para mí.

─Creo que la filosofía debería ser prioritaria ¿qué hacemos con generaciones que no piensan? ¿Qué no se preguntan ni dudan?

Guillermo entendió que estaba perdiendo el tiempo. Cortésmente saludó y se fue. No sin antes oír la promesa de que iba a ser llamado.

Era el quinto colegio secundario al que concurría. ¿Estaría empestado? Todos sabían que había estado en la cárcel, Santiago era muy chico y los chismes corrían. Su reputación había caído tan bajo como el penal de Villa Urquiza donde purgó su condena. No tenía más alternativa que irse a vivir a Tucumán, quizás allá no se acordasen de su pasado. Además, podía seguir de cerca los trámites que el Chino estaba haciendo para la indemnización. No podía vivir así, sin trabajo ni dinero.

 

***

 

Guillermo miraba la plaza desde el gran ventanal de Café 25, ubicado en el corazón de barrio Norte en San Miguel de Tucumán. Le gustaban los árboles y plantas, los juegos de los chicos. Un grupito de adolescentes hacía equilibrio sobre unas pequeñas tablas con cuatro ruedas. Las chicas pasaban en sus patines, unos rollers rosados, a gran velocidad mirando por el rabillo del ojo a los varones. Gente de todas las edades caminaba o corría alrededor de la plaza Urquiza. Un lugar medianamente seguro por su cercanía con tribunales y el Poder Legislativo, edificios con custodia policial las veinticuatro horas.

Desde que había salido de la cárcel su vida se había transformado en un gran signo de pregunta. Tendría que establecer alguna rutina, ocuparse de algo. Mirando distraídamente el paisaje de la plaza pensó en su tesis doctoral a medio terminar. También en otra investigación inconclusa: el enigma que significaban las mujeres para él.  Su vida social antes de ir preso era intensa, tenía trabajo, mujeres, una familia. Ahora sólo debía ocuparse de sus hijos adolescentes, ellos lo ignoraban y siempre ponían pretextos para no verlo: sus estudios, las fiestitas, los amigos.

Había perdido a Julia primero y luego a Fernanda, justo cuando había logrado el punto de equilibrio. ¿No sería una muletilla para darse manija y no pensar en el futuro? ¿Tenía futuro?

Recordó el sueño que Julia le había contado la última noche que estuvieron juntos. Ella estaba bajo tierra, él la desenterraba y le limpiaba los ojos. Le precedía una escena entre macabra y romántica que luego vería como una premonición: Guillermo visitaba su tumba, golpeaba con los nudillos la lápida de mármol negro. Ella salía a la superficie abriéndose paso por una especie de túnel escondido debajo de la tierra y el césped.

Él mismo no estaba vivo en realidad, la cárcel le había quitado toda ilusión, ¿cómo creer en el ser humano después de haberse hundido en esa cloaca? Todas las noches tenía pesadillas, no le sentía gusto a la comida, así era su vida, como el agua no por lo transparente sino por lo inodora, incolora e insípida. Recordó la “receta” del Chino.

─Buscate una mina, ya vas a ver cómo se te pasa la depresión.

─¿Es tu remedio para todas las enfermedades?

El Chino comenzó a reír, le dijo:

─Me extraña, amigo, ¿dónde quedó el Don Juan que salía de cacería todos los fines de semana?

─Quizás ese fue mi problema, ya sabes, me enamoré de Julia.

─Viejo, olvídate de ella. Ahora sos libre, no tenés ataduras con nadie y la cárcel pertenece al pasado.

Guillermo se le acercó y llevó su brazo derecho cerca de la cara del amigo.

─¿Olés algo?

─Te echaste mucho perfume ─le contestó mientras hacía un gesto con la mano como si quisiera disipar ese aroma.

─Sí, pero no me refería a eso. ─Volvió a acercar su brazo─ es otro olor ¿lo sentís?

─No ¿de qué hablás?

─Se me pegó el olor de la cárcel, es una horrible una mezcla de excrementos y barro podrido.

El Chino lo abrazó:

─Estás un poco loco, amigo.


26

 

 

            Habían pasado tres meses de la muerte de Julia, Carlos se levantó temprano y comenzó a prepararse el desayuno. Sintió un ruido en la puerta. Alguien la estaba abriendo. Pensó que era Joaquín.

            Cuando vio a Julia, tan hermosa que parecía un ángel, creyó estar ante una aparición, casi se vuelca la taza con café encima. A duras penas pudo apoyarla en la mesa y sentarse.  No era una construcción de su mente. Lo comprobó cuando la mujer comenzó a hablar.

―Hola ¿cómo estás? ¿dónde está Joaquín?

Julia hablaba como si nada hubiese pasado, como si volviese de trabajar. Trataba de parecer despreocupada pero su voz delataba que estaba asustada, era quebradiza y tambaleante.

            Carlos balbuceaba:

            ─El avión, la explosión, los muertos...

            ─No, tontito, al final no viajé en ese avión.

            El hombre estaba conmocionado, cuando se recuperó le dijo:

─Puta, estuviste con tu amante y apareces ahora, así como si nada.

─Tranquilízate, tenemos que hablar como personas civilizadas.

La rabia dibujaba en las facciones de Carlos a un monstruo, la cara roja, los ojos inyectados en sangre, el cuerpo en tensión como una fiera a punto de dar un salto. Se abalanzó sobre ella y le dio una trompada, Julia cayó pesadamente al suelo. Acostada boca arriba miraba al marido parado a su lado. Trató de levantarse:

─No me hagas daño ─rogó.

Carlos tomó un cuchillo que estaba en la mesa de la cocina, la apuñaló varias veces. Julia, haciendo un esfuerzo sobrehumano, se paró y salió corriendo hacia el baño. Una vez dentro, puso el pasador. Los golpes en la puerta eran aterradores.

─Abrí, puta. Salí de ahí ─sus gritos resonaban en toda la casa.

Julia temblaba, le respondió:

            ─Volví porque no puedo vivir sin ustedes…vos y Joaquín son lo único importante para mí.

            El profesor se puso más furioso, “esta pensaba en borrarse para siempre” rumiaba, en ese momento era una bestia. De una patada tiró la puerta abajo. Quedó paralizado cuando vio que no había nadie en el baño; corrió la cortina de la ducha, Julia no estaba allí. Miró hacia una pequeña ventana que daba al jardín, seguramente ella había salido por esa abertura. Corrió en su búsqueda. Tampoco estaba en el jardín, ¿por dónde habría escapado? Carlos miró el cerco de ligustros, ¿podría haber trepado por ahí y saltado al patio del vecino?, ¿o aprovechado un sector donde el perro cavó un agujero? Desesperado pensó en Enrique, él siempre estuvo cuando lo necesitó. Ahora dudaba en llamarlo.

Desde que estaba de licencia había recibido dos visitas del amigo.

            ―Viejo, has vivido una historia de mucho estrés, hace los tratamientos y te vas a recuperar.

            ―Vos, a quien yo creía mi mejor amigo, me has traicionado.

            ―Todo el tiempo te estabas peleando con las mujeres, alumnas, auxiliares…seguro por la bronca contra Julia.

            ―¿Ahora sos psicoanalista? ¿Me vas a interpretar?

            ―No te enojés Carlos, siempre voy a estar con vos, en las buenas y en las malas, sigo siendo tu mejor amigo.

Carlos buscó el teléfono y llamó a Enrique.

            ─Amigo, necesito tu ayuda.

            ─¿Qué pasó? ─ Enrique escuchaba la voz agitada de Carlos al otro lado de la línea.

            ─Julia volvió.

            ─¿Qué te pasa? ¿Has estado bebiendo?

            ─No, ella no tomó el avión.

            Enrique se quedó callado, necesitaba tiempo para asimilar esa noticia.  ¿Estaría delirando? Al fin dijo:

            ─¡Qué bueno! ¿Qué alegría? Tenemos que salir a festejar ¿En qué te puedo ayudar ahora?

─Me saqué, le pegué mal.

─¿Está muy lastimada? ─Enrique seguía dubitativo.

─No sé, se escapó.

─¿Cómo fue?

─Llegó como si nada, me enfurecí, le pegué una trompada. Ella se refugió en el baño y de ahí saltó por una ventanita al jardín. Pero no la encuentro, no sé si escapó por un agujero que hay en la cerca de ligustros que da al vecino.

─Viejo ¿estás de nuevo con la coca? Es importante que hagas un tratamiento con el doctor Marazza, es un psiquiatra especialista en adicciones.

─No me crees, ─le dijo Carlos sollozando.

─Calmate, viejo, todo tiene solución en esta vida. ¿En qué te puedo ayudar?

─Decime ¿qué hago? Pensé en buscarla por el vecindario, pero no sé. Quizás ella vuelva a irse con el tipo, quizás me denuncie. Vení, por favor.

─Tranquilízate, salgo para tu casa en cinco minutos.

Carlos colgó el teléfono; mientras esperaba a Enrique volvió a revisar el jardín, percibió con sorpresa que la manga derecha de la camisa estaba machada con sangre. ¿Cuán grave sería la herida que había infligido a la esposa? Se dio cuenta del odio y la furia acumulados durante esos meses. ¿Había sido un acto de venganza? Muchas veces se había preguntado: ¿por qué su infidelidad le había afectado tanto? Incluso más que su muerte. ¿Era por su amor propio herido? Esa explicación se la había dado Enrique.

─Viejo, parece que tu amor propio se fue por el inodoro ¿No me vas a decir que sólo se basaba en Julia, su cariño y fidelidad? ¿No valorás tu doctorado? No cualquiera es profesor de la facultad. Tenés un hijo.

Carlos comenzó a buscar en el Alcanfor y la tierra manchas de sangre, estaba casi seguro que ella había escapado por allí.  Se preguntó ¿Podría una persona herida treparse a un árbol y saltar sobre el cerco vegetal? Es el instinto de supervivencia, concluyó. Más fuerte que cualquier otro.

Miró con detenimiento al alcanfor y la hilera de ligustros, examinó de nuevo el hueco en un sector de la tupida formación. Se acercó buscando huellas de pisadas o de sangre. No encontró nada. Estaba en esas elucubraciones cuando vio a Toribio, el caniche de Julia, mover la cola, su hocico apuntaba hacia una pequeña construcción donde guardaban los elementos para cuidar el césped y podar las rosas. Era una casilla de madera que primero había servido para los juegos de Joaquín. La habían instalado en una gruesa rama del árbol, el hijo jugaba a que era Tarzán de la selva. Cuando el chico creció, Julia le pidió que bajase la casita para usarla para guardar herramientas.

Miró detenidamente al perrito, muchas veces se refugiaban las ratas y el animalito se esforzaba por cazarlas. De pronto vio un hilito rojo colarse por debajo de la casita y manchar el césped.

            Sintió su propia sangre palpitar en sus sienes, la sorpresa lo paralizó. ¿Ella estaba ahí? La tenía a su merced ¿completaría la faena? Quizás le perdonase la vida. Se dirigió hacia allí, caminaba con sigilo, lamentó que Toribio ladrase armando un gran barullo. No permitiría que Julia se escapase de nuevo. Cuando abrió la puerta, la vio acurrucada en un rincón. Le llamaron la atención sus ojos: estaban abiertos, inexpresivos. Se le acercó con lentitud, seguro se trataba de una inmovilidad fingida.  Carlos le sujetó una mano, estaba laxa, puso sus dedos índice y medio en la muñeca para tomarle el pulso, no sintió sus latidos, estaba muerta. Suavemente la alzó y la sacó de ahí acostándola en el césped, observó que presentaba moretones y heridas en la cara y en distintas partes del cuerpo.  Entonces tomó conciencia de la furia que lo había dominado.

            Se sentó a su lado con la mirada extraviada. Cuando se recuperó del shock, acusó al otro, a la bestia, por el crimen. Entonces arrastró el cadáver hasta el baño. Con el mismo frenesí que había matado a la esposa, comenzó la tarea de limpiar todo, un reguero de sangre había trazado un camino desde el jardín hasta el baño. El único testigo, Toribio, ladraba sin comprender nada.

            Lo más difícil vendría después: deshacerse del cadáver. En ese momento sintió el timbre, era Enrique.

            ─Amigo, necesito tu ayuda ─lo abrazó llorando.

            ─¿Qué pasó? ¿Dónde está Julia? ─Enrique sonaba preocupado─ ¿Te lastimaste? Señaló unos raspones que Carlos tenía en la cara y un brazo.

            Con un gesto, lo llevó al baño. Enrique quedó shockeado cuando vio a Julia en el piso, ensangrentada, muerta. Todavía tenía los ojos abiertos, inmóviles. Su rostro presentaba manchas moradas por los golpes recibidos, la ropa estaba llena de sangre y la rigidez comenzaba a adueñarse de su cuerpo. Tenía el aspecto de un maniquí apaleado.

Enrique le dijo:

─¿Cómo pudiste hacerle eso?

Carlos no lo escuchaba, repetía:

            ─La maté…maté a mi esposa… fue un accidente.

            Enrique fue a sentarse, no lograba asimilar lo que veía y escuchaba. Parecía que estaba teniendo una pesadilla y quería despertar.

            ─Tenemos que llamar a la policía─ dijo luego de largos minutos.

            ─No, no quiero ir preso ¿quién se ocupará de Joaquín?

            ─Pero… ¿qué pasó?

            Discutimos, ella se me abalanzó con un cuchillo y forcejeamos.

            ─Por favor, llamá a la policía.

            ─No, Enrique, por Dios ayúdame, tenemos que enterrarla. Ella está muerta oficialmente desde que el avión se estrelló. ¿Te acuerdas de las fotos con un tipo? Se fue con él de luna de miel.  La perra volvió, ─Carlos comenzó a llorar.

            ─Te mandaste un cagadón, pero podés alegar emoción violenta. Después de todo, desde que ella se fue vos no estás en tus cabales.

            ─Se presentó hoy como si nada, me sacó de quicio. Necesito tu ayuda para enterrarla.

            ─Llamá a la policía, viejo, ─le respondió Enrique, todavía estaba bajo los efectos de la escena que acababa de presenciar.

            Carlos le rogó que lo ayudase, insistía ¿acaso ella no estaba oficialmente muerta?

            ─Voy a perderlo todo, fue un momento de emoción violenta. ─rápidamente había hecho suyas las palabras del amigo.

            ─¿Crees que es tan fácil deshacerse de un cadáver?

            ─La podemos llevar a Ticucho.

            Enrique recordó los agrestes y aislados paisajes de las yungas y asintió. Se estremeció al pensar que esas aventuras de pesca con Carlos ahora iban a ser el escenario de una tumba anónima.

 

                       

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SEGUNDA PARTE: INVESTIGACION

 

 

 

 


 

















 













27

 

            El comisario Córdoba se paró a mirar la vidriera del pequeño local ubicado en una galería céntrica de San Miguel de Tucumán. Era una de las diez casas de tatuajes que había en la Ciudad. La investigación de un crimen lo había llevado a ese insólito lugar. Un logo daba cuenta de su nombre y actividad: K’ arma Tattoo Body Piercing. En el escaparate sobresalía un dibujo: un ancla con una flor en el medio con la leyenda Tatuajes Color 20% de descuento. También exhibían infinidad de aros para piercings y fotos. Le llamó la atención una de ellas: era de una mujer con el rostro tatuado y esos adornos de acero en la nariz, la lengua, las orejas y las cejas. Parte de la cabeza, alrededor de la oreja izquierda, estaba rapada para permitir que luciera un ramillete de flores rojas. El comisario detestaba esta costumbre tumbera; definía a sus acólitos como “locos y drogadictos”.

            Empujó la puerta vidriada y entró. Una campanilla sonó, anunciando su presencia. Del interior salió un joven de barba, muy musculoso, con ambos brazos tatuados. Córdoba había conversado con él por teléfono el día anterior y le pedía colaboración para identificar a la víctima de un asesinato. El cadáver tenía un pequeño tatuaje en el cuello: era el símbolo del infinito adornado con diminutas manchas de colores, un corazón y las patitas de un perro.

            Córdoba le mostró las fotos de la occisa y las del tatuaje. Karma reconoció el dibujo y a su portadora.           

            ─Yo hice el tatuaje a esa mujer y a su hijo; vinieron con el esposo de ella. Estuve buscando entre mis papeles; son el señor Carlos Boba y su esposa Julia.

 El tatuador fue a un mueble con cajones, después de buscar entre unos papeles sacó un formulario firmado por el matrimonio autorizando que le hiciese el tatuaje al hijo.

            Si bien era un símbolo del infinito era un pedido común, él solía escribir en la piel una pequeña k, era su sello que, a simple vista, pasaba desapercibido. El comisario Córdoba salió contento, esta información podía servir para identificar el cuerpo que habían enterrado en su jurisdicción; la comisaría de El Cadillal.

            Recordaba el día en que lo llamaron de la comisaría. Un denunciante anónimo había visto a dos hombres llegar en una camioneta Toyota de color azul a un desolado paraje camino a Ticucho. De la caja del rodado bajaron una bolsa negra con lo que parecía un cuerpo. Él estaba en ese momento en su cabaña de El Cadillal tirado en la cama mirando la televisión. Inmediatamente se levantó y comenzó a vestirse.

            El oficial Reynoso lo esperaba en la puerta de la comisaría situada en la entrada de la Villa. Reynoso le alcanzó un papel; en él había anotado una serie de datos de la denuncia: la descripción de los hombres, del vehículo y del lugar donde estaba enterrado el supuesto cadáver. Era en un punto de la ruta provincial 312, un camino de tierra muy poco transitado y despoblado que bordeaba el dique y terminaba en Ticucho.

            ─Lo primero es hacer una inspección ocular, puede ser una denuncia falsa ─le dijo.

            Con ese propósito partió con su ayudante hacia el lugar indicado por el denunciante. Buscaron durante dos horas hasta que, cansados, decidieron emprender el regreso.  Córdoba insultaba por lo bajo: “Estos pelotudos con sus bromas pesadas”. Subido a la camioneta, el comisario hizo una maniobra para retornar y vio, por el espejo retrovisor, un montículo de tierra. Frenó y, de un salto, bajó de la camioneta. Alcanzó una pala a Reynoso y lo puso a cavar. La tierra estaba recién removida y no resultó difícil llegar al objeto enterrado: una bolsa negra. Con sólo mirarla se dieron cuenta de que era un cuerpo humano.

            ─Precinte la zona, voy a llamar a Criminalística, ahora es el turno de ellos ─le dijo.

            El apacible y agreste paisaje que ofrecen las yungas fue alterado ese día por la visita de tres vehículos con policías y el equipo forense. Con las precauciones del caso, se llevaron el cuerpo en una camioneta hacia la morgue.

 

***

            Unos días después del hallazgo del cadáver, Córdoba tenía en sus manos el informe de Criminalística: era un caso de femicidio: una mujer de 39 años aproximadamente, un metro setenta de estatura. Presentaba heridas de arma blanca en diferentes partes del cuerpo. Las dos primeras en la garganta causaron su muerte. Se recogieron muestras para analizar huellas biológicas de terceros en el cuerpo de la mujer. A pesar de que se encontró semen, los médicos afirman que no fue violada. Cursaba un embarazo de cuatro meses.

            Córdoba dejó el expediente, pensativo. Su oficina estaba en la planta alta de la comisaría, desde allí observó el paisaje. Le gustaba ver cómo el camino trepaba la pequeña y ondulante serranía. Los diferentes tonos de verde hacían contraste con el techo rojo de las casas y daban una nota de color a la carretera que llevaba al lago por la ruta 347.

            Estaba amargado, no tenía nada concreto. La prensa ya había comenzado a hablar del asesinato: le llamaban “el crimen de las yungas”.

            En ese momento entró corriendo el oficial Reynoso.

            ─Jefe, jefe ─decía exaltado─ Mire ─y puso ante sus ojos un celular con una imagen macabra. ─ Es el cadáver de la señora que encontramos en la ruta.

            ─Ya no respetan ni a los muertos ─le respondió.

            El comisario observó las fotos: se veía la rigidez de la muerte, la cabeza y el cuello de un color verdoso. Su rostro estaba irreconocible. Le llamó la atención un pequeño tatuaje en el cuello.

            Rápidamente apartó la vista, estaba impresionado, si hasta le pareció oler los gases nauseabundos de la muerta. Ya no llevaba la cuenta de cuántos cadáveres había visto en su vida profesional. A veces soñaba con ellos, era como una película de zombis, los muertos lo perseguían con sus movimientos rígidos y cuerpos deformes.

Recordó que, cuando fue trasladado desde la comisaría Segunda a El Cadillal, creyó que sólo se toparía con robos menores y peleas de borrachos. Evidentemente, se había equivocado. Hacía unos pocos meses que estaba trabajando en su nuevo destino y ya tenía que investigar un crimen.  Le resultó muy conflictivo el cambio, pero era eso o perder el puesto. “Todo por culpa de esa loca que me acusó de querer matarla”. Llamaba así a su ex esposa que lo había denunciado por amenazarla con su arma reglamentaria. El comisario la acusó de mentirosa y falaz, pero no pudo evitar que le quitasen el arma y lo suspendieran. Fue a hablar con el jefe de Policía, su amigo, el Comisario General Domingo González, Mingucho para los amigos.  “No podemos tener más femicidios dentro de la fuerza” le había dicho. Córdoba le confió que le gustaban las mujeres y salir de noche, pero no había agredido a su esposa ni amenazado con un arma.

            El Jefe de Policía lo tranquilizó, le explicó que por protocolo tenía que ver a la licenciada Mariela Espeche, para que certifique su estado de salud mental, si informaba que podía controlar su impulsividad, podría seguir en la fuerza.

Dos meses después, le llevó el certificado de la psicóloga a Mingucho. El jefe lo leyó atentamente.

            ─Está bien, pero vas a tener que trasladarte a cumplir funciones en El Cadillal.

            ─¿Estoy castigado?

            ─No lo tomes así. Esos verdes paisajes te devolverán la tranquilidad. Y será sólo por un tiempo.

            Un llamado interrumpió sus pensamientos, era de Romina.

            ─Hola, estaba pensando en vos ─le dijo con voz cariñosa. Iba a salir esa noche con su joven novia.

 

28

 

 

Las llamas parecían querer devorarlo todo, el incendio se había iniciado en uno de los cubículos de la unidad cinco del penal de Villa Urquiza. Allí convivían ochenta hombres condenados por asesinato. Se observaban columnas de fuego salir de los colchones de goma espuma sobre los que dormían los reclusos. Un grupo gritaba pidiendo ayuda, el humo no permitía respirar y anulaba la visión.

Guillermo tosía refugiado en un rincón del pabellón, las lenguas de fuego se habían iniciado en una habitación alejada de la suya, al lado de la puerta de acceso. Muchos gritaban ¡Socorro! ¡Abran la puerta! Al igual que sus compañeros, esperaba auxilio externo para salir.  El sonido de unas sirenas indicaba que la ayuda había llegado, los bomberos irían a apagar el incendio. Pensar que podía morir en esa tumba maloliente le sobrecogía.

Todo empezó cuando tres violetas entraron en la unidad. Los internos no podían concebir que se los rebajase de esa manera. Tanto en sentido literal como figurado esa fue la chispa que encendió el fuego. La llegada de las ambulancias y camiones de bomberos en medio del incendio, produjo caos y desbande. Algunos aprovecharon la confusión para huir.

Guillermo vivía en el pabellón más prestigioso del penal. Pocos se atrevían a meterse con ellos.  Todos los días a las siete de la mañana debían levantarse, acomodar y limpiar sus cubículos para ir a desayunar. La organización de los horarios en donde se establecía una rutina diaria hacía más llevadera la vida en esa tumba. Por la mañana trabajaba en el taller de carpintería, por la tarde en la biblioteca. Tenía dos recreos para salir al patio a caminar o ir al gimnasio. Hace casi un año y medio que estaba allí, quizás podría obtener su libertad antes de cumplir la condena completa. El Chino lo visitaba una vez al mes y le daba esperanzas. Había aprendido a soportar el encierro, pero la convivencia era difícil. No obstante, su prestigio por haber matado con alevosía, según los corrillos de los internos, Guillermo debía cuidarse. Su aspecto delataba otra procedencia y hábitos. Mientras la mayoría de los presos tenían los cuerpos tatuados y andaban semidesnudos, él vestía bien y no lucía ningún tatuaje. Pronto aprendió la jerga y códigos tumberos para sobrevivir en esa cloaca. Los domingos eran sus días preferidos ya que recibía la visita de algunos familiares.

En la biblioteca conoció a un recluso, Panduro Méndez, se hicieron amigos y compañeros de lecturas. Méndez tenía cien cicatrices, su cuerpo era una enciclopedia ilustrada, lucía un parche negro en el ojo por un escopetazo que le dio un penitenciario durante la represión de una pelea. Era capaz de leer filosofía y recitar a Descartes y Nietzsche. “Lo que no te mata te fortalece”, le decía a Guillermo. “En este ambiente te fabricás como una obra gigante de maldad”. El profesor sintió que no todo estaba perdido si había un hombre en ese lugar que fuese capaz de pensar. “Estoy detenido, pero en movimiento con la mente. La literatura me hace libre”, repetía convencido.

Panduro y Guillermo comenzaron a hablar con algunos internos, los invitaban a la biblioteca, pequeña pero bien nutrida con cuatrocientos libros. “Yo sé que vos mataste, pero acá somos personas, somos escritores” les decía Panduro.  Él buscaba chicos en las aulas del penal. Los otros internos les llamaban putos y los guardias se les burlaban. Habían creado la Editorial cartonera Cuenteros, Verseros y Poetas.

 

Guillermo y sus compañeros de pabellón fueron rescatados del fuego. El mismo fue sofocado por los bomberos. En la enfermería se encontró con Panduro y se abrazaron. El amigo sonrió, dijo:

─Esta tumba es también un infierno.

─Pensé que iba a morir, se demoraron para rescatarnos.

─Este es tu primer siniestro, cada tanto los muchachos se enojan y prenden fuegos artificiales.

Guillermo se calló, no le parecía un motivo de broma. Podrían haber muerto asfixiados por el humo o quemados.

 

***

 

Unos meses después ocurrió otro hecho que casi le cuesta la vida. Fue el día en que Guillermo se levantó temprano y comenzó a limpiar su celda junto a tres reclusos. En esa tumba la vida no valía nada y los crímenes se sucedían con frecuencia ante los guardias que hacían la vista gorda. Ellos tenían uno o dos sueldos extras debido a que participaban de los negocios clandestinos del penal. Guillermo era acosado por los budistas, molestos por su trabajo con Panduro en la biblioteca. La mayor inquina era con su amigo, un jugador compulsivo que les debía dinero. Guillermo les temía, consiguió que su familia le llevase plata para pagar protección de la banda rival Los Monos. Éstos eran tipos de gran tamaño, tatuados con calaveras en todo el cuerpo, tenían un culto: rezaban a San La Muerte.

La vida en la cárcel horadaba las entrañas de Guillermo, el futuro que le aguardaba en esa cloaca se le aparecía como una rutina sin fin. Un día comenzó a confeccionar una soga con los trapos que podía conseguir, así solucionaría todos sus problemas. Su familia había sufrido demasiado y ahora tenía que ayudarlo para comprar seguridad. La filosofía y sus teorías sobre lo ineluctable, la contradicción, el amor y el sexo le parecían cosas remotas y absurdas en esa lucha diaria por la supervivencia. En ningún otro lugar podría encontrarse a seres humanos tan desahuciados, todos estamos muertos, pensaba. Finalmente abandonó su proyecto suicida, no tenía el coraje suficiente para acabar con su vida.

Por la tarde, cuando se dirigía a la biblioteca, vio a dos reclusos abalanzarse sobre Panduro con facas puntiagudas. Se acercó para detener la agresión, la pelea era desigual. En un instante el amigo estaba en el piso, Guillermo reconoció a Chupete y el Chavo de la banda del Buda inclinados sobre Panduro clavándole sus facas. Los filos entraban y salían de su cuerpo a un ritmo enloquecido, la sangre brotaba manchando todo de rojo. Guillermo se abalanzó sobre los agresores para detener la acción homicida. Rápidamente lo redujeron de una trompada que lo tiró al piso. Cayó al lado de Panduro y la sangre del amigo le mojó la espalda. Guillermo se levantó con dificultad, en ese momento sintió una cuchillada en el hombro y otra en el pecho a la altura del corazón. Las puntas se ensañaban sobre su cuerpo que parecía un muñeco de trapo bamboleándose hasta caer de nuevo. Los hombres los dieron por muertos y salieron corriendo del lugar. Sus zapatos, tintos en sangre, dejaron las huellas de la huida. Fácilmente se podría conocer hacia donde se dirigían, pero a nadie le interesaba aclarar la verdad.  La banda del Buda controlaba las apuestas clandestinas y quería mandar un mensaje a quienes quisieran desviarse de códigos sagrados: nada de deudas con el juego ni la merca.

Cuando los guardias llegaron a la escena del crimen, el espectáculo era desolador. Un charco de sangre debajo de los cuerpos daba cuenta de la carnicería. Panduro estaba muerto. Galindo aún vivía, lo llevaron al hospital en una ambulancia con custodia. El herido estaba grave, pero peleaba por su vida. En la cárcel el escándalo fue mayúsculo, el director debía obrar rápido para no ser despedido. Un sumario administrativo podría develar los pactos secretos entre los guardias y las bandas criminales. Él mismo era el capo de otra banda: la de los guardias que recibían comisiones por los hechos delictivos cometidos en el penal.

En la sala de terapia intensiva Guillermo se debatía entre la vida y la muerte. A pesar de su estado, un guardia en la puerta lo vigilaba las veinticuatro horas. En realidad, lo estaban cuidando, sabían que la banda del Buda había decidido terminar su trabajo.

Por eso no sorprendió el contenido de un sobre que alguien arrojó debajo de la puerta de la sala.  Sólo el nombre de Guillermo estaba escrito en letras de molde, el guardia lo abrió y leyó el mensaje, simple y claro:

Si buchoneás sos boleta, puto de mierda.

Sabía de dónde venía la amenaza, Guillermo era el único testigo del crimen de Panduro. Varias veces habían ido de la fiscalía a tomarle declaración. Los médicos no habían autorizado que hablara, “no está en condiciones de declarar”, decían.

 

***

 

Guillermo se despertó del coma en un lugar desconocido, un extraño sopor lo envolvía. Una cánula conectaba su brazo izquierdo con una bolsa con líquido que pendía de un soporte metálico. Una enfermera se le acercó, le tomó el pulso y la presión.

            ─¿Cómo se siente?

            ─Muy mal, dolorido, un poco mareado ¿dónde estoy?

─En el hospital Centro de Salud, ha perdido mucha sangre, es un milagro que esté vivo ─le respondió la mujer mientras controlaba el goteo del líquido que pasaba por la cánula y se introducía en su brazo izquierdo.

            Galindo observó la sala. Un letrero en la puerta decía: Terapia Intermedia. Acceso restringido. ¿Hace cuánto que estaría internado? Observó al hombre de la cama de al lado, blanco como un cadáver, respiraba con dificultad. Estaba conectado a un tubo de oxígeno. Guillermo sintió que le faltaba el aire y un dolor en el pecho lo estremeció.

            ─¡Enfermera, enfermera! ─gritó.

            La mujer se le acercó:

            ─¿Qué le pasa?

            ─Me siento mal, me falta el aire, tengo un dolor en el pecho, creo que voy a infartarme.

            ─Tranquilo, ya controlé sus signos vitales. Usted está con un ataque de pánico. Voy a pedir al doctor que lo vea. Necesita un ansiolítico más potente.

            Guillermo se tranquilizó, ella era una mujer persuasiva y su voz suave sonó como un bálsamo.

            ─¿Hace cuando que estoy aquí?

            ─Dos semanas, le tuvieron que hacer una cirugía de urgencia para extraerle una faca que tenía clavada en el hombro, tenía varias heridas que le hicieron perder mucha sangre. Primero estuvo en terapia intensiva con un coma inducido.  Ya le dije: se salvó de milagro.

Guillermo recordó la escena: Panduro atacado por gente del Buda, él queriendo salvar al amigo. Sólo consiguió que lo hieran gravemente. Esos malditos…algún día iba a vengarse. La mañana siguiente el Chino lo visitó en el hospital. Entró sonriendo:

─Amigo, te salvaste por un pelo.

─Esos hijos de puta casi me mandan al otro barrio ¿Qué sabés de Panduro?

─¿Tu amigo Méndez?, falleció. Lo lamento.

Guillermo se quedó callado, trataba de asimilar el golpe, sólo a Méndez apreciaba en esa cloaca inmunda.

─De la fiscalía necesitan tomarte una declaración.

─¿Qué quieren?

─Están investigando el crimen de tu amigo y las heridas graves que sufriste.

Guillermo miró su cuerpo lastimado, sintió una puntada en el hombro, pensar que le había sacado una faca de allí le produjo escalofríos. El Chino esperaba una respuesta.

─Fueron los hombres del Buda, pero yo muzzarella.

─¿No vas a declarar?

─Claro que no, vuelvo y me rematan. Inclusive aquí mi vida corre peligro.

─No te preocupes, hay un guardia permanente en la puerta. Voy a pedir que te pongan en una habitación individual para mayor seguridad.

─Gracias, sos un amigazo Chino.

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

29

 

Carlos se despertó esa mañana con la cabeza embotada. Podía dormir gracias a los psicofármacos, pero sus efectos le hacían sentir débil, como si viviese en un mundo irreal. Se sentó en la cama y miró el lugar que Julia ocupara durante tanto tiempo. Ya habían pasado casi dos años de su muerte y se sentía muy solo. Su familia estaba destruida, su trabajo en la universidad se había terminado. Se esforzó para sentarse en la cama con el fin de prepararse el desayuno. Buscó las pantuflas, ¿dónde estaban? Con seguridad las había dejado allí, sobre una pequeña alfombrilla. Recordó la pésima costumbre de Toribio de llevárselas para mordisquearlas en el jardín. La escena del fatídico día en que mató a Julia apareció en su mente: el caniche moviendo la cola al lado de la casilla donde la esposa se había refugiado de él, su asesino. Las imágenes de Julia jugando con el perrito, bañándolo, sacándolo a pasear…se mezclaban con otras, terribles, recordó cómo se avalanzó sobre la esposa, una vez recuperado de la sorpresa de verla allí, en la cocina, sonriente y despreocupada.

Otro largo día se presentaba ante sus ojos como una maldición. Ya no era capaz de apreciar los colores de su jardín: los amarillos, rosados y blancos de las flores, los verdes de las plantas y el césped…los marrones y amarillos de los gorriones y benteveos que se posaban en el alcanfor. Sólo percibía tonos de gris.

¿Lo había perdido todo? Recordó al amigo, Enrique, él siempre lo había acompañado en las buenas y en las malas. Sus consejos siempre acertados, sus bromas...

Se levantó descalzo y buscó el teléfono que se estaba cargando sobre la cómoda. Eran las nueve de la mañana.  Llamó a Enrique.

─Amigo, ─le dijo, ─necesito que vengas a mi casa, no me siento muy bien últimamente.

Desde el otro lado de la línea hubo un largo silencio.

─Estoy harto de esta empresa, no te escucho amigo ─dijo tratando de calmarse.

─No es la línea, demoré en contestarte porque revisaba mi agenda, creo que a medio día puedo pasar a verte.

─Por favor, no me falles, tengo que hablar con vos.

Carlos no había podido recuperarse de la muerte de Julia a pesar del tiempo transcurrido. Se dormía cuando el sueño y el cansancio lo vencían. Muchas veces tenía pesadillas: soñaba con Julia, ella se le presentaba tal como el día de su vuelta a casa. Vestía una camisa a cuadros y un pantalón azul, estaba hermosa. El color de su piel era de un blanco transparente. A veces ella se acercaba y lo besaba. En otras oportunidades le suplicaba por su vida, le decía: “He vuelto porque los extrañaba”. Carlos se despertaba transpirado y con fuertes dolores en el pecho

Su rutina transcurría dentro de las cuatro paredes de su casa, se amanecía viendo la televisión, luego dormía toda la mañana. Se levantaba para almorzar a las dos o tres de la tarde. A veces salía de noche, iba a los bares a juntarse con algunos amigos. Volvía en un taxi, alcoholizado.

A la hora convenida el amigo tocó el timbre, cuando salió a atenderlo Carlos no vio en él al sonriente y bromista compinche sino a un hombre parco y serio. Luego de los saludos, lo interrogó:

─Ya no vas a la facultad ¿Te pensás jubilar?

─Sí, ya contraté un gestor para que me haga los papeles. No puedo levantarme de la cama, la depresión me ha pegado fuerte, mi vida no tiene sentido.

Enrique no sabía qué contestar:

─Tu hijo todavía es adolescente…

─Joaquín me odia, siempre estamos discutiendo. Hubiese preferido que el muerto sea yo, te imaginas, perdió dos veces a la madre.

─¿Por qué me llamaste?

─Me quiero matar, por favor amigo, prometeme que si fallo y quedo tullido vos me vas a ayudar a viajar al otro mundo.

─¿Estás loco? ¿Vos qué te pensás? Mataste a Julia, fui tu cómplice. Si se descubre voy preso por encubrimiento. ¿Y ahora tengo que hacerme cargo de un supuesto fallido suicidio?

Enrique estaba enojado, no iba a seguir haciendo locuras por Carlos.

─Es que no veo la solución, la cagué amigo. Hasta te estoy perdiendo, estoy solo.

─Carlos, ¿por qué no confesás? Pagá tu deuda con Julia y la sociedad. Vas a poder dormir tranquilo y reconciliarte con tu conciencia.

─Lo pensé, pero prefiero suicidarme, la vida entre ladrones y criminales de baja estofa no es para mí.

─Vos sos peor que ellos, mataste a tu esposa.

Carlos reaccionó violentamente:

─Salí inmediatamente de mi casa, no quiero verte más.

Enrique lo miró fijamente, se levantó de la silla y salió. Carlos escuchó que la puerta de calle se cerraba y comenzó a llorar convulsivamente.

 

***

 

Carlos se despertó esa mañana con dolor de cabeza. Había deambulado por los bares tomando whisky y sufría de una desagradable resaca. Miró, como todos los días, el lado de la cama en el que Julia dormía, su mesita de luz. Se arrepentía de haber tirado las cosas de ella. ¡Cuántos errores había cometido! Enrique tenía razón, debía pagar de alguna manera el horrible crimen. Recordó la última vez que lo vio, la escena volvía una y otra vez a su cabeza, lamentaba haberlo echado de su casa. En su mente se formuló un propósito: pedirle perdón, recuperar esa relación de tantos años.

Inundó el celular de Enrique con mensajes de voz y de texto. En los mismos se observaban sus oscilaciones y desvaríos. Luego de rogar por la amistad y el perdón, lo insultaba de manera grosera y procaz. Enrique lo bloqueó, pero Carlos redobló la apuesta usando las redes sociales para los mensajes. En ocasiones lo llamaba por teléfono desde una cabina pública. El acoso era continuo. Un día, Enrique resolvió enfrentar a Carlos y lo llamó.

─Por favor, basta ya de hostigarme con mensajes y llamadas.

─Te pido perdón, te necesito.

─Está bien, te perdono, pero no vuelvas a molestarme.

─Sos mi amigo, no puedes abandonarme en este momento.

─Carlos, esto es una locura, ya conocés mi opinión: te tenés que entregar, pagá tu deuda, eso te dará paz.

─Vos también estás metido en este lío y vas a ir preso.

─¿Sos capaz de declarar que te acompañé a El Cadillal?

─Sí, si hablo canto todo.

Enrique se quedó pensativo, no podía soportar más la situación. Le dijo:

─Me metiste en tu lodo y estoy dispuesto a asumir las consecuencias. No puedo dormir de noche, hasta sufro de impotencia a veces, mi vida es un desastre…a pesar de que no soy un asesino.

─Como dijiste, pagar por lo hecho pacífica. ─La voz de Carlos era burlona, ahora él tenía la manija.

─¿Sabes? Te voy a hacer un favor, yo mismo voy a ir a la policía a contar todo.

─Traidor, hijo de puta ─le gritó Carlos y cortó la comunicación.

 

 

 

 

 

 

 


 

30

 

 

Cuando el portero del edificio ubicado en calle Chacabuco 661 salió a baldear la vereda a las siete de la mañana, se encontró con un espectáculo que lo dejó paralizado: un hombre estaba tendido boca abajo en el techo de un auto estacionado en la acera. Vestía vaqueros y una camisa. Al acercarse, notó la sangre que corría desde la cabeza y bajaba por la carrocería hasta formar un charco en el cordón. Los cabellos blancos del herido estaban teñidos de rojo. Cuando salió de su estupor, buscó el celular en su bolsillo y llamó a los números 107 y 911.

            Casi una hora después llegó el comisario Córdoba al lugar, observó que el tránsito había sido cortado por dos policías que estaban parados en la bocacalle con las motos alineadas como barreras. Los bocinazos de los automovilistas y la gran cantidad de gente hicieron recordar a Córdoba las kermeses de su infancia. ¿Acaso un muerto es motivo de tanta curiosidad? ¿Preocupación o morbo? Los curiosos se agolpaban detrás del precinto que había colocado la policía, muchos sacaban fotos con sus celulares. Le informaron que la fiscal Lanús ya estaba en camino. La gente de Criminalística buscaba huellas y evidencias en la escena del crimen. Con los debidos recaudos se llevaron el cuerpo a la morgue.

            Córdoba constató que se estaba respetando el protocolo para estos casos. A su lado, el subcomisario Ruiz le dijo:

            ―El tipo se tiró o cayó del edificio.

            ―O lo empujaron ¿Vive allí?

             Dice el portero que nunca lo vio antes ¿Estaría de visita?

            ―Puede ser, necesitamos interrogar a los vecinos.

            ―Me dijeron que son como setenta departamentos: el edificio tiene once pisos. Son de esas ratoneras que construye Leader House.… el oficial estaba fastidiado, le disgustaba esa tarea.

            ―Sí, pero vamos a entrevistar a los que dan al frente; calculo unos treinta departamentos. Empiece por los pisos más altos.

            Al día siguiente, mientras planificaba los próximos pasos, la imagen del hombre sobre el techo del auto con un hilo de sangre corriendo desde su cabeza hasta el cordón de la vereda lo perseguía: ¿qué habría pasado?

            ―¿Qué sabe de los estudios de Criminalística?

            En unos dos o tres días van a estar listos.

 

 

***

 

            Al día siguiente, Córdoba se disponía a salir de la comisaría cuando entró Ruiz un poco agitado. Mostraba un papel.

¿Qué pasa? Le preguntó.

Comisario, el señor Boba dejó una carta. El hijo se presentó en tribunales con un escrito en un sobre cerrado dirigido a la fiscal Lanús. Tengo un amigo en la fiscalía, él me consiguió una fotocopia.

Le alcanzó la carta, Córdoba la leyó en voz alta:

Sra. Fiscal Mirta Lanús:

               Cuando usted lea estas líneas yo estaré muerto. Que no se culpe a nadie de mi deceso, es una decisión que tomé en pleno uso de mis facultades mentales. Me dirijo a usted debido a que llevó adelante la investigación del crimen de mi esposa, la señora Julia Caramutti.  Ha encarcelado a un inocente, yo la maté en un arranque de emoción violenta. En el jardín de mi casa, al lado de un alcanfor, encontrará el cuchillo que hundí en su garganta. Desde entonces lo he perdido todo: mi hijo, mi trabajo, mi mejor amigo. Sobre todo, he perdido las ganas de vivir. Aprovecho la ocasión para expresar mi última voluntad, quiero ser enterrado al lado de mi esposa con una inscripción: Juntos para siempre.

Atentamente

Carlos Boba

 

***

 

 

Dos días después, Córdoba fue citado a la fiscalía. Sospechaba que podía tener problemas, él había cargado con la investigación del asesinato de Julia Boba, se había equivocado, ahora el marido se mataba y confesaba.

Se lo comentó a Ruiz.

─Ese chico sospechaba del padre y tenía razón ─le contestó el oficial.

Córdoba lo miró enojado.

─Claro, es fácil hablar con esta nueva evidencia, pero no soy adivino. Usted también sospechaba de Galindo.

─No se enoje, jefe, pero cuando el chico se vino con la multa usted estuvo lerdo.

Córdoba salió de la oficina sin saludar.

El comisario se trasladó en la camioneta del gallito a la sede de tribunales penales, en Sarmiento y Laprida. Por la tarde había mucho menos movimiento que a la mañana. Pasó la puerta de entrada del edificio de ladrillo a la vista. Había un jardín cuadrado con bancos y plantas rodeado de galerías. Se encaminó hacia la izquierda y se acercó al mostrador de la fiscalía II. Una mujer estaba sentada frente a una computadora. Luego de saludarla le dijo:

─Por favor, le dice a la fiscal que he llegado.

Lo hicieron pasar a los pocos minutos. La fiscal estaba leyendo un expediente, a su alrededor había pilas de papeles, algunos en una mesa, otros en el piso. Cuando Córdoba entró la fiscal lo invitó a sentarse. Firmó el expediente que estaba leyendo y lo dejó a un costado.

─La causa del crimen de la señora Boba es un dolor de cabeza. Es preciso reabrir el caso, la confesión del señor Boba lo amerita. Voy a pedir al juez una orden para allanar la casa, pareciera que allí encontraremos más pruebas y, si nos llevamos por la confesión de ese hombre, el arma homicida.

Córdoba la miró, era una mujer dedicada a un trabajo desgastante. Parecía cansada, quizás no había dormido desde que apareció la nota del suicida.

─Usted sabe, doctora, que las pruebas apuntaban hacia Galindo, el señor Boba tenía una coartada. Su amigo, el profesor Enrique Salinas, mintió.

Córdoba aprovechaba la oportunidad para justificarse, él había contribuido a meter en la cárcel a un inocente.

─Le voy a pedir que no haga ningún tipo de declaraciones hasta tanto no se haya investigado a fondo los dichos del suicida en su carta. La prensa va a usar esta causa para hablar por milésima vez de los fallos de la justicia. Ya se va a comunicar con usted el jefe de policía.

La mujer se levantó de la silla con un gesto de despedida.

─Lo dejo, me voy a una reunión ─dijo saliendo de su despacho.

Córdoba se quedó un rato parado allí, solo, luego se encaminó hacia la puerta. tenía que volver a la comisaría. Cuando entró vio a Ruiz contento.

─Parece que le alegra que un tipo se suicide ─estaba amargado y furioso, dispuesto a descargarse con el subcomisario.

No, cómo me voy a reír del difunto, me alegro que lo hayan identificado tan rápido gracias a que tenía su documento en el bolsillo del pantalón. No voy a tener que ir departamento por departamento a investigar, menos trabajo, jefe.

Era cierto lo que Ruiz le había planteado, estuvo lerdo cuando fue el hijo de la Boba con la multa de tránsito. Finalmente respondió:

─Pobre hombre, no lo reconocí, estaba desfigurado. Él sufrió mucho por la esposa. Lo peor: el crimen y la traición, un combo mortal.

Ahora está filósofo, se le pegó el señor… ¿cómo se llama el ex amante de la señora Boba?

Guillermo Galindo.

 

 

 

 


 

 

31

 

 

 

Era un día gris y lluvioso, un enfermero salía del cuarto de Guillermo llevando una bolsa negra sobre una camilla. Se acababa de realizar el cambio de guardia y comunicó al policía que el señor Guillermo Galindo estaba muerto. Lo iba a trasladar a la morgue. El guardia miró el cuerpo dentro de una bolsa negra con un cierre en su parte delantera. Observó unos papeles que le tendía el enfermero y asintió. Debía informar a sus superiores que ese día su trabajo en el hospital había terminado.

El enfermero no llevó al señor Galindo a la morgue del hospital sino a una ambulancia que lo esperaba en la puerta. Explicó que debía llevarlo a la morgue del Poder Judicial para una autopsia. La ambulancia partió sin mayores inconvenientes. En lugar de encaminarse al destino declarado, el vehículo se dirigió a un paraje apartado a unos kilómetros de la Ruta 9.  En el camino, el Chino se había sumado a la comitiva.

Esto es una locura, Guillermo.

Gracias por tu ayuda, Chino, no puedo volver al penal, me la tienen jurada. Ya voy a arreglar cuentas un día.

Hubieses declarado ante la fiscalía, esos tipos se van a salir con la suya.  Ahora parece que querés liquidarlos. La venganza no te va a dar paz. No quisiste denunciarlos, te hiciste el ignorante cuando te interrogó la fiscal. Mi consejo de siempre: deschavá, vos viste claramente quiénes fueron.

Claro, si yo declaro van a darles más años de condena. No entendés, es peor el remedio que la enfermedad. Más vengativos se van a poner.

Te lo dije, te podría haber gestionado un traslado.

Chino, soy inocente, no puedo vivir ahí.

¿Qué pensás hacer? Te van a capturar y vas a tener cinco años más de cárcel.

Me voy a ir a un lugar donde nadie me pueda encontrar.

Guillermo, hace falta plata para huir. Pagar por tu fuga salió un huevo. Ya no tenés nada para vender. Tu casa está hipotecada.

Me porté mal con Fernanda, es de hierro.

Después de todo es tu esposa y la madre de tus hijos, qué menos podría hacer.

 

***

 

Escondido en una casucha en un paraje aislado cercano a Pueblo Viejo, Guillermo preparaba su fuga hacia Bolivia o Paraguay. Necesitaba nuevos documentos, crearse otra identidad, cambiar su apariencia.

La situación era difícil, pero era un hombre libre. Había perdido muchas cosas y casi pierde su vida. Las ideas suicidas le parecían ridículas ahora que su existencia había tomado otra perspectiva. Recordaba con nostalgia sus bellas teorías sobre el amor y las metáforas sobre lo leve y lo pesado. Quizás había querido justificar su apetito sexual utilizando a Parménides, Nietzsche y otros filósofos. ¿Acaso no se había comportado como un perverso? Recordaba a la chiquilla, Marcela, una alumna suya del secundario. No había sido sincero consigo mismo ni con su esposa. Buscó excusas que calmaran sus sentimientos de culpa ¿podría ser que él era arrasado por fuerzas que escapaban a su control?

Una vez por semana su amigo le llevaba mercadería y novedades. Un grupo muy íntimo lo estaba ayudando. Creían en su inocencia y su sufrimiento les parecía injusto.

Cuando llegó el Chino un día diferente al pactado, Guillermo se sorprendió, el hombre estaba exaltado. Entró a la cabaña casi gritando:

¡Tengo un notición!, ¿por qué no atendés el celular?

Aquí casi nunca tengo señal ¿me conseguiste el pasaporte?

―No, la noticia es mucho mejor: dentro de poco vas a ser un hombre libre.

¿Estás bromista?

No, Guillermo, se descubrió la verdad, lo que vos decías era cierto, el marido mató a Julia.

¿Confesó?

Post mortem el hijo de puta. Se mató y dejó una carta.

Guillermo comenzó a llorar convulsivamente. Cuando se repuso le dijo:

¿Qué hago? Me castigarán por la fuga.

Tené paciencia ya hablé con la fiscal y los jueces, están corroborando la verdad de los hechos. Buscan pruebas, piensan que el tipo la mató en su casa y ya tienen una orden de allanamiento. Además, la policía omitió dar a conocer un informe que presentó el hijo de la señora Boba. Eso ahora juega a nuestro favor.

Guillermo se puso blanco, temblaba.

Pero, ¿no es seguro?

Tranquilízate, el abogado le dio una palmada en la espalda. Es un hecho, en una semanita dejás esta casucha.

¿Y qué voy a hacer cuando salga?

Te tienen que reivindicar, fue una injusticia. Te puedo representar para demandar al Estado por los daños causados. Hasta corriste peligro de que te maten esos delincuentes.

Guillermo pensaba en la familia que había sido su peso y ahora se había desmembrado. En Julia, muerta y enterrada. ¿Qué sería de sus trabajos? ¿Podría volver a la Facultad, a su investigación? Estaba exaltado y asustado pero la vida le daba otra oportunidad. La síntesis perfecta que había conseguido con Julia había durado poco.

 

***

 

En ese departamento todo era un caos: cajas con libros, canastos llenos de ropa, grandes cajones de madera que contenían variedad de utensilios para cocinar. En un rincón, dos cañas de pescar descansaban apoyadas contra la pared. Guillermo Galindo empezó por trazar un sendero entre los objetos. Su esposa había hecho la mudanza por él: estaba claro que todas esas cosas venían con un mensaje tácito, su matrimonio había terminado. Nada de él debía quedar en la casa que habían compartido con Fernanda durante tantos años.

Revisó someramente los papeles ¿Acaso esperaba encontrar las fotos de la familia en tiempos felices? Se las iba a pedir, al menos las fotos de los chicos, eso le debía ella. Imágenes de la mujer pasaron por su cabeza; el día que la conoció en ese bar de estudiantes, la boda…recordó una foto en que ella estaba embarazada de los mellis. Se la había tomado el Chino, él le besaba la panza, ella sonreía. Brillaban sus dientes blancos y sus ojos hacían juego con el paisaje: el cielo y el lago de un celeste intenso.

Un lago, aguas transparentes o barrosas…un ramalazo de angustia le oprimió el pecho, Julia volvió a su mente. Nunca se iba, siempre estaba allí, presente. ¿Cuándo iba a poder desterrarla? Sabía la respuesta o, al menos la intuía: “la venganza es un plato que se come frío”. Cuánta sabiduría había en esos refranes populares. Si los filósofos no se apartasen de ellos podrían hacer aportes más valiosos. Por supuesto, eran la doxa, la opinión y no el saber. Había sufrido tanto que sus elucubraciones filosóficas basadas en los presocráticos y otros pensadores eran rechazadas como un recuerdo absurdo. En ese momento, sonó su celular, respondió la llamada de su esposa:

─Hola, estoy bien. Gracias por traerme mis cosas.

Fernanda parecía muy animada, le dijo:

─Por nada, avísame si necesitás a alguien que te vaya a limpiar. Mi mucama puede ir una vez por semana.

─Gracias de nuevo. Gracias por estar conmigo en los momentos más difíciles, sos una gran mujer. Guillermo comenzó a lagrimear. Del otro lado de la línea la mujer le preguntó:

─¿Qué te pasa? ¿Estás llorando?

─Quedé muy sensible, la vida en prisión fue un infierno. Ahora todo me parece el paraíso. Valorás muchas cosas que dabas por sentado: la libertad de hacer lo que quieras con tu vida, hasta el aire que respiro es más puro.

─Yo también estoy feliz que hayas podido salir de esa tumba. Aunque no estemos juntos siempre vamos a ser una familia. Los chicos quieren verte.

─Yo también, los extraño, acomodo un poco acá y los invito a pasar un finde conmigo.

Le habían prestado una cama y algunos muebles. Acomodó rápidamente la vajilla en una alacena de la cocina. Puso los libros en una estantería empotrada en la pared y colgó la ropa en el pequeño placard. Terminada la tarea miró el monoambiente que sería su hogar por un tiempo. Lo que más le gustaba era el balcón, por allí entraba la luz quemante del medio día y podía ver el cielo. Le inundó una sensación de libertad y felicidad.

El departamento era pequeño, pero lo sintió confortable, ¿cuánto tiempo había vivido confinado con otros tres hombres en una habitación estrecha? Ese lugar era sólo para él. Con unos cuadros en las paredes y una cortina quedaría perfecto.

Los ruidos de su estómago le recordaron que no había almorzado. Miró la hora: eran casi las tres de la tarde. Bajó a comprar alimentos al mini súper del frente. Tenía que llenar las alacenas y la heladera, pero el dinero era ahora un problema.

Tenía unos pesos que había podido ahorrar trabajando en la carpintería del penal. Era un desocupado más, sin ingresos y con deudas. Sentía culpa por haber esquilmado a su familia y amigos. Otra vez tuvo que contener las lágrimas. Era maravilloso que tanta gente hubiese creído en él. Nunca podría pagar su deuda con Fernanda y el Chino, una deuda no sólo económica sino moral.

Fernanda se había ocupado de alquilarle ese departamento a unas cuadras de su casa, su ex casa. El Chino estaba haciendo las gestiones para que su nombre quedase limpio.  Trató de pensar en positivo: tenía un techo sobre su cabeza, un plato de comida en la mesa y salud. Se tocó la herida del pecho, fue un milagro que se hubiese salvado de esa faca. Un milagro llamado celular, no, no era un milagro sino obra de la casualidad. No le había llegado el turno todavía. Ese día se había puesto el celular en el bolsillo izquierdo de la camisa, siempre lo usaba en el derecho. Eso le salvó la vida: no haber tenido tiempo de coser ese puto bolsillo. Esas pequeñas cosas, como un bolsillo roto eran la diferencia entre la vida y la muerte. Mientras que en los últimos veinte o treinta años de su vida estuvo abocado a explorar el enigma femenino, ahora le inquietaba el misterio de la existencia y su futuro, pero ¿tenía futuro? Se preguntaba en forma reiterada.

 

 

 

 

 

 

 

 


 

32

 

           

El comisario Córdoba fue citado por el jefe de Policía esa tarde gris. Tomó por Lamadrid unas cuadras hasta la Avenida Alem. El tránsito era denso cuando se acercó a su destino por la Belgrano. Al llegar a la jefatura, encaró el ancho portón que llevaba a una playa de estacionamiento. Dejó allí el auto y se dirigió a las construcciones que componían la repartición., un grupo de galpones de la década del sesenta que iban a ser destinados a una institución de salud. El proyecto fue abandonado al poco tiempo. Cuando el gobierno decidió trasladar la jefatura de su ubicación en la avenida Sarmiento y Junín a otro lugar, eligió esas dependencias. Por falta de mantenimiento estaban viejas y deterioradas. Córdoba tomó por un ancho pasillo hasta llegar a la oficina del jefe. La secretaria lo invitó a sentarse en la amplia antesala. A esa hora sólo estaba la mujer detrás del escritorio, tecleando en una computadora.

Él está en una reunión le dijo mirando hacia la puerta con las cejas arqueadas hacia arriba.

Córdoba se sentó a esperar, estaba tenso. El crimen de las yungas volvía a los diarios. Un inocente preso y un culpable muerto en el techo de un auto. La justicia y la policía en la picota ¿Le salpicaría este culebrón? Su amistad con el jefe venía de lejos, se habían conocido en la secundaria. Jugaban al fútbol, iban a pescar. Inclusive antes de casarse habían compartido unas vacaciones en Mar del Plata. Confiaba en que Mingucho lo ayudaría en estos momentos. Le había encomendado la investigación, pero la fiscal, el juez de instrucción, la cámara, muchas personas también se habían equivocado. Recordó el refrán “el hilo se corta por lo más delgado” y se tocó el cuello en un gesto que usaba cuando estaba en una situación difícil.

Al fin, la secretaria le dijo que podía pasar, el comisario encontró a su jefe y amigo sentado en el escritorio firmando unos papeles. Cuando lo vio le indicó que se sentase. Le dijo:

Roberto, ese Boba se burló de nosotros todo el tiempo.

Si lo hubieses visto, se hacía el viudo doliente por la muerte de la mujer y los cuernos que le ponía, no sé qué lo afectaba más. Resulta que había sido un hijo de puta.

Homicidios corroboró la versión de Boba, la carta que dejó era auténtica, se encontró el arma homicida en el jardín de su casa. 

―Lo sabía, me llegó información sobre la gran cantidad de sangre que había en la casa.

─El luminol reveló una verdadera carnicería. Sólo nos faltó encontrar el auto en el que trasladaron a la mujer a El Cadillal.

El jefe de Policía miró a Córdoba, su cara denotaba seriedad, le dijo:

Estoy defraudado, dispuse que volvieras a la comisaría segunda como querías, pero tu actuación últimamente ha dejado mucho que desear.

Me felicitaste por encontrar el cadáver y descubrir a quién pertenecía…lo que ocurrió después no estaba en mis manos, la justicia condenó al amante.

No me refiero a eso. Me enteré que el hijo de Boba fue a verte para mostrarte una infracción de tránsito que inculpaba al padre.

Córdoba lo miró desconcertado ¿quién lo había traicionado? ¿Sería el buchón de Ruiz?

Me pareció que era una prueba circunstancial…

Lamentablemente ha trascendido y no puedo asegurarte el puesto que va a dejar González en la Regional Sur.

Es injusto, me lo prometieron.

─Ya sabés como funciona esto, a Galindo la condenaron siendo inocente. El caso fue exhaustivamente revisado por las más altas autoridades del Poder Judicial. En el expediente estaba una declaración del chico, Joaquín Boba.

Córdoba se había equivocado, un caso puede reabrirse si aparecen nuevas pruebas. Debía haber dado importancia a ese documento que el muchacho le había llevado. Se despidió pensativo de Mingucho. La tristeza y la resignación se dibujaban en su rostro.


 

33

 

 

Guillermo subió los escalones del estudio casi saltando, en el primer rellano tocó el timbre. Una voz le respondió del otro lado:

─Pasá y esperame.

Ingresó a una pequeña sala de espera. Tenía dos sillas estilo Luis XVI y una estantería de madera con libros y adornos. Sobresalían unos pequeños muñecos disfrazados de Arlequín. Seguro que el Chino los había comprado en Venecia, en su último viaje a Europa. Un ventilador de pie echaba un poco de aire a ese caldeado ambiente.

Luego de unos minutos, el Chino salió de su oficina. Lo acompañaba un hombre de traje. Se dieron la mano y el hombre salió. Entonces el abogado lo saludó efusivamente.

─Guillermo, querido amigo, qué bueno que pudiste venir. ¿Qué tal el viaje?

─Sin inconvenientes, siempre viajo en La Unión. Por ahora me instalé en un monoambiente, me lo alquiló Fernanda. Me estoy acomodando, es irónico, pero me cuesta habituarme a mi nueva vida.

─Claro, ahora me decís que extrañás la prisión y te doy un sopapo para que despiertes del delirio.

─No, para nada extraño esa cloaca. Es que estaba acostumbrado a las rutinas, el sistema decidía por mí: a qué hora levantarme, cuándo comer y dormir. Ya sabes, no tener que pensar, sólo obedecer.

─Ja, ja, vos siempre un filósofo sin remedio. Ahora me vas a decir que no sabés que hacer con tu libertad.

─Sí, hay un antes y un después de la cárcel. Quiero olvidar lo que ocurrió en el medio, pero no puedo. El antes me reconforta, era una vida hermosa la que tenía. A los cuarenta y pico había logrado mis metas y todo estaba equilibrado.

Amigo, parece que estamos condenados al desorden, pero en tu caso fue como caer de la cuerda floja al precipicio. ¡Qué equilibrista desafortunado fuiste!

A Guillermo le gustaban esas cosas del Chino, usaba metáforas tan inteligentes. Era un as en su profesión y ahora podía ayudarlo a vislumbrar un futuro.

─Vamos a mi oficina necesito que me firmés unos papeles.

Los hombres entraron a un amplio despacho, estaba amoblado con buen gusto. Un escritorio antiguo con dos sillas talladas, un juego de living color tiza, varias bibliotecas. El Chino se sentó detrás del escritorio, sobre su cabeza colgaba su diploma en una pared verde pastel. Una vez que Guillermo se hubo ubicado frente a él le alcanzó unos papeles.

─Poné tu firma, aclaración y documento donde está la cruz.

─¿Qué es esto?

─Notas a tribunales penales. Te dije: vamos a limpiar tu nombre. Tu prontuario va a estar impecable como si recién acabases de nacer.

─Lo necesito, no puedo trabajar si tengo causas penales.

─Viejo, no te hagás problemas. Estoy preparando otros escritos, vamos a conseguir una compensación. El Estado va a tener que responder por esos incompetentes que te mandaron a la cárcel.

─¿Estás seguro que me van a indemnizar?

─Claro, amigo, estoy buscando jurisprudencia. Además, vos no tenías antecedentes. Como dicen: ni una multa de tránsito.

─Siempre fui recto, intachable.

─Ja, ja, agradecé que el adulterio no es delito porque no ibas a conseguir una moneda. Sólo hay resarcimiento para los que se portaron bien.

Guillermo lo miró, no sabía si enojarse o seguirle la broma. Ya se había reprochado miles de veces su conducta infiel. Si hubiese sido un buen esposo su vida no estaría partida en dos. Le dijo:

─Si todos los hombres infieles deben pagar tan caro como yo pagué, las cárceles estarían superpobladas.

─Tenés razón, hasta yo estaría preso ja, ja. Mi esposa ni se huele que me fui con Amira a Europa.

─¡Qué caradura! ¿Cómo hiciste?

─Compré un paquete, por supuesto que estábamos en distintas habitaciones. Hay que cuidar el culo, amigo.

─Claro, ¿quién se va a dar cuenta de que hay movimientos de noche?

─No sabes con la cantidad de gente con la que me cruzaba en los pasillos, pero todos estábamos en la misma así que nadie cantaba.

─Te felicito, sos mi ídolo.

─Te cuento un percance, fue en Florencia. El pelotudo del guía resolvió separar al grupo para dormir en hoteles diferentes. Parece que habían hecho mal las reservas.

─¿Qué hiciste?

─Me mandé un quilombo… te imaginás, gasté una fortuna en ese viaje no iba a desperdiciar una noche con Amira por esos ineficientes.

 

 

34

 

 

La mesa rebozaba de recipientes de diferentes tamaños. Algunos cuencos con maíz y poroto en remojo, una bandeja con huesos y cueros de chancho de color rosado, una ensaladera con choclos amarillos cortados en rodajas, unos dados grandes de zapallo que sobresalían de una gran fuente. Isaura miró los ingredientes con satisfacción, sólo faltaban los chorizos, se había olvidado de comprarlos y el locro no sería lo mismo sin ellos. El domingo tenía muchos invitados, hijos y nietos se iban a dar un festín. Gritó llamando a Rigoberto, el muchacho acudió a su lado, le preguntó:

―¿Qué necesita abu?

―Por favor, comprame seis chorizos colorados en lo de Zacarías ―dijo mientras buscaba su monedero. Miró la hora―, rajá ya mismo porque en un rato el viejo cierra.

Isaura siguió con los preparativos que había iniciado el sábado. Un buen locro santiagueño requería un tiempo. El maíz y el poroto comenzaron a hervir en la gran olla del patio, allí el marido había hecho un fuego con quebracho colorado. Isaura lo miró con rabia, estaba sentado tomando un vino y recién eran las 11 de la mañana. Cuando la comilona terminase estaría borracho.

Trató de apartarlo de sus pensamientos, el domingo era su día de felicidad, siempre bregó para conservar a la familia unida y era su mayor satisfacción. Poco a poco los comensales fueron llegando, besaban y saludaban a Isaura. Entre los nietos, Rosaura y Rigoberto eran sus preferidos, Rigo como le llamaba era el más compañero y cariñoso.

Cuando el almuerzo terminó, los comensales volvieron a sus casas. Isaura se quedó con el Eulogio y Rigo. El marido dormía en una silla roncando ostentosamente con silbidos y la boca abierta. El muchacho se dirigió a su abuela:

―Abu, estuve viendo por Internet unas noticias.

―¿Qué cosa?

―Usted me dijo que le interesaba saber de una señora Julia Boba y el hombre… ¿cómo se llamaba?

―El que la mató, Guillermo Galindo.

―¿Sabe que él no está preso?

―Pero si me leíste que lo mandaron a la cárcel.

―Hay otras noticias, más nuevas.

―Pasame las novedades.

El muchacho buscó en su celular una noticia más reciente sobre el crimen de la señora Julia Boba.

―Esto publicaron en El Tribuno:

Un hombre estuvo casi dos años preso por un asesinato que no cometió.  El señor Guillermo Galindo fue condenado por el tribunal de la Sala 2 del Crimen de la capital tucumana, por femicidio en prejuicio de a la señora Julia Boba. Ellos eran amantes y la fiscalía acusó a Galindo de haberla matado con agravantes de alevosía y violencia doméstica. Se basaron en numerosas pruebas, especialmente de los dichos de una testigo que lo vio con la señora Boba en horas cercanas a su asesinato. La verdad fue revelada por el señor Carlos Boba quien dejó una nota confesando que él mató a su esposa en un rapto de emoción violenta. Luego se suicidó, arrojándose de la terraza de un edificio en barrio Sur, en San Miguel de Tucumán. El abogado del acusado, doctor Eusebio Lugones declaró a este diario que su cliente sufrió daños físicos, económicos, morales y psicológicos por lo que demandará al Estado para que reciba un resarcimiento.

La cabeza de Isaura trabajaba a mil, observó las fotos de la señora Julia, el marido y el amante. El señor Galindo era el único sobreviviente de la tragedia familiar. Recordó con cariño a Joaquín que ahora era huérfano de padre y madre. Estudiaba el rostro del señor Galindo. Rigoberto le habló:

―Abu, ¿ya puedo irme con mis amigos?

―Claro, pero necesito otro favor ¿me podés conseguir una foto del tal Galindo?

―Yo se la consigo, abu. En el quiosco de don Zacarías tienen una impresora, hago que bajen la noticia de Internet y le hagan una copia.

Isaura le dio unos billetes a Rigoberto.

―Tomá para los gastos.

―Pero no sale tanto

―El vuelto es para vos, gracias por tu ayuda, no entendí nada de lo que me explicaste que vas a hacer en lo de Zacarías, pero no importa, el asunto es que me consigas lo que te pedí.

El chico le dio un beso y salió corriendo con los billetes en la mano. Isaura pensó que tenía que juntar plata para el cumple de quince años de Rosaura, quería hacerle una gran fiesta a su nieta preferida. Después de todo la chica se iba a convertir en señorita y eso era muy importante. Tenía una corazonada, si no fallaba hasta podría contratar a Los Manseros para animar el festejo.

 

Nilo se acercó corriendo a Isaura. ella estaba sentada en un banco de la plaza esperándolo. Lo había mandado a llamar por medio de uno de sus nietos.

─¿Cómo está doñita? ─La saludó cariñosamente el muchacho.

─Bien, ¿sabés me quedé pensando en lo que me contaste?, quiero que me ayudés con el hombre que me atacó y me metió en el auto.

Doñita, yo le i’dicho todo lo que vi ese día.

─El Rigo me ayudó mucho para saber más, el changuito hace magia con la computadora.

Nilo estaba impaciente, le dijo:

─¿Qué se le ofrece doñita? Mi mama quiere que le lleve unas cosas para cocinar ─decía mientras mostraba un papel con una lista.

─Te llamé porque quiero que veas una foto, quizás conozcas a ese señor.

La mujer le mostró una hoja impresa en la que se veía un hombre salir del edificio de tribunales de Tucumán.  Nilo observó detenidamente la fotografía.

─Es ese, el hombre que le pegó en la cabeza, está un poco más flaco y más pelado, pero es él.

Isaura le dio un billete:

─Tomá, para que compres alguna golosina, ¡nada de cigarrillos!

Había visto fumar al chico y no le gustaba. Cuando Nilo se fue, Isaura se quedó pensativa: “el diablo sabe por diablo, pero más sabe por viejo”, se dijo, sus sospechas resultaron ciertas. El amante de la señora Julia la había aporreado y atado. Recordaba su sufrimiento en ese baúl, envuelta en la colcha, transpirando y sin aire, luego los barquinazos y el vuelco. Fue un milagro que saliese con vida de ahí.

El Nilo podría ser su testigo si hacía una denuncia, pero no ganaba nada con eso. Más le convenía conseguir un dinero, lo que había ahorrado para la fiesta de la Rosaura era muy poco. La chica se merecía un quince con luces, baile, un gran salón, torta, empanadas, humita, sándwiches. Un premio por ser tan buen alumna y excelente nieta.

 

 


 

35

 

 

Guillermo atravesó el amplio patio del Colegio Belén, numerosas macetas con flores lilas, rosas y amarillas jalonaban los enormes baldosones de cerámica. Vio a una mujer con delantal celeste que llevaba una escoba y una palita, la detuvo para preguntarle por la oficina del director. Luego de recibir las indicaciones se encaminó hacia allí.

 En ese momento sonó el timbre del recreo y gran cantidad de chiquillas con polleritas tableadas y corbatas haciendo juego salían de las aulas. De pronto, el patio cobraba vida y movimiento, las adolescentes parloteaban y se dirigían en grupos hacia un quiosco en el interior del edificio. Guillermo vio un letrero en bronce, decía “Director”. Tocó la puerta y entró a una gran habitación donde un grupo de empleados de uniforme blanco con vivos azules estaban sentados detrás de sus escritorios. Comprendió que era la antesala del despacho del director. Le hicieron esperar unos minutos hasta que pudo pasar. Llevaba una valija cuadrada de cuero negro que puso sobre su regazo al sentarse. Conocía a su interlocutor, el licenciado Rosales, por haber cursado juntos algunas materias del doctorado.

─Hola, ¿cómo estás? ─fue la cálida bienvenida que incluyó un fuerte apretón de manos.

─Bien, está lindo el Colegio. Cursé la primaria aquí.

─Un ex alumno, qué bien. Estamos modernizando las instalaciones y la currícula. Trabajo aquí hace como diez años. ¿A qué obedece tu visita?

Guillermo abrió la valija y sacó una carpeta.

─Le expliqué a tu secretaria, busco trabajo. Aquí está mi currículum vitae.

El director tomó la carpeta y la puso sobre el escritorio.

─Lamentablemente las materias humanísticas son muy pocas en el programa, ya sabes: parece que inglés y matemáticas son lo más importante.

─Entiendo, no tienes horas para mí.

─Creo que la filosofía debería ser prioritaria ¿qué hacemos con generaciones que no piensan? ¿Qué no se preguntan ni dudan?

Guillermo entendió que estaba perdiendo el tiempo. Cortésmente saludó y se fue. No sin antes oír la promesa de que iba a ser llamado.

Era el quinto colegio secundario al que concurría. ¿Estaría empestado? Todos sabían que había estado en la cárcel, Santiago era muy chico y los chismes corrían. Su reputación había caído tan bajo como el penal de Villa Urquiza donde purgó su condena. No tenía más alternativa que irse a vivir a Tucumán, quizás allá no se acordasen de su pasado. Además, podía seguir de cerca los trámites que el Chino estaba haciendo para la indemnización. No podía vivir así, sin trabajo ni dinero.

 

***

 

Guillermo miraba la plaza desde el gran ventanal de Café 25, ubicado en el corazón de barrio Norte en San Miguel de Tucumán. Le gustaban los árboles y plantas, los juegos de los chicos. Un grupito de adolescentes hacía equilibrio sobre unas pequeñas tablas con cuatro ruedas. Las chicas pasaban en sus patines, unos rollers rosados, a gran velocidad mirando por el rabillo del ojo a los varones. Gente de todas las edades caminaba o corría alrededor de la plaza Urquiza. Un lugar medianamente seguro por su cercanía con tribunales y el Poder Legislativo, edificios con custodia policial las veinticuatro horas.

Desde que había salido de la cárcel su vida se había transformado en un gran signo de pregunta. Tendría que establecer alguna rutina, ocuparse de algo. Mirando distraídamente el paisaje de la plaza pensó en su tesis doctoral a medio terminar. También en otra investigación inconclusa: el enigma que significaban las mujeres para él.  Su vida social antes de ir preso era intensa, tenía trabajo, mujeres, una familia. Ahora sólo debía ocuparse de sus hijos adolescentes, ellos lo ignoraban y siempre ponían pretextos para no verlo: sus estudios, las fiestitas, los amigos.

Había perdido a Julia primero y luego a Fernanda, justo cuando había logrado el punto de equilibrio. ¿No sería una muletilla para darse manija y no pensar en el futuro? ¿Tenía futuro?

Recordó el sueño que Julia le había contado la última noche que estuvieron juntos. Ella estaba bajo tierra, él la desenterraba y le limpiaba los ojos. Le precedía una escena entre macabra y romántica que luego vería como una premonición: Guillermo visitaba su tumba, golpeaba con los nudillos la lápida de mármol negro. Ella salía a la superficie abriéndose paso por una especie de túnel escondido debajo de la tierra y el césped.

Él mismo no estaba vivo en realidad, la cárcel le había quitado toda ilusión, ¿cómo creer en el ser humano después de haberse hundido en esa cloaca? Todas las noches tenía pesadillas, no le sentía gusto a la comida, así era su vida, como el agua no por lo transparente sino por lo inodora, incolora e insípida. Recordó la “receta” del Chino.

─Buscate una mina, ya vas a ver cómo se te pasa la depresión.

─¿Es tu remedio para todas las enfermedades?

El Chino comenzó a reír, le dijo:

─Me extraña, amigo, ¿dónde quedó el Don Juan que salía de cacería todos los fines de semana?

─Quizás ese fue mi problema, ya sabes, me enamoré de Julia.

─Viejo, olvídate de ella. Ahora sos libre, no tenés ataduras con nadie y la cárcel pertenece al pasado.

Guillermo se le acercó y llevó su brazo derecho cerca de la cara del amigo.

─¿Olés algo?

─Te echaste mucho perfume ─le contestó mientras hacía un gesto con la mano como si quisiera disipar ese aroma.

─Sí, pero no me refería a eso. ─Volvió a acercar su brazo─ es otro olor ¿lo sentís?

─No ¿de qué hablás?

─Se me pegó el olor de la cárcel, es una horrible una mezcla de excrementos y barro podrido.

El Chino lo abrazó:

─Estás un poco loco, amigo.

 

 


 

 

36

 

 

Guillermo miraba la plaza Irigoyen tomando un café en el ABC, el bar había sido remozado para cumplir con las ordenanzas sobre la prohibición de fumar en lugares cerrados. Se ubicó en el sector para fumadores y prendió un cigarrillo.  Ese día estaba desanimado, los trámites judiciales iban lento y su indemnización requería de más documentación que la que el Chino le había pedido.

Estaba rumiando esos pensamientos cuando llegó el abogado sonriendo; Guillermo lo envidiaba, estaba siempre de buen humor. Vestía un traje verde oscuro y camisa blanca, la corbata a rayas rojas y verdes desentonaba con el elegante atuendo. El Chino tendría unos cincuenta años, era pelado, de nariz aguileña y ojos celestes.

―Hola, ¿cómo estás, amigo?

―Mal, ya no aguanto más esta situación.

―Vas a tener que armarte de paciencia, ya sabés, la justicia es lenta. Tu expediente marcha. ¿Conseguiste el trabajo?

―Fui al Instituto Guido Spano y llevé tu carta al director, me atendió muy bien. Le conté que yo había estudiado allí.

―¿Y? ¿te dio el laburo?

―Me dijo que me va a llamar. Siempre me dicen lo mismo.

―No te preocupes, voy a reforzar tu gestión. El Chueco Ramírez es muy amigo mío.

―Gracias, Chino, vos siempre un amigazo.

―Fernanda me pidió que me ocupe del divorcio. Eso va a ir rápido con el nuevo código. Además, lo hacemos de mutuo acuerdo ¿te parece?

―Sí, no hay nada para repartir. Cuando cobre la indemnización voy a levantar la hipoteca de la casa. La vamos a poner a nombre de los chicos.

 

***

 

Era un día primaveral en el Parque 9 de Julio, varios transeúntes habían salido a caminar solos o en grupos. Otros corrían y el esfuerzo se reflejaba en sus caras rojas y la ropa mojada por la transpiración. El césped recién cortado y los árboles con sus copas floridas creaban la ilusión de alejarse de la ciudad hacia un ambiente natural. A pocos metros, las avenidas bullían con su tránsito incesante. Guillermo había elegido ese parque para salir a correr dos veces a la semana. Le gustaba ir a la Pérgola donde unas señales amarillas le permitían medir sus progresos. Quizás participase en la maratón de Don Orione.

 Ese día el Chino lo acompañaba y la rutina se había transformado en una tranquila caminata.

─Estoy fuera de forma, ─le dijo el amigo─ Tengo que adelgazar unos cuantos kilos.

─Salí a correr todos los días, comé y chupá menos y vas a ver resultados muy rápido.

─El Chino se acarició la panza.

─El alcohol fija las grasas, no soy de mucho morfar, pero me gusta regar con vino y champán las comidas.

Guillermo no sabía cómo arrancar para contarle un problema a su amigo.

─Vos sabés, aparecieron unos coletazos de lo ocurrido en Monte Quemado.

─No me digás ¿qué pasa?

─¿Te acordás de esa mujer que extorsionaba a Julia?

─Sí, me dijiste que por eso tu novia tuvo que volverse a Tucumán.

─Ella se presentó hace unos días en la casa de Fernanda, me está buscando. Mi ex no quiso darle información sobre dónde vivo.

─¿Sabés qué quiere?

─No exactamente, no te conté, pero con Julia pensamos en un plan para que terminara con sus aprietes. La metimos en el baúl de mi auto, pero todo salió mal.

─¿Un secuestro?

─Algo así, era para asustarla, pero el auto volcó y ella terminó huyendo. Entonces decidimos salir de Monte Quemado. Yo me volví a mi casa y Julia a la suya. Lo demás ya lo conocés.

─¡Qué cagada! Esa mujer te puede denunciar.

─Sí, denunciarme o extorsionarme como hizo con Julia.

─¡Qué hija de puta! ¿Cómo vas a zafar?

─No sé, espero que no me encuentre.

─Justo ahora que está por salir tu indemnización, calculo que serán unos cuantos millones. Si la tipa te denuncia perdemos todo.

─¿Por qué? Son dos temas distintos.

─Es que para cobrar tenés que estar limpio, una demanda ahora paraliza el expediente. Ya los conozco a esos garcas.

Guillermo estaba preocupado, se había olvidado de Isaura cuando salió de Monte Quemado. Ahora ella volvía a su vida para entrometerse de la peor manera.

─Fue una locura ese secuestro, Julia tenía mucha influencia sobre mí, cuando me pedía algo no se lo podía negar.

─Te entiendo amigo, eso pasa cuando uno está enamorado, hace locuras. Creo que te conviene tirarle unos pesos a esa santiagueña y que se vuelva al monte.

 

 

 


 

 

37

 

 

La fachada del colegio delataba su antigüedad a pesar de las refacciones realizadas a lo largo de los años que daban un toque ecléctico a la construcción. Sobresalía su ancha puerta a la que se accedía subiendo cinco escalones de mármol y pasando un pórtico semicircular. Sobre dicho pórtico se leía Instituto Carlos Guido Spano.  Guillermo llegó temprano a trabajar, se dirigió a una de las aulas a dar su clase. A pesar de haber sonado el timbre de entrada, un grupo de chicos seguía en el patio como esperando que el preceptor los conminara a ingresar al aula. Guillermo recordó con nostalgia su adolescencia en el instituto. ¡Qué días felices! Tan despreocupados. A su padre lo habían trasladado a Tucumán como gerente de la empresa Tarjeta Azul. Durante mucho tiempo extrañó su barrio en Santiago del Estero. Ahí quedaron sus amigos, sus compañeros del Colegio Belén. De a poco se fue adaptando y había hecho nuevas amistades.

Entró al aula, los alumnos comenzaron a acomodarse en sus bancos cuando lo vieron. Los saludó formalmente y les pidió que sacasen una hoja, ese día debía tomar examen para la libreta. Era un grupo de treinta estudiantes, luego de repartir las preguntas de la prueba se sentó en su escritorio. Se preguntó ¿qué estarían haciendo sus hijos en ese momento? Los chicos iban a la secundaria y eran buenos alumnos. Se habían vuelto muy indiferentes con él. Apenas contestaban sus mensajes. Recordó su adolescencia, a unas cuadras de allí había conocido a Fernanda. A veces no entendía por qué se había casado con ella.  La recordó cuando se conocieron, ella era muy joven, tendría unos diecisiete años, iba siempre a un bar en la 25 de Mayo y Córdoba. Él la miraba desde otra mesa mientras tomaba un café. Fernanda rehuía su mirada al comienzo. Luego, sus ojos se clavaban en los suyos con sus pupilas azules, casi transparentes. Había en esa actitud un desafío que conmovió a Guillermo.

Ese bar era un lugar de encuentro de estudiantes secundarios que fumaban y tomaban cerveza barata en mesas despojadas de manteles y adornos. Los chicos entraban y salían riendo y haciendo bromas como si fuesen el centro del mundo. En ese entonces Guillermo estaba en el último año de la secundaria en “el Guido” como le llamaba a su colegio. Por su uniforme blanco con logo, sabía que Fernanda estudiaba en la escuela Normal. ¿Se le acercaría un día? ¿hasta cuándo duraría ese duelo de miradas? Finalmente decidió tomar la iniciativa y se sentó en la mesa de ella. 

Tantas cosas habían pasado desde entonces. Vinieron los chicos, las rutinas, las discusiones, la indiferencia…habían establecido pactos tácitos. Los hijos eran su proyecto común, ellos los mantenían unidos ¿Tendría algo que ver ese pacto con su historia? ¿Sería porque él había sufrido por la separación de sus padres? ¿O habría otras razones más egoístas? En su casa tenía un lugar de prestigio porque era jefe de familia, el hogar que había formado con Fernanda era su ancla y su peso. Volaba de flor en flor, pero siempre volvía al nido. La rutina de su matrimonio se complementaba con la novedad de los amores esporádicos.  Julia había llegado a su vida para trastocar toda su existencia. ¿Quién diría que él volvería a Tucumán para ejercer la docencia en el Guido Spano?, otro favor que le debía al Chino. Su vida había sido un ir y venir de Santiago a Tucumán y viceversa. Cuando sus padres se separaron volvió a Santiago con su madre y hermanos.

En el colegio enseñaba filosofía, esas horas le permitían pagar sus gastos, agradecía tener ese trabajo y ocupar su tiempo.  A pesar de que había muchas cosas que no le gustaban del instituto, él no podía comportarse como un profesor antisistema y trasgresor. Tampoco le interesaba, era otra persona, un amargado que no creía en nada.

 Cuando recuperó su libertad estaba feliz, no había nada mejor que salir de esa tumba donde las circunstancias e injusticias lo había enterrado. Pero estaba vacío, no podía dormir sin que las pesadillas lo asaltaran, Julia saliendo de su tumba, un esqueleto que escupía en la lápida del esposo y arrancaba las letras de la leyenda Juntos para siempre. Otras veces soñaba que estaba en una playa desierta, dos hombres atacaban a Panduro, él lo rescataba y disparaba contra ellos.

El Chino le había recomendado una psicóloga, pero él no creía que pudiese ayudarlo. Preferiría ir a un psiquiatra y tomar medicación, pero lo detenía el temor a volver a antiguos hábitos tumberos, sólo drogándose podía aguantar la vida en esa cloaca.

De a poco los chicos iban entregando sus exámenes y saliendo. Él había escrito en el pizarrón el día y la hora de la recuperación. Ahora las notas las publicaba en un aula virtual de su asignatura. Cuando hubo terminado la evaluación tomó todas las pruebas y las metió en su portafolio. Ahora debía dedicarse a corregirlas para dar cuanto antes el resultado a los alumnos. Salió del colegio rumbo a su departamento, caminó hacia barrio sur atravesando el centro de la ciudad. La Capital de Tucumán siempre le había parecido bulliciosa y su tránsito caótico.

Cuando llegó a su departamento y abrió la puerta vio un papel en el piso. Le llamó la atención la letra, era propia de una persona sin instrucción, la escritura era un extraño jeroglífico.  Estaba firmado por Isaura. Guillermo se puso tenso ¿cómo había hecho esa campesina para dar con él? Con mucha dificultad descifró la letra de la mujer.

Señor Galindo, no sé si se acuerda usted de mí, yo trabajé para la señora Julia, hace un tiempo usted me agarró de atrás, me pegó y me encerró. De milagro me salvé de morir, doña Julia me quería difunta, casi paso de largo por el picor de una yarará. Desde que me encerró en el auto estoy mal, un poco renga e inútil. No voy a la policía porque pienso que usted podrá darme una ayuda.

La nota contenía un teléfono celular y una cifra que, para el presupuesto de Guillermo, era exorbitante. La maldita extorsionadora iba por él luego de hacerle la vida imposible a Julia, pensó con bronca.

 

***

 

Esa tarde fue al estudio de su abogado. Miró su reloj antes de tocar el portero eléctrico, calculaba que el amigo ya estaría allí. A los pocos minutos lo atendió y abrió la puerta. Guillermo subió la escalera con agilidad, las bicicleteadas y el footing lo mantenían en forma. No bien entró al estudio el Chino le dijo exaltado, casi gritando:

─Amigo, todo va bien en el expediente por tu indemnización.

El profesor lo miraba incrédulo, le dijo:

─¿Sí? ¿Ya no falta nada?

El Chino se desinfló un poco.

─Estamos cerca, el juicio ya llegó a la Corte, te imaginás “la Corte”. Lo que falta es mínimo. Nos piden actualizar los exámenes físicos y psicológicos. Vos sabés, hemos pedido resarcimiento por los daños en tu salud mental producidos por la cárcel y por las lesiones que casi te llevan al otro barrio.

─Bueno, espero que esto sea lo último.

─Claro, ya casi llegamos a la meta. Tomá ─le dijo alcanzándole unas tarjetas─ ahí tenés la data de los profesionales que te van a atender. Háblalos de parte mía.

El abogado lo miró fijo:

─¿Qué te pasa? Estás raro hoy.

Guillermo sacó un papel de su portafolio y se lo extendió.

─¿Qué dice aquí? ¡Qué letra!

─Es una carta de Isaura, la santiagueña de Monte Quemado. Ya me localizó y quiere plata.

─¡Justo ahora! Hay que pararla.

─¿Se te ocurre algo?

─No sé, hay que sacarla de circulación, no nos podemos arriesgar, te lo dije: una mancha en tu prontuario y no cobramos un peso.

El abogado se acariciaba el mentón pensativo, finalmente expresó una idea:

─¿Y si la convencés de que espere un poco? Explicale que le querés pagar pero que no tenés plata ahora.

─¿Qué me espere hasta cuándo?

─Amigo, los tiempos de la justicia nadie puede saberlos. Lo importante ahora es que vos hagás esos trámites, tenemos que presentar urgente los informes.

─¿Qué le digo?

─Mirá, vos citala a tu departamento yo me ocupo del resto. Sólo me tenés que avisar el día y la hora.

─¿Qué pensás hacer?

─Te lo dije, déjalo en mis manos. La meta está cerca y esa Isaura no nos va a arruinar la fiesta. ─El Chino había recuperado la sonrisa y volvía a estar exultante.

─Muy misterioso, amigo.

─Ja, a su debido momento te lo voy a contar.

Guillermo salió aliviado del estudio del abogado. Él siempre lo acompañaba en las buenas y en las malas. Si cobraba los millones de la indemnización el Chino se llevaba un buen porcentaje. Le parecía justo. ¿Qué haría con tanto dinero? Volvió a pensar en la felicidad ¿Acaso podría ser feliz con esa plata? ¿Sería más libre? ¿Podría viajar? Por primera vez en años sintió algo parecido a la alegría.


 

38

 

 

Guillermo caminaba muy rápido, casi corriendo; se dirigía a un edificio en la calle Lamadrid al 300, en barrio sur, a dos cuadras de Tribunales. Vio en el cielo nubes negras que presagiaban una tormenta. Recordó con preocupación que no había cerrado las puertas del balcón: la lluvia iba a inundarlo todo.

Dejó de lado estos pensamientos cuando llegó a su destino. Luego de comprobar la dirección que había anotado en un papelito, subió tres escalones y se aproximó al portero eléctrico de un bronce desteñido. Tocó el timbre de un consultorio ubicado en la primera planta. Mientras esperaba ser atendido, miró su reloj y corroboró que llegaba puntual a la cita. Se arregló el cabello que el viento había despeinado utilizando un paño del vidrio de la puerta de entrada que reflejaba su imagen. Me estoy quedando pelado, pensó. Al fin, escuchó la voz de la psicóloga por el portero eléctrico.

            ─Buenas tardes, ya le abro.

            La Licenciada Mariela Albornoz le abrió la puerta del edificio, era una mujer de largos cabellos rubios enrulados, ojos grandes, nariz recta, boca carnosa. No coincidía para nada con la imagen que se había hecho de ella por teléfono. Le llevó hasta el ascensor, estaban parados muy cerca en esa caja pintada de gris. Iban en silencio, Guillermo recordó con nostalgia su pasado, eran tiempos felices. Bastaba con mantener a Fernanda alejada e ignorante y todo andaba sobre rieles. Sentía que la muerte y la cárcel lo habían secado por dentro, había perdido la alegría de vivir.

El ascensor se detuvo y la psicóloga salió tomando por un pasillo hasta una puerta de madera que decía B, abrió y se encontraron en un pequeño hall que daba a tres habitaciones, a la derecha se veía la cocina y a la izquierda el baño. Fueron hasta el consultorio que estaba al lado del baño. Guillermo observó la habitación: había un escritorio pequeño, de madera clara, un juego de sillones bermellón. Parecen cómodos, pensó. Vio también una cama turca forrada en cuero rojo y adornada con almohadones de todos colores. Una lámpara arrojaba una luz tenue sobre el pequeño espacio. Las paredes, pintadas de un verde claro, estaban adornadas por cuadros de autores impresionistas. La psicóloga le indicó uno de los sillones y se sentó frente a él, vio cómo acomodaba su celular en la mesita de la lámpara ubicada al lado suyo.

─¿En qué puedo ayudarlo?

─Como le dije por teléfono, soy cliente del doctor Lugones, él necesita un informe psicológico para presentar en Tribunales.

Guillermo sacó un papel doblado en cuatro de su saco y se lo extendió. Eran los puntos que no podían faltar en un informe, especialmente el daño psíquico que la cárcel le había infringido.

─Cuénteme ─le dijo.

Guillermo comenzó su historia desde la muerte de Julia. Es como si hubiese un antes y un después de ese trágico suceso, le dijo. Le pareció que la psicóloga debía saber sobre ese paréntesis que había sido la cárcel. Mientras hablaba se dio cuenta de que no había sido un paréntesis porque llevaba el olor de esa cloaca pegado a su piel. Él estaba mal, sucio y vengativo. La vida no era lo que él había creído: un campo de experimentación del alma femenina. Había ingresado en el submundo de lo feo y lo atroz y no podía salir.

─Es una contradicción, estoy afuera, pero siento que llevo a todas partes esa cloaca, no sé si me entiende, las imágenes del penal me persiguen, se presentan cada momento.

─Usted va a tener que hacer un tratamiento, vivió cosas muy fuertes. El doctor Lugones me pide un psicodiagnóstico. Voy a necesitar verlo unas cuatro veces para hacer el informe. Cuénteme sobre su vida antes de la cárcel.

Guillermo recordó su infancia en Santiago, su adolescencia en Tucumán, la separación de sus padres, su matrimonio, recordó a Fernanda con cariño. Le había fallado y a los mellizos también.

Luego de cincuenta minutos, la licenciada le dijo:

─Lo dejemos aquí, ─se paró y lo acompañó a la salida. Guillermo se fue con una sensación fea en el estómago, “revolver la mierda me hace mal”.

Se fue a un bar cercano, el ABC.  Se ubicó en un ventanal que daba a la plaza Irigoyen, comenzaba a anochecer y las nubes se habían disipado. Pidió un café. Mientras esperaba llamó al Chino.

─Hola, acabo de salir del consultorio de la licenciada Mariela.

─¡Qué bien!, haciendo los deberes. ¿cómo te fue?

─Quedé mal, le conté muchas cosas, ¿Podés hacerla corta?

─Necesito un psicodiagnóstico para presentar en la Corte, pensá en todo lo que pasaste, no te vas a achicar porque una mina te pida que le hablés de tu vida.

─Te equivocás, lo mío no es vida.

─Con unos millones en tu cuenta bancaria vas a ver las cosas de otra manera.

─Para vos la guita y las minas son el secreto de la felicidad.

─Claro, de la felicidad y del éxito.

Resignado, miró un papel que le había entregado la psicóloga, debía volver al consultorio la semana siguiente.

 

 

 

 

 


 

39

 

 

Córdoba se levantó antes de que sonara el despertador, los rumores sobre el trámite que estaba haciendo Guillermo Galindo para cobrar una indemnización por su estadía en la cárcel y daños colaterales lo tenía preocupado. Él había mandado preso a un inocente.  Miró la hora, era muy temprano para ir a trabajar, pensó en dormirse de nuevo. Intentó hacerlo, daba vueltas en la cama. Al final resolvió levantarse, una ducha lo despejaría. Luego de afeitarse y vestirse, fue al bar donde desayunaba todos los días. El mozo lo saludó.

─Buenos días, ¿cómo está? ¿Le traigo lo de siempre?

─Buenos días, tráeme un café bien cargado, no dormí bien.

Terminado su café, Córdoba se encaminó a la comisaría. Era viernes y había arreglado las cosas para descansar el fin de semana. Quizás pudiese viajar a algún lado con Romina. Ya en la comisaría, se instaló en su oficina. Estaba revisando unos papeles cuando Ruiz le habló.

─Jefe, vino una parejita, dice que aquí cerca vieron cómo se llevaban a una mujer a la fuerza.

─¿Le tomaron la denuncia?

─Sí, Figueroa se la tomó.

─¿Se fijó si está completa, con todos los detalles?, especialmente la descripción de la mujer y los secuestradores.

─Sí, la señora denunciante tuvo el tino de anotar la patente del auto. Eso puede ayudar

Entonces Ruiz salió de la oficina y volvió con una hoja.

─Compruebe por usted mismo, jefe, ─y le alcanzó el papel.

Cuando el comisario concluyó la lectura, le preguntó:

─¿Están todavía en la comisaría?

─Sí, les pedí que no se vayan, pensé que usted querría hablar con ellos.

Ruiz invitó a la pareja a entrar a la oficina del comisario.  Córdoba los saludó y ellos se sentaron frente al escritorio. En sus años en la Policía sabía que era importante repreguntar. Los cambios en la versión de los hechos, aún los más pequeños, podían dar fe de la veracidad o no de los dichos de los testigos. Les interrogó:

─¿Qué es lo que vieron ustedes?

─A dos cuadras de aquí han secuestrado a una mujer, nosotros veníamos caminando por la calle San Lorenzo al 500 y lo vimos ─dijo el muchacho.

Su esposa intervino:

─Una mujer morocha, con una leve renguera. No me acuerdo si usaba bastón.

─Un auto se paró al lado de ella y bajaron dos hombres. Parece que discutían. Nosotros nos detuvimos a ver qué pasaba. ─Siguió el hombre explicando.

─Ellos se la llevaron por la fuerza─ volvió a interrumpir la mujer. Se la veía alterada.

─¿Ustedes la conocía?

─No, vinimos a denunciar porque ella nos pidió ayuda y nosotros no pudimos hacer nada. Todo fue muy rápido.

─Voy a necesitar su colaboración para un identikit, por favor no salgan de la provincia porque los vamos a llamar ─dijo el comisario dando por terminada la reunión.

Cuando la pareja se hubo marchado, le dijo al subcomisario:

─Vaya con dos agentes al lugar del secuestro, o presunto secuestro, e investigue. No me ha convencido esa gente.

─¿Por qué cree que mienten?

─No sé si mienten, pero ¿vio los aritos de él? ¿Y los tatuajes de la mujer? Son raritos ¿no?

Fue así que Ruiz salió con dos policías rumbo a la calle San Lorenzo al 500 en búsqueda de otros testigos del hecho denunciado.

 

Esa tarde Ruiz realizó un informe de lo investigado al comisario.

─Sí, es cierto lo del secuestro. Conversamos con dos mujeres. Una comentó que estaba en la ventana mirando a la calle y vio que llevaban a una señora a un auto. No estaba segura si la estaban forzando, le pareció que la tomaban dos hombres de los brazos por alguna dificultad de la anciana para subir. Describió la ropa que llevaba y coincide con los dichos de la pareja que hizo la denuncia. 

─Está bueno, confirma la declaración que tenemos.

Ruiz prosiguió:

─Otra mujer escuchó unos gritos a la hora en que ocurrieron los hechos, cree que eran de una mujer que pedía ayuda, pero cuando salió a ver ya no había nadie.

Fue así que en la comisaría hicieron las gestiones para que un dibujante de la policía hiciera el identikit de la víctima y sus agresores con la colaboración de los testigos. Convocaron a la pareja denunciante y a la vecina que había visto por la ventana a la anciana.

Cuando estuvo listo el retrato hablado, Córdoba envió la información a la División de Relaciones Institucionales que se ocuparía de la difusión. Tenía la esperanza de recibir novedades, se había habilitado una línea para denuncias.

El comisario estaba satisfecho, había cumplido con el protocolo, tenía, además, los datos del auto del secuestro. El dueño, era un abogado de nombre Eusebio Lugones, quien había denunciado el robo del rodado el día anterior. Córdoba también se había ocupado de que los datos del vehículo fueran difundidos y las unidades de la policía local y de provincias vecinas estuviesen alertas.

 

***

 

Dos días después, un hombre se presentó en la comisaría, tenía el aspecto terroso de los campesinos y la cara roja de los alcohólicos. Llevaba un sombrero en la mano e ingresó pidiendo hablar con el comisario. Se presentó;

 ─Soy Eulogio Orellana, mi compadre me dijo que ustedes están buscando a mi esposa, que fue secuestrada.

El comisario Córdoba lo hizo pasar a su oficina, el hombre estaba agitado. Le ofreció un vaso de agua.

─Me vine de muy lejos, nosotros somos de Monte Quemado, no sé si usted conoce.

─No, nunca anduve por ahí ─le respondió cortésmente Córdoba.

Ruiz entró con un vaso con agua y se lo ofreció a Eulogio que lo bebió de

un trago. El hombre continuó con sus explicaciones.

─La Isaura me dijo que tenía que viajar a Tucumán para cobrar una plata, que un señor Guillermo Galindo le iba a pagar. Fue hace unos cinco días.

Córdoba le mostró el retrato hablado de la mujer secuestrada.

─¿Es esta su esposa?

─Sí, casi igual. Ella tiene unas cuantas canas y su nariz es más chata.

El hombre comenzó a llorar, sacó un pañuelo de su bolsillo. Estaba angustiado por la situación. Isaura era el centro de su mundo y de la familia. Quizás ella se había metido en algún lío con un prestamista. Nunca le explicó de dónde había sacado la plata para arreglar la casa. Ahora daba y temaba que le iba a hacer una gran fiesta de quince a la nieta Rosaura.

─¿Hace cuánto que falta de su casa? ─Interrumpió Córdoba al viejo.

─El miércoles se vino a Tucumán en el primer ómnibus que pasa por el pueblo.

─Estamos investigando, cuando tengamos noticias de su esposa lo vamos a llamar, ─le dijo Córdoba despidiéndose.

 

***

 

Guillermo estaba contrariado. Sentado en la cama de su departamento miraba un papel. Era un formulario de media página con sellos y firmas. Lo citaban de la Comisaría Segunda, temía lo peor ¿Habría ido Isaura a denunciarlo? Llamó inmediatamente al Chino para contarle.

El amigo no respondía, ¿dónde se había metido? Una voz femenina decía “el número al que usted llama está fuera del área de cobertura”. Trató de calmarse, el Chino no le iba a fallar. Decidió darse una ducha y afeitarse. Cuando salía del baño sonó su celular. Casi corriendo fue hacia la mesa de luz donde había puesto a cargar el aparato. Era el Chino.

─Amigo, me llamaste.

─Sí, está todo mal, me dijiste que te ibas a ocupar de Isaura, no sé si secuestrarla fue buena idea. Un dibujo con su cara está en todos los medios y ahora me citan de la Segunda.

─Tranquilízate, viejo, está todo controlado.

─¿Dónde la llevaste?

─Tengo una cabañita en Pueblo Viejo, ¿te acordás cuando te sacamos del hospital?

─Sí, claro, está lejos de todo. Buen lugar. ¿Hay alguien con ella?

─Sí, vengo de allí, está todo bien, tengo gente que la cuida.

─¿Has pensado en liquidarla?

─No, ¿cómo se te ocurre? Ya sé que le hizo daño a Julia y es una extorsionadora, pero no hace falta mancharse las manos, ella va a salir vivita y coleando de ahí.

─¿Qué hago con la citación?

─Preséntate, explicá que la mujer quería trabajar en tu casa como en una época había trabajado para Julia.  Hicieron una cita, pero nunca llegó. Vos no sabés nada más.

─Ok, Chino.

─Primero lo primero: traéme los informes que te pedí. Lo adjunto al expediente y sólo nos queda esperar el fallo de la Corte.

─Eso marcha.

─ ¿Y? ¿cómo la llevás con la psicóloga?

─Bien, calculo que en dos visitas más ya terminamos.

─¿Es linda, no te parece?

─Sí, muy linda.

─¿Te gusta?

─Claro, ¿a quién no?

─Te paso un dato: es divorciada, sin hijos.

─No tenés remedio, amigo, ahora querés ponerme de novio. Ya te dije: no puedo olvidar a Julia.

─Un clavo saca a otro clavo. Vos hacé lo que papá dice y vas a ser de nuevo un hombre feliz.

Guillermo se quedó callado, luego dijo:

─Gracias, amigo, nunca podré pagarte por todo lo que hiciste y hacés por mí.

Cortó, la imagen de la psicóloga comenzó a merodear en su mente. La buscó en las redes sociales. Vio fotos de ella en la playa, con amigos y familiares. Se fijó en su estado, había puesto soltera. Depositó el teléfono en la mesa de luz y fue a la cocina a prepararse un sándwich para cenar. Esa noche soñó con Mariela, fue un sueño agradable, se despertó excitado. ¡No más tumbas ni muertos! Se prometió.

 

 


40

 

 

La gran sala de reuniones de la Corte Suprema de Justicia estaba colmada, un mueble de madera que hacía las veces de escritorio de los cortesanos brillaba con sus repujados. Detrás, tres sillas de roble talladas con el escudo de la república argentina, esperaban a los jueces que entrarían en unos minutos a fin de presidir la ceremonia.

En las paredes predominaban listones de maderas nobles, en la cabecera, detrás de los cortesanos la madera se extendía a casi toda la pared. En lo alto, un Cristo en una cruz de bronce se emplazaba como observando el acto. En una esquina, sobre un trípode, un camarógrafo filmaba la audiencia.

Una hilera de bancos, como los de las iglesias, albergaba un público variado entre los que estaban Guillermo con sus familiares, amigos y colegas.  Desde un atril, un micrófono estaba preparado para difundir la sentencia de los magistrados que un vocero iba a leer en unos minutos.

Cuando entraron los jueces todos los presentes de pararon, era la forma ritual de reconocerlos y saludarlos. Guillermo recordó las ceremonias religiosas, sólo que el cura y los monaguillos eran reemplazados por hombres de traje.

Entre los conceptos del fallo de la Corte, Guillermo recordaría los más importantes.

Ninguna cantidad de dinero puede compensar lo que le sucedió al señor Guillermo Galindo. Lograr un acuerdo en este caso es lo correcto para él y la comunidad. El señor Galindo ha sido un preso modelo, trabajaba en la carpintería del penal y fue maestro y coordinador de una editorial carcelaria que atrajo a muchos jóvenes a la lectura y la escritura. El señor Galindo ha pasado dieciocho meses injustamente privado de libertad, además no ha podido ejercer su profesión en ese período. Se ha considerado también conceder un resarcimiento por los daños psicológicos, morales y físicos sufridos a consecuencia de la vida en prisión. La indemnización será asumida por la provincia, el Estado Argentino y varias compañías de seguros y asciende a ocho millones de pesos.

El público presente apenas pudo retener su estado anímico al concluir el vocero la lectura. Muchas sonrisas se dibujaron y alguien aplaudió. Todos se dieron vuelta para mirarlo, era un colega de Guillermo.  Cuando los jueces se retiraron los presentes dejaron dar rienda suelta a su satisfacción por la suerte del profesor. En unos minutos la algarabía reinaba en esa sala oscurecida por la madera y el boato. Guillermo abrazaba al Chino, a Fernanda, a sus hijos, amigos y colegas. Se sentía feliz.  La libertad de nuevo, pensaba. Libre de los barrotes primero, libre de las privaciones económicas ahora. Eran momentos de euforia y reivindicación. Quizás volvería a creer en la justicia. Sensaciones encontradas lo dominaban: la frase “Ninguna cantidad de dinero puede compensarlo por lo que le sucedió al señor Galindo” retumbaban en sus oídos. Quizás tendría que cerrar el paréntesis de su vida en prisión y abrir otro: el futuro había llegado. De pronto, un abrazo perfumado interrumpió sus pensamientos, era Mariela, su psicóloga.

─Qué felicidad, estoy muy contenta por vos

Guillermo le agradeció, tenía razón el Chino, debía darse una oportunidad, él también era soltero, libre.

─Cuando salgamos de aquí vamos a ir a La Leñita para almorzar, me gustaría que nos acompañes.

Estaba exultante, en unos días, el pasado iba a quedar definitivamente atrás. Pero el paréntesis aún no se había terminado de cerrar. Había un asunto pendiente que tenía que resolver.


41

 

Esa mañana el cielo estaba gris, Córdoba salió de su casa de la calle Bolívar al 700 y se encaminó hacia la comisaría. Eran unas pocas cuadras, tomó un pequeño desvío para desayunar en un bar frente a la plaza San Martín. A Córdoba le maravillaba ese movimiento de personas y autos que, desde temprano, daban vivacidad al paisaje urbano. Se sentó en una mesa que dos hombres acababan de desocupar al lado de la ventana con vista a la plaza. Observó la estatua del prócer en lo alto de un gran pedestal blanco lleno de placas de bronce. Recordó la denuncia que la parejita había hecho, el presunto secuestro había sido a unas cuadras de allí ¿podrían haber secuestrado a una mujer a plena luz del día? Todo era extraño, aunque otros testigos habían dado cuenta del hecho.

Pagó y salió rumbo a la comisaría, llegó allí a las nueve de la mañana. Vio que los policías estaban trabajando con denuncias y certificaciones. Algunas personas esperaban sentadas en los bancos del patio alrededor del cual se emplazaban las oficinas. Le llamó la atención una mujer, no tenía la apariencia de ser de la ciudad y sus alrededores, su cara curtida por el sol, el cabello atado hacia atrás con un rodete, daba la impresión de ser del interior, de una zona rural. Se parecía al identikit de la secuestrada.

Ruiz estaba cebando mate en la oficina, le convidó uno. Córdoba le preguntó:

─¿Y esa mujer?

─Ella es la supuesta secuestrada, dijo que venía a aclarar algunas cosas. Me pareció mejor que usted hablase con ella.

Córdoba se sorprendió, ¿la habrán liberado? Muy raro todo, se quedó pensativo. Buscó un papel donde el dibujante había realizado el retrato hablado. Le dijo a Ruiz:

─Hágala pasar.

La mujer entró rengueando y se acomodó en una silla al frente del escritorio donde se sentó el comisario. Antes que nadie preguntase comenzó a hablar.

─Soy Isaura Orellana y he venido porque sé que me están buscando.

¿Cómo está? Pensamos que usted había sufrido un secuestro.

Me enteré de lo que andaban diciendo, fue un malentendido. Ustedes tendrían que estar buscando a esa mujer secuestrada, si es que eso pasó de verdad.

Vino su marido muy preocupado.

El Eulogio se enteró que andaban buscando a una mujer parecida a mí y como nunca salgo del rancho pensó que era yo.

Usted estuvo desaparecida varios días.

Mire, soy grande y me fui a meditar, no sé si usted es casado…

No, le respondió Córdoba un poco molesto, ¿a qué venía ese comentario?

Claro, usted es soltero, no me va a entender. Necesitaba tomar un respiro, descansar del Eulogio, aunque sea unos días.

Su marido nos dijo que usted se venía a Tucumán para hablar de trabajo con el profesor Guillermo Galindo.

A ese hombre lo conozco de vista, vi unas fotografías de él en los diarios. En ese momento la mujer puso cara de pícara como buscando la complicidad del policía, siguió en un tono de voz más bajo, . Él era amante de doña Julia Boba, yo trabajé para ella cinco años ─mientras lo decía extendió la mano derecha abriendo los dedos.

Córdoba se dio cuenta de que había gato encerrado, pero no iba a sacar nada en limpio de esa mujer.

Lo importante es que usted está bien y todo fue una confusión.

Isaura se retiró a paso zigzagueante de la comisaría. El comisario pensó que era momento de hablar con el jefe de policía, después de todo él había solucionado el caso y merecía una recompensa, quizás podrían considerar un ascenso de jerarquía.  

El crimen de Julia Boba le había deparado felicitaciones, pero la confesión del marido lo había perjudicado, ahora había resuelto un presunto secuestro. Por detrás del caso había citado a Guillermo Galindo. Cuando fue a la comisaría él le dijo que la vieja lo había llamado para trabajar en su casa, pero no supo más de ella.

Le había tomado cariño al profesor, se alegraba de que la mujer se hubiese presentado a aclarar las cosas.

 

 

  

42

 

 

                  El cementerio, un lugar para el reposo eterno, estaba ubicado al pie del cerro San Javier. Guillermo observó con agrado la planicie en la que el césped contrastaba con la variedad de los rosales. Rosas rojas, blancas y amarillas. Una cerca de alambre rodeaba el lado derecho del predio, dejando ver un barrio en el que casas nuevas de techo a dos aguas estaban dispuestas en damero. Unos niños jugaban en las cercanías a la pelota. La vida y la muerte, tan próximas, tan naturales.

          La entrada del cementerio consistía en un muro pintado de blanco y una pequeña capilla en la que sobresalía una cruz. En ese muro, un logo verde rompía la monotonía de la construcción: una media luna en cuyo espacio vacío una paloma parecía levantar vuelo. Debajo decía Parque de la Paz, renaciendo a una nueva vida. Una nueva vida, se dijo, eso es lo que voy a empezar. Dudaba, la nostalgia lo invadía, había ido con la intención de despedirse de Julia. ¿Podría dejarla atrás? Sentía una mezcla extraña de culpa y felicidad. Culpa por el pasado, felicidad ante lo que podría ser un futuro promisorio. Julia y Fernanda habían sido las mujeres más importantes de su vida, ahora había decidido darse una nueva oportunidad, estaba enamorado de Mariela. Las ideas de venganza habían quedado atrás, el Chino tenía razón: la felicidad estaba en el porvenir, debía dejar atrás el pasado.

            Guillermo suspiró, había recorrido en bicicleta los casi diez kilómetros que separaban su casa de ese lugar y estaba cansado. Tucumán, su “patria” adoptiva tenía tantos contrastes…mientras más se alejaba del centro por la Avenida Mate de Luna hacia Yerba Buena más hermosas eran las casas. En la Avenida Aconquija los verdes y las mansiones eran una constante. ¡Cómo quisiera vivir en esas construcciones con espacios verdes, piletas y grandes galerías! Confinado en un mono ambiente sólo el balcón le daba un respiro y allí se acomodaba en una reposera a tomar sol.

         El portero le había hecho un comentario:

       ―Don Galindo, cuando usted sale en short al balcón las vecinas se babean.

        Guillermo no sabía qué contestar. ¿Quién le había dado confianza a Manolo para que le hable así? Por otro lado, le halagaba que las mujeres lo mirasen, la cárcel no había acabado con él.  Ya no filosofaba sobre el peso y la levedad en sus relaciones, la investigación del alma femenina había quedado atrás para siempre. Le respondió:

       ―Quizás tenga que ir a otro lado a tomar sol.

       El portero lo miró sorprendido, luego tomó la escoba y salió a barrer la vereda.

      Una voz lo sacó de sus pensamientos, era un guardia que estaba en la puerta de acceso al cementerio:

       ―¿A quién busca usted?

       ―Vengo a visitar a la señora Julia Caramutti de Boba ―le respondió. Le pesaba nombrar al esposo, ese sádico asesino, pero le pareció que debía dar la información completa.

         El diálogo con el guardia le hizo sonreír, reflejaba un contrasentido, hablaban como si Julia estuviese viva y él fuese una visita. El hombre fue hacia una mesita a buscar algo. Guillermo aprovechó para amarrar la bicicleta a un árbol y extrajo del canasto un ramo de flores que había comprado en una florería cercana. El guardia sacó un papel de un cajón de la mesita, lo observó y le dijo:

       ―Siga derecho hasta el rosal grande que está ahí ¿lo ve? ─Señaló una hermosa planta que se destacaba sobre el resto.

       ―Sí ―le respondió mientras aguzaba la vista para distinguir el rosal.

      ―Desde ahí doble a la izquierda y cuente cuatro tumbas la; quinta es la de la señora Boba.

       Guillermo siguió las indicaciones y comenzó su camino por el piso de grava que crujía bajo sus pasos. Observó una hilera de cipreses delimitando la cerca de la izquierda del camposanto. Se detuvo ante una lápida de color negro donde estaban grabadas en dorado el nombre y las fechas de nacimiento y muerte de su amada. En una pequeña plataforma había un jarrón con flores marchitas. Se dio cuenta de que tendría que acarrear agua para llenar el recipiente y colocar el ramo que había llevado. Recordó el sueño de Julia y golpeó con los nudillos el mármol. Sólo en los sueños las personas pueden salir de la tumba, o en los milagros, como el caso de Lázaro.

           De pronto la vio, una lápida negra al lado de la de Julia, decía: Carlos Boba y una frase Unidos para siempre. ¿Cómo podía ser que el criminal estuviese enterrado al lado de su víctima? Le pareció un despropósito, aunque fuese la última voluntad de un suicida arrepentido. Arrojó las flores sobre la tumba y salió del cementerio, dolido.

 

 

 


 

EPILOGO

 

 

París era una fiesta. En lo alto de la torre Eiffel, Guillermo y Mariela brindaban por una nueva vida en la Ciudad Luz. Desde su ubicación privilegiada podían ver el Sena, los Campos Elíseos, el Campo de Marte, el Arco del Triunfo…Guillermo era feliz, otra vez la vida le sonreía. La fortuna y el amor eran los ingredientes que curarían sus heridas y le devolverían las ganas de vivir.

Pronto llegaría el Chino a París, había decidido dejar a su esposa para casarse con Amira. Estaban de luna de miel.

En Monte Quemado, Isaura había hecho una fiesta de quince a Rosaura que habría de quedar en la historia del pueblo como una de las más ostentosas por la comida, la bebida y la música. Había contratado a conjuntos folklóricos locales y pagado un viaje a Bariloche para la nieta. El Eulogio nunca entendió el golpe de fortuna de su mujer a pesar de que ella le había asegurado que ganó en la quiniela. Le había apostado al 15.

En la pensión, doña Anita tiene una boleta que quiere cobrar a la señora Clara Torres, por el mes que dejó impago. Como no pudo dar con su paradero, se quedó con las golosinas y artículos varios del quiosco de la escuela.

El hijo del matrimonio Boba, Joaquín, vive solo en la casa. Ahora puede hacer fiestitas con sus amigos sin la censura de su padre. En las paredes sólo hay retratos de él con su madre. Se observa que una de las fotografías ha sido recortada:  Julia tiene una mano en el hombro, pero el dueño de la mano ha sido censurado por la tijera. Los que conocen a Joaquín pueden imaginar que ha omitido a su padre.

Enrique no fue investigado pese a las sospechas de que había acompañado a Carlos Boba a enterrar a la esposa y había dado una coartada falsa al asesino. En la fiscalía no insistieron, el decano tenía amigos poderosos en el gobierno y no quería una mancha más en su unidad académica.

El comisario Córdoba sigue trabajando en la comisaría segunda de Barrio Sur, aún no ha logrado el ascenso a un cargo de mayor jerarquía. Algunos domingos va a pescar con su amigo, el jefe de policía, a El Cadillal. En el camino hacia Ticucho, suelen detenerse un momento frente a la que fue la primera tumba de la señora Julia Boba.

 

 

Beatriz Elena Polti

DNI. 11.708.288

Lugar de nacimiento: San Miguel de Tucumán. Argentina

Nacida: 11/03/1955

Dirección: Balcarce 903 1 D – San Miguel de Tucumán – Argentina

Teléfono: 54 381-6013729

E mail: beatriz.polti@gmail.com

Reseña Biobibliográfica

Beatriz Polti es Licenciada en Psicología y Máster en Sociología, se

desempeña como presidenta de la Fundación Gandhi que trabaja con las víctimas de violencia familiar.

Ha publicado numerosos trabajos científicos y ganado concursos de ensayos, entre ellos: “Las mujeres y el trabajo, reflexiones sobre una revolución estancada”, Humanitas, revista de la Facultad de Filosofía y Letras, UNT, 2008, año xxvi, nº 34.” La insoportable levedad del ser. Vínculos e identidad en las redes sociales” Premio Homenaje Jorge Bianchi, V Congreso Internacional de Psicología, Tucumán, setiembre 2017 (en prensa).  “Tecnología y relaciones”, Premio Limaclara Internacional de Ensayo 2019 y “Con los ojos siempre abiertos”, primer premio revista mejicana En Sentido Figurado, agosto de 2019.   En cuanto a ficción, ha recibido una Mención de Honor por su cuento “El crimen de las yungas”, otorgado por la Municipalidad de San Miguel de Tucumán, 2018, su cuento “Un paseo por el horror” fue elegido para integrar la Antología Retrato de Mujeres, Secretaría de la Mujer de Tucumán, año 2000. Ha publicado numerosos cuentos, entre ellos: “El día en que Francisca Habló”, “Vecinos”, “El hombre que hablaba con los muertos”, “Las dos vidas del señor Soldati” y la novela “Las dos muertes de Julia” (2000). Realiza su formación en el Taller Literario Tucumán, del profesor Juan Ángel Cabaleiro.

 

 

 

 

 

 

 

 



 

 


 


 


 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 


 

 

 

 


 


 

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