Las dos muertes de Julia
La camioneta recorría la serpenteante ruta
a gran velocidad. Eran las tres de la madrugada y sólo se cruzaban con uno que
otro camión que se dirigía a Salta. Las pequeñas lomadas de las montañas apenas
podían percibirse en la oscuridad de la noche. Los hombres divisaban a lo lejos
una que otra casita iluminada por una luz amarillenta. De pronto, Carlos dijo:
─No te vayas a pasar, en
la próxima curva está el camino que va al lago.
Enrique
bajó la velocidad, luego de la curva tomó por una ruta provincial. ─Espero que
no haya nadie en la comisaría.
Carlos
estaba devastado, aún no podía dimensionar la envergadura del
hecho que los llevaba a esos parajes. Pero
de una cosa estaba seguro: no quería interferencias de la policía.
Llegaron hasta un gran
arco que decía Bienvenidos a El Cadillal.
A la izquierda del cartel estaban las instalaciones de la comisaría. Los
hombres observaron con alivio que no había luces en la construcción. La ruta
estaba expedita por lo que ingresaron sin inconvenientes a El Cadillal atravesando
un camino recto encaramado en suaves ondulaciones. Al llegar a una bifurcación
tomaron por una senda angosta de ripio. Estaba llena de pozos, la camioneta
bailaba al ritmo de los barquinazos. Las luces de las casas se iban espaciando
a medida que avanzaban. Los faros de la camioneta iluminaban el camino, la
vegetación circundante era cada vez más espesa y achaparrada. La falta de
lluvias hacía que un color terroso se adueñase del paisaje. De pronto el
vehículo comenzó a zigzaguear.
─Mierda ─dijo Carlos.
Se sentía el desbalance
provocado por una rueda pinchada. El conductor estacionó y los hombres se
bajaron de la camioneta.
─Una pinchadura justo
ahora ─se lamentó Enrique mientras se encaminaba hacia el baúl a sacar la rueda
de auxilio y un gato.
Mientras el amigo
cambiaba la rueda, Carlos prendió un cigarrillo, sentía que la descarga de
tanta furia contenida tendría consecuencias definitivas sobre su vida. Se encaminaba
hacia el vehículo cuando escuchó la voz de Enrique.
─Vamos Carlos.
Los hombres siguieron
viaje para internarse más en las yungas. A un kilómetro le dijo al amigo:
─Pará aquí.
Con un chirrido de frenos
el vehículo se detuvo. Los hombres se bajaron a explorar el terreno.
Necesitaban algo lo más parecido a un claro para hacer su trabajo. No tenían
tiempo ni habían llevado las herramientas necesarias para desmalezar el
terreno. Sólo un par de palas que cargaban junto al bulto negro en la caja de
la camioneta.
Se abrieron paso entre las
ramas de la frondosa vegetación que les arañaba las manos y los brazos. Luego
de una caminata que les pareció eterna, se detuvieron. A su paso sólo podían
adivinar la espesura de las yungas. La luna iluminaba débilmente árboles y
arbustos. Con la pequeña linterna del celular, Enrique enfocó a su alrededor. A
unos metros se veía un claro, alguien había ido a ese lugar aislado para hacer
un fuego. Restos de maderas calcinadas eran testigos de ese hecho.
Los hombres empezaron a
cavar, cuando les pareció que habían hecho una zanja lo suficientemente
profunda, fueron a buscar la bolsa a la camioneta. Carlos sintió que el cuerpo
de la mujer le pesaba. No sólo se trataba de sus sesenta kilos, sino de lo que
había significado ella en su vida. Los hombres la arrojaron a la fosa y
comenzaron a cubrirla de tierra. Carlos lo hacía con vehemencia, como si
quisiera enterrar junto al cuerpo toda una vida compartida. Estaba abatido,
exhausto y dolido. Cuando terminaron el trabajo se sentó en el suelo a llorar. La
voz de su amigo interrumpió sus pensamientos, le dijo:
─Ya
está, Carlos, salgamos de aquí.
2
Todo
se inició el fatídico día en que Julia viajaba a Buenos Aires. Carlos Boba fue
a despedirla al aeropuerto Teniente Benjamín Matienzo. En el camino de regreso
contemplaba, complacido, los tonos de verde en las ondulaciones que bordeaban
la ruta Presidente Perón. Esa mañana el cielo estaba despejado y el sol
brillaba prometiendo una jornada calurosa a pesar de que se avecinaba el otoño.
Boba calculaba que en
unos minutos estaría en la Facultad de Filosofía y Letras donde desarrollaba la
mayor parte de su jornada. Era un afortunado: tenía un trabajo apasionante y
una familia de la que se sentía orgulloso. ¿Qué más podía pedirle a la vida?
Prendió la radio, le gustaba la FM 107.1. Esa mañana pasaban temas de sus
cantantes favoritos.
Cuando
llegó a la Avenida Gobernador del Campo, aminoró la velocidad, había decidido cruzar
por el parque 9 de Julio para ingresar a la Facultad. Le gustaban los colores
que reinaban allí, el césped estaba recién cortado y aún húmedo por el rocío.
Los árboles añosos convivían con otros pequeños y todavía endebles. Miró
contrariado uno de los más jóvenes, cortado de cuajo. ¿No había allí alguien
que cuidara el lugar? Estaba exultante, él siempre había protegido a su
familia, a su esposa, a su hijo. Se sentía un modelo para sus alumnos, no sólo
se limitaba a dictar su materia, a hablarle de los filósofos griegos, le
gustaba relacionarlos con la actualidad, la vida cotidiana. Para ese día había
preparado una clase sobre Platón y el mito de la caverna. Pensaba subrayar la
importancia de reflexionar sobre la propia vida para llegar a la verdad. El
mundo de los sentidos obnubilaba la capacidad de razón.
Abandonó sus pensamientos
al arribar a la Facultad, atravesó el amplio portón y tomó el camino que lo
llevaría a los edificios nuevos donde estaba su cátedra, una construcción moderna
con paneles de vidrio. Estaba estacionando cuando un locutor interrumpió el
programa musical para informar que un avión había caído a poco de salir del
Aeropuerto Teniente Benjamín Matienzo. Se esperaba un comunicado oficial por
parte de la compañía aérea. Había versiones contradictorias de la suerte
corrida por los doscientos pasajeros y los ocho tripulantes.
La
felicidad de la mañana se había evaporado de pronto, un nudo en la garganta le
oprimió. ¿Acaso sería el avión en el que viajaba su esposa? Había observado
ante los mostradores de otra línea aérea, LATAM, una fila de pasajeros haciendo
el check-in. Deseó que ese fuese el
avión siniestrado y no la aeronave de Aerolíneas Argentinas. Buscó por Internet
el teléfono del aeropuerto y llamó. Estaba ocupado. Su corazón latía
aceleradamente, trató de recordar la información ¿daban el nombre de la
compañía? Subió rápidamente las escaleras que llevaban a su cátedra, no bien
entró abrió su computadora de escritorio y puso un canal de noticias. Mientras,
rezaba un Padre Nuestro, era su ritual para que la ansiedad no se lo llevara
puesto.
En
ese momento entró Enrique, su adjunto en Filosofía Antigua, también su mejor
amigo. Sin más preámbulos le contó su
aflicción.
─Calmate, viejo ¿estás
seguro de que es el avión en el que viajaba tu mujer? Escuché de un accidente
cuando venía, pero tampoco te puedo dar más información porque justo me entró
una llamada.
Boba
estaba en un estado confusional, ya no sabía qué había escuchado. Le hubiese
gustado que todo fuese un sueño, una pesadilla de la que acababa de despertar.
El corazón le latía con fuerza, notó que sus manos estaban mojadas. Parecía que
todo su cuerpo iba a sufrir un colapso.
De
pronto, una voz que llegaba de los parlantes de la computadora llamó la
atención de los hombres. Un avión de Aerolíneas Argentinas, el vuelo 4070 con
destino a la ciudad de Buenos Aires, había caído en un campo en la localidad de
Alberdi. Ambulancias y vehículos policiales se dirigían hacia allí. La
periodista anunciaba próximas noticias ya que un equipo de la emisora se
encaminaba hacia el lugar del siniestro.
Boba
sintió un dolor agudo en el pecho, se tocó el lado izquierdo, parecía que su
corazón iba explotar. Un llanto convulsivo lo sacudió, temblaba como un
poseído. Enrique lo abrazó y contuvo. Alarmado, lo llevó a los consultorios que
tenía la Universidad cerca de allí. Sabía que el amigo era hipertenso y el
riesgo de un infarto elevado. En el camino Carlos suplicaba:
─Por favor, llévame al
aeropuerto, quiero saber qué pasó con Julia.
─Ya
vamos, pero primero que te vea un médico, necesitás que te atiendan.
El profesor estaba en shock, los médicos le prestaron los
primeros auxilios y llamaron una ambulancia.
─Está con un pre-infarto ─explicaron.
Enrique lo acompañó en el
interior del vehículo hasta el Sanatorio Rivadavia. Allí fue internado en la
sala de Unidad Coronaria. Los médicos explicaron que era un paciente de riesgo,
su corazón estaba muy dañado y otro infarto podría causarle la muerte. Solicitaron
la presencia de los familiares, había unos papeles que llenar. Enrique explicó
a médicos y administrativos la situación por la que atravesaba Carlos.
Considerando la emergencia; condescendieron que él fuese el garante y le
hicieron firmar un pagaré en blanco. El juramento hipocrático no implicaba
resignar honorarios médicos, farmacológicos ni sanatoriales.
3
En la amplia sala había
ocho camas separadas entre sí por un metro aproximadamente. Alrededor de cada
una se observaban múltiples aparatos. Sobresalían dos monitores que marcaban
los signos vitales de los pacientes alojados allí.
Carlos vestía una bata de
tela blanca con dibujos celestes como lunares o estrellitas. Un tubo conectado
a su boca le proveía de oxígeno mientras una cánula llevaba un líquido a su
torrente sanguíneo. A unos metros, detrás de un escritorio lleno de carpetas,
la enfermera de turno miraba su celular.
A las dos de la madrugada
Carlos se despertó, había dormido profundamente por efecto de los
tranquilizantes. Luego de unos minutos tomó
conciencia de su situación, recordó la noticia sobre el accidente y los sucesos
posteriores. Miró a su alrededor, todo estaba inmóvil en esa sala. Sólo el
pequeño murmullo de los aparatos y de la respiración de otros enfermos rompía
el silencio del lugar. Resolvió que debía salir inmediatamente. Dudaba que lo
dejasen marchar solo a esa hora. Sabía que el trámite para su alta voluntaria
sería engorroso. Lo suyo era urgente, no
tenía tiempo de dar explicaciones firmar papeles.
A unos metros, vio a una
mujer vestida de blanco con una cofia en la cabeza, ella estaba sentada frente
a una mesa apoyada en la pared, escribía en unas carpetas de espaldas a él.
Luego se paró y comenzó a recorrer la sala. Para no despertar sospechas,
entrecerró los ojos y se quedó inmóvil. A pesar de lo terrible, la situación le
hizo recordar cuando jugaba a las estatuas en su infancia. Por el rabillo de un
ojo vigilaba a la enfermera. La suerte estaba de su lado, la mujer había
desaparecido de su vista. Luego sintió el suave murmullo de una puerta que se
cerraba ¿ella habría ido a buscar algo? ¿una necesidad fisiológica la condujo
en dirección a los sanitarios? Debía moverse con rapidez, el tiempo era
valioso. Se arrancó el tubo y la cánula y salió atravesando la puerta doble
casi corriendo. En la salida del sanatorio un guardia roncaba despatarrado en
uno de los sillones del acceso. En su huida desesperada sólo lo guiaba la necesidad
de hacer algo, comprobar qué había pasado con Julia. Quizás todo había sido un
error, ella no podía estar muerta.
En la calle todo estaba
quieto, unas potentes luminarias que se asemejaban a pequeños soles daban al
paisaje una apariencia diurna. Miró en dirección a la escuela José Mármol desde
donde unos borrachos le gritaron:
─Amigo, ¿una monedita
para comprar un jugo?
Carlos no les hizo caso y
se encaminó por Rivadavia hacia Corrientes, tenía que encontrar un taxi. Hizo
señas a uno que bajaba por la última arteria, pero el hombre siguió de largo. Se
paró en la esquina observando a sus alrededores. Vio algo que captó su
atención: un taxi se estacionaba a unos metros, tenía el motor encendido, en el
asiento de atrás dos personas hablaban con el conductor. Cuando los pasajeros
estaban por bajar, salió corriendo hacia el auto para interceptarlo antes de
que continuase su marcha. El chofer lo miró sorprendido; Carlos estaba semidesnudo,
la bata que llevaba puesta se cerraba parcialmente en la espalda y dejaba al
descubierto sus nalgas.
─Acabo de salir del
hospital, debo ir a ver a mi esposa ─le explicó. Le dio la dirección de su casa,
Diego de Villarroel 660 en el barrio Obispo Piedrabuena. En el
camino se dio cuenta de que no tenía las llaves y su corazón comenzó a latir
como si fuese a salírsele del pecho. Se imaginó yaciendo muerto y semidesnudo
en el asiento trasero de ese taxi anónimo; era una forma indigna de terminar con
sus días. Tratando de reponerse, comenzó a rezar el Padre Nuestro mientras
miraba el crucifijo que el taxi tenía colgado del espejo retrovisor. Su ritmo
cardíaco se normalizó de a poco, la angustia le estaba jugando una mala pasada,
pensó. Más sereno, vino a su mente un
recuerdo: había escondido un juego de llaves debajo de la maceta del jardín delantero.
─Por favor, me espera
unos minutos, voy a cambiarme y seguimos viaje. ─le dijo al taxista al llegar.
Se vistió y llamó a
Enrique, que lo atendió con voz soñolienta.
─Hola, amigo, discúlpame
que te llame a esta hora. Me fui del sanatorio.
─¿Estás loco? Casi te
infartás. Necesitás estar bajo vigilancia médica.
─Por favor, acompañame al
aeropuerto. Tengo que saber qué pasó realmente.
─¿Dónde estás?
─En mi casa, en unos
minutos te paso a buscar.
Cuando fue por Enrique
éste lo estaba esperando en la puerta del edificio de departamentos donde
vivía.
─¿Cómo estás? Con vos no
gano para sustos ─le reprochó.
El taxi tomó por la
Avenida Gobernador del Campo y luego por la Juan Domingo Perón. El tránsito era
intenso. En el ingreso había una cola de varios autos marcando el peaje. El
taxi siguió por un estrecho camino de asfalto. Cuando atravesaron la playa de
estacionamiento observaron una ambulancia y los móviles de dos canales de
televisión. El taxi se detuvo frente al gran edificio de dos plantas. Sobre la
construcción se destacaba un cartel que, en grandes letras de molde, decía Tucumán. En una pared, que separaba las
dos alas del aeropuerto, había un logo de acero inoxidable: un óvalo atravesado
por una torre, debajo estaba escrito: Aeropuertos
Argentina 2000.
Enrique pagó y los
hombres entraron por una de las puertas de la construcción. En el amplio salón
el bullicio era ensordecedor, una gran cantidad de gente se agolpaba ante los
mostradores de Aerolíneas Argentinas. Los hombres se dirigieron hacia allí. Carlos
se sentía abrumado ante la escena, todavía bajo los efectos de los
psicofármacos no sabía qué hacer. Una mujer rubia se le acercó con un micrófono
mientras un hombre lo gravaba con una gran cámara filmadora.
─¿Podemos hablar con
usted? ¿Viene por algún familiar?
Carlos se alejó de los
periodistas casi corriendo, buscó a Enrique, la situación lo desbordaba. Lo vio
entre la multitud, pugnando por llegar a un mostrador. Empujando a algunas
personas de la cola se aproximó al amigo, él dijo:
─Calmate, voy a preguntar
aquí, ya avanzamos en la cola.
Cuando les tocó el turno,
una mujer joven de camisa blanca con el logo de la compañía los atendió con
cortesía:
─Buenos días soy Miriam
Sansone, ¿En qué puedo ayudarlos?
Carlos no sabía qué decir,
las palabras se alborotaban en la boca, tenía algo atragantado en la garganta
que le impedía hablar. Enrique intervino:
─La esposa del señor
Carlos Boba viajaba en el avión del siniestro ─dijo mirando al amigo.
Entonces Carlos pudo hablar.
─Ella se llama Julia Caramutti
de Boba.
Enrique intercedió:
─Se imagina, la familia
está condolida, quiere recuperar el cuerpo.
La empleada les informó
que tenían que pasar a una sala de la planta alta donde recibiría más
información sobre el siniestro. Los
amigos subieron unas anchas escaleras hacia el primer piso del aeropuerto.
Delante de ellos una mujer lloraba apoyada en un hombre joven.
En la amplia sala había
hileras de sillas grises, todas estaban ocupadas. Una empleada les alcanzó dos
sillas y les invitó a sentarse. En unos minutos entraron tres hombres que se
ubicaron en la cabecera de la mesa, ellos presidirían la reunión. Se
presentaron como las máximas autoridades de la compañía. Les informaron que un equipo de forenses
estaba rastrillando la zona en la que cayó el avión, buscando restos humanos y
materiales para identificar a las víctimas. Con respecto a las causas del
accidente, personal especializado de la Junta de Investigación de Accidentes de
la Aviación Civil estaba en camino. Un hombre se paró y les dijo que iba a
demandar a la compañía en los tribunales. Había recabado información, sabía que
un ex comandante de vuelos de Aerolíneas Argentina, Ovidio Martínez Estrada,
había denunciado irregularidades y fallos técnicos en las aeronaves de la
empresa y nunca le habían prestado atención. Se escuchó un murmullo de
indignación. Uno de los representantes de la compañía, un señor mayor, que se
presentó como gerente general, les dijo:
─Está abierta la
posibilidad de que la aerolínea tenga que indemnizar por daños y perjuicios a
los afectados, pero hasta que no concluya la investigación no se puede hacer
nada.
El sonido de múltiples
voces invadió la sala, los familiares estaban dolidos, también enojados. Las
declaraciones de Martínez Estrada en entrevistas televisivas hacían sospechar a
los deudos. Además, se corría el rumor de que la nave del siniestro había
tenido que realizar un aterrizaje forzoso hace un mes. En esa oportunidad, el
avión se había quedado sin combustible debido a una fuga en el motor derecho.
Afortunadamente y gracias a la pericia del piloto, la nave planeó hasta el
aeropuerto de Córdoba donde hizo el aterrizaje de emergencia.
El gerente general y sus
acompañantes dieron por terminada la reunión y salieron por una puerta lateral.
En ese momento una empleada de la compañía tomó el micrófono, pidió silencio,
necesitaba dar una información a los presentes. Los murmullos se acallaron,
ella les dijo:
─Solicitamos a los
familiares su colaboración para identificar a las víctimas del siniestro, por
favor pasar por el laboratorio forense para dejar su ADN. Mi compañera les va a
entregar un impreso con la dirección del laboratorio.
“Ni
siquiera voy a poder dar a Julia una cristiana sepultura”, se lamentó Carlos
mientras recibía el papel. El avión había caído en un campo y la nave y su
contenido se habían incendiado.
─No
sé cómo se le voy a decir a Joaquín, ─le dijo al amigo que permanecía callado a
su lado.
Enrique
le contó que había en el aeropuerto una guardia con psicólogos especializados
en catástrofes para contener a los familiares de las víctimas de la tragedia.
Su hijo sabía lo que había ocurrido y estaba en casa de los abuelos maternos.
─Me
pareció lo mejor, vos no estás en condiciones de dar consuelo a nadie.
Carlos
se dio cuenta de que el amigo había tomado el control de la situación. Lo de
los psicólogos le parecía un chiste de mal gusto, sonrió con amargura:
─Nadie
le va a devolver a su madre.
Volvieron
en un taxi. Carlos iba callado, rezando mentalmente, la angustia avanzaba
igual, ya no había nada que hacer, Dios no se la iba a devolver. No podía
concebir su vida sin Julia. Enrique lo observaba, le dijo:
─¿Por qué no volvés al
sanatorio?
─Quiero irme a mi casa, voy
a tomar unas pastillas, quiero dormir ─sí, pensó Carlos, dormir para siempre,
no tener que soportar esta agonía.
─Tenés que ir al
sanatorio, vos no estás bien.
Carlos le aseguró que se
sentía bien. Ante la insistencia del amigo le dijo:
─Mañana voy al médico.
El viudo no volvió a hablar hasta que
llegó a su casa, estaba devastado.
4
Julia dormía al lado de su amante en una cabaña a la vera de El Frontal. Luego de una noche de pasión, se despertó hambrienta y buscó jamón y queso en la heladera. Un buen sándwich y un café, eso necesitaba. Iba a desayunar sola, seguro que Guille dormiría hasta la hora del almuerzo. El amante tenía un sueño profundo, desde el comedor ella oía sus ronquidos. Se desperezó; era feliz. Por la ventana veía el espejo de agua del embalse y la vegetación de la reserva natural, llena de árboles y plantas que contrastaban con el paisaje agreste de Santiago del Estero.
Se acordó de Carlos, de su diligencia para
cargar las valijas, llevarla al aeropuerto, invitarla a tomar un café hasta la
hora del vuelo. Sintió culpa por el engaño. Luego de veinte años de matrimonio
había decidido hacer algo excitante en su vida. ¿Tenía ella que cargar con el
peso de un viejo impotente? Guille la ayudaba a soportar a ese exitoso profesor
que la exhibía como un trofeo en las reuniones sociales.
La
relación había comenzado cuando, dos años antes, conoció a Guillermo en un
congreso de Filosofía Antigua. Él era uno de los disertantes y a Julia le
gustó. Tendría unos cuarenta años, era un hombre bien plantado, los anteojos le
daban un cierto aire de intelectual. Tenía una frente amplia, prolongada hacia
la cabeza por una incipiente calvicie. Había en él ciertas cualidades que ella
buscaba de un hombre: inteligencia, cultura y, por supuesto, que le inspirara
ganas de llevárselo a la cama.
A media mañana, los
organizadores propusieron una pausa para un breack.
Los asistentes y disertantes pasaron a una sala en la que estaban
dispuestas dos mesas vestidas con manteles verdes. Cada una con dos termos
grandes de té y café, variedad de facturas, botellitas de agua y vasos para el
café y el agua.
Julia miró a los
presentes buscando al disertante, por el programa conocía su nombre: Guillermo
Galindo. De pronto, lo vio entrar conversando con otro conferencista. Julia odió
al acompañante, temió que su presa se le escapase ¿Cómo acercarse? Felizmente,
a los pocos minutos, Guillermo quedó solo. Entonces, Julia se encaminó casi
corriendo hacia él.
―Me
gustó mucho tu exposición ―le dijo sonriendo, sabía que su dentadura perfecta aumentaba
su encanto.
―¿Si?
Gracias ―le respondió mientras se servía una taza de café del termo ubicado en
una de las mesas― ¿Quieres café?
Julia
tomó una taza de la mesa y la acercó para que él le sirviese. Le preguntó:
―¿Cómo
te llamas?
―Julia,
me vine de Tucumán para escuchar tu ponencia.
Guillermo
se sintió halagado por el interés de esa hermosa mujer. Ella seguía hablándole:
―¿Estás
trabajando hace mucho sobre el tema?, siempre me gustaron los presocráticos.
―En
realidad, estoy haciendo una tesis doctoral.
―Si
es posible, quisiera conocerla ―ella lo miró como si leer la tesis fuese un
asunto de vida o muerte.
―Claro,
es un borrador, quisiera que me des tu opinión.
Guillermo
siguió hablando sobre su plan de tesis y las principales hipótesis. Ella fingía
escucharlo con interés mientras estudiaba unos hoyuelos que se le formaban en
las mejillas mientras conversaba. Recordó a una amiga que le hablaba de los
congresos:
―Ahí
conocés gente, son muy propicios para un amorío pasajero.
Su
interlocutor terminó su explicación y le preguntó:
―¿Qué
te parece?
Julia
titubeó, pero pudo salir del paso:
―Muy
interesante ―respondió mientras se decía a sí misma “vos sos muy interesante,
al diablo con los presocráticos y la filosofía”
Él
sacó una libretita y un lápiz:
―Dame
tu mail.
En
ese momento una mujer se les acercó:
―Hola,
querido, ¿te desocupaste? Nos tenemos que ir.
Guillermo
la presentó:
―Ella
es Fernanda, mi esposa.
Jula
le dio un beso.
―Encantada
―atinó a decir, luego saludó a ambos y salió de la sala.
Al poco tiempo Guillermo le
mando un e mail con un archivo
adjunto: era un avance de su investigación.
Cualquier
pretexto es válido, pensó Julia, es hora de que me busque un amante,
definitivamente Guillermo es el indicado. Lo había conversado con su amiga
Elena cuando se juntaron a tomar un café.
Se le presentaron las
imágenes de ese día: era una tarde primaveral, los lapachos florecían por toda
la ciudad, Julia manejaba despacio, disfrutaba de ese paisaje de amarillos,
lilas y rosas que adornaban la avenida Mate de Luna. Estacionó a una cuadra de
Miraflores, un bar que formaba parte de las construcciones del Parque
Avellaneda. A lo lejos, vio que Elena estaba sentada en la galería frente a una
taza de café, con un cigarrillo en la mano.
Llegó
con una sonrisa pícara, la amiga se paró para besarla en la mejilla.
―¡Qué
misteriosa! ¿Qué estás tramando? ― le dijo riéndose.
Se
conocían desde hacía diez años por lo menos, Elena se jactaba: “hasta te puedo
adivinar el pensamiento”. Julia se lo había adelantado por teléfono, “tengo que
contarte un secreto”.
Julia
pidió un té con tostadas, miró distraídamente a los paseantes, muchos de ellos
corrían o caminaban dando vueltas por las veredas del parque. Elena la miraba,
expectante. Finalmente le dijo:
―Te
voy a contar una intimidad, no se lo dije a nadie, me da vergüenza.
―Conmigo tené plena confianza, ni hace
falta que lo aclare. ¿De qué se trata?
―Carlos es impotente ―su voz era apenas audible.
En la mesa de al lado
conversaban animadamente, nadie hacía caso de estas dos mujeres y sus
confidencias.
―No
me digás, ¿desde cuándo?
Julia observó cierto
morbo en la cara de Elena, ella estaba divorciada luego de sufrir por un
matrimonio espantoso, cargado de episodios de violencia. Odiaba a los hombres,
“todos machistas”, decía siempre. No le gustaba Carlos por lo que disfrutaba al
escuchar sobre la pérdida de su potencia masculina.
―Empezó
cuando Carlos se enfermó de diabetes hace diez años. Luego, con su primer
infarto, nuestra vida sexual disminuyó aún más hasta cesar por completo.
―¿No
probaron con el Viagra?
―Ni
con el Viagra se levanta el muerto.
―Entiendo,
estás enojada y decepcionada. Me acuerdo que fue muy comentado tu noviazgo y tu
casamiento. Vos eras su alumna favorita.
―No
me digás, ¿hablaban mucho de nosotros?
―Sí,
el tipo no tenía mal gusto: vos eras la más linda de la clase. Él no estaba
mal, en esa época no se notaba tanto la diferencia de edad. Amiga, no te lo
dije antes porque te veía muy enamorada pero siempre me pareció que la cosa no
iba a andar.
―¿Se
nota mucho que es más grande que yo? No
sé qué me pasó para meterme con un hombre mayor. Lo hablé en mi análisis,
quizás quería irme de mi casa, o buscaba el padre que nunca tuve. Además,
siempre he admirado a los hombres cultos.
―Claro,
dicen que buscamos a un padre, el famoso Edipo. Uno no piensa en el futuro
cuando se casa.
―Hay otro problema que no
ayuda: él está bebiendo mucho. Por ahora es un bebedor social, pero me temo que
el cuadro se agrave. ―Julia decidió cambiar de tema abruptamente, con cara de
misterio y picardía, le dijo:
―No
te llamé solo para contarte sobre mis penas con Carlos, hay algo más. Ya sabés,
cada problema tiene una solución y yo la encontré.
―Dale,
no des tantas vueltas, contame.
Julia
miró a su alrededor, el bar se había llenado. Elena la miraba esperando la
confidencia, estaba ansiosa.
―Dale,
contá ―insistía.
En
voz baja Julia le dijo:
―Me
gusta un tipo, se llama Guillermo.
―Eh,
boluda, ¿vas a dejar a Carlos?
―Noo,
todavía estamos en los prolegómenos, él también es casado.
―¿Dónde
lo conociste?
―En
un congreso, es de Santiago del Estero. Seguí tu consejo, siempre me dijiste
que los congresos son ideales para un amorío.
Elena
se quedó pensativa:
―Está
bueno, amiga, además están empatados: los dos casados. No tiene que hacerte el
verso de que no se divorcia por los hijos o que viven en la misma casa, pero
están separados. Y la peor: que comparten la cama, pero “no pasa nada”.
―No
creas, ya me contó que quiere separarse, pero no puede, la situación económica
no se lo permite.
―Ah,
me olvidaba de esa.
―Vos
no creés en los tipos.
―Si
habré escuchado mentiras… y hasta creído algunas, pero nunca más ―con un gesto maquinal hizo una cruz llevando su
índice a los labios.
―Él
me gusta, no me importa su estado civil. Después de todo no pienso volver a
casarme, como dicen “para muestra basta un botón”.
―Claro,
con Carlos tendrás ternura, plata, brillo social y con Guillermo sexo puro y
duro.
―No
sé cuán duro, ja, ja, no fuimos a la cama todavía.
―Ja,
ja, seguro que te va a ir bien, tratá de no enamorarte. No quiero que sufras,
amiga.
5
Pero Julia se había
enamorado y estaba ahí, en esa pequeña cocina comedor con vista al lago. En
cuanto Guillermo se levantase le propondría salir a caminar. Podrían ir hasta
la reserva natural o visitar el Museo del Automóvil. Tenía curiosidad por ver
la vegetación y unos dinosaurios parlantes sobre los que escuchó comentarios. Estaba
segura de que Guillermo preferiría ir al museo.
En la habitación el
amante seguía durmiendo. Miró la hora, eran las doce ¿Se enojaría si lo
despertaba? Recordó su primer encuentro.
Ella lo llamó al día siguiente de haber recibido su avance de tesis por correo
electrónico. El diálogo se conservaba más o menos nítido en su memoria.
―Hola ¿cómo estás? recibí
tu trabajo.
―¿Tuviste tiempo de
leerlo?
―Sí, está muy bueno.
―Tengo una reunión en
Tucumán el viernes, podemos conversar sobre tus impresiones.
Julia lo pensó ¿iba a dar
ese paso? Él esperaba al otro lado de la línea, impaciente:
―Hola ¿me escuchas?
―Sí, estaba pensando en
lo que me propusiste.
―¿Podés el viernes?
―Sí, ¿a qué hora?
―Cuando llegue a Tucumán
te llamo.
El viernes Guillermo pasó
a buscarla en una esquina, a dos cuadras de la casa de Julia. Ella se había
puesto un vestido estampado elastizado en la cintura que terminaba a unos cinco
centímetros por encima de la rodilla. Lucía unos altos tacos rojos con una
cartera haciendo juego. Llevaba un maquillaje discreto que realzaba el
contraste entre su piel blanca y pecosa y los cabellos rojos.
―Estás hermosa ―le dijo Guillermo
mientras le daba un beso en la mejilla.
―Gracias. ¿Dónde vamos?
─Vamos a almorzar a un
restaurante al frente de la plaza Urquiza.
Julia y Guillermo
disfrutaron de un pollo a la pimienta regado con abundante vino tinto. Conversaron
sobre temas relacionados con sus trabajos en la docencia. A medida que el
alcohol relajaba los ánimos, el diálogo comenzó a girar hacia temas más
íntimos, gustos personales, lecturas… Luego del postre, Guillermo le propuso ir
a otro lado.
―Conozco un lugar
discreto camino al aeropuerto.
―¿Amadeus?
―¿Estuviste allí?
―No, pero me dijeron que
es muy lindo. Es un telo.
―Sí, ahí podemos
conversar tranquilos. ―se daba cuenta de que Guillermo temía un rechazo. Por
primera vez él estaba inseguro.
―Pensé que íbamos a
hablar de tu tesis ―le dijo fingiendo seriedad.
Guillermo decidió
seguirle el juego:
―Claro, vos sabes que
toda tesis tiene su antítesis y luego viene la síntesis. No hace falta recorrer
hoy toda la investigación.
Con eso le estaba
diciendo que no forzaría las cosas. Subieron al auto y el profesor tomó por la
avenida Gobernador del Campo. Guillermo contaba sobre anécdotas de su
adolescencia en Tucumán mientras Julia pensaba en el paso que iba a dar ¿acaso
ella no tenía derecho a ser feliz? Se preguntaba para aliviar los sentimientos
de culpa.
─Estamos llegando ─le
dijo Guillermo interrumpiendo sus pensamientos.
Julia observó que estaban
a unos pocos metros de Amadeus. El auto disminuyó la marcha y giró para
ingresar al lugar por un camino de grava. El hotel estaba conformado por dos
construcciones de ladrillo a la vista, la más grande tenía un techo azul oscuro
a dos aguas. Al su lado había una torre con una cruz o antena en su parte
superior. Desde lejos podía confundirse con una iglesia, incluso en el centro
de la construcción principal había una roseta, parecida a la que adornaba el
frente de algunos templos europeos.
Por el portero eléctrico
les habían indicado la habitación cinco. Entraron con el auto a un pequeño
garaje que comunicaba con un dormitorio. Era un cuarto de grandes dimensiones
decorado al estilo de Nueva York. Una estatua de la libertad de un metro y
medio se erguía al frente de la amplia cama. En una pared había una
gigantografía de la ciudad de los rascacielos de noche con sus brillantes luminarias. Un juego de living con mullidos sillones de
pana invitaba a sentarse. A pocos metros se observaba un yacuzzi, dos salidas
de baño de toalla blanca y una repisa con toallones, jabones y espumas de baño.
El techo era transparente y las nubes rosas del atardecer contrastaban con el
paisaje de la Gran Manzana.
Un gran televisor ubicado
en la pared estaba prendido: se veía una escena de sexo explícito en la que
participaban un grupo de actores, los gemidos inundaban la habitación y
desentonaban con la plácida melodía que salía por unos altoparlantes de alta
definición.
Guillermo apagó el
televisor y pidió champaña y unos bocaditos. Julia observó que, como por arte
de magia, a los pocos minutos apareció una bandeja debajo de la mesa en la que
estaban sentados. Guillermo sirvió la bebida en dos copas alargadas y propuso
un brindis.
―Por mi tesis.
Julia le preguntó:
―¿La trajiste?
Él se le acercó riéndose
y le dio un beso. Fue el comienzo de una noche mágica donde la pasión y la
ternura reverberaban como dos navegantes en un río caudaloso que bajaba desde
lo alto de la montaña. Julia y Guillermo parecían dos náufragos que se
aferraban y sostenían mutuamente en ese vértigo.
Julia sintió placer y
miedo ¿Sería capaz de seguir los consejos de su amiga? No podría porque se
estaba enamorando de Guillermo.
Él le dijo:
―La pasé muy bien, ahora
debo llevarte a tu casa.
Julia miró su reloj y
luego el yacuzzi, finalmente le dijo:
―Sí, es mejor que no
vuelva tan tarde.
Ella se dio cuenta que
había palabras que merodeaban, pero no ingresaban en el discurso, por ejemplo:
marido, esposa, hijos. Ellos eran ahora los terceros excluidos, no podían
permitir que se entrometiesen en ese momento feliz y gozoso.
El canto de un pájaro
interrumpió los pensamientos de Julia y la devolvió al presente, miró por la
ventana, era una avecilla de pecho amarillo. Quizás habría lluvia más tarde;
observaba cómo unas nubes oscuras se arremolinaban en el cielo. El gran espejo
artificial de El Frontal había cambiado el ecosistema de la zona: lo que era un
desierto se había transformado en un lugar turístico y verde.
Decidió ver las noticias.
La cabaña de Las Termas estaba bien equipada con conexión a Internet y una
antena para la televisión. Todos los canales informaban sobre la caída de un
avión de Aerolíneas Argentinas, el vuelo 4070.
El corazón le dio un vuelco, no podía ser. Esto no podía ser cierto. Fue
al dormitorio y despertó al amante bruscamente, a los gritos:
─Despertate,
mi avión se estrelló.
─¿Cómo?
El hombre, semidormido,
no entendía qué pasaba. La luz que entraba por la ventana le cegaba, los gritos
lo ensordecían.
─Se
supone que viajaba en el vuelo 4070.
─No entiendo ¿qué pasa?
Estás alterada.
─El avión al que no subí
se cayó.
Guillermo
se sentó en la cama, completamente despierto trataba de asimilar las palabras
de Julia. Finalmente le dijo:
─Me duele la cabeza,
necesito un café.
Ella salió de mala gana
hacia la cocina, sentía que Guillermo no compartía su preocupación. El amante
se vistió y fue al pequeño comedor de la cabaña. Se sentó frente a una taza de
café negro humeante.
─Creo que entendí: tu
avión cayó, posiblemente no haya sobrevivientes, ¡vos te salvaste! ─le dijo
mientras le tomaba la mano.
─Tengo
una familia, deben estar sufriendo, llorando porque creen que me estrellé con
el avión. Estoy en un grave problema, no sé qué hacer.
─¡Qué
lío!, vas a tener que inventar algo, alguna explicación de por qué no te
subiste a ese avión. Insisto: lo importante es que estás viva, lo demás lo acomodás.
─Para
vos es muy fácil, la carnera de tu
esposa vive en una nube, pero Carlos no me va a perdonar esto; desde que “no
puede” está más celoso que nunca. Me dijo que si lo engañaba me mataría.
Julia
se quedó pensativa. ¿Su marido y su hijo la darían por muerta? ¿Qué tenía que
hacer? ese fin de semana romántico iba a ser un calvario. La angustia la
invadía. Prendió el televisor, necesitaba más información sobre lo ocurrido. Se
enteró de que el avión había explotado, aparentemente por el impacto de la caída
y los tanques de combustible llenos. Los especialistas buscaban en la zona los
restos de los doscientos pasajeros y ocho tripulantes. Desde los más altos
niveles de la empresa, el gobierno y la policía habían pedido paciencia a los
familiares; la identificación de los cuerpos despedazados iba a ser una tarea
ardua y sin garantías.
Legalmente
estoy muerta, pensó Julia. Entonces tenía dos opciones: comenzaba una nueva
vida con Guillermo en algún otro lugar o bien volvía a su casa, quizás debía
confesar la verdad a Carlos y terminar con esa farsa de matrimonio. Habló con
Guille sobre estos pensamientos.
─¿Estás
loca? ¿Vos crees que yo voy a dejar a mi familia, mi trabajo y mis amigos para
irme a otro lado, al fin del mundo?
Era
una locura, es cierto, pensaba Julia. Eso sólo es posible en las películas: una
nueva identidad, con otro documento y hasta cirugías para modificar la
apariencia.
Discutían
mucho con Guille sobre la situación, pero todo terminaba en la cama, el sexo
aliviaba las tensiones y los transportaba lejos del problema que se avecinaba.
Julia
estaba desesperada, si Carlos se enterara…sabía que detrás del hombre atento y
parsimonioso, había otro que podría ser muy cruel. Guillermo no estaba
dispuesto a ayudarla. Elena tenía razón: los tipos son unos cagones. Mucho
cariñito, mucho te amo, pero a la hora de la verdad arrugan.
―Yo
no te importo, ―le recriminó.
―La
situación se complicó. Volvé a tu casa, ya verás: no va a pasar nada.
―No
hablés, vos no lo conocés a mi marido. No puedo volver.
―¿Qué
vas a hacer?
―No
sé, me escondo por ahí.
―¿Y
después?
―No
puedo volver a mi casa. Voy a empezar una nueva vida, vos podrías acompañarme.
―Insistía desesperada Julia.
―Te
dije que no, estoy casado y no voy a dejar a mi esposa ni a mis hijos. Ellos
son chicos para quedarse sin padre. Además, si Fernanda se busca otro tipo no
lo soportaría.
―Voy
a necesitar tu ayuda
―Te
lo dije y lo repito: no puedo.
―No
te pido que me acompañes, sólo ayúdame con unos mangos, por un tiempito hasta
que consiga trabajo.
―Ok,
―Guillermo se le acercó para acariciarla ― ¿Me comprendés? Es difícil esto para
mí.
En
medio de su complicada situación, Julia veía una oportunidad: podría comenzar
una nueva vida. Seguramente extrañaría a Joaquín. No, no puedo irme para
siempre, sólo por un tiempo hasta que se enfríe la cosa. Mientras tanto ¿dónde
ir? Le convenía quedarse por ahí, Santiago del Estero era muy grande y había
muchos pueblitos perdidos cerca de la frontera con Chaco. Recordó a una ex
empleada doméstica que era oriunda de Monte Quemado, siempre le hablaba bien
del lugar y de su gente. Había tenido un problema con esa mujer, pero nada que
le impidiese elegir ese lugar remoto. Además, Isaura trabajaba en Tucumán.
¡Cómo
extrañaba a Elena!, ella siempre estaba en los momentos difíciles. Prendió la
televisión, en el noticiero otros hechos habían desplazado las notas sobre el
avión siniestrado. Sólo muy marginalmente se refirieron a las investigaciones
que llevaban a cabo equipos técnicos y forenses. Habían recuperado la caja
negra y estaban trabajando en la identificación de los restos humanos.
La
angustia fue cediendo, comenzó a imaginar una nueva vida en contacto con la
naturaleza, en un pueblo perdido, sin tránsito, con un aire limpio y habitado
por gente amable y sencilla
7
Julia
había llegado en taxi a la terminal de ómnibus de Las Termas. Cuando quiso comprar
un pasaje para tomar un micro hacia Monte Quemado, le pidieron su documento.
Debía crearse una nueva identidad, pensó. Fue a una comisaría cercana y realizó
una denuncia: le habían robado su bolso donde tenía su documento de identidad.
Declaró que se llamaba Clara Torres e inventó un número de ocho cifras que
comenzaba igual que el suyo real. Salió con una constancia policial
Con
la denuncia en la mano fue hasta la ventanilla a comprar el pasaje. Por primera
vez desde el fatídico accidente sintió alivio: tenía una meta, precaria, pero
meta al fin, Guillermo le había dejado algo de dinero. ¿Qué pasaría con su
sueldo? No se atrevía a ir al cajero, ¿si sacaba plata la localizarían? Había
visto muchas series de televisión y sabía que identificaban rápidamente el
paradero de una persona por sus movimientos bancarios. Además, todos los
cajeros tenían cámaras filmadoras.
Pensar
en las cosas prácticas que debía solucionar en su nueva vida le hizo bien,
“basta de darme manija con Carlos y Joaquín” se ordenó con énfasis. Había
decidido borrar todas sus huellas, ¿debía tirar el celular? No, no podía
prescindir de él así que compró un chip prepago. ¿Habría internet en Monte
Quemado?
Mientras
viajaba por la ruta 9 observaba el paisaje, pastizales verdes y árboles achaparrados
que daban una tenue sombra, seguramente en verano animales y hombres se irían a
refugiar bajo sus ramas para protegerse del sol calcinante de esos parajes.
Julia recordó su infancia
en Trancas, la vida en el campo tenía para ella hermosos recuerdos: andaba a
caballo con su padre, iban al río a pescar. Imágenes lejanas y deslucidas
porque su padre había muerto cuando ella era una niña pequeña. Luego se enteró
del accidente ridículo que la dejó huérfana. Su padre había tropezado y caído
sobre un charco no muy profundo. Perdió el conocimiento y se ahogó.
¿Cómo hubiese sido su
vida si él no se hubiese golpeado la cabeza en el lugar más inoportuno posible?
Detestaba a su madre, ella volvió a casarse y la obligaba a soportar a un
hombre horrible, tosco, vago. A los dieciocho la observaba con lascivia, la
madre lo sabía, pero no le importaba, o sí, quizás miraba para otro lado con
tal de retenerlo en la casa.
Cuando conoció a Carlos
vio una oportunidad de liberarse de ese hogar infeliz. Él era un profesor, un
hombre que le ofrecía una oportunidad de vivir bien y lejos del padrastro. Dejó
a Pepe, el noviecito de la facultad por Carlos. Era una cuestión de cálculo,
Pepe era estudiante como ella y sólo tenía para ofrecer un polvo apresurado en
el asiento trasero del auto de su padre.
Luego de varios
kilómetros, el bus tomó otro camino hasta llegar a una ruta provincial llena de
agujeros. Julia observó pequeños pueblos que se dedicaban a la agricultura,
hombres y tractores en los campos, grandes camiones transportando la cosecha,
algunos silos... Cuando más avanzaba en su viaje menos tránsito y casas se
veían en el camino. Al fin llegó a Monte Quemado, sabía dónde dirigirse gracias
a una conversación con el chofer en una parada para almorzar.
Había
una pensión para los viajantes en el corazón del pueblo, limpita, decente, al
menos esas fueron las referencias del hombre.
―No
es cara y la dueña, doña Anita, es de lo más servicial ―le dijo. Acostumbrada a rodearse de citadinos, sobre
todo integrantes de ámbitos académicos, el contacto con gente humilde, quizás
analfabeta, le resultó gratificante. ¿Cómo sería vivir sin el estrés del
tránsito loco de San Miguel de Tucumán? Sin el ruido de los escapes libres de
las motos y los bocinazos de los conductores, siempre nerviosos y apurados. ¿Cómo
sería la vida sin motochorros ni marchas?, ¿sin cortes de calles ni
manifestaciones? Cuando el ómnibus hizo una parada, el chofer la sacó de sus
pensamientos:
―Estamos
llegando, doña Clarita.
Vio
un gran arco de cemento negro; en su parte superior, con letras blancas, estaba
escrito Monte Quemado.
Julia
se le acercó para despedirse.
―Mire,
usted sigue derecho por ahí ―dijo señalando un camino de tierra― y a dos
cuadras encuentra la pensión de doña Anita. Se va a dar cuenta porque es la
única casa con techo de tejas, está pintada de azul y las puertas de rojo.
¡Azul
y rojo, mis colores favoritos! Pensó Julia, una extraña alegría la invadía ¿me
estaré volviendo loca? ¿Por qué este júbilo en un lugar que parecía el fin del
mundo? Saludó al chofer y bajó a buscar su valija. Nadie la estaba esperando en
la improvisada terminal. Ella tendría que acarrear sus bártulos. “Todo tan
raro”, pensó
La
pensión era una antigua casa cuya propietaria regenteaba con mano firme. Julia
pudo comprobar que era muy estricta con las normas. Se las leyó e hizo firmar
con un discurso de bienvenida que repetía con cada huésped. Ni ruidos molestos ni animales, los horarios
de descanso debían ser respetados a rajatabla, la famosa siesta santiagueña no
podía ser perturbada bajo ningún pretexto. No se admitían visitas, no estaba
permitido ningún desliz en cuanto al sexo, sólo parejas si estaban debidamente
casadas.
Una
jovencita limpiaba las habitaciones una vez al día, pero los huéspedes debían
acomodarlas y tender sus camas. La comida era opcional, doña Anita se calzaba
un delantal de cocina a las once de la mañana y se ocupaba ella misma de la
faena. Hacía guisos, empanadas, humita, pastas…el menú era variado y económico
así que los huéspedes solían reunirse a almorzar alrededor de una gran mesa de
roble adornada con un mantel blanco y pequeños cuencos con flores. Julia nunca
había vivido esa vida comunitaria. ¿Cómo sería?
En el primer encuentro
con doña Anita, la mujer le cayó bien, después de todo, era su casa y no un
hotel. Adivinaba en ella una luchadora que había salido adelante a pesar de la
adversidad y la desolación del lugar. Julia participó del almuerzo luego de
acomodar sus cosas en una habitación amplia y ventilada. Lo que le faltaba en
lujos lo compensaba con un cubrecama de colores al crochet hecho con trocitos
de lana y con las flores que decoraban las paredes. Pequeños murales que daban
alegría al ambiente. El armario y la mesa de luz también estaban adornados con
imágenes de la naturaleza: animales y plantas. ¿Tendría doña Anita cualidades
artísticas? En ese primer almuerzo conoció a algunos de sus compañeros de casa.
Había dos maestras, Tina y Mercedes, con las que rápidamente congenió.
La primera, baja y gordita, con una sonrisa
luminosa, era parlanchina y contaba anécdotas de sus alumnos. La otra, por el
contrario, alta y huesuda, tenía una gran nariz, parecía un loro. Un poco
amargada, se quejaba del sueldo, el clima, los alumnos…si bien eran muy
diferentes, tenían una relación de trabajo y amistad de varios años.
Un señor mayor, de unos
setenta años, apareció en cuanto comenzaron a comer. Vestía un traje gastado y
una camisa que parecía haber sufrido cientos de lavadas, el cuello deshilachado
en la parte posterior revelaba que, quizás, era su única prenda. Se veía que
acababa de levantarse y no estaba bien de salud. Mientras doña Anita iba y
venía sirviendo a sus comensales, Julia conversaba con las maestras. Se enteró
que ambas eran de La Banda, una ciudad cercana a la capital de Santiago del
Estero. Vivían durante la semana en esa pensión y los fines de semana iban a
pasarla con sus familias. Tina era casada y tenía dos hijos mientras que Mercedes
vivía con su madre luego de un divorcio conflictivo.
Las
mujeres cobraban casi el doble por trabajar en ese pueblo, es por “zona
desfavorable”, le explicaron a Julia. Ella estaba encantada, tendría amigas a
quien recurrir en ese lugar tan apartado. Le contó que venía de Tucumán, que
también trabajaba en la docencia, que por problemas de salud le habían
recomendado una temporada en Santiago, caluroso pero seco. Necesitaba ganarse
la vida porque sus ahorros se iban a terminar pronto. En esa conversación con
las maestras surgió la propuesta de que Julia se ocupase del quiosco de la
escuela.
―La
señora que atendía el negocito viajó por problemas familiares y no hay nadie
ahora, ―le dijo Tina.
Mercedes agregó:
―Claro,
yo puedo hablar con la directora y recomendarte. Creo que vas a tener un medio
de vida con el quiosco, los chicos suelen comprar muchas golosinas.
―Gracias
por la propuesta, lo pensaré, ―respondió Julia.
Esa
noche se quedó hasta tarde pensando qué haría, había decidido volver luego de
una o dos semanas, pero dudaba, temía la reacción de Carlos. La idea de
quedarse en ese pueblo la tentaba. Con el quiosco podría contar con un medio de
vida. Eso le sacaba un problema de encima, además no tendría que estar
confinada en la pensión todo el día.
Al
día siguiente se encontró con las amigas y les dijo que aceptaba su propuesta.
Esa misma tarde la presentaron a la directora de la escuela. Con un pequeño
capital Julia podría comprar caramelos, galletas, gaseosas, jugos…todo aquello
que era apetecible para los chicos. Luego ampliaría su negocio con la venta de
artículos de librería.
Quizás
Isaura, su ex mucama santiagueña, le había pintado un paisaje demasiado idílico
de su pueblo. La mayoría de los trabajadores se ocupaban en las labores del
campo, la soja, el ganado, los famosos chivitos. Los jóvenes se iban por falta
de oportunidades laborales o para seguir estudios superiores en la capital.
Había dos negocios de ramos generales y una pequeña mercería, dos hoteles y un
bar. También una escuela, un hospital, la comisaría, un centro judicial, un
club deportivo y la iglesia, todos ubicados en las inmediaciones de la plaza
principal.
La plaza San Martín tenía
una gran fuente y caminerías bordeadas de flores. Julia se sentó en un banco para mirar un pequeño
arco iris que atravesaba el chorro de agua bajo los ardientes rayos del
sol. Llamaron su atención los chillidos
de una gran cantidad de loros. Salían en desbandada de un quebracho ubicado en
el medio del paseo.
Un muchachito les tiraba
piedras con su honda. Se le acercó explicando:
―No pude cazar nada hoy
¿Puede darme una monedita?
Julia le dio un billete,
le preguntó:
―¿Cómo te llamas?
―Mi nombre es Camilo,
pero todos me llaman Nilo, para lo que guste servir.
Una oleada de nostalgia
la invadió, el chico tendría la edad de su hijo, ¿qué sería de Joaquín? ¿La
extrañaría? Nilo salió corriendo con el billete en la mano, tendrá algo para
llevar a su casa, pensó Julia.
Le gustó como se veía la
plaza al atardecer, observaba los lapachos, los bancos de colores, los chicos
patinando en una pequeña pista… pensaba en el curso que había tomado su vida,
en Carlos y sus achaques, en su hijo, un adolescente rebelde, en su amante cuya
relación había causado ese abrupto giro en su vida. Recordaba su trabajo en la universidad…era
como nacer de nuevo. Guillermo se lo había dicho: ella podría estar muerta.
Desistir de su plan de concurrir al congreso le había salvado la vida.
―Podríamos pasar un fin
de semana juntos ―le había propuesto.
―Ya compré los pasajes y
tengo todo listo para viajar a Buenos Aires.
―Te lo vas a pasar mejor
conmigo.
Guillermo la había
convencido, después de todo siempre había cumplido con su lema: primero el
deber y después del placer. Desde que se aproximaba su fecha de cumpleaños
había resuelto dar vuelta ese mandato. ¿Sería por la famosa crisis de los
cuarenta? Lo cierto es que no estaba
conforme con su vida, quería un cambio, pero no sabía qué rumbo tomar.
Nunca se le hubiese
ocurrido que el cambio sería tan intempestivo como radical. La situación la
había puesto en una disyuntiva desesperada. Sólo necesitaba tiempo para decidir
qué hacer, pensó.
8
Carlos
se despertó temprano esa mañana gris, habían pasado tres días de la caída del
avión. Sentado en la cama que habían compartido durante casi veinte años con
Julia, miró a su alrededor: el empapelado, las cortinas, los cuadros…todo había
sido elegido por ella. En su mesa de luz estaban sus cremas y perfumes, un
libro a medio leer y una cajita con distintos objetos que a la esposa le
gustaba tener a mano.
En
ese momento, Enrique entró cargado con bolsas del supermercado.
─Tenés
que alimentarte, amigo ─le ordenó cariñosamente.
─Ella
está presente a través de tantos objetos y recuerdos…todavía no puedo creer que
se haya ido así.
Comenzó
a llorar calladamente.
─Viejo,
la vida continúa. Meté las cosas de Julia en bolsas, llevá la ropa a la
Parroquia de San Roque.
Carlos
agradecía las atenciones de su amigo, pero era cruel decirle que regale las
cosas de ella. Las necesitaba, o al menos las necesitaría durante un tiempo.
Esperó
que Enrique se fuera para entrar en el escritorio de Julia, mirar sus libros,
su computadora, admirar el orden que reinaba allí. Examinó la infinidad de
cosas que ella atesoraba, como los diplomas colgados en las paredes, las fotos
familiares colocadas cuidadosamente en una mesita al lado de un sillón donde
solía leer. Tomó una de su luna de miel, estaban abrazados en una playa de
Cancún. Ella, con un pequeño bikini, lucía su hermoso cuerpo, tostado por el
sol caribeño. En otro portarretrato, Joaquín estaba con los labios marrones
sonriendo. Ese día habían ido a El Cadillal huyendo del calor de San Miguel de
Tucumán. El hijo estaba comiendo tierra cuando lo sorprendieron y
fotografiaron. Su adorable carita pedía clemencia por la travesura. Carlos
suspiró, tantos recuerdos…los momentos compartidos ya pertenecían al pasado.
Carlos admiraba a Julia
por su inteligencia, pero mucho más por su sensualidad. Ella fue alumna suya en
dos cátedras en la Facultad. Siempre se sentaba en los primeros asientos. A
veces se desconcentraba de la clase porque ella cruzaba las piernas de tal
manera que su corta pollerita dejaba ver sus estilizadas y bien torneadas
piernas. En ocasiones, creía entrever un pequeño y peludo triangulito entre
ellas ¿usaría bombacha? ¿Serían su pubis tan rojo como sus cabellos?
Lo
habló con Enrique un día que estaban solos en la cátedra.
―Me
gusta una alumna.
―Eh,
hay tantas mujeres en Tucumán y a vos te gusta una alumna.
―¿Está
mal? Me parece que coquetea conmigo, se sienta en primera fila con una
minifalda corta y ceñida y cruza las piernas.
―Es
pendeja, quizás sólo quiere que la apruebes. Corrés el riesgo de convertirte en
un viejo verde.
―Me
siento muy solo desde que falleció Mafalda.
―Viejo,
búscate una mina de tu edad, además no es muy ético que te metás con una
alumna.
―¿Te
parece? Entonces no veo mucha gente ética por estos lares. Vos mismo tuviste
una aventura el año pasado con la jujeñita
―Es
cierto, aunque insisto: mezclar trabajo con diversión puede ser tu perdición,
ya sabes “donde se come no se manicurea”.
―Estás
muy pícaro hoy con tus versitos y refranes ¿qué te pasa? ¿hay programa esta
noche?
―Una
broma, amigo, para levantarte el ánimo.
―Justamente,
estoy deprimido porque me siento solo, la casa es un desierto sin Mafalda.
―Y
dale con Mafalda ¿Hace cuánto que falleció?
―Casi
dos años.
―Pasá
página, Carlos, quizás la alumnita te levante el ánimo. Olvídate de lo que te
dije y seguí con tu plan de conquista.
―Por
favor, ayúdame, estoy un poco fuera de forma luego de un matrimonio de veinte
años. Ya olvidé cómo conquistar una mujer.
―Claro,
tenés mi apoyo, incluso asesoramiento sentimental, viejo. Me interesa tu
felicidad.
―Gracias
amigo, tu experiencia será de gran ayuda.
Enrique
era un Don Juan que siempre andaba de cacería y conseguía buenas piezas. Carlos
confiaba en sus consejos.
―No
te marees en el primer boliche, esta chica ¿Julia se llama? Puede ser la
primera de la serie. Luego elegís a la que más te conviene. Si no te decidís,
no importa, te quedás con dos o tres.
―Es
que a mí me gusta ella, esos cabellos ondulados y largos, sus ojos grandes,
nunca vi una mirada tan profunda, ya te conté sobre sus piernas. Bueno, tiene
tetas chicas, pero pueden llegar a gustarme. Ya sabes, la belleza no es
perfección, es armonía.
Enrique
se reía:
―Estás
cursi, ¿no te habrás enamorado, che?
Carlos recordó un
encuentro con Enrique unos días después, él lo esperaba tomando un café en el
bar de la facultad. El lugar estaba atestado de gente. Los estudiantes hacían
cola para ser atendidos en unos mostradores recubiertos de azulejos blancos.
Reinaba la algarabía propia de la juventud: el ruido de voces, las risas y
chanzas. Alguien había puesto música y Carlos se arrepintió de haber arreglado
un encuentro para conversar, ese bar no era el lugar adecuado.
Por uno de los ventanales
se observaba una ceremonia: el bautismo a un nuevo egresado. Semidesnudo,
estaba rodeado por un grupo de chicos y chicas ocupados en diferentes
actividades: dos le cortaban los cabellos con una tijera que parecía de podar,
otros le desgarraban la ropa mientras una chica lo embadurnaba con harina,
huevo, mostaza y un líquido amarillo. Espero que no lo estén bañando de orín,
pensó Carlos compadeciéndose del muchacho. El novel egresado parecía feliz,
¿estaría drogado? Sabía de lo que eran capaces y el decano había establecido
las condiciones del bautismo. A unos metros, los ordenanzas esperaban con
mangueras y escobas para limpiar la basura que los estudiantes dejaban tras la
ceremonia.
De pronto, Carlos sintió
detrás suyo la voz de su amigo:
―Hola ¿cómo andas? Dijo mientras se sentaba.
Un muchacho se les acercó
a tomar el pedido. Los profesores tenían esos privilegios en la facultad.
Pidieron un cortado. Enrique encaró a Carlos:
―¿Cómo te va con Julia?
―No
sé cómo abordarla, escucho como hablan los jóvenes hoy en día, pero me temo que
no estoy en esa onda. Todo el tiempo con palabrotas, escriben con k en vez de
usar la q en los mensajes…
―Modernízate,
viejo. Te vestís muy formal. Sacate la corbata. ¿Alguna vez pensaste usar una
camisa a cuadros para venir a la facultad? También se usan con pequeños
estampados.
―Tengo
que renovar mi guardarropa y hacer un lifting a mi vocabulario. A veces pienso
que no voy a estar a la altura de las circunstancias.
―Pero
si la minita te calienta, qué importa lo demás.
―Es
que no quiero sólo un encame, ella me gusta. Necesito una pareja, mi vida
matrimonial fue muy buena, estoy dispuesto a reincidir.
―Segundas
náuseas nunca fueron buenas, ja, ja. Perdón quise decir: segundas veces no son
buenas. Hacé vida de soltero un tiempo más, vas a ver cómo te empieza a gustar,
dicen que hay cinco mujeres por cada hombre.
Enrique
estaba de muy buen humor, hablaba con Carlos eufórico:
―Esta noche voy a salir
con una rubia, tiene un lomo…
―¡Qué bien! ¿te vas a
poner de novio?
―Noo, es una amiguita con
derecho a roce, una fiera en la cama.
Carlos sonrió, Enrique
nunca iba a sentar cabeza, pensó. Le dijo:
―Voy
a seguir tu consejo, esta tarde me compro ropa nueva, más informal. He pensado
invitarla a una conferencia el viernes, viene un epistemólogo famoso, el doctor
Klimosky.
―Viejo,
invítala al cine. En la mitad de la película le agarrás la mano. Si no la
retira avanzás, la tomás del hombro. Quizás hasta puedas besarla.
―Tenés
razón, sos un verdadero maestro, amigo.
Carlos volvió al
presente, los recuerdos le habían proporcionado un pequeño alivio a la opresión
que le atenazaba el pecho y la garganta. Tomó una chalina rosa, amarilla y
verde que él le había regalado a Julia la última navidad y se la pasó por la
cara. Era suave como el rostro de ella. Eso era lo que le quedaba: imágenes
grabadas en su mente, las conversaciones con Enrique antes de que comenzaran a
salir, las fotos de momentos felices. Se aferraba a imágenes, olores, diálogos,
cosas y sensaciones que nunca podrían reemplazarla, pero era todo lo que tenía.
Una idea vino a su mente: los videos que había hecho; a él le gustaba filmar
los cumpleaños, algunos momentos de sus viajes. Recordaba a Julia sonriendo en
la Quinta Avenida, también la filmó antes de entrar al Museo de Cera de Madame
Tussauds.
Ella había guardado esos
videos en su computadora. Se dirigió al escritorio y se sentó en un mullido
sillón. El monitor ocupaba una parte del mueble, debajo estaba el CPU. Encendió
la computadora, luego de unos segundos, una foto apareció ante su vista: altas
montañas, blancas casas abigarradas al lado de un lago en cuyas aguas quietas
se reflejaba el paisaje. Quiso entrar, pero una pequeña ventanita le indicaba que
debía poner una clave de acceso. Le irritó esa actitud de Julia, ¿tendría
secretos para él?
Trató
de abrir el primer cajón del escritorio, estaba cerrado con llave. ¿Por qué lo
había cerrado? Quizás habría separado un dinero para algún gasto extra. Con un
destornillador rompió la cerradura del mueble. Encontró un sobre con fotos. Un
golpe seco lo sacudió, el alma se le estaba deshilachando. Julia abrazada a un
hombre alto y joven. Ella y el hombre besándose. ¿Tenía una aventura? ¿Sería
reciente? ¿Acaso él no le daba lo que ella necesitaba? Trató de deducir qué
había pasado. Mirando las imágenes llegó a dos conclusiones: la primera es que
las fotos eran recientes, en una de ellas la mujer llevaba un vestido que él le
había regalado para su cumpleaños, hace dos meses. La segunda conclusión es que se veían en Las
Termas, Santiago del Estero. Carlos reconoció el paisaje del dique El Frontal.
Llamó
a Enrique para contarle. Del otro lado de la línea se hizo un largo silencio.
─Vos ya sabías…─lo increpó
─Escuché
un rumor, no hago caso de los chismes y menos si vienen de ese vinagre de
Introducción. No te des manija con eso, acordate de los momentos felices.
¡Era
el hazmerreír de la facultad! Y él hablando con tanto orgullo de Julia, hasta
llegó a creer que lo envidiaban. Una esposa tan linda e inteligente…
La
tristeza se convirtió en furia que descargó con su amigo.
─Tendrías
que haberme avisado, no eres leal ─le dijo y cortó bruscamente.
“He
vivido en la mentira, quizás yo ya era viejo para ella”. Ahora la furia se
volvía en su contra: “un cornudo, un boludo, eso es lo que soy”, ¿desde cuándo
sería el engaño?, era cierto lo que decía la gente: el marido es el último en
enterarse.
Fue
al baño a mirarse en el espejo. El examen le devolvió la imagen de un hombre
mayor pero todavía apuesto. Conservaba una tupida cabellera y su rostro sólo
presentaba pequeñas arrugas en las sienes, la frente y la comisura de los
labios. Varias alumnas se le habían insinuado, pero para él sólo Julia contaba.
¿Por qué se había buscado un amante? Se preguntaba repetidamente.
Un
acceso de furia lo envolvió, Enrique tenía razón: mejor deshacerse de las cosas
de Julia. Se daba cuenta de que sólo era un pretexto para investigar el mundo
secreto de quien, hasta hace unas horas, creía conocer. Fue al dormitorio y se
sentó en la cama, al lado de la mesa de luz de ella. En una cajita guardaba una
crema de noche, esmaltes para las uñas, una pinza de depilar, un alicate. Al
lado, vio un libro: Madame Bovary de
Flaubert. Lo hojeó, su mujer había subrayado varios pasajes. ¿Acaso se sentía
identificada con Emma Bovary? Posiblemente, porque los textos resaltados daban
cuenta del aburrimiento de la mujer, la monotonía de su vida y los besos
rutinarios del marido. Como para Emma, un amante significaba saltar el cerco de
la vida cotidiana para abrazar esa pareja insidiosa formada por el peligro y el
placer.
─Puta
─le dijo, aunque ella no podía escucharlo.
Se
fue al baño y tomó las pastillas para su hipertensión, un analgésico para su
jaqueca y un ansiolítico. Quería dormir y no despertar más. La idea de
suicidarse pasó por su cabeza, pero pensó en Joaquín, su madre estaba muerta…
¿cómo podría dejarlo también sin padre?
Joaquín había vuelto
después de unos días en la casa de sus abuelos, pero la relación entre ellos
era distante. El adolescente siempre había sido muy compinche con la madre y se
había puesto rebelde y agresivo con él. Un día discutieron porque había dejado
la cocina llena de ollas y platos sucios, además de botellitas de cerveza
tiradas por doquier. Le dijo:
―¿Qué
pasó? ¿Por qué tanta suciedad y desorden?
―Nos
juntamos con los chiques a comer y
tomar unas birras.
―No
puedes dejar la casa un chiquero. Desde hoy no traés a nadie cuando yo no esté.
El
muchacho le respondió, muy enojado:
―Ojalá
te hubieses muerto vos no mamá.
Fue
un golpe bajo para Carlos, se quedó sin palabras. Inmediatamente se refugió en
su dormitorio y cerró la puerta. Era terrible para él, la muerte de Julia los
había separado. Quizás tendría que haberse ocupado más del muchacho y no dejar
que la madre lo malcriara. Después de todo, ese era su trabajo, ella no lo
había hecho bien y ahora sería difícil enderezarlo.
9
Un sábado por la tarde
Enrique estaba en su departamento corrigiendo parciales. Las notas debían ser publicadas
el lunes y el trabajo era abrumador. La tarea se había incrementado para todos
los miembros de la cátedra por la ausencia de Carlos. El profesor, sentado al frente
de su escritorio, iluminado por una pequeña lamparita, miraba con fastidio la
pila de exámenes que le faltaba evaluar. Decidió hacer una pausa para tomar un
café. Pensó en su amigo que había abandonado sus ocupaciones y se pasaba todo
el día rumiando su resentimiento hacia Julia. Decidió llamarlo, luego de
saludarlo, le dijo:
―Viejo,
¿cuándo volvés al trabajo? Se te extraña mucho por aquí.
―No
sé, mañana tengo turno con el psiquiatra él me lo dirá, estoy muy mal
anímicamente.
―Es
comprensible que te hayas tomado licencia, pero te aconsejo que hagas un
esfuerzo y te levantes de la cama. Te haría bien trabajar.
―Como
siempre, tenés razón amigo, me la paso viendo videos y fotos de Julia y no
termino de convencerme ¿Por qué ella me engañó? Y enterarme así...
―El
tiempo cura las heridas.
―Ya
estoy viejo, no me queda tanto tiempo.
―Carlos,
estás melodramático, sos un hombre joven todavía ―Enrique cambió de tema― El
lunes hay una reunión de cátedra ¿por qué no venís?
―Bueno,
así me pongo al tanto de las cosas.
―Te
paso a buscar a las ocho y media.
―Se
ve que no crees que vaya.
―Viejo,
no lo tomes como una presión, es por tu bien.
***
Carlos se reincorporó al
trabajo en la facultad, pero sus estados de ánimo indicaban un profundo
desequilibrio mental. Además, había un agravante, había comenzado a abusar del
alcohol y su vida se había transformado en un caos. Un día, en la cátedra,
estaba buscando unos papeles en el armario cuando entró la jefa de trabajos
prácticos.
―Me
has sacado las planillas que estaban sobre el escritorio ―la acusó.
―No
es así, por favor, no toco nada suyo.
―Hace
rato que faltan cosas en esta oficina. No sólo tenés la maldad de llevarte mis planillas,
sino que estás haciendo robo hormiga de café, hojas, azúcar…
La
mujer se puso roja de la ira, le dijo:
―No puede acusarme de
ladrona, nunca he tenido problemas con nadie.
En ese momento entró
Enrique. Inmediatamente se dio cuenta de la tensión que reinaba en la pequeña
oficina, un aire denso lo envolvía todo.
―Hola,
¿qué pasa?
―Carlos
me acusa de ladrona, ―la mujer sacó un pañuelo, se lo pasó por los ojos.
Enrique
miró a su amigo y colega:
―Vamos
al bar, quiero hablar con vos. ―Se dirigió a la auxiliar:
―Griselda,
tranquilizate, es sólo un mal entendido.
Ambos
hombres tomaron por el pasillo Cero y se encaminaron al bar ubicado a unos
metros de la puerta de entrada por Avenida Benjamín Aráoz. Carlos iba callado,
miraba los grandes carteles hechos con papel afiche por los alumnos que
militaban en diferentes agrupaciones.
―Siempre
hacen esto para las elecciones, están disputando por los primeros puestos, me
parece que los del Partido Obrero le van a ganar a La Franja. ―dijo Enrique.
Boba comprendió que
trataba de distender el clima que se había creado por su discusión con la
auxiliar. Ya en el bar, con una taza de café de por medio, Enrique habló:
―Carlos,
estás mal, tu pelea con Griselda es el cuarto incidente de la semana.
―Ella
hurga mis papeles y está robando las cosas que tenemos para el refrigerio.
―¿Te
parece? Está hace cinco años con
nosotros ¿y justo ahora pasan estas cosas?
Carlos movía los hombros como despegándose de
la situación. Enrique siguió hablando:
―También
dejaste mal a esa chica, ¿cómo se llama? La nueva ayudante estudiantil.
―Cecilia
es una incompetente ―respondió Carlos―. Tuve que llamarle la atención porque
viene a enganchar alumnos en lugar de trabajar.
Carlos
se sentía traicionado por su amigo. ¿Ahora se ponía de parte de esas minas?
Claro, un mujeriego, ya se habría encamado con las dos. Finalmente respondió:
―¿Qué
me querés decir? ¿Que estoy loco?
―No,
Carlos, pero llegás con un olor…parece que te estás pasando con el alcohol.
―Sólo
tomo un whisky por la noche, para poder dormir.
―Y
hay algo más…
―Me
quieren crucificar ¿qué les pasa ahora a las mujeres?
Enrique
tomó impulso y habló:
―Una
alumna te denunció al decano.
―No
lo sabía ¿por qué?
―Dice
que le gritaste, le tiraste a la cara un parcial.
―Fue
ese día que se borraron todos y tuve
que dar consulta. Ella no estaba de acuerdo con la nota, ya sabes cómo se ponen
los alumnos cuando desaprueban.
―El
decano te va a llamar, le llegaron rumores sobre tu comportamiento. ¿Seguís con
el psiquiatra?
―Mirá,
yo no estoy loco. Sólo estoy pasando un mal momento.
―Comprendo
tu situación, pero la forma en que estás procesando el duelo…
―Ella
me engañó y vos ahora me traicionás y te ponés de parte de esas pendejas, si
querés ser el titular de la cátedra vas a tener que esperar hasta que me
jubile.
Carlos
salió enojado del bar, se dirigió hacia la playa de estacionamiento a buscar el
auto. No lo encontró. Recorrió varias veces el lugar. ¿Se lo habrían robado? De
pronto, recordó: había ido en taxi hasta allí.
10
Esa
mañana Carlos se miró en el espejo: su aspecto era impecable, estaba muy bien
afeitado y peinado. Se había puesto su mejor traje. Tenía una cita con el
decano de la Facultad de Filosofía y Letras a las diez.
Le
preocupaba la formalidad de la citación: la secretaria lo había llamado por
teléfono. Carlos era amigo del decano, por eso le inquietaba que hubiese
delegado en otra persona la comunicación. Salió de su casa en auto, miró la
hora, tenía tiempo de sobra para llegar a la facultad. Le gustaba ser puntual.
El
día anterior le había comentado sobre la reunión a su amigo:
―Enrique,
me citó Evaristo Doncelli para mañana. ¿Sabés algo? No me explicaron los
motivos.
―¿No
sospechas nada?
―No,
¿vos qué sabés?
―Viejo,
oficialmente nada, pienso que te llama por los incidentes que ocurrieron
últimamente.
―¿Qué
incidentes?
―Vos
estuviste muy agresivo con una alumna y dos auxiliares.
―No
veo que eso sea tan importante como para que Evaristo se ocupe.
―Hay
algo más…
―¿Qué?
―No
sé si decírtelo, son rumores.
―Por
favor, Enrique, ya te dije, no guardés secretos, no te reservés los rumores. No
me contaste sobre Julia y su amante.
Carlos no perdía
oportunidad para sacarle en cara lo que consideraba una deslealtad de su amigo.
―No
me reprochés, son cosas distintas. Una alumna dice que le pusiste una mano
encima.
―Yo
no pegué a nadie, es ridículo.
| ―No,
no dice que le pegaste, sino que la manoseaste. Ya sabes, ahora cualquier cosa
es violencia de género. Te va a denunciar por abuso.
Cuando
llegó a la facultad se encaminó al estacionamiento, estaba a unos veinte metros
del decanato. Ingresó a la oficina de Doncelli y vio a su secretaria sentada
detrás de un escritorio tecleando en una computadora. A su lado, en una mesita,
la impresora funcionaba con su característico sonido. Detrás, una cafetera
despedía un aroma que impregnaba el lugar. En la mesa de la cafetera vio varias
tazas de café, sobres de azúcar y edulcorante y cucharitas ubicados en una
bandeja.
La
secretaria le dijo que el decano estaba en una reunión, se desocuparía en diez
minutos. Le ofreció una taza de café. Carlos declinó cortésmente el
ofrecimiento.
―Gracias,
pero no puedo tomar café, es por consejo médico, ―intentó sonreír, pero sólo
una mueca acudió a su rostro. Salió un momento a fumar. Estaba muy nervioso.
Cuando lo hicieron pasar, Evaristo se paró
y le dio un fuerte apretón de manos.
―¿Cómo
estás?
―Tratando
de superar la muerte de Julia, ―dijo Carlos poniendo cara de sufrimiento,
quizás necesitaría de la compasión y comprensión de Doncelli.
―Fue
un duro golpe, lo lamentamos. Te llamé porque tengo muchas quejas por tu
comportamiento.
―Estuve
muy mal últimamente. ―Carlos se puso a la defensiva, sospechaba que se estaba
armando una conspiración en su contra.
El decano tosió, no sabía
cómo empezar, le dijo:
―Se
rumorea que vienes alcoholizado a trabajar.
Carlos se sorprendió, esa
no se la esperaba, ¿quién sería el buchón?
―No
es que yo esté nervioso ni venga alcoholizado, me irrita la incompetencia de algunos
miembros de la cátedra, eso es todo.
―Sólo
personal femenino y alumnas vinieron a reclamar.
―¿Pensás
que tengo algo en contra de las mujeres? Si en esta facultad son mayoría.
―Carlos,
hay un hecho grave que quizás haya llegado a la policía.
―Sí,
sé que se corre el rumor que yo abusé de una alumna, te juro que son mentiras,
soy incapaz de hacer algo así.
―Te
casaste con una alumna, ―dijo, sonriente el decano, tratando de aliviar la
tensión de la reunión.
―Sí,
yo la amaba, la perdí tan rápido...
―Carlos,
voy a pedirte un favor: tomate una licencia, andá al médico. Tenés que dar
prioridad a tu salud.
―Yo
me siento bien, no creo haber hecho nada incorrecto. Enrique me convenció para
que volviera a mi trabajo en la facultad porque estaba entrando en un cuadro
depresivo grave.
El
decano lo miró, la cosa iba a resultar más difícil de lo que había calculado,
Carlos eran un tipo terco. Pero tenía que ponerse firme, ya habían venido del
gremio de los profesores y alumnos del centro de estudiantes a reclamar por el
comportamiento de Carlos. Todos sentían su pérdida, pero no por eso iban a
tolerar atropellos de su parte. Doncelli le dijo:
―No
voy a tomar medidas si aceptas mi sugerencia, si no tendré que poner la
situación a discusión del consejo de la facultad. Te cuento que hasta el rector
está preocupado, te estima y quiere que te recuperes.
Carlos
no tuvo más remedio que aceptar la propuesta, al día siguiente pidió licencia
por enfermedad.
***
Esa mañana Carlos se
levantó temprano. Fue a la cocina a prepararse el desayuno, debía salir en unos
minutos para entrevistarse con el director del colegio de Joaquín. Los
problemas de conducta del hijo eran una preocupación de docentes y autoridades.
Su vida se había vuelto un caos. Era un paria en la facultad, su hijo estaba
fuera de control y era viudo por segunda vez. Sentía que, desde la muerte de
Julia, se precipitaba en una pendiente ¿acaso tocaría fondo alguna vez? Perder
a Julia le dolía, pero su infidelidad lo había partido en dos.
¿Qué había tenido para
ofrecerle? Ella era mucho más joven, con esa fuerza y arrogancia que, durante
los primeros años, lo habían hecho sentir vital. Ahora no era más que un viejo
carcamán. Enrique había tenido razón, fue un error casarse con una alumna. Sus
sesenta y cinco años le pesaban, la diabetes y los problemas cardíacos le había
jugado algunas malas pasadas en la cama. Él había ofrecido a Julia su fidelidad
¿qué hombre era fiel a su esposa hoy en día? Sabía de sobra que todos andaban
con los colmillos afilados para hincar el diente a tantas mujeres que andaban
por ahí disfrazadas de caperucitas rojas. Detrás de su fingida inocencia se
podía captar una mirada lasciva que delataba su deseo de tener un encontronazo
con el lobo para que las coma sin mayores vacilaciones.
Mafalda, ella sí había
sido una mujer entera: leal, amorosa, sin más pretensiones que ser su esposa,
atender la casa y formar una familia. Lamentablemente no pudo, esa maldita
enfermedad les había impedido tener hijos. El la acompañó hasta su último aliento.
Si Mafalda viviese…ahora la valoraba más que nunca. Tenía todas las cualidades
que debe tener una mujer: servicial, atenta, siempre esperándolo con la comida
lista. Le alcanzaba la ropa cuando salía del baño, nunca sus camisas estuvieron
tan impecables.
Eran el día y la noche
con Julia. Su segunda esposa siempre estaba ocupada trabajando, viajando a
congresos, saliendo con sus amigas. Debía reconocer que había sido una ráfaga
de aire fresco en su vida, le hizo sentir un hombre joven, vital, potente. Su
existencia ya no era rutinaria, por el contrario, si bien no planchaba sus
camisas siempre estaba inventando algún juego estimulante.
Recordó que una noche se
le apareció en el dormitorio vestida como una monja. Con un hábito marrón hasta
los tobillos y una toca del mismo color. Su único adorno era una cadena con un
gran crucifijo. Al principio Carlos se molestó por lo sacrílego de su atuendo,
pero luego comenzó a excitarse y dejó de lado sus pruritos. Ella se fue sacando
las capas de ropa: el hábito, la cofia, las enaguas, los zapatos… hasta quedar
en un diminuto bikini. Todo el striptease
lo hacía al compás de una música envolvente, realizando movimientos
eróticos con el vientre y las caderas como una auténtica bailarina árabe. En
ese momento le pareció que su matrimonio con Mafalda había sido aburrido y
rutinario.
Pero todo lo que Julia le
había dado se había diluido en un instante. Cuando vio las fotos de ella
abrazando a ese hombre sintió que despertaba de un sueño ¿Acaso ella no había
valorado su amor, su fidelidad, la familia que habían construido juntos?
Carlos se encaminó hacia
el placar y sacó una caja con fotos, presa de furia comenzó a romper en
pequeños pedazos cada una de ellas: Julia y él en Cancún, los dos abrazados en
el jardín de su casa, ambos sosteniendo a Joaquín en su bautismo… Arrepentido
de haber roto la última foto, buscó entre los pedazos el rostro del hijo, su
pequeño cuerpo y su propio retrato. Reconstruyó la fotografía, pero sólo la
mitad: él con su hijo, los dos solos, como era su realidad. Julia tendría que
salir de su mente y de su corazón, así como había salido de su vida.
11
En una plazoleta del
pueblo se alzaba una célebre escultura: la del hachero. Parado sobre el tronco
ancho, cercenado y muerto de un árbol se erguía un hombre con un hacha
sostenida con ambas manos. Representaba el triunfo de la cultura sobre la
agreste naturaleza, el trabajo humano que permitía domar la selvática
vegetación del monte. El pueblo del interior de Santiago del Estero, en la
frontera noreste con Chaco se alzaba también como un triunfo sobre el árido
desierto y la salvaje selva.
Isaura pasaba todas las
mañanas frente al hachero, lo veía sin ver, el gigante era parte del paisaje de
tierras coloradas de ese recóndito pueblo. Esa mañana se levantó con fuertes
dolores, seguramente iba a cambiar el tiempo. Los huesos le avisaban, ellos
sabían que iba a llover más que los charlatanes de la televisión.
Ayer le pareció ver a su
ex patrona, la señora Julia. De muy moza Isaura había trabajado en Tucumán, en
la casa de gente con plata, un matrimonio, profesores los dos. Ella le había
tomado cariño a doña Julia Boba, una pelirroja que nunca estaba en la casa.
Siempre trabajando en colegios, le contaba que tenía muchos alumnos.
Todo había resultado de
conveniencia mutua hasta que la mujer la acusó de ladrona. Fue un golpe
tremendo para Isaura. Estuvo detenida en la Brigada Femenina, maltratada por
los policías para que confiese qué había hecho con el anillo de brillantes de
la patrona.
Un trago amargo porque
era inocente ¿acaso no dicen: “prefiero ser santiagueño que tucumano ladrón”?
no sabía por qué doña Julia se había ensañado con ella. Tuvo que volverse a
Monte Quemado, con antecedentes en su prontuario y la cabeza gacha. En el
pueblo estaba el Eulogio esperándola con sus galanteos y aires de fiestero
empedernido.
Ella no lo quería, pero
su madre la obligó a aceptarlo, no sólo porque ya no podía aportar dinero al
presupuesto familiar sino porque era una carga, una boca más para alimentar.
─Es un hombre trabajador ─le
decía.
Isaura había visto otra
vida en la casa de doña Julia: canillas en toda la casa, de ellas salía el agua
a la temperatura que uno quería. Una hermosa cocina a gas natural, varias
habitaciones, un gran living con sillones de pana…hasta ella que era la mucama
tenía su propio dormitorio y baño.
Sabía que con el Eulogio
iba a tener que meterse en una piecita de dos por dos y compartir con los
padres y hermanos la cocina a leña y un baño tipo letrina ubicado a dos metros
de la casucha.
─Mama, son vagos los Orellana, mire que ni revocan ni pintan el
rancho ─se quejaba con la madre.
─¿De dónde esos humos?,
se te ha pegado la vida de los ricos en Tucumán.
─Nunca ha salido del
pueblo, mama, usted no sabe cómo es
vivir bien. Si hasta hace poco acarreaba el agua del río.
Las discusiones con la
madre eran interminables, pero Isaura la conocía muy bien: no iba a descansar
hasta salirse con la suya.
12
El bar de Toño era un
punto de encuentro de empleados públicos y viajantes. Tenía ocho mesas con
manteles rojos de cuerina, seis heladeras verticales y un gran mostrador donde
despachaban los pedidos. Un muchacho con delantal atendía las mesas. Los días
que había fútbol el barcito se llenaba, un televisor de sesenta pulgadas
congregaba a los hinchas. Toño tenía que traer sillas del depósito y los hombres
llegaban gritando y cantando eufóricos, la cerveza y el vino aliviaban la sed y
exacerbaban los ánimos.
Julia se juntaba todas
las tardes a la salida de la escuela con sus nuevas amigas a merendar en lo de
Toño. Disfrutaba de esa vida tranquila y sin sobresaltos, aunque extrañaba a su
hijo y se sentía muy sola los fines de semana cuando Tina y Mercedes se volvían
a la ciudad para estar con sus seres queridos.
Un
día, mientras hacía su rutina de caminatas, percibió que alguien la seguía.
Detrás de sus pasos, otros pasos sonaban como un eco. Cuando se daba vuelta no
había nadie. ¿Me estaré volviendo loca?, pensaba. Ocurrió en varias
oportunidades hasta que la vio: una mujer morena y bajita, con un holgado
vestido estampado la espiaba escondida detrás de un árbol. Julia la miró
fijamente y la mujer desapareció por una calle lateral.
A
la mañana siguiente se despertó con la respuesta a su pregunta sobre la mujer
que la seguía. En el baúl de sus
recuerdos apareció el rostro de Isaura, su ex mucama. Claro, vivía en el pueblo
y la había reconocido. Se dio una ducha y tomó el desayuno. A las ocho de la
mañana salió hacia la escuela. En el camino la ex mucama se le acercó:
―Hola,
señora Julia, ¿se acuerda de mí?
―Claro,
Isaura ¿cómo me voy a olvidar? Tantos años trabajando en casa, ¿cómo estás?
―Bien,
la primera vez que la vi me di un julepe,
yo creía que estaba viendo un
fantasma
―¿Por
qué?
―Vi
en la televisión, decían que muchas personas murieron cuando un avión chocó,
no, no fue un choque, se rompió algo y cayó. Sacaron una lista de los difuntos
y usted figuraba. Cuando la vi en el
pueblo me preguntaba “¿será la doña?”, la miré mucho hasta que me convencí que
usted no estaba muerta.
―No,
esa noticia fue por una confusión. Isaura, te debo una disculpa, me porté mal
con vos.
Julia
había acusado a Isaura de ladrona cuando notó que le faltaba su anillo de
brillantes. La mucama le había jurado que ella era incapaz de hacerse con lo ajeno,
pero no convenció a Julia que la echó luego de denunciarla en la policía.
Isaura
fue interrogada y estuvo tres días en la Brigada Femenina. Julia encontró el
anillo en un mueble, se lamentó por haber denunciado a la mujer, pero ya no
podía hacer nada. Su orgullo se lo impedía, no iba a pasar por una ridícula que
hace denuncias porque se olvida donde pone las cosas.
―Usted me perjudicó ―le
dijo― me tuve que volver a este pueblo, casarme con el Eulogio. Ya pasaron
varios años, pero sigo extrañando la vida en Tucumán.
─Perdóname, Isaura, fue
un error. No imaginé que te iba a dañar de esa manera. Si hubieses ido a mi
casa te daba una recomendación. Mi amiga Elena te habría tomado con gusto, ella
siempre tiene problemas con las mucamas, vos eras muy buena, honesta.
─Esa denuncia me manchó
para siempre, me pintaron los dedos, creo que quedé fichada. Cuando la policía
me dejó ir me agarró una cosa…un miedo de que me volviesen a llevar en cana. Me tuve que volver a la casa de
mis padres.
Julia escuchaba las
recriminaciones de la ex mucama con cara de circunstancia, le dijo:
─Te pedí perdón, no sé
qué más puedo hacer.
La mujer no pensaba
aflojar, el resentimiento acumulado afloraba.
─No entiendo por qué se
vino a vivir acá. ¿Está sola? ¿Y el señor Carlos?
―Este
lugar es muy bonito, siempre quise vivir en el campo. Carlos está de acuerdo.
Las mujeres se
despidieron, Julia había quedado preocupada por ese encuentro inesperado. No
presentía las consecuencias que iba a tener sobre su vida.
***
Isaura
volvió a su casita pensativa, recordaba cómo admiraba a Julia. Una mujer
elegante, segura, trabajadora, con muchos conocimientos. El hijo y el esposo la
adoraban. Ella no había podido hacer más que la primaria. A los doce años su
madre la había llevado a Tucumán. Una señora amiga de la familia la había
recomendado para el trabajo de niñera. Así comenzó su carrera en el servicio
doméstico, aprendió muchas cosas: a limpiar, planchar, lavar. A los veinte años
la anciana que cuidaba murió por lo que quedó en la calle. Volvió por una
temporada a Monte Quemado, su madre se enojó con ella.
─¿Qué vamos a hacer ahora
que estás sin trabajo? El dinero que mandabas nos permitía comer decentemente.
Ella era la mayor de
siete hermanos por lo que la madre cobraba la pensión por los siete hijos.
Siempre se lamentaba.
─La pensión no alcanza, aquí
son muchas bocas, tu hermana está embarazada, los changos no consiguen trabajo.
Isaura tenía que soportar
la letanía de la madre. Un día se reveló:
─Mama, trabajo desde los doce años, ¿por qué no manda a trabajar a
esos vagos?
Pero no iba a ganar una
discusión con ella que rápidamente le pegó donde sabía le iba a doler, y mucho:
─El Eulogio me vino a
hablar, quiere ser tu novio.
─Ya sabe mama que no me gusta ese hombre,
siempre anda con la ropa sucia y el pelo grasiento.
─Qué pretenciosa. El
Eulogio es un muchacho trabajador, claro, no está en una oficina. En esos
trabajos en el surco se te pega la tierra.
Las discusiones con la
madre se terminaron el día en que una llamada telefónica cambió la suerte de
Isaura. La madre le dijo:
─Hay un empleo para vos
en Tucumán, dos profesores necesitan una mucama. La Rita trabaja para la madre
de la señora Boba y te ha recomendado.
Isaura hizo las valijas y partió, pensó
que iba a ser para siempre. Nunca sospechó que la misma persona que la había
sacado del pueblo la empujaría de nuevo a ese lugar. Su odio hacia Julia era
grande, ella había criado a ese chico, Joaquín. Si hasta le hacía hacer los
deberes porque la madre no estaba nunca. ¿Y cómo le había pagado? Con una
denuncia falsa. Quizás había perdido el anillo y no quería decirle la verdad al
marido.
Estaba resentida, no
podía perdonar a la señora que le hizo tanto daño, su prontuario estaba
manchado. Las personas que podían contratarla pedían referencias y ella no
podía contar por qué había salido de la casa de Julia. Era la palabra de una
humilde mujer de campo contra la de una profesora con plata.
No entendía por qué la
había tratado tan mal. Ahora estaba en el pueblo pidiendo disculpas. No entendía qué hacía ahí.
Miró su pequeño reloj
pulsera, tenía que ir a la escuela para hablar con la maestra de Rigoberto. Ya la
había llamado antes la señorita Tina, el chico era su nieto preferido, tenía
once años y mala conducta. Se encaminó hacia allí, cuando entró a la escuela vio
a la señora Julia atendiendo el quiosco, ella estaba ocupada y no la vio. Fue hasta el grado de Rigoberto, escuchó los
reclamos de la maestra y le prometió tomar medidas. Antes de irse preguntó:
─Hay otra mujer
atendiendo el quiosquito…
─Sí, es nueva, se llama
Clara Torres, vive en la pensión de doña Anita.
─Me di cuenta que no es
de este pueblo.
─No, se vino de Tucumán,
por un tema de salud. Creo que, por sus bronquios, donde vivía es muy húmedo.
Isaura se despidió de la
maestra y saludó con la mano al nieto que fingía estar concentrado en una
tarea.
Esa noche Isaura no
durmió bien, al primer canto del gallo saltó de la cama y fue a cebarse unos
mates. El Eulogio roncaba, parecía una locomotora. Se acordó del profesor
Carlos Boba, un hombre educado, limpito. ¿Por qué doña Julia lo había dejado?
¿Por qué ella no estaba muerta si su avión había caído? ¿Por qué se hacía pasar
por otra persona? ¿Por qué había elegido su
pueblo para vivir? Muchas preguntas bullían en su cabeza.
Resolvió ir a la pensión
de doña Anita para hablar con Julia. Seguro la encontraría a la tardecita,
cuando se desocupase de su trabajo en la escuela. Pensaba cómo encararla, qué
le iba a decir. No tenía sentido seguir recriminándole, ahora podría vengarse,
eso sí. Vengarse y sacarle provecho.
Cerca de las siete de la
tarde se puso su vestido nuevo, el que usaba los domingos para ir a misa. Era
de una tela liviana parecida a la seda, se calzó sus mejores zapatos y se dio
un toque de lápiz labial. Ella iba a hablar con Julia de igual a igual. Tenía
el coraje y los motivos para no achicarse con esa profesora que se daba aires
de importancia. Ella tendría que
compensarla, después de todo era una mujer rica.
Caminó
diez cuadras hasta la pensión de doña Anita. Golpeó la puerta, la dueña salió a
atenderla:
─ ¿Qué se te ofrece
Isaura?
─Busco a la pensionista
nueva, la que atiende el quiosco en la escuela.
─Se llama Clara Torres
¿quieres que la llame?
─Sí, por favor.
Doña Anita no la hizo
pasar, Isaura no se ofendió. Era mejor así, pensó, para que nadie escuche la
conversación. Cuando vio a Julia perdió la seguridad que la había acompañado
hasta allí. Se olvidó de todo lo ensayado durante el día, sólo atinó a decirle:
―He
pensado ir a Tucumán el fin de semana, ¿quiere que le lleve algo a don Carlos?
―No,
no hace falta.
Isaura
notó el nerviosismo de Julia, la tranquilidad regresó. Ahora ella era la dueña
de la situación. Había llegado la hora de vengarse.
―Voy
a ir, quizás él no sepa que está usted bien.
―Por
favor, no vayas, algún día te contaré, es muy complicada mi situación.
─Quizás no vaya, quizás
la perdone, todo depende de usted.
─ ¿Qué quieres que haga?
─Estoy terminando mi ranchito,
Rigoberto es mi nieto preferido, él necesita una pieza. Está creciendo, no
puede dormir siempre conmigo y mi esposo ¿Me entiende?
─No, no sé qué me queréis
decir.
─Con mil ladrillos será
suficiente, mis hijos me van a ayudar a levantar las paredes.
─Mira, mi situación es
distinta ahora, ya no tengo mis cátedras, estoy separada de Carlos, vivo del
quiosco. Gano poco, sólo para gastos mínimos.
─Bueno, la entiendo, me
voy.
─No, espera, dame unos
días, tómalo como una compensación por la denuncia que te hice. Voy a conseguir para unos quinientos
ladrillos.
Isaura se puso firme,
sabía que tenía la sartén por el mango.
─No, con eso no hago
nada, necesito mil…para empezar.
Julia temió que una
Isaura desconocida, ambiciosa y extorsionadora derrumbase la precaria
tranquilidad que había conseguido en Monte Quemado.
13
Una noche, cuando todos dormían en la
pensión, un grito despertó al viejo y a doña Anita. Fueron corriendo hacia la
habitación de Julia. Se sorprendieron al ver la puerta abierta. En ese momento
la anfitriona salía de la cocina con una taza de té en la mano. Dentro de la
habitación una mujer se retorcía de dolor.
― ¿Qué pasó? ―preguntó el
viejo, lagañoso, vestido con un pijama a rayas raído.
Doña Anita, indiferente
ante el cuadro de la mujer quejándose en el piso, reprochó a su pensionista:
―Usted no puede recibir
gente en su pieza. Y a esta hora…―dijo mientras miraba su reloj pulsera. Cuando
se dio cuenta de que la afectada era Isaura se le acercó.
─¿Qué te pasa?
Isaura gemía y se tocaba
la pierna. Julia les dijo que su amiga no se sentía bien y había ido a la
cocina a prepararle una taza de té. Desde allí había escuchado el grito.
Doña Anita llamó al
hospital. Consiguió comunicarse con el doctor de guardia, su médico personal.
―Tengo un problema, en mi
pensión una visita está con un ataque.
― ¿Qué le pasa?
―Llora y se toca una
pierna, dice que le arde.
―Tiene que traerla.
La ambulancia estaba rota
así que el médico se llegó a la pensión en su automóvil, doña Anita y Julia
cargaron a la mujer en el asiento trasero. Julia explicó al galeno que se
llamaba Isaura Orellana y era su amiga.
En el hospital
descubrieron que tenía en la pierna la mordedura de un ofidio, el cuadro
evolucionaba rápidamente, la pierna presentaba dos puntitos violetas, se estaba
hinchando y poniendo morada y tumefacta. La piel estaba adelgazada y a punto de
ceder, por lo tensa. Isaura, muy acalorada, se quejaba y pedía agua.
El médico llamó a Julia,
necesitaba de su presencia en el hospital. Cuando llegó fue a ver a su ex
mucama. Estaba rodeada por sus familiares. Una cánula conectaba su brazo
izquierdo con una bolsa con líquido que pendía de un soporte metálico. La
enfermera se le acercó, le acomodó las sábanas y la almohada. Le tomó el pulso
y la presión. Isaura parecía inconsciente, sudaba mucho. Sólo un ventilador
refrescaba la atestada habitación.
El médico pidió a los
familiares que se retirasen, necesitaba hablar a solas con Julia.
―Es poco frecuente, ―le dijo―,
la mordedura de serpiente, esta le inoculó un veneno que podría matarla.
― ¿Una serpiente en mi
habitación? No puede ser.
―Sí, hay como veinte
especies en el monte, la poda de árboles y la presencia del hombre las hace
emigrar sin rumbo.
― ¡Increíble! ―Julia puso cara de asombro.
― ¿Usted la vio?
―No, fue todo tan
rápido…cuando comenzó a gritar pensé que le había dado un ataque de hígado o
algo así. ¿ella va a morir?
―No si le administramos
el suero antiofídico específico. Tenemos doce horas, lo importante es saber qué
especie la picó.
Julia salió pensativa, su
plan tambaleaba, ¿acaso era una asesina? Todavía estaba a tiempo de revertir la
situación. Quizás Isaura se alejase de ella, no podía soportar más la extorsión
a la que la sometía, “esta gente es supersticiosa, podría ver lo que le ocurrió
en mi dormitorio como una señal”.
En su afán de sacarse a
la mujer de encima, Julia había ideado un plan que se estaba desarrollando a la
perfección. ¿Iba a echarse atrás? ¿Quién podría imaginarse que en ese remoto
pueblo ella elucubrase un crimen? Algún día se lo contaría a Elena, ella no
solo odiaba a los hombres, las mucamas eran el blanco preferido de sus
críticas. Ahora debía tomar una decisión que marcaría su futuro.
Recordó las presiones de
Isaura: primero fueron los mil ladrillos, luego tres bolsas de cemento y arena.
La ambición de la mujer no tenía límites, la extorsionó también para que le
comprase unas chapas. Julia sentía que trabajaba para su ex mucama y una
caterva de hijos y nietos. Una manga de vagos que vivían de planes y changas.
Se había enterado que el marido de Isaura era alcohólico y los fines de semana
se iba con sus amigos al bar de Toño. El drenaje de dinero la estaba llevando a
la quiebra, debía un mes de pensión a doña Anita y no había pagado a los
proveedores. Su única fuente de ingresos, el pequeño quiosco, tenía cada vez
menos mercadería.
Ahora
se le presentaba un dilema, el médico le había dicho que no podía administrarle
el suero antiofídico sin saber de qué especie era. En el camino hacia la
pensión pensaba, tratando de recordar si el muchacho le había dado el nombre
del animal. Ella no lo había visto, se había limitado a desanudar la cuerda de
la bolsa que Nilo le había entregado.
Cuando llegó encontró a
doña Anita en su cuarto.
―Hemos revisado todo y no
hay ninguna serpiente en su dormitorio.
―Gracias ¡Qué alivio!
Cuando pienso lo que me pudo haber pasado tiemblo.
―Es la vida del campo, ―le
contestó la mujer.
Julia se extrañó al verla
sin su delantal. Claro, era domingo, su día de descanso.
―Sí, me explicaron que
puede ocurrir estando tan cerca del monte.
―Hay mucha tala, los
animales salen en desbandada, el hombre está destruyendo sus nidos.
Mientras conversaba con
la dueña de la pensión Julia recordó, Nilo le había dicho el nombre de la
serpiente, era una yarará.
Le dijo a doña Anita:
―Voy a volver al
hospital.
― ¿Cómo está su amiga?
―No sé, voy a preguntar, ―dijo
saliendo apresurada. Después de todo, Isaura se portó mal conmigo, se merecía
un buen susto. Había decidido que ella no era capaz de asesinar a su ex mucama.
Cuando llegó al hospital habló con el médico de guardia.
―He averiguado qué
serpiente mordió a Isaura Macías. Fue una yarará.
El médico le dio las
gracias y subió en una ambulancia para ir a buscar el suero antiofídico que
salvaría a la mujer de una muerte segura.
***
Cuando la vida en Monte
Quemado parecía haber vuelto a la normalidad, Julia se encontró con Isaura. Fue
una tarde en la plaza en la que solía sentarse los sábados cuando sus amigas
visitaban a sus familias en La Banda y ella quedaba sola.
― ¿Cómo estás Isaura?
―Bien.
― ¿Te has recuperado de
la picadura?
―Sí, gracias por avisarle
al médico el nombre de la víbora que me picó. Usted me salvó la vida.
―No me des las gracias,
era mi obligación.
― ¿Sabe doña Julia? Lo
estuve pensando mucho ¿por qué la víbora me atacó cuando usted no estaba? ¿Fue
cosa del animal o usted lo hizo adrede?
―No puedes pensar que
quise matarte. Me explicaron varias personas, eso sucede a veces por el
desmonte. Quizás el animalito entró cuando dejé la puerta abierta para hacerte
un té.
―Me asusté mucho cuando
vi la víbora, se me apareció como de la nada, con esos ojos chiquitos que me
miraban con maldad. Su lengua, muy negra, se movía dentro de esa boca con unos
dientes filosos, el cuerpo manchado y con escamas. Casi paro la pata.
―Lo lamento, Isaura. Me
alegro que te hayas recuperado.
―Sí, estoy muy bien,
pero, usted sabe doñita, las necesidades nunca terminan, el Ezequiel necesita
una bicicleta para ir a trabajar. Consiguió una changuita en Copo.
Julia se dio cuenta que
había perdido la oportunidad de mandar al otro mundo a la extorsionadora. Pero
ella no era de las personas que se dan por vencidas fácilmente.
***
Julia tenía que tomar una
decisión, no podía seguir viviendo en esas condiciones. Isaura era insaciable
en sus exigencias. Lo mejor era volver a su casa, extrañaba a Joaquín, quizás
Carlos la recibiera bien. También cabía la alternativa de hablar con él y
pedirle el divorcio
Julia dudó mucho antes de
llamar a Guillermo. Se habían puesto de acuerdo que era mejor que cada uno
siguiese su camino. La mujer sólo podía hablar con él, era el único que conocía
su secreto, claro, además de Isaura.
─Hola,
¿cómo estás? ─Le dijo Julia, insegura─ ¿Podes hablar?
─Hola,
Julia, qué linda sorpresa…sí, puedo hablar ¿Cómo estás?
─Todavía
viviendo en este pueblito perdido …te extraño.
─Yo
te extraño también.
─Estoy
en apuros, por una gran casualidad vive aquí una mujer que me conoce. Sospecha
que estoy huyendo y me extorsiona.
─
¡Qué gente! ¿Qué vas a hacer?
─No
sé, quizás vos puedas ayudarme.
─Claro,
contó conmigo. Me gustaría verte ―le dijo Guillermo con un tono seductor.
─
¿Por qué no me llamaste?
─Sí
te llamé muchas veces, me daba “línea fuera de servicio”.
─Claro,
qué estúpida, cambié de número. Por precaución.
─Comprendo.
Te olvidaste de mí. Guillermo le hablaba en un tono en donde el reclamo se
anudaba a un pedido.
─Nos
podemos juntar en la ciudad de Santiago del Estero, tengo que viajar para ahí
por unas compras ─le propuso Julia.
─Bueno,
te busco en la terminal.
El
reencuentro fue en un hotel discreto en las afueras de la ciudad. La pasión no
se había extinguido. Julia amaba realmente a ese hombre.
─Si
pudiese volver en el tiempo…─le dijo, melancólica, mientras lo abrazaba después
de hacer el amor.
─
¿Qué harías?
─Me
casaría con vos y no con Carlos.
─Nos
encontramos tarde ―se lamentó él.
─Sí,
me pregunto ¿Cómo estará mi marido?
─Un
viudo doliente, seguro. No tengo noticias de él.
─Necesito
tu ayuda, la extorsionadora de la que te hablé es una ex mucama que vive en
Monte Quemado. Se dio cuenta de que estoy escondida en el pueblo. Sabe lo del
avión.
─ ¿Qué pensaste?
─No sé, darle un susto.
Tengo que solventar sus gastos y los de su familia. La otra posibilidad es volver a Tucumán,
hablar con Carlos.
─No puedes huir
eternamente. Quizás tu marido ya tiene consuelo.
─Me gustaría saber cómo
está ¿Podes ayudarme?
─Claro, no sé qué tengo
que hacer.
─Hay muchos santiagueños
en Tucumán, ¿conoces a alguien que te pueda dar información sobre Carlos?
─Voy a averiguar.
Esa tarde se reunieron
nuevamente los amantes en el hotel.
─Hablé con el Pelado
López, él trabaja en una investigación con gente de Filosofía. Le pedí que me
consiga datos de tu esposo.
─ ¿Y? ─Julia estaba
ansiosa.
─El Pelado se inventó que
buscaban un profesor para un simposio sobre ética, pidió referencias de Boba a
una auxiliar de la cátedra donde él trabaja. Le dijeron que está de licencia.
Se corre el rumor de que lo obligaron a tomar esa licencia porque se sacaba con
sus colaboradores, específicamente con las mujeres que trabajan con él.
─Son malas noticias.
14
El vehículo se paró en
las puertas del Poder Judicial, un enorme edificio, antiguo y majestuoso.
Guillermo tembló, sabía que el juicio podía terminar en condena, la que lo
llevaría a vivir encerrado el resto de su vida.
Subió
las escalinatas de ingreso y se encaminó por un pasillo para dirigirse a donde
se ubicaba la Sala II que lo juzgaría. A su lado iba el Chino y dos policías.
En el trayecto escuchó una voz que lo llamaba. Era su esposa, la saludó con la
mano y siguió caminando. Una vez en la planta alta recorrió otros pasillos Balaustradas
de cemento hacían las veces de barandas de contención.
Por
un momento, Guillermo contempló la posibilidad de treparse a ellas y arrojarse
al vacío. El Chino lo tomó del brazo como si adivinase sus pensamientos.
Cuando
los hombres entraron a la Sala, Guillermo observó que, sobre una tarima, estaban
los jueces, vestían de traje, su gesto adusto transmitía fastidio y recelo. Estaban
sentados detrás de un estrado de madera de roble. Para destacar su importancia,
se ubicaban a mayor altura del piso que el resto de los asistentes.
Había
muy poca gente. El acusado observó una hilera de bancos vacía. Él era el protagonista
del juicio, todas las miradas lo seguían hasta su ubicación a la derecha de sus
juzgadores, a la izquierda la fiscal parloteaba con un colaborador.
El juicio duró dos
semanas, todos los días Guillermo se afeitaba y vestía con saco y corbata. Su
esposa lo apoyaba en este momento tan difícil y había procurado que se
presentase correctamente vestido. Había adelgazado mucho por lo que ella le había
comprado una camisa blanca y un traje adecuados a su nuevo cuerpo.
El secretario del tribunal
leyó la acusación: doble homicidio calificado agravado por femicidio. El
presidente del tribunal le dijo al acusado:
─Póngase de pie. Se le
informa de su derecho a no declarar sobre sí mismo y a no confesarse culpable.
Si va usted a declarar, responda a las preguntas del Ministerio Fiscal.
El doctor Lugones
expresó:
─Mi defendido no ha
resuelto todavía si va a declarar.
La fiscal comenzó dando
una semblanza de la víctima, una madre ejemplar, profesora de colegios
secundarios y de la universidad, una mujer honesta y joven cuya vida fue
sesgada por el acusado. Un hombre que, pretextando consultarla por un trabajo
profesional, la sedujo y llevó al adulterio. Cuando mató a la occisa también
asesinó al hijo nonato de ambos. La semblanza emocionó a Guillermo hasta las
lágrimas. El abogado defensor le reprochó esta conducta, “no querrás que
piensen que lloras porque te carcome la culpa”.
La fiscal no dio tregua
al torbellino emocional que sufría Galindo, presentó como primer testigo al
médico forense que realizó la necropsia de Julia. Ella sufrió lesiones en la
cara, contusiones en el ojo y pómulo derecho, presuntamente a causa de un
puñetazo. Lo que provocó su muerte fue una herida en la carótida que le produjo
un schok hemorrágico. Se trataba de una
herida corto contusa presumiblemente realizada con un arma blanca. La mujer no
pudo sobrevivir a la gran pérdida de sangre que la lesión le produjo. El médico
aseguró que la víctima fue asesinada en otro lugar y luego trasladada hasta las
yungas. Se desconocía cuál había sido la escena del crimen, en la ropa de Julia
Boba se encontró vegetación no compatible con la de la zona donde la
enterraron. Los estudios de laboratorio revelaron que en el cuerpo de la mujer
había material genético del acusado, el feto presentaba ADN compatible en un
99.99% con el de Galindo.
Guillermo trató de
controlar su angustia, conocía algunos detalles de la autopsia, pero escucharla
en el juicio le dio la dimensión del sufrimiento de Julia, salvajemente
golpeada y herida por su agresor. Estaba seguro que el marido la había matado
pero las autoridades habían considerado falaces sus palabras. Creían que sólo
buscaba liberarse de culpa y cargo.
El encargado de las
cabañas en El Frontal declaró sobre las discusiones de la pareja y dejó muy mal
parado a Guillermo a quién describió como un hombre agresivo que había
maltratado a Julia. Había escuchado que él le gritaba que de ninguna forma se
iba a separar de su esposa ni dejar sin padre a sus hijos.
El comisario Córdoba
narró cómo había encontrado el cuerpo y el procedimiento seguido para
resguardar las pruebas. También informó sobre la primera etapa investigativa a
su cargo. Las conversaciones con los sospechosos, el acusado y el esposo de la
occisa, señor Carlos Boba a través de interrogatorios en comisaría habían
descartado al último. Se entrevistó al profesor Enrique Salinas que dio una
coartada precisa sobre un trabajo que hicieron con el profesor Boba en el
horario en que fue asesinada la señora Julia Caramutti, entre las dos de la
tarde del día veinte de mayo y las dos de la mañana del día siguiente, según
estimaciones del perito forense.
La fiscal presentó a una
testigo de que había visto al señor Galindo junto a la víctima en el horario
probable de su defunción.
El informe
psicodiagnóstico que una perita del Gabinete Psicosocial realizó al señor
Galindo reveló:
El
señor Galindo padece de una depresión por situaciones de pérdida actuales y
pasadas. La misma es acompañada por trastornos en el sueño, inapetencia y
dolores estomacales. De las diferentes pruebas realizadas se observa que el
paciente posee las funciones superiores conservadas, no presenta dificultades
en el manejo temporo espacial ni psicopatologías severas. La impulsividad es
una de las características de su personalidad. Posee dificultades para contener
su agresividad, conflictos en las relaciones personales e inestabilidad. No obstante,
aparecen indicadores de creatividad y recursos yoicos. Su nivel intelectual
supera la media. Las situaciones triangulares le generan incomodidad,
incógnita, descubrimiento.
El “Chino” arremetió
contra el informe sobre todo lo referido a la impulsividad y las dificultades
para contener su agresividad.
─En su experiencia, ¿esas
características del acusado aparecen con frecuencia en el resto de la población?
─Así es, esos rasgos de
personalidad aparecen con frecuencia en hombres y mujeres.
─¿Y cuál sería entonces
la diferencia con un asesino?
─La mayoría de las
personas puede controlar sus pulsiones agresivas a través de diferentes
mecanismos aprendidos en su proceso de socialización.
─¿El señor Guillermo
Galindo podría pertenecer a ese grupo?
─Si, no se detectaron
indicadores de desbordes violentos.
A pedido de la fiscalía
también se presentó a declarar la psicóloga que realizó una autopsia
psicológica de la víctima. Sus conclusiones fueron de que se trataba de una
mujer que padecía de un cuadro de histeria leve, egocéntrica, centrada en su
carrera profesional y con gran adherencia a su único hijo. Su relación
matrimonial atravesaba una crisis, pero no había indicios de que tuviese
intención de separarse del marido todavía. No se encontraron signos de
trastornos psicopatológicos ni adaptativos. La profesional explicó al jurado
que había recurrido a entrevistas con amigos, familiares y colegas para
reconstruir las características de la personalidad de la señora Julia
Caramutti. El abogado del acusado
aprovechó este informe para repreguntar sobre la relación matrimonial de la
víctima y arrojar sospechas sobre el marido.
─Licenciada, ¿pudo usted
sacar alguna conclusión sobre la vida matrimonial de la víctima?
─Sí, el matrimonio estaba
en crisis.
─¿Pudo deducir los
motivos de tal crisis?
─Había conflictos con
respecto a las ocupaciones de la señora Boba, ella trabajaba mucho y estaba
poco tiempo en la casa, también se presentaban otros problemas que hacían a la
vida íntima de la pareja.
─¿Pudo deducir si el
señor Boba era violento con ella?
La fiscal Lanús objetó la
pregunta. No iba a permitir que el juicio se desviase hacia el esposo. Él no
estaba siendo juzgado.
El tribunal deliberó y su
presidente no dio lugar a la objeción:
─Le vuelvo a preguntar, ―dijo
el Chino:
―¿El señor Boba era
violento con su esposa, la señora Julia Caramutti?
─No, y no hay
antecedentes de violencia tampoco de su anterior matrimonio con la señora
Mafalda Cortone.
El abogado defensor hizo
desfilar cantidad de testigos que pudieron dar fe de la hombría de bien de
Guillermo. Presentó a su esposa, unos alumnos y compañeros de trabajo de
Galindo. La esposa intentó justificar el adulterio del acusado diciendo que
estaban pasando un momento difícil en su matrimonio, pero no convenció a nadie.
Hacía gestos con las manos y transpiraba, miraba hacia abajo, evidentemente
estaba mintiendo. La fiscal no hizo preguntas, nadie podía obligarla a declarar
en contra del marido.
La prensa de Tucumán y
Santiago del Estero siguió con atención las alternativas del juicio y los
periodistas se agolpaban por obtener declaraciones del acusado.
El doctor Lugones se
esmeró en su defensa: el hecho que su cliente tuviese una camioneta azul, su semen
en el cuerpo de la occisa, la discusión en El Frontal de la que la fiscalía
presentó un testigo eran pruebas circunstanciales. Señaló que los peritajes en
la camioneta y la casa del acusado no dieron resultados inculpatorios para su
cliente. Trató de desacreditar a la testigo que dijo haber visto a Galindo con
la señora Boba en un bar de la Avenida Aconquija en la franja horaria en que se
presume la mujer fue asesinada. También presentó una prueba importante: el
celular del acusado no había sido activado en los lugares en los que se
desplazó el presunto asesino para enterrar a la víctima.
La fiscal convenció a los
jueces de la validez de su principal testigo de cargo, la señorita Hortencia
Rodríguez. Ignoraba que la mujer era una hermanastra de Carlos Boba que estaba
dispuesta a hacer lo que el viudo le pidiese. Siempre había estado enamorada de
él.
Para la prueba del
celular la doctora Lanús llamó a un técnico, gracias a la habilidad de su
interrogatorio dejó establecido que Galindo podría haber dejado el aparato en
su casa cuando viajó a Tucumán a asesinar y enterrar a Julia.
El
tribunal falló en contra del señor Galindo, declarándolo culpable de la muerte
de la señora Julia Caramutti de Boba. Los hechos expuestos y las pruebas
documentales, testimoniales y periciales presentadas dejaban en claro, más allá
de toda duda razonable, que el acusado cometió el crimen, estando plenamente
consciente de sus actos y del daño que éstos eran capaces de producir en la
víctima. La intencionalidad de matar estaba probada. Si bien no pudo
encontrarse el arma homicida, los informes del cuerpo de peritos médicos
indicaban de que se trataba de un elemento corto punzante. La fiscalía había
conseguido demostrar que el móvil que desencadenó el crimen fue el embarazo de
la víctima que ponía en riesgo la situación matrimonial del señor Galindo.
El acusado fue condenado a veinticinco años de
prisión. Guillermo no sólo perdió su libertad: su esposa pidió el divorcio y
sólo una hija y su hermana lo visitaban en el Pabellón cinco de Villa Urquiza.
15
Guillermo se despertó de
un raro sueño, estaba preso en una habitación donde en una pared brillaba una
gigantografía de Nueva York de noche. Los puentes y rascacielos sobre el río
Hudson, la serpiente roja del tránsito, deleitaban sus sentidos. Una lagartija
de color verde manzana lo miraba desde un rincón. Una mujer de cabellos rojos
le daba masajes en la espalda. Por el amplio ventanal entraba el sol de la
mañana. Cuando abrió los ojos vio que la foto no era más que una gran mancha de
humedad en la pared, la lagartija era una rata que movía sus ojitos y bigotes
estudiándolo. La mujer de cabellos rojos había desaparecido y el ventanal no
era más que un alto ventanuco con gruesas rejas mal pintadas de verde.
Su vida no era vida. Lo
había perdido todo. El
día que entró en la prisión y la puerta se cerró detrás suyo sintió una extraña
sensación, la puerta que se cerraba a sus espaldas de un golpe seco quedaría
para siempre en su memoria. Las palabras
afuera y adentro habían tomado una espesa consistencia en su vida.
Su abogado le había dicho
que, si tenía un buen comportamiento, iba a gestionar permisos de salida. El
tiempo era eterno. Consiguió una autorización para seguir investigando y terminar
su tesis. El trabajo en la carpintería del penal le hizo vivenciar esa cualidad
de usar las manos para hacer un producto concreto, real y útil. ¿Acaso sus
publicaciones podían equipararse? ¿Eran útiles o inútiles?
Desde su juventud no
había hecho otra cosa que hablar, escribir, dar conferencias, inventar frases,
buscar expresiones, las palabras eran el centro de su mundo. Ellas poblaban sus pensamientos ¿qué eran? ¿Un
producto de la mente surgido de cientos o miles de sinapsis neuronales que
vagaba por el cerebro como circula la sangre en el cuerpo?
Recordaba el día en que
lo llevaron al penal de Villa Urquiza. Estaba nublado y Córdoba salió a
despedirlo. Lo trasladaron esposado en una camioneta de doble cabina. Atravesaron
la Ciudad muy temprano, no había mucho tránsito a esa hora. De pronto, un
edificio muy alto con garitas que sobresalían cada ocho o diez metros le indicó
que habían llegado. Dos policías lo acompañaban, pasaron por varios controles
hasta llegar a una celda donde perdería su identidad, su vida…la cárcel sería
como un paréntesis entre un antes reciente y un lejano después.
Entendió que el pudor era
lo primero que debía dejar atrás. Lo desnudaron y revisaron. Un policía le dio
unos cachetazos innecesarios ¿acaso él estaba desobedeciendo alguna norma?
Seguramente había allí muchas reglas que no estaban escritas en ninguna parte.
Códigos tumberos, se dijo.
Sus pertenencias habían
quedado también atrás, no podía llevar una cadena de oro que Julia le había
regalado, ni las fotos de sus hijos, ni miles de objetos que atesoraba como
pequeños trofeos donde los recuerdos y la cronología se entremezclaban. Rememoró
el día en que caminaban cerca del dique El Frontal y Julia encontró una pequeña
piedra gris en forma de corazón. Esa noche se la regaló con una dedicatoria
“Por siempre te amaré”. ¿Cuánto había
durado el “por siempre”?
Guillermo era un bicho
raro en esa prisión de paredes descascaradas donde el hacinamiento y los olores
nauseabundos le hacían sentir que estaba en una cloaca. A los pocos días de
llegar se hizo un amigo en la biblioteca del penal. Apenas había cumplido los
dieciocho años y ya tenía un frondoso prontuario. Algunos le decían Ariadna, otros
Chicho. Le contó a Guillermo que él había descubierto a Dios gracias a las
visitas de un grupo católico, Palestra. Era la primera vez que alguien le
mostraba un camino distinto y le daba esperanzas de una vida al servicio de
causas nobles. Le habían dejado un pequeño libro con oraciones y pidió al
profesor que le ayudase a leer. Sólo había completado el tercer grado y estaba
casi olvidado de cómo hilvanar las letras para dar sentido a ese mundo nuevo
que amanecía como futuro y promesa. Guillermo sabía que era uno de los secuaces
de la banda del Buda. Le pareció que Ariadna necesitaba aferrarse a algo, la
religión podía ser su salvación. Presentía que en la cruda realidad de la
cárcel sólo las alianzas tumberas y la violencia garantizaban la supervivencia
¿Acaso él podía juzgar las contradicciones de los demás? Su misma vida era un
ejemplo de incoherencia que dejaba traslucir su desdén por alinear sus palabras
con sus acciones y pensamientos.
16
Habían
pasado tres meses de la muerte de Julia, Carlos se levantó temprano y comenzó a
prepararse el desayuno. Sintió un ruido en la puerta. Alguien la estaba abriendo.
Pensó que era Joaquín.
Cuando
vio a Julia, tan hermosa que parecía un ángel, creyó estar ante una aparición,
casi se vuelca la taza con café encima. A duras penas pudo apoyarla en la mesa
y sentarse. No era una construcción de
su mente. Lo comprobó cuando la mujer comenzó a hablar.
―Hola ¿cómo estás? ¿dónde
está Joaquín?
Julia hablaba como si
nada hubiese pasado, como si volviese de trabajar. Trataba de parecer despreocupada
pero su voz delataba que estaba asustada, era quebradiza y tambaleante.
Carlos
balbuceaba:
─El
avión, la explosión, los muertos...
─No,
tontito, al final no viajé en ese avión.
El
hombre estaba conmocionado, cuando se recuperó le dijo:
─Puta, estuviste con tu
amante y apareces ahora, así como si nada.
─Tranquilízate, tenemos
que hablar como personas civilizadas.
La rabia dibujaba en las
facciones de Carlos a un monstruo, la cara roja, los ojos inyectados en sangre,
el cuerpo en tensión como una fiera a punto de dar un salto. Se abalanzó sobre
ella y le dio una trompada, Julia cayó pesadamente al suelo. Acostada boca
arriba miraba al marido parado a su lado. Trató de levantarse:
─No me hagas daño ─rogó.
Carlos tomó un cuchillo que
estaba en la mesa de la cocina, la apuñaló varias veces. Julia, haciendo un
esfuerzo sobrehumano, se paró y salió corriendo hacia el baño. Una vez dentro,
puso el pasador. Los golpes en la puerta eran aterradores.
─Abrí, puta. Salí de ahí ─sus
gritos resonaban en toda la casa.
Julia temblaba, le
respondió:
─Volví
porque no puedo vivir sin ustedes…vos y Joaquín son lo único importante para
mí.
El
profesor se puso más furioso, “esta pensaba en borrarse para siempre” rumiaba,
en ese momento era una bestia. De una patada tiró la puerta abajo. Quedó
paralizado cuando vio que no había nadie en el baño; corrió la cortina de la
ducha, Julia no estaba allí. Miró hacia una pequeña ventana que daba al jardín,
seguramente ella había salido por esa abertura. Corrió en su búsqueda. Tampoco
estaba en el jardín, ¿por dónde habría escapado? Carlos miró el cerco de
ligustros, ¿podría haber trepado por ahí y saltado al patio del vecino?, ¿o
aprovechado un sector donde el perro cavó un agujero? Desesperado pensó en
Enrique, él siempre estuvo cuando lo necesitó. Ahora dudaba en llamarlo.
Desde que estaba de
licencia había recibido dos visitas del amigo.
―Viejo,
has vivido una historia de mucho estrés, hace los tratamientos y te vas a
recuperar.
―Vos,
a quien yo creía mi mejor amigo, me has traicionado.
―Todo
el tiempo te estabas peleando con las mujeres, alumnas, auxiliares…seguro por
la bronca contra Julia.
―¿Ahora
sos psicoanalista? ¿Me vas a interpretar?
―No
te enojés Carlos, siempre voy a estar con vos, en las buenas y en las malas,
sigo siendo tu mejor amigo.
Carlos buscó el teléfono
y llamó a Enrique.
─Amigo,
necesito tu ayuda.
─¿Qué
pasó? ─ Enrique escuchaba la voz agitada de Carlos al otro lado de la línea.
─Julia
volvió.
─¿Qué
te pasa? ¿Has estado bebiendo?
─No,
ella no tomó el avión.
Enrique
se quedó callado, necesitaba tiempo para asimilar esa noticia. ¿Estaría delirando? Al fin dijo:
─¡Qué
bueno! ¿Qué alegría? Tenemos que salir a festejar ¿En qué te puedo ayudar
ahora?
─Me saqué, le pegué mal.
─¿Está muy lastimada? ─Enrique
seguía dubitativo.
─No sé, se escapó.
─¿Cómo fue?
─Llegó como si nada, me
enfurecí, le pegué una trompada. Ella se refugió en el baño y de ahí saltó por
una ventanita al jardín. Pero no la encuentro, no sé si escapó por un agujero
que hay en la cerca de ligustros que da al vecino.
─Viejo ¿estás de nuevo
con la coca? Es importante que hagas un tratamiento con el doctor Marazza, es
un psiquiatra especialista en adicciones.
─No me crees, ─le dijo
Carlos sollozando.
─Calmate, viejo, todo
tiene solución en esta vida. ¿En qué te puedo ayudar?
─Decime ¿qué hago? Pensé
en buscarla por el vecindario, pero no sé. Quizás ella vuelva a irse con el
tipo, quizás me denuncie. Vení, por favor.
─Tranquilízate, salgo
para tu casa en cinco minutos.
Carlos colgó el teléfono;
mientras esperaba a Enrique volvió a revisar el jardín, percibió con sorpresa
que la manga derecha de la camisa estaba machada con sangre. ¿Cuán grave sería
la herida que había infligido a la esposa? Se dio cuenta del odio y la furia
acumulados durante esos meses. ¿Había sido un acto de venganza? Muchas veces se
había preguntado: ¿por qué su infidelidad le había afectado tanto? Incluso más
que su muerte. ¿Era por su amor propio herido? Esa explicación se la había dado
Enrique.
─Viejo, parece que tu
amor propio se fue por el inodoro ¿No me vas a decir que sólo se basaba en
Julia, su cariño y fidelidad? ¿No valorás tu doctorado? No cualquiera es
profesor de la facultad. Tenés un hijo.
Carlos comenzó a buscar
en el Alcanfor y la tierra manchas de sangre, estaba casi seguro que ella había
escapado por allí. Se preguntó ¿Podría
una persona herida treparse a un árbol y saltar sobre el cerco vegetal? Es el
instinto de supervivencia, concluyó. Más fuerte que cualquier otro.
Miró con detenimiento al alcanfor
y la hilera de ligustros, examinó de nuevo el hueco en un sector de la tupida
formación. Se acercó buscando huellas de pisadas o de sangre. No encontró nada.
Estaba en esas elucubraciones cuando vio a Toribio, el caniche de Julia, mover
la cola, su hocico apuntaba hacia una pequeña construcción donde guardaban los
elementos para cuidar el césped y podar las rosas. Era una casilla de madera
que primero había servido para los juegos de Joaquín. La habían instalado en
una gruesa rama del árbol, el hijo jugaba a que era Tarzán de la selva. Cuando
el chico creció, Julia le pidió que bajase la casita para usarla para guardar
herramientas.
Miró detenidamente al
perrito, muchas veces se refugiaban las ratas y el animalito se esforzaba por
cazarlas. De pronto vio un hilito rojo colarse por debajo de la casita y
manchar el césped.
Sintió
su propia sangre palpitar en sus sienes, la sorpresa lo paralizó. ¿Ella estaba
ahí? La tenía a su merced ¿completaría la faena? Quizás le perdonase la vida. Se
dirigió hacia allí, caminaba con sigilo, lamentó que Toribio ladrase armando un
gran barullo. No permitiría que Julia se escapase de nuevo. Cuando abrió la
puerta, la vio acurrucada en un rincón. Le llamaron la atención sus ojos:
estaban abiertos, inexpresivos. Se le acercó con lentitud, seguro se trataba de
una inmovilidad fingida. Carlos le sujetó
una mano, estaba laxa, puso sus dedos índice y medio en la muñeca para tomarle
el pulso, no sintió sus latidos, estaba muerta. Suavemente la alzó y la sacó de
ahí acostándola en el césped, observó que presentaba moretones y heridas en la
cara y en distintas partes del cuerpo.
Entonces tomó conciencia de la furia que lo había dominado.
Se
sentó a su lado con la mirada extraviada. Cuando se recuperó del shock, acusó al otro, a la bestia, por
el crimen. Entonces arrastró el cadáver hasta el baño. Con el mismo frenesí que
había matado a la esposa, comenzó la tarea de limpiar todo, un reguero de
sangre había trazado un camino desde el jardín hasta el baño. El único testigo,
Toribio, ladraba sin comprender nada.
Lo
más difícil vendría después: deshacerse del cadáver. En ese momento sintió el
timbre, era Enrique.
─Amigo,
necesito tu ayuda ─lo abrazó llorando.
─¿Qué
pasó? ¿Dónde está Julia? ─Enrique sonaba preocupado─ ¿Te lastimaste? Señaló
unos raspones que Carlos tenía en la cara y un brazo.
Con
un gesto, lo llevó al baño. Enrique quedó shockeado
cuando vio a Julia en el piso, ensangrentada, muerta. Todavía tenía los ojos abiertos,
inmóviles. Su rostro presentaba manchas moradas por los golpes recibidos, la
ropa estaba llena de sangre y la rigidez comenzaba a adueñarse de su cuerpo.
Tenía el aspecto de un maniquí apaleado.
Enrique le dijo:
─¿Cómo pudiste hacerle
eso?
Carlos no lo escuchaba,
repetía:
─La
maté…maté a mi esposa… fue un accidente.
Enrique
fue a sentarse, no lograba asimilar lo que veía y escuchaba. Parecía que estaba
teniendo una pesadilla y quería despertar.
─Tenemos
que llamar a la policía─ dijo luego de largos minutos.
─No,
no quiero ir preso ¿quién se ocupará de Joaquín?
─Pero…
¿qué pasó?
Discutimos,
ella se me abalanzó con un cuchillo y forcejeamos.
─Por
favor, llamá a la policía.
─No,
Enrique, por Dios ayúdame, tenemos que enterrarla. Ella está muerta
oficialmente desde que el avión se estrelló. ¿Te acuerdas de las fotos con un
tipo? Se fue con él de luna de miel. La
perra volvió, ─Carlos comenzó a llorar.
─Te
mandaste un cagadón, pero podés alegar emoción violenta. Después de todo, desde
que ella se fue vos no estás en tus cabales.
─Se
presentó hoy como si nada, me sacó de quicio. Necesito tu ayuda para
enterrarla.
─Llamá
a la policía, viejo, ─le respondió Enrique, todavía estaba bajo los efectos de
la escena que acababa de presenciar.
Carlos
le rogó que lo ayudase, insistía ¿acaso ella no estaba oficialmente muerta?
─Voy
a perderlo todo, fue un momento de emoción violenta. ─rápidamente había hecho
suyas las palabras del amigo.
─¿Crees
que es tan fácil deshacerse de un cadáver?
─La
podemos llevar a Ticucho.
Enrique
recordó los agrestes y aislados paisajes de las yungas y asintió. Se estremeció
al pensar que esas aventuras de pesca con Carlos ahora iban a ser el escenario
de una tumba anónima.
SEGUNDA PARTE: INVESTIGACION
17
El
comisario Córdoba se paró a mirar la vidriera del pequeño local ubicado en una
galería céntrica de San Miguel de Tucumán. Era una de las diez casas de
tatuajes que había en la Ciudad. La investigación de un crimen lo había llevado
a ese insólito lugar. Un logo daba cuenta de su nombre y actividad: K’ arma Tattoo Body Piercing. En el
escaparate sobresalía un dibujo: un ancla con una flor en el medio con la
leyenda Tatuajes Color 20% de descuento.
También exhibían infinidad de aros para piercings y fotos. Le llamó la atención
una de ellas: era de una mujer con el rostro tatuado y esos adornos de acero en
la nariz, la lengua, las orejas y las cejas. Parte de la cabeza, alrededor de
la oreja izquierda, estaba rapada para permitir que luciera un ramillete de
flores rojas. El comisario detestaba esta costumbre tumbera; definía a sus
acólitos como “locos y drogadictos”.
Empujó
la puerta vidriada y entró. Una campanilla sonó, anunciando su presencia. Del
interior salió un joven de barba, muy musculoso, con ambos brazos tatuados.
Córdoba había conversado con él por teléfono el día anterior y le pedía
colaboración para identificar a la víctima de un asesinato. El cadáver tenía un
pequeño tatuaje en el cuello: era el símbolo del infinito adornado con
diminutas manchas de colores, un corazón y las patitas de un perro.
Córdoba
le mostró las fotos de la occisa y las del tatuaje. Karma reconoció el dibujo y
a su portadora.
─Yo
hice el tatuaje a esa mujer y a su hijo; vinieron con el esposo de ella. Estuve
buscando entre mis papeles; son el señor Carlos Boba y su esposa Julia.
El tatuador fue a un mueble con cajones,
después de buscar entre unos papeles sacó un formulario firmado por el
matrimonio autorizando que le hiciese el tatuaje al hijo.
Si
bien era un símbolo del infinito era un pedido común, él solía escribir en la
piel una pequeña k, era su sello que, a simple vista, pasaba desapercibido. El
comisario Córdoba salió contento, esta información podía servir para
identificar el cuerpo que habían enterrado en su jurisdicción; la comisaría de
El Cadillal.
Recordaba
el día en que lo llamaron de la comisaría. Un denunciante anónimo había visto a
dos hombres llegar en una camioneta Toyota de color azul a un desolado paraje
camino a Ticucho. De la caja del rodado bajaron una bolsa negra con lo que
parecía un cuerpo. Él estaba en ese momento en su cabaña de El Cadillal tirado
en la cama mirando la televisión. Inmediatamente se levantó y comenzó a
vestirse.
El
oficial Reynoso lo esperaba en la puerta de la comisaría situada en la entrada
de la Villa. Reynoso le alcanzó un papel; en él había anotado una serie de
datos de la denuncia: la descripción de los hombres, del vehículo y del lugar
donde estaba enterrado el supuesto cadáver. Era en un punto de la ruta
provincial 312, un camino de tierra muy poco transitado y despoblado que
bordeaba el dique y terminaba en Ticucho.
─Lo
primero es hacer una inspección ocular, puede ser una denuncia falsa ─le dijo.
Con
ese propósito partió con su ayudante hacia el lugar indicado por el
denunciante. Buscaron durante dos horas hasta que, cansados, decidieron
emprender el regreso. Córdoba insultaba
por lo bajo: “Estos pelotudos con sus bromas pesadas”. Subido a la camioneta,
el comisario hizo una maniobra para retornar y vio, por el espejo retrovisor,
un montículo de tierra. Frenó y, de un salto, bajó de la camioneta. Alcanzó una
pala a Reynoso y lo puso a cavar. La tierra estaba recién removida y no resultó
difícil llegar al objeto enterrado: una bolsa negra. Con sólo mirarla se dieron
cuenta de que era un cuerpo humano.
─Precinte
la zona, voy a llamar a Criminalística, ahora es el turno de ellos ─le dijo.
El
apacible y agreste paisaje que ofrecen las yungas fue alterado ese día por la
visita de tres vehículos con policías y el equipo forense. Con las precauciones
del caso, se llevaron el cuerpo en una camioneta hacia la morgue.
***
Unos
días después del hallazgo del cadáver, Córdoba tenía en sus manos el informe de
Criminalística: era un caso de femicidio: una mujer de 39 años aproximadamente,
un metro setenta de estatura. Presentaba heridas de arma blanca en diferentes
partes del cuerpo. Las dos primeras en la garganta causaron su muerte. Se
recogieron muestras para analizar huellas biológicas de terceros en el cuerpo
de la mujer. A pesar de que se encontró semen, los médicos afirman que no fue
violada. Cursaba un embarazo de cuatro meses.
Córdoba
dejó el expediente, pensativo. Su oficina estaba en la planta alta de la
comisaría, desde allí observó el paisaje. Le gustaba ver cómo el camino trepaba
la pequeña y ondulante serranía. Los diferentes tonos de verde hacían contraste
con el techo rojo de las casas y daban una nota de color a la carretera que
llevaba al lago por la ruta 347.
Estaba
amargado, no tenía nada concreto. La prensa ya había comenzado a hablar del
asesinato: le llamaban “el crimen de las yungas”.
En
ese momento entró corriendo el oficial Reynoso.
─Jefe,
jefe ─decía exaltado─ Mire ─y puso ante sus ojos un celular con una imagen macabra.
─ Es el cadáver de la señora que encontramos en la ruta.
─Ya
no respetan ni a los muertos ─le respondió.
El
comisario observó las fotos: se veía la rigidez de la muerte, la cabeza y el
cuello de un color verdoso. Su rostro estaba irreconocible. Le llamó la
atención un pequeño tatuaje en el cuello.
Rápidamente
apartó la vista, estaba impresionado, si hasta le pareció oler los gases
nauseabundos de la muerta. Ya no llevaba la cuenta de cuántos cadáveres había
visto en su vida profesional. A veces soñaba con ellos, era como una película
de zombis, los muertos lo perseguían con sus movimientos rígidos y cuerpos
deformes.
Recordó que, cuando fue
trasladado desde la comisaría Segunda a El Cadillal, creyó que sólo se toparía
con robos menores y peleas de borrachos. Evidentemente, se había equivocado.
Hacía unos pocos meses que estaba trabajando en su nuevo destino y ya tenía que
investigar un crimen. Le resultó muy
conflictivo el cambio, pero era eso o perder el puesto. “Todo por culpa de esa
loca que me acusó de querer matarla”. Llamaba así a su ex esposa que lo había
denunciado por amenazarla con su arma reglamentaria. El comisario la acusó de
mentirosa y falaz, pero no pudo evitar que le quitasen el arma y lo
suspendieran. Fue a hablar con el jefe de Policía, su amigo, el Comisario
General Domingo González, Mingucho para los amigos. “No podemos tener más femicidios dentro de la
fuerza” le había dicho. Córdoba le confió que le gustaban las mujeres y salir
de noche, pero no había agredido a su esposa ni amenazado con un arma.
El
Jefe de Policía lo tranquilizó, le explicó que por protocolo tenía que ver a la
licenciada Mariela Espeche, para que certifique su estado de salud mental, si
informaba que podía controlar su impulsividad, podría seguir en la fuerza.
Dos meses después, le
llevó el certificado de la psicóloga a Mingucho. El jefe lo leyó atentamente.
─Está
bien, pero vas a tener que trasladarte a cumplir funciones en El Cadillal.
─¿Estoy
castigado?
─No
lo tomes así. Esos verdes paisajes te devolverán la tranquilidad. Y será sólo
por un tiempo.
Un
llamado interrumpió sus pensamientos, era de Romina.
─Hola,
estaba pensando en vos ─le dijo con voz cariñosa. Iba a salir esa noche con su
joven novia.
Córdoba recibió un llamado el día en que se
había quedado hasta después de hora para completar una estadística que le
pidieron sus superiores. Él mismo atendió: escuchó la voz de un hombre. Le
dijo:
─Quiero
informar sobre la mujer encontrada en el camino a Ticucho.
─¿Quién
es usted? ─le preguntó Córdoba.
El
hombre le respondió:
─Sólo
puedo decirles el nombre de la mujer: Julia Boba. Y cortó.
El
comisario se quedó pensando, ¿será una broma pesada? Recordó que, cuando era
niño, le gustaba hacer bromas por teléfono. Más de una vez su madre le había
dado una reprimenda. “Historia antigua”, se dijo. Anotó el nombre de la supuesta víctima. Como
sea, era una pista, quizás alguien la reconoció en las fotos que subieron a
Internet, pensó. Las imágenes se habían viralizado; “la gente es muy morbosa”.
No
tuvo que ir muy lejos para saber de quién se trataba, consultó en el buscador
de su celular. Había una sola Julia Boba en Tucumán, figuraba en Google y en
Facebook. En realidad, se llamaba Julia Caramutti de Boba. Era profesora de la
universidad. Hace unos meses había fallecido en un accidente de aviación. En
las redes sociales la despedían. El comisario no terminaba de entender cómo se
puede despedir así a alguien. Muchos le daban el pésame a la familia y le
escribían frases cariñosas a la muerta. “Mandar mensajes a un muerto es el
colmo” pensaba.
El
llamado anónimo era una pista falsa, concluyó. “Si la mujer falleció en un
accidente de aviación hacía tres meses ¿cómo es posible que la hayan enterrado
en las yungas?”
Recordó
las fotos del cadáver y se estremeció. Quizás ese pequeño tatuaje en el cuello
podría servir. ¿Cuántas casas de tatuajes había en Tucumán? Volvió a consultar en Internet. Se sorprendió:
había diez locales en los que ofrecían lo que llamaban Tatoo, nombres como
Inkubo, Chuky, Karma. Leyó una de las recomendaciones, era de un cliente que
decía “Excelente trabajo, voy a volver porque necesito una dosis de tinta”.
Córdoba no podía creer, le parecía que hacerse un tatuaje era un vicio
diabólico.
Al día siguiente llamó a
Criminalística para que le consiguieran una fotografía lo más nítida posible
del tatuaje. Preguntó a los expertos:
─¿Cuánto
tiempo podría mantenerse el tatuaje?
─Los
tatuajes no se deterioran después de la muerte. Cuanto antes le mandamos la
imagen ampliada, ─fue la respuesta.
Cuando
llegó la fotografía a la comisaría, Córdoba mandó al oficial con la foto del
dibujo a los Tatoo de la ciudad. Dieron con uno que decía que lo había hecho
pero que no recordaba a quién.
Dos
días después resolvió ir personalmente al negocio del tatuador en San Miguel de
Tucumán.
Salió
pensativo del negocio de Karma, “voy a hablar con la fiscal”, se dijo. Cuando
arribó a la comisaría la llamó.
─Tengo
una pista que nos puede llevar a identificar a la víctima de El Cadillal.
La
doctora Lanús se comprometió a llamar al tatuador para que ratifique sus
declaraciones ante la fiscalía.
Había
un cabo suelto: ¿sería posible que la mujer no hubiese subido al avión
siniestrado?
19
Esa mañana amaneció con un cielo encapotado. Carlos se asomó a la ventana para observarlo: las nubes oscuras presagiaban una tormenta. Buscó el paraguas en el placard y tomó su portafolios. A las diez tenía que juntarse con Enrique a tomar un café y conversar, las noticias de la prensa sobre el “crimen de las yungas” lo tenían preocupado. Compraba todos los días La Gaceta y leía algunos portales de Internet para seguir las novedades. Estaba seguro de que habían encontrado el cuerpo de Julia. Quizás no lo habían enterrado lo suficientemente profundo. Perros hambrientos habrían desenterrado el cadáver. Hizo un gesto con la mano como queriendo borrar las terribles imágenes de Julia atacada y destrozada a dentelladas por una jauría de canes famélicos.
Mientras se afeitaba, recordó
una conversación con Enrique.
―Calmate, viejo, tienen
un cadáver, no saben de quién es.
―En los diarios no dicen
cómo lo encontraron. Quizás alguien nos vio.
―A esa hora en esa jungla
no había nadie.
―Debimos cavar más
profundo ―se lamentó Carlos.
―Está hecho. Carlos,
tratemos de pensar fríamente: primero tienen que identificarla, eso va a ser
difícil. Ella no está en el listado de personas desaparecidas.
El sonido del timbre
interrumpió sus pensamientos, salió a atender: era un policía.
―¿Usted es el señor
Carlos Boba?
―Sí, ¿qué necesita?
―Le traigo una citación ―dijo
mientras le alcanzaba un papel. Carlos firmó una copia.
―¿Por qué me citan?
―Debe presentarse en la
Fiscalía II, allí le informarán.
El hombre dio media
vuelta y se fue. Carlos miró la citación, era un formulario rellenado con
algunos datos, sobresalía uno: homicidio
de NN. ¿Por qué lo citarían?
¿Habrían identificado Julia? Debía presentarse al día siguiente. Cuando salía a
su reunión con Enrique, sintió que la transpiración lo invadía y el corazón
quería salírsele del pecho, le faltaba el aire. Fue al botiquín del baño y se
tomó una dosis doble de ansiolíticos. Al menos podría conversar con su amigo, a
él siempre se le ocurrían cosas para salir del paso.
Cuando iba en taxi hacia
el centro su mente comenzó a aclararse. Él no estaba acusado de nada, Al entrar
al bar Topeka de Avenida Sarmiento, vio a Enrique que lo saludaba desde una
mesa. Se le acercó.
―¿Qué te pasa, amigo, te
sentís bien?
Carlos le alcanzó la
citación que el policía le había dejado. Enrique la examinó detenidamente,
finalmente le dijo:
―¿Habrán identificado a
Julia?
―Seguro, ¿por qué más me
van a citar?
―¿Y si te presentás con
un abogado?
―No sé, sería menos
sospechoso si voy solo, como cualquier persona que es citada.
―Te veo muy nervioso,
tratá de calmarte, ármate un guión. ¿Qué tal tus dotes actorales? Hacé el papel
de viudo doliente y sorprendido por la noticia, pedí un vaso con agua. Que los
nervios y la transpiración se deban al shock.
Después de todo, no cualquiera tiene que lamentar dos veces la muerte de su
esposa.
Cuando Carlos volvió a su
casa estaba más tranquilo, Enrique tenía razón él tenía motivos para estar
nervioso si le hablaban de su esposa. Lo importante era llegar sereno,
preguntando el motivo de la citación. Luego debía descomponerse, deseó tener un
ataque de pánico, sabía que no dependía de su voluntad, pero tendría que
ensayar uno. Debía ser convincente, seguro no tenían nada.
Había resuelto deshacerse
de la camioneta y contratar una empresa de limpieza para borrar toda huella que
pudiesen encontrar en su casa. Si alguien los hubiese visto era difícil que
pudiese identificarlos claramente en esa noche oscura, tampoco al vehículo,
pero todas las precauciones eran pocas. La cárcel no era para él “prefiero
estar muerto antes que en esa pocilga que es la prisión de Villa Urquiza”,
pensó.
En el fondo de su mente
sabía que el día en que mató a Julia él murió con ella. Recordó el asesinato
cometido por Raskólnikov en Crimen y
Castigo, el joven no podía soportar haber acabado con la vida de la vieja
casera. Carlos se identificaba con él, el acto que duró unos minutos, quizás
menos, unos segundos, era definitivo. Tenía que elegir entre la cárcel o
matarse. Una tercera que no podía vislumbrar ya había ocurrido: estaba loco.
***
A las ocho de la mañana
Carlos ingresó por Avenida Sarmiento al Foro Penal del Poder Judicial de
Tucumán. Subió las escalinatas del edificio de tres plantas que otrora fuese
propiedad del ejército. En su interior, sobresalía una superficie cuadrada con
césped y árboles autóctonos. A su alrededor, a la derecha y la izquierda se
alineaban las oficinas. Carlos preguntó a un policía que vigilaba la puerta.
─¿Dónde es la fiscalía
II? ─y le extendió la citación que había recibido.
El agente le dio las
indicaciones y el señor Boba se encaminó hacia la izquierda del cuadrilátero.
Caminó por ese pasillo hasta leer Fiscalía II. Allí, detrás de un mostrador,
estaban dos empleados atendiendo al público. Cuando le tocó el turno, Carlos
les mostró la citación a un muchacho flaquito, que lucía camisa y corbata.
─Espere unos minutos, ya
lo hacemos pasar ─le dijo.
No habían pasado ni diez
minutos cuando le indicaron que debía ingresar por una puerta lateral. Una vez
allí observó una habitación con cinco escritorios detrás de cada uno había una
persona escribiendo en una computadora o leyendo papeles. Una señora lo llamó.
─Soy la secretaria de la
fiscal Lanús, venga por aquí.
Quizás por su cargo, la
mujer estaba separada por un pequeño tabique del resto de los empleados de esa
habitación. Una vez que Carlos se hubo sentado, la secretaria le informó que
habían encontrado el cadáver de Julia en El Cadillal. Entonces el hombre sufrió
una descompostura que causó revuelo en esa apacible mañana en la fiscalía. Uno
de los empleados le alcanzó un vaso con agua.
─¿Quiere que llamamos a
un médico? Podemos dejar su declaración para otro día ─le dijo la mujer.
Carlos salió de su
marasmo y respondió:
─Ya estoy bien, por
favor, prosiga con su trabajo.
La secretaria comenzó solicitándole su versión
de los hechos. En sus declaraciones Boba detalló cómo había acompañado a su
esposa al aeropuerto y los sucesos que siguieron al accidente que acabó con 200
pasajeros y los miembros de la tripulación.
Por un momento, Carlos se
detuvo y miró a la mujer que escribía en su computadora.
─¿Tiene algo más que
aportar?
Él se sonrojó, le dijo:
─Hay un hecho que puede
tener relación con el crimen de mi esposa. Es penoso para mí contarlo.
La mujer lo animó a
seguir hablando. Visiblemente conmovido, Carlos declaró que Julia tenía un
amante con el que solía verse en Las Termas, Santiago del Estero. Como prueba,
Boba mostró las fotos que tenía en su celular. En ellas se veía a una pareja
abrazada: era una selfie en la que
los amantes estaban parados al frente de una cabaña con un espejo de agua de
fondo.
─Por lo que usted me ha
informado, deduzco que ella no viajó en el avión para irse con él ─le dijo,
casi llorando, el viudo.
La secretaria, ni lenta
ni perezosa, pidió una autorización para obtener su ADN y el de su hijo para
compararlos con el del cadáver y los restos biológicos hallados en él.
─Necesitamos que vaya a
la morgue para hacer el reconocimiento ─le solicitó.
Carlos salió aliviado de
tribunales, no tenían nada en su contra.
20
Carlos se preparó un café muy cargado que
bebió rápidamente. Debía ir a cumplir con el reconocimiento del cuerpo de
Julia. Salió hacia la cochera, había resuelto ir en su auto. Tomó derecho por
la calle Jujuy hasta la Avenida Independencia, allí dobló. A mano izquierda se
alzaba una construcción de color beige, desde la calle se veían grandes patios
y un pequeño jardín en la parte delantera. Altas y negras rejas flanqueaban la
entrada. Un arco de cemento identificaba el lugar: Cuerpo Médico Forense y Morgue. Poder Judicial de Tucumán. Arriba de las letras el escudo de la provincia. Carlos
constató que el oficio de la fiscal estaba en su portafolios. Lo que para la
justicia era un trámite más para él significaba una penosa situación.
Estaba devastado, luego de
haber matado a Julia pudo dimensionar el odio que lo habitaba y la grieta que
había creado entre él y el mundo. Carlos
era un cobarde, planificaba una y otra vez su muerte, pero se echaba atrás.
Había comprado una soga y preparado un banquito. Luego de elegir una gruesa
rama del alcanfor de su jardín, se trepó en el banco, pero no pudo moverse de
él. Finalmente aflojó el nudo que le atenazaba el cuello y bajó sin pena ni
gloria. Otras ideas pasaban por su cabeza: se arrojaría a las vías del tren o
debajo de las ruedas de un camión en la ruta ¿Y si sobrevivía? Si quedaba
tullido o cuadripléjico ¿cómo sería su vida? Se imaginaba una enfermera dándole
de comer y cambiando sus pañales.
La espera duró unos diez
minutos. Una mujer de mediana edad, con el cabello recogido, salió de una de
las oficinas de la morgue, llevaba un delantal blanco desabrochado sobre un
conjunto de pantalón y remera azul, le preguntó qué buscaba. Carlos le extendió
el oficio. Luego de leerlo con detenimiento le dijo:
─¿Usted es el marido de
la señora Julia Caramutti? ─sin esperar respuesta lo hizo pasar─ espere un
minutito, la doctora Gordillo lo va a atender.
Casi inmediatamente una
mujer canosa, de anteojos y aspecto severo apareció en la puerta de una de las
habitaciones y lo invitó a ingresar a una gran sala aséptica y refrigerada. Los
cuerpos se conservaban a cuatro grados de temperatura, le explicó la doctora a
Carlos. Una de las paredes estaba conformada por numerosas puertas metálicas,
como las de los cofres de las cajas de seguridad de un banco, pero varias veces
más grandes. La mujer abrió una de ellas y empujó hacia afuera una camilla con
ruedas, sobre la misma yacía un cuerpo tapado con una sábana blanca. Sólo sobresalían
los pies. En el derecho una etiqueta atada al dedo gordo contenía información
sobre el cadáver. Carlos alcanzó a leer
el nombre de la esposa y otros datos. Cuando la doctora destapó el rostro de
Julia, el hombre cerró los ojos. La médica le habló:
─¿Es su esposa, la señora
Julia Caramutti?
Carlos abrió los ojos y
dio una rápida mirada.
─Sí, es ella.
La doctora tapó de nuevo
el rostro y le dijo:
─Pase por aquí, necesito
que me firme unos papeles.
Lo que Carlos había visto
era una imagen muy diferente a la Julia asesinada, si bien el rostro estaba
descomponiéndose no tenía marcas ni cicatrices. ¿habría vida después de la
muerte? Se preguntó compungido. Intentó convencerse: los golpes y las puñaladas
formaban parte del pasado. Pasado que se proponía enterrar junto a su esposa.
***
La empresa fúnebre llevó
a Julia al cementerio, iba a ser velada por unas horas para luego trasladar el
cadáver para su cremación. Le tocaba a Carlos elegir las prendas que la mujer usaría
en su último viaje. Elena, su amiga del alma, se encargaría de vestirla. Era
extraño y penoso hacer ese trabajo inútil porque la velarían a cajón cerrado.
La cara de Julia estaba desfigurada y su cuerpo cosido por todas partes a
consecuencia de la autopsia. Elena había insistido, ¿cómo iba a ir desnuda en
el cajón?
A Carlos no le resultó fácil la tarea, el
guardarropa estaba repleto. Se le ocurrió que no podía elegir un azul eléctrico
ni un rojo furioso, tampoco esos estampados chillones de fucsias, violetas y
amarillos que tanto le gustaban a Julia. La muerte demandaba sobriedad, además
había sido con violencia. Requería entonces solemnidad. Finalmente separó una
camisa rosa y una pollera negra.
Cuando Carlos llegó al
cementerio se dirigió al salón donde estaban velando a Julia, era amplio, en su
cabecera estaba el cajón de roble con el cuerpo de su mujer. Se sentía como un
deudo cualquiera y no el esposo y asesino de la mujer que protagonizaba la
ceremonia. Su estado de ánimo era tan artificial como las luces del salón, los
sedantes habían neutralizado su angustia y preocupaciones.
La
habitación olía a cirio y estaba perfumada con un difusor que impregnaba todos
los rincones con un aroma a rosas. La paz del lugar se vio alterada por el
ruido de unos pasos enérgicos sobre el piso de porcelanato: dos policías vestidos
de azul preguntaban por el encargado del cementerio. Venían de parte de la
fiscal Lanús para dejar un oficio: tendrían que inhumar el cuerpo, de ninguna
manera cremarlo. El viudo quedó conmovido y muy nervioso. ¿Por qué la fiscal Lanús
no me advirtió sobre que no podía cremarla? Se preguntaba. Hasta donde sabía,
la autopsia no había revelado nada que lo incriminase.
Carlos temió que los forenses siguieran
buscando pistas en el cadáver. Había visto en televisión que un crimen fue descubierto
porque la víctima tenía restos del agresor debajo de sus uñas. Recordaba que
Julia había intentado defenderse. Como había quedado muy debilitada por el
puñetazo, sólo había podido arañarle la cara, también tenía un raspón en el
brazo a consecuencia del enfrentamiento
Unos
amigos se acercaron a saludar a Carlos, las autoridades de la universidad
habían mandado una corona, el viudo recibió el abrazo de mucha gente. Lamentó
la ausencia de Enrique. Vio caras tristes y no tan tristes. “Algunos vienen por
curiosidad”, pensó. Julia no había viajado en el avión siniestrado. La
aparición de su cuerpo en una fosa poco profunda en las yungas no tenía
explicación. Una mezcla de suspicacia y pena embargaba a los presentes.
Un
sacerdote convocó a los deudos para rezar una oración por la difunta. Cuando
terminaron los rezos llegaron unos hombres para trasladar el cajón. Todos se
hicieron un lado y salieron de la sala. Las puertas se cerraron. Mientras esas
faenas se llevaban a cabo, Carlos fumaba en un patio cercano. Tiró el
cigarrillo cuando vio que el cajón estaba preparado para llevarlo a la tumba.
Desde el gran ventanal, se divisaba un hermoso parque con lápidas y cruces. Era
un gran predio verde, lleno de rosas. El paisaje hacía honor al nombre del
lugar: “Parque de la paz”. Todo estaba allí quieto y silencioso, sólo se veía,
casi al final del terreno, a dos hombres cavando a marchas forzadas.
“Seguramente allí colocarán el ataúd”, se dijo.
21
Córdoba observó el panel
que había en una pared de su oficina: en él iba pegando fotos: la de la
víctima, su esposo, el amante, los lugares claves para la investigación. Las
fotos de la tumba de la mujer en El Cadillal, unas selfies en las que Julia y su amante sonríen, observó detrás una
cabaña y agua, ¿sería en El Frontal? También pequeños papeles con información
relevante como los estudios de ADN que confirmaron que el cadáver enterrado era
de Julia Boba. Ella no viajaba en ese avión. Lo que sorprendió a Córdoba fue
que el semen encontrado en el cuerpo de la mujer no era del esposo, tampoco el
niño que llevaba en su vientre.
Córdoba
volvió a sus antiguas elucubraciones sobre un crimen pasional, un femicidio, un
triángulo amoroso... Le llamó la atención la rapidez con la que el esposo
señaló al amante. “Sinvergüenza”, pensó.
Debían localizar al
amante. Córdoba fotocopió el expediente y cuidó muy bien que la foto de la
pareja fuese reproducida con nitidez y en color.
Ese
fin de semana invitó a su amiguita a Las Termas. Iba en misión oficial, pero
una buena compañía no hacía daño a nadie. Consiguió viáticos como para pagar el
Amerian. “Que la pendeja se quede en la pileta mientras voy a hacer las
averiguaciones”, pensó.
Fue
así que recorrió varias cabañas ubicadas a la vera del espejo de agua hasta que
dio con un pequeño complejo. Cada hospedaje tenía un color diferente, parecían
confortables, con reposeras y parrillas en un patio exterior. ¡Eureka!, gritó
Córdoba cuando reconoció la cabaña de la fotografía. Pidió hablar con el
encargado mostrándole la foto de la pareja. El hombre miró detenidamente la
fotografía.
─Sí,
ellos estuvieron aquí hace tres meses aproximadamente. Habían pagado una semana,
pero se fueron a los dos o tres días. Discutieron mucho antes.
─¿Les
pasó algo? ─, preguntó.
─No sé, me saludaron y se
fueron sin dar explicaciones.
El encargado buscó los registros: solo había
tomado los datos del hombre; se llamaba Guillermo Galindo, de 45 años de edad,
casado, domiciliado en Santiago del Estero. Rectificó la fecha “fue hace tres
meses y diez días”.
El
comisario hizo un acta donde constaba el nombre del encargado y la información
declarada y se marchó. La pendeja lo esperaba para una zambullida en la pileta
de aguas termales.
Unos días después, en la
pequeña comisaría, Córdoba charlaba con Reynoso mientras tomaban mate en
bombilla.
―Tenemos dos sospechosos,
―le dijo al suboficial.
―¿Usted qué cree?
―El marido y el amante,
claro. Siempre son los primeros a los que hay que investigar.
―Están citados, esta
tarde viene el esposo. Tenemos que apurar las cosas, en cualquier momento el
caso llega a la prensa y nos arruina el elemento sorpresa.
―Sí, respondió el
subcomisario. Pero sólo sorprenderá al amante.
―Le voy a pedir que me
acompañe en los comparendos, aquí no tenemos detector de mentiras por lo que
tenemos que ser muy observadores.
―Digamos que vamos a
oficiar de polígrafos humanos ―dijo riendo el subcomisario.
―Algo así, …la gente se
pone nerviosa, comienza a transpirar, quiere llamar a un abogado…hay pistas que
pueden ayudar.
El señor Boba llegó
puntual a las cinco de la tarde, vestía un pantalón azul y una camisa a
cuadros. No parecía dispuesto a cooperar.
─No sé por qué me llaman,
ya declaré en la fiscalía.
─Hay algunas cuestiones
sobre las que queremos hablar con usted, son importantes para descubrir quién
asesinó a su esposa.
─Está bien ¿Qué quiere
saber?
─¿Cómo era la relación
entre ustedes?
─Muy buena, yo la amaba.
─¿Cuándo supo usted del
amante?
─Ya declaré en la
fiscalía, fue después del siniestro. Yo quise poner en orden sus cosas. Encontré
las fotos en un cajón.
─¿Usted la acompañó al
aeropuerto?
─Sí, había muchas
personas el día en que ella, supuestamente, partió en ese avión. Incluso nos
encontramos con un matrimonio amigo y tomamos un café en el bar. Puedo darles
sus nombres.
─Hemos investigado, es
cierto que ella hizo el check in.
─No sé qué más puedo
aportar…
─El señor de la foto, el
presunto amante, ¿es una persona conocida suya?
─No, para nada.
─¿Dónde estaba usted la
noche del veintiuno de mayo?
─Con mi amigo y colega,
el profesor Enrique Salinas. Teníamos que terminar un trabajo que yo había
iniciado. Carlos decía toda la verdad, él estaba ocupado con Enrique, sólo
había omitido informar de qué se trataba el “trabajo”.
─Agradecemos su
colaboración, ─dijo Córdoba y lo despidió.
Cuando quedaron solos,
intercambiaron opiniones con Reynoso.
─No parece un viudo
apenado ─le dijo el subcomisario.
─Esa impresión me dio a
mí también, recién pasaron tres meses y medio. Seguro que tenían problemas.
─Él no la mató ─Reynoso
se solidarizó con Carlos, su novia se había ido con otro y comprendía su
situación─ pobre hombre, primero el sufrimiento por la
muerte de la señora y luego la revelación de los cuernos.
─Todavía tenemos un
sospechoso, vamos a ver qué dice el amante.
El señor Galindo llegó al
día siguiente a la comisaría de El Cadillal. Subió las escaleras dando saltos,
estaba en muy buen estado físico. Contrastaba con el aspecto enclenque del
marido. En la primera oficina, estaba sentado el oficial Reynoso. Le mostró el
citatorio. El oficial lo leyó con atención. Finalmente le dijo:
─Señor Galindo, siéntese,
voy a llamar al comisario para tomarle declaración.
─¿Por qué me han citado? ─se
notaba en él una curiosidad nerviosa. Llevaba puesto unos anteojos ahumados que
se sacó para frotarse los ojos. Luego volvió a colocárselos con parsimonia.
Al poco tiempo, Córdoba
ingresó a la oficina, le tendió la mano a Galindo y se sentó. Inmediatamente
comenzó el interrogatorio:
─¿Conocía usted a la
señora Julia Boba?
─Sí, de vista, a veces
coincidíamos en algún congreso, yo enseño en la Universidad de Santiago del
Estero y ella en la de Tucumán. Intercambiábamos información y trabajos
científicos.
Córdoba pensó sí, mucho
intercambio, pero en la cama.
─¿Por qué me lo pregunta?
¿Le pasó algo? El hombre parecía auténticamente alarmado.
─Antes de contestarle
quiero que vea estas fotos ─le pasó un sobre donde él estaba con Julia en El
Frontal.
El señor Galindo las
miró, parecía que estaba estudiando las fotografías.
─¿Ustedes eran amantes?
─Sí, ─dijo el hombre
rendido ante la evidencia.
─Ella está muerta ─le
largó Córdoba sin anestesia.
Galindo se derrumbó,
sollozaba diciendo:
─No puede ser, yo la
amaba. Ella era tan vital ¿Qué pasó?
─Lo estamos investigando,
fue asesinada.
El hombre se quedó
pasmado, se había separado de Julia hace unos días y estaba tratando de
recomponer su matrimonio. ¿Habrían publicado algo? Quizás en La Gaceta, él leía muy someramente El Liberal de Santiago y nunca las
páginas policiales.
Su mundo se partía en dos,
ya nada sería igual. Sin Julia su vida no tenía sentido. Recordó que la amante
temía al esposo. Preguntó:
─¿Tienen al criminal?
─No, como le dije,
estamos tras varias pistas.
Galindo no podía asimilar
todo lo que escuchaba, su rostro pasó de la congoja a la perplejidad y el
temor.
─¿Soy sospechoso?
─Mire, queremos
descartarlo de la lista de sospechosos. ¿Tendría usted problemas de ir por
Criminalística a dejar una muestra de saliva para un ADN?
─No, estoy dispuesto a
cooperar. Quiero que encuentren al asesino.
─¿Cuándo la vio por
última vez?
─Hace unos días, ella me
dijo que iba a volver con su marido porque extrañaba a su hijo, un adolescente.
─¿Usted le hizo daño?
─No, nosotros nos
llevábamos muy bien.
─No es eso lo que declaró
el hombre que les alquiló una cabaña en Las Termas.
─¿Qué le dijo?
─Que pelearon, escuchó
gritos. Usted estaba enojado.
─Sí, discutimos porque
ella quería que nos escapemos juntos, el marido iba a descubrir que ella le
mentía. Julia no quería volver con él. Yo soy un hombre casado, no puedo borrarme, así como así, de un día para
otro.
─Entonces ¿no estuvieron
juntos estos meses en que se la dio por muerta?
─No, ella decidió irse a
un pueblito del interior de Santiago, cuando estaba por regresar tuvimos un
encuentro en la capital. Entonces fue que me contó sobre su regreso.
─¿Dónde estuvo usted la
noche del veinte de mayo y la madrugada del veintiuno?
─En mi casa, viendo
televisión.
─¿Había alguien con
usted?
─No, mi esposa y mis
hijos habían viajado a Tucumán para ver a unos familiares de ella.
Los policías interrogaron
a Galindo sobre su vida, actividades, situación familiar y una serie de datos
que podrían ser útiles para la investigación. Finalmente lo despidieron.
─Si lo necesitamos de
nuevo lo haremos llamar.
Cuando Galindo hubo cerrado
la puerta, Córdoba le dijo a Reynoso:
─El tipo no tiene coartada.
─La típica, viendo
televisión solo toda la noche.
─Quizás el encuentro fue
en la casa de él, discutieron y la mató.
─Puede ser, la cargó en
la camioneta y la enterró en El Cadillal.
─Pero, ¿por qué a dos
horas de su casa?
─Eso hay que investigar.
―También puede haberla
matado en algún lugar de Tucumán y luego llevarla al lago. Él vivió parte de su
vida en esta provincia y conocía bien el lugar.
─¿Tomó los datos del telo donde dijo que estuvieron? Por
favor investigue esa información ─le dijo Córdoba levantándose para salir. Esa
noche tenía un compromiso.
***
Galindo fue citado a
declarar nuevamente, el comisario Córdoba le informó sobre el resultado de las
pericias. Su ADN fue encontrado en el cuerpo de Julia. También le informó que
ella estaba embarazada de una hija suya.
―Claro, ya le conté,
nosotros tuvimos relaciones sexuales antes de que ella volviese a Tucumán. No
sabía lo del embarazo, Julia me comentó que tenía irregularidades en el
período. Pensó que era por la menopausia.
─Usted no tiene una buena
coartada.
─¿Investigaron al
marido?, ella le tenía pánico.
─Él estuvo todo el tiempo
con un amigo.
Galindo se puso pálido,
era el principal sospechoso de un crimen que no había cometido. Unos días después recibió una citación para
presentarse ante el juez de instrucción de la I Nominación en el Foro Penal de
la Ciudad de Tucumán.
23
Ese día Guillermo regresó
a su casa antes de lo acostumbrado, estaba enfermo, sentía que le dolía el
estómago, su gastritis crónica podría convertirse en úlcera. Los nervios le
atenazaban. Debía presentarse en tribunales penales de Tucumán para declarar
como imputado en el asesinato de Julia. Su futuro era incierto, su abogado le
había dado garantías de que era sólo un trámite para entretener a los medios.
“Tienen que mostrar que están haciendo algo”, el crimen de la mujer ocupaba las
primeras planas. “Ya vas a ver: cuando la prensa lo publique en la última
página, sin darle tanta importancia, te van a dejar en paz”. Guillermo presentía que su situación era
grave. Esa noche habló con su esposa:
─Necesito contarte algo ─le
dijo angustiado.
─No me asustes, te veo
muy nervioso últimamente.
─No sé cómo explicarte…he
tenido una amante. ─Guillermo titubeaba, se daba cuenta que Fernanda era muy
importante en su vida. Sólo ella le quedaba. La mujer lo miraba sorprendida e
incrédula.
─¿Cómo? ¿Y ahora me lo
confiesas? ¿Va en serio?
─Fue hace tiempo, el
problema es que ella está muerta.
─¿Qué pasó?
─La asesinaron y me
quieren culpar a mí del crimen. Querida, yo no la maté, estuvimos separados unos
meses y nos reencontramos hace unos días…
─¿Volviste a estar con
ella? ─Fue la primera reacción de la mujer.
─Sólo una noche, ella me
dijo que iba a regresar con el esposo, pero no la volví a ver. Ahora está
muerta. Si te fijas, en El Liberal
hay noticias, ella se llamaba Julia Boba.
─ Tu amante fue asesinada
¿Por qué te acusan a vos?
─Porque encontraron mi
semen en su cuerpo y no tengo coartada. La noche del crimen yo estaba solo en
casa, ¿Te acordás del día en que te fuiste con los chicos a Tucumán? Iban a
festejar el cumpleaños de tu ahijado, el veinte de mayo.
─Te metiste en un buen lío.
La esposa estaba
fastidiada por la infidelidad, pero se dio cuenta que el problema era mucho más
grave que eso.
Galindo sintió un dolor
en el pecho, quizás en adelante sus hijos sólo verían tras las rejas de una
prisión.
─¿En qué falló lo nuestro
para que vos te metas en semejante problema? ─le preguntó ella llorando.
─Una aventura no
significa necesariamente un matrimonio malo.
Guillermo la abrazó,
sufría por el dolor que producía en su familia, por su propia vida
desperdiciada. Trató de reponerse, tomó un pañuelo de su bolsillo para secarle
las lágrimas a la mujer, ella le preguntó:
─¿Ya tenés abogado?
─Sí, hablé con el Chino
Lugones. Él me va a acompañar mañana a tribunales
─ Voy a necesitar tu apoyo
―le rogó Guillermo.
─No sé, déjame que lo piense.
***
Detrás del escritorio de
madera de roble de gran tamaño se encontraba el titular del Juzgado de
Instrucción de la I Nominación, doctor Mariano Donadío. Estaba sentado en una
silla de madera tapizada en cuero verde. El respaldo, tallado con unos
firuletes que imitaban la flor de lis, hacía juego con los apoyabrazos. Sobre
el escritorio, la balanza de bronce de la justicia brillaba. A la derecha del
magistrado la bandera argentina lucía calma. De baja estatura y un vientre
prominente, el juez vestía de traje y corbata.
Cuando entró el señor Galindo con su abogado, se paró y les dio la
mano. Los invitó a sentarse, luego él se
sentó en la silla de madera labrada. Se puso los anteojos y tomó el expediente
caratulado: Juicio: Guillermo Galindo
sobre homicidio agravado por femicidio y alevosía.
En unos minutos entró la
fiscal Mirta Lanús y el doctor Salustiano Zavalía, abogado de Carlos Boba. El
Chino objetó que el viudo fuese admitido como querellante por las sospechas que
recaían sobre él por el asesinato. La fiscal informó que el señor Boba no era
sospechoso y la víctima era su legítima esposa. El juez replicó que no procedía
la objeción planteada. La fiscal Lanús solicitó la prisión preventiva de
Galindo a quién acusó de del ser el asesino de Julia Caramutti. Presentó
pruebas que daban cuenta de que él había sido el último en ver a Julia con vida,
había restos biológicos suyos en el cuerpo de ella y cursaba un embarazo de
cuatro meses, las declaraciones del encargado de las cabañas corroboraban que
en su relación con la occisa había problemas. Tampoco tenía una coartada. El
broche de oro de la fiscala era un testigo que lo había visto con Julia en la
franja horaria determinada por los forenses en su informe sobre la hora del
asesinato.
El acusado proclamó en
todo momento su inocencia, pero las pruebas eran abrumadoras. Por la naturaleza
del delito no le fue concedida la libertad condicional, debía aguardar el
juicio en una comisaría.
***
Galindo esperaba en un
calabozo de la Comisaría Segunda el juicio en su contra por la muerte de Julia
y su hijo nonato. El lugar era una casa antigua,
medio derruida que había sido adaptada como comisaría. Los detalles en sobre
relieve y los arcos de su fachada, así como las pequeñas y grandes columnas
estaban pintadas de blanco mientras el resto en un amarillo desvaído. Sobre la gran puerta de ingreso, encaramado
en una viga semicircular, estaba pintado en letras negras Comisaría Seccional 2, debajo se observaba el escudo de la
provincia que daba color al frente con sus tonos rojo, verde y celeste. Luego
de pasar por dos oficinas ubicadas a la derecha e izquierda del pasillo de
ingreso, la construcción se abría a un gran patio descubierto. Alrededor de
éste otras oficias de paredes descascaradas albergaban dependencias del
organismo.
En una pizarra se
detallaban los nombres y rangos de los funcionarios policiales de la provincia
y los del comisario y oficiales de guardia de ese día. Detrás, fuera de la vista del público, estaban
los calabozos. Eran un lugar de alojamiento transitorio que se utilizaba por
diferentes motivos, allí residían hombres por una infracción menor como
disturbios en la vía pública hasta casos judiciales por orden de tribunales.
Esas instalaciones tenían un aspecto aún más descuidado que el de las oficinas,
eran cubículos, cada uno con una puerta reja, las paredes estaban rotas, presentaban
humedades y goteras, en algunos rincones donde se acumulaba la basura. Un olor
fétido invadía el lugar.
Guillermo había declarado
su inocencia en reiteradas oportunidades, pero, para la justicia, había pruebas
suficientes para su juzgamiento. Por la gravedad del ilícito tenía que esperar
el juicio en un calabozo de la Segunda. Su abogado y amigo, el “Chino” Lugones,
le había dado esperanzas. “Son todas pruebas circunstanciales, te voy a sacar
de ésta”. Mientras, había tenido que vender un departamento que sus padres le habían
heredado para pagar los honorarios del letrado.
Una larga lista de testigos iba a dar cuenta
de su honorabilidad. El “Chino” temía la conducta prejuiciosa de algunos
magistrados que desaprobaban el adulterio. Por supuesto, la muerte de una mujer
y su hijo eran hechos gravísimos pero el abogado sabía que la vida y
antecedentes del acusado influirían en las decisiones de los camaristas de la
Sala II que llevaría adelante el juzgamiento. El abogado tenía elementos para
demostrar que todas las pruebas contra su cliente eran circunstanciales. Sólo
la declaración de la testigo lo tenía preocupado.
Guillermo tenía mucho tiempo
para pensar en ese sucio habitáculo que compartía con tres detenidos. No había
camas allí, sólo unas losas de cemento con un delgado colchón. Un balde servía
para la evacuación mientras que una pequeña mesa era el “comedor”. Sus compañeros de celda eran criminales de
verdad, uno había violado a su vecinita de cinco años y dos eran atracadores
que entraban y salían del sistema como Juan por su casa. La convivencia era
difícil y el encierro enloquecedor. La muerte de un hijo le producía un dolor
agudo en el pecho, él no sabía del embarazo de Julia. Quizás si ella se lo
hubiese contado habría tomado otras decisiones y la mujer y el niño estarían
vivos. Sintió que necesitaba un escape
para no enloquecer en ese sucio agujero, consiguió permiso para leer y escribir.
Meditaba sobre su vida,
los errores que había cometido para desembocar en esa covacha. La primera
justificación que venía a su mente es que él sólo había perseguido la felicidad
¿y qué había conseguido? Hundirse en un pozo de desdicha. La felicidad que le
dio Julia había mutado en una gran infelicidad. Quizás él se había equivocado, no había
cumplido con la regla autoimpuesta, la de los tres encuentros. Esa fue su
perdición, como le dijo el Chino, estaba en caída libre, todavía no había
llegado al piso. ¿Con qué se encontraría cuando aterrice? ¿podría sobrevivir?
El día del juicio se
aproximaba y el abogado lo visitaba todos los días. A instancias del Chino,
Guillermo había señalado a las personas que podrían oficiar de testigos: ex
alumnos, colegas, sus hijos, una hermana, hasta la esposa le había transmitido
que estaba dispuesta a hablar a su favor. La estrategia era que los testigos
relatasen sobre las cualidades del profesor, para dar el semblante de una
persona de bien, un padre ejemplar, un docente dedicado. Guillermo sabía que la
fiscal iba a presentar testigos también: el médico forense, el encargado de las
cabañas de El Frontal donde se alojó con Julia, una psicóloga que había
realizado un psicodiagnóstico al acusado y otro profesional que expondría sobre
la autopsia psicológica a la víctima
El humor de Guillermo era
cambiante, a veces estaba tranquilo, otras veces deprimido. En una oportunidad,
tuvo un enfrentamiento con un compañero de celda y casi llegan a la violencia
física. El profesor estaba ese día irascible y respondió ante una burla de otro
recluso con respecto a su profesión y trabajo científico. En ese ambiente las
palabrotas y chanzas hacia Guillermo arreciaban, no comprendían que una persona
pudiese leer y escribir casi todo el día.
También les resultaba irritante que el comisario Córdoba le llamase al
menos media hora por día a su despacho. ¿Acaso sería un buchón de la policía? Temían que Galindo comentase sobre la
circulación de droga que los familiares llevaban escondida en la comida. A
veces para consumo personal otras para su venta. En realidad, a Córdoba le
gustaba conversar con el profesor, muy difícilmente tendría otra vez un preso
tan ilustrado. También sentía curiosidad por el crimen y esperaba alguna
confesión de Galindo. El hombre se prestaba a responder al comisario sobre
diversos temas de su interés, pero no podía dar más información sobre el
asesinato porque él era inocente.
24
La mesa rebozaba de
recipientes de diferentes tamaños. Algunos cuencos con maíz y poroto en remojo,
una bandeja con huesos y cueros de chancho de color rosado, una ensaladera con
choclos amarillos cortados en rodajas, unos dados grandes de zapallo que
sobresalían de una gran fuente. Isaura miró los ingredientes con satisfacción,
sólo faltaban los chorizos, se había olvidado de comprarlos y el locro no sería
lo mismo sin ellos. El domingo tenía muchos invitados, hijos y nietos se iban a
dar un festín. Gritó llamando a Rigoberto, el muchacho acudió a su lado, le
preguntó:
―¿Qué necesita abu?
―Por favor, comprame seis
chorizos colorados en lo de Zacarías ―dijo mientras buscaba su monedero. Miró
la hora―, rajá ya mismo porque en un
rato el viejo cierra.
Isaura siguió con los
preparativos que había iniciado el sábado. Un buen locro santiagueño requería
un tiempo. El maíz y el poroto comenzaron a hervir en la gran olla del patio,
allí el marido había hecho un fuego con quebracho colorado. Isaura lo miró con
rabia, estaba sentado tomando un vino y recién eran las 11 de la mañana. Cuando
la comilona terminase estaría borracho.
Trató de apartarlo de sus
pensamientos, el domingo era su día de felicidad, siempre bregó para conservar
a la familia unida y era su mayor satisfacción. Poco a poco los comensales
fueron llegando, besaban y saludaban a Isaura. Entre los nietos, Rosaura y
Rigoberto eran sus preferidos, Rigo como le llamaba era el más compañero y
cariñoso.
Cuando el almuerzo
terminó, los comensales volvieron a sus casas. Isaura se quedó con el Eulogio y
Rigo. El marido dormía en una silla roncando ostentosamente con silbidos y la
boca abierta. El muchacho se dirigió a su abuela:
―Abu, estuve viendo por
Internet unas noticias.
―¿Qué cosa?
―Usted me dijo que le
interesaba saber de una señora Julia Boba y el hombre… ¿cómo se llamaba?
―El que la mató,
Guillermo Galindo.
―¿Sabe que él no está
preso?
―Pero si me leíste que lo
mandaron a la cárcel.
―Hay otras noticias, más
nuevas.
―Pasame las novedades.
El muchacho buscó en su
celular una noticia más reciente sobre el crimen de la señora Julia Boba.
―Esto publicaron en El
Tribuno:
Un
hombre estuvo casi dos años preso por un asesinato que no cometió. El señor Guillermo Galindo fue condenado por
el tribunal de la Sala 2 del Crimen de la capital tucumana, por femicidio en
prejuicio de a la señora Julia Boba. Ellos eran amantes y la fiscalía acusó a
Galindo de haberla matado con agravantes de alevosía y violencia doméstica. Se
basaron en numerosas pruebas, especialmente de los dichos de una testigo que lo
vio con la señora Boba en horas cercanas a su asesinato. La verdad fue revelada
por el señor Carlos Boba quien dejó una nota confesando que él mató a su esposa
en un rapto de emoción violenta. Luego se suicidó, arrojándose de la terraza de
un edificio en barrio Sur, en San Miguel de Tucumán. El abogado del acusado,
doctor Eusebio Lugones declaró a este diario que su cliente sufrió daños
físicos, económicos, morales y psicológicos por lo que demandará al Estado para
que reciba un resarcimiento.
La cabeza de Isaura
trabajaba a mil, observó las fotos de la señora Julia, el marido y el amante.
El señor Galindo era el único sobreviviente de la tragedia familiar. Recordó
con cariño a Joaquín que ahora era huérfano de padre y madre. Estudiaba el
rostro del señor Galindo. Rigoberto le habló:
―Abu, ¿ya puedo irme con
mis amigos?
―Claro,
pero necesito otro favor ¿me podés conseguir una foto del tal Galindo?
―Yo
se la consigo, abu. En el quiosco de don Zacarías tienen una impresora, hago
que bajen la noticia de Internet y le hagan una copia.
Isaura
le dio unos billetes a Rigoberto.
―Tomá
para los gastos.
―Pero
no sale tanto
―El
vuelto es para vos, gracias por tu ayuda, no entendí nada de lo que me
explicaste que vas a hacer en lo de Zacarías, pero no importa, el asunto es que
me consigas lo que te pedí.
El
chico le dio un beso y salió corriendo con los billetes en la mano. Isaura
pensó que tenía que juntar plata para el cumple de quince años de Rosaura,
quería hacerle una gran fiesta a su nieta preferida. Después de todo la chica
se iba a convertir en señorita y eso era muy importante. Tenía una corazonada,
si no fallaba hasta podría contratar a Los Manseros para animar el festejo.
Nilo se acercó corriendo
a Isaura. ella estaba sentada en un banco de la plaza esperándolo. Lo había
mandado a llamar por medio de uno de sus nietos.
─¿Cómo está doñita? ─La
saludó cariñosamente el muchacho.
─Bien, ¿sabés me quedé
pensando en lo que me contaste?, quiero que me ayudés con el hombre que me
atacó y me metió en el auto.
Doñita, yo le i’dicho todo lo que vi ese día.
─El Rigo me ayudó mucho
para saber más, el changuito hace magia con la computadora.
Nilo estaba impaciente,
le dijo:
─¿Qué se le ofrece
doñita? Mi mama quiere que le lleve
unas cosas para cocinar ─decía mientras mostraba un papel con una lista.
─Te llamé porque quiero
que veas una foto, quizás conozcas a ese señor.
La mujer le mostró una
hoja impresa en la que se veía un hombre salir del edificio de tribunales de
Tucumán. Nilo observó detenidamente la
fotografía.
─Es ese, el hombre que le
pegó en la cabeza, está un poco más flaco y más pelado, pero es él.
Isaura le dio un billete:
─Tomá, para que compres
alguna golosina, ¡nada de cigarrillos!
Había visto fumar al
chico y no le gustaba. Cuando Nilo se fue, Isaura se quedó pensativa: “el
diablo sabe por diablo, pero más sabe por viejo”, se dijo, sus sospechas
resultaron ciertas. El amante de la señora Julia la había aporreado y atado.
Recordaba su sufrimiento en ese baúl, envuelta en la colcha, transpirando y sin
aire, luego los barquinazos y el vuelco. Fue un milagro que saliese con vida de
ahí.
El Nilo podría ser su
testigo si hacía una denuncia, pero no ganaba nada con eso. Más le convenía
conseguir un dinero, lo que había ahorrado para la fiesta de la Rosaura era muy
poco. La chica se merecía un quince con luces, baile, un gran salón, torta,
empanadas, humita, sándwiches. Un premio por ser tan buen alumna y excelente
nieta.
25
Guillermo atravesó el
amplio patio del Colegio Belén, numerosas macetas con flores lilas, rosas y
amarillas jalonaban los enormes baldosones de cerámica. Vio a una mujer con
delantal celeste que llevaba una escoba y una palita, la detuvo para
preguntarle por la oficina del director. Luego de recibir las indicaciones se
encaminó hacia allí.
En ese momento sonó el timbre del recreo y
gran cantidad de chiquillas con polleritas tableadas y corbatas haciendo juego
salían de las aulas. De pronto, el patio cobraba vida y movimiento, las
adolescentes parloteaban y se dirigían en grupos hacia un quiosco en el
interior del edificio. Guillermo vio un letrero en bronce, decía “Director”.
Tocó la puerta y entró a una gran habitación donde un grupo de empleados de
uniforme blanco con vivos azules estaban sentados detrás de sus escritorios.
Comprendió que era la antesala del despacho del director. Le hicieron esperar
unos minutos hasta que pudo pasar. Llevaba una valija cuadrada de cuero negro
que puso sobre su regazo al sentarse. Conocía a su interlocutor, el licenciado
Rosales, por haber cursado juntos algunas materias del doctorado.
─Hola, ¿cómo estás? ─fue
la cálida bienvenida que incluyó un fuerte apretón de manos.
─Bien, está lindo el
Colegio. Cursé la primaria aquí.
─Un ex alumno, qué bien.
Estamos modernizando las instalaciones y la currícula. Trabajo aquí hace como
diez años. ¿A qué obedece tu visita?
Guillermo abrió la valija
y sacó una carpeta.
─Le expliqué a tu
secretaria, busco trabajo. Aquí está mi currículum vitae.
El director tomó la
carpeta y la puso sobre el escritorio.
─Lamentablemente las
materias humanísticas son muy pocas en el programa, ya sabes: parece que inglés
y matemáticas son lo más importante.
─Entiendo, no tienes
horas para mí.
─Creo que la filosofía
debería ser prioritaria ¿qué hacemos con generaciones que no piensan? ¿Qué no
se preguntan ni dudan?
Guillermo entendió que
estaba perdiendo el tiempo. Cortésmente saludó y se fue. No sin antes oír la
promesa de que iba a ser llamado.
Era el quinto colegio
secundario al que concurría. ¿Estaría empestado? Todos sabían que había estado
en la cárcel, Santiago era muy chico y los chismes corrían. Su reputación había
caído tan bajo como el penal de Villa Urquiza donde purgó su condena. No tenía
más alternativa que irse a vivir a Tucumán, quizás allá no se acordasen de su
pasado. Además, podía seguir de cerca los trámites que el Chino estaba haciendo
para la indemnización. No podía vivir así, sin trabajo ni dinero.
***
Guillermo miraba la plaza
desde el gran ventanal de Café 25, ubicado en el corazón de barrio Norte en San
Miguel de Tucumán. Le gustaban los árboles y plantas, los juegos de los chicos.
Un grupito de adolescentes hacía equilibrio sobre unas pequeñas tablas con
cuatro ruedas. Las chicas pasaban en sus patines, unos rollers rosados, a gran velocidad mirando por el rabillo del ojo a
los varones. Gente de todas las edades caminaba o corría alrededor de la plaza
Urquiza. Un lugar medianamente seguro por su cercanía con tribunales y el Poder
Legislativo, edificios con custodia policial las veinticuatro horas.
Desde que había salido de
la cárcel su vida se había transformado en un gran signo de pregunta. Tendría
que establecer alguna rutina, ocuparse de algo. Mirando distraídamente el
paisaje de la plaza pensó en su tesis doctoral a medio terminar. También en
otra investigación inconclusa: el enigma que significaban las mujeres para
él. Su vida social antes de ir preso era
intensa, tenía trabajo, mujeres, una familia. Ahora sólo debía ocuparse de sus
hijos adolescentes, ellos lo ignoraban y siempre ponían pretextos para no
verlo: sus estudios, las fiestitas, los amigos.
Había perdido a Julia
primero y luego a Fernanda, justo cuando había logrado el punto de equilibrio.
¿No sería una muletilla para darse manija y no pensar en el futuro? ¿Tenía
futuro?
Recordó el sueño que
Julia le había contado la última noche que estuvieron juntos. Ella estaba bajo
tierra, él la desenterraba y le limpiaba los ojos. Le precedía una escena entre
macabra y romántica que luego vería como una premonición: Guillermo visitaba su
tumba, golpeaba con los nudillos la lápida de mármol negro. Ella salía a la
superficie abriéndose paso por una especie de túnel escondido debajo de la
tierra y el césped.
Él mismo no estaba vivo
en realidad, la cárcel le había quitado toda ilusión, ¿cómo creer en el ser
humano después de haberse hundido en esa cloaca? Todas las noches tenía
pesadillas, no le sentía gusto a la comida, así era su vida, como el agua no
por lo transparente sino por lo inodora, incolora e insípida. Recordó la
“receta” del Chino.
─Buscate una mina, ya vas
a ver cómo se te pasa la depresión.
─¿Es tu remedio para
todas las enfermedades?
El Chino comenzó a reír,
le dijo:
─Me extraña, amigo,
¿dónde quedó el Don Juan que salía de cacería todos los fines de semana?
─Quizás ese fue mi
problema, ya sabes, me enamoré de Julia.
─Viejo, olvídate de ella.
Ahora sos libre, no tenés ataduras con nadie y la cárcel pertenece al pasado.
Guillermo se le acercó y
llevó su brazo derecho cerca de la cara del amigo.
─¿Olés algo?
─Te echaste mucho perfume
─le contestó mientras hacía un gesto con la mano como si quisiera disipar ese
aroma.
─Sí, pero no me refería a
eso. ─Volvió a acercar su brazo─ es otro olor ¿lo sentís?
─No ¿de qué hablás?
─Se me pegó el olor de la
cárcel, es una horrible una mezcla de excrementos y barro podrido.
El Chino lo abrazó:
─Estás un poco loco,
amigo.
26
Habían
pasado tres meses de la muerte de Julia, Carlos se levantó temprano y comenzó a
prepararse el desayuno. Sintió un ruido en la puerta. Alguien la estaba abriendo.
Pensó que era Joaquín.
Cuando
vio a Julia, tan hermosa que parecía un ángel, creyó estar ante una aparición,
casi se vuelca la taza con café encima. A duras penas pudo apoyarla en la mesa
y sentarse. No era una construcción de
su mente. Lo comprobó cuando la mujer comenzó a hablar.
―Hola ¿cómo estás? ¿dónde
está Joaquín?
Julia hablaba como si
nada hubiese pasado, como si volviese de trabajar. Trataba de parecer despreocupada
pero su voz delataba que estaba asustada, era quebradiza y tambaleante.
Carlos
balbuceaba:
─El
avión, la explosión, los muertos...
─No,
tontito, al final no viajé en ese avión.
El
hombre estaba conmocionado, cuando se recuperó le dijo:
─Puta, estuviste con tu
amante y apareces ahora, así como si nada.
─Tranquilízate, tenemos
que hablar como personas civilizadas.
La rabia dibujaba en las
facciones de Carlos a un monstruo, la cara roja, los ojos inyectados en sangre,
el cuerpo en tensión como una fiera a punto de dar un salto. Se abalanzó sobre
ella y le dio una trompada, Julia cayó pesadamente al suelo. Acostada boca
arriba miraba al marido parado a su lado. Trató de levantarse:
─No me hagas daño ─rogó.
Carlos tomó un cuchillo que
estaba en la mesa de la cocina, la apuñaló varias veces. Julia, haciendo un
esfuerzo sobrehumano, se paró y salió corriendo hacia el baño. Una vez dentro,
puso el pasador. Los golpes en la puerta eran aterradores.
─Abrí, puta. Salí de ahí ─sus
gritos resonaban en toda la casa.
Julia temblaba, le
respondió:
─Volví
porque no puedo vivir sin ustedes…vos y Joaquín son lo único importante para
mí.
El
profesor se puso más furioso, “esta pensaba en borrarse para siempre” rumiaba,
en ese momento era una bestia. De una patada tiró la puerta abajo. Quedó
paralizado cuando vio que no había nadie en el baño; corrió la cortina de la
ducha, Julia no estaba allí. Miró hacia una pequeña ventana que daba al jardín,
seguramente ella había salido por esa abertura. Corrió en su búsqueda. Tampoco
estaba en el jardín, ¿por dónde habría escapado? Carlos miró el cerco de
ligustros, ¿podría haber trepado por ahí y saltado al patio del vecino?, ¿o
aprovechado un sector donde el perro cavó un agujero? Desesperado pensó en
Enrique, él siempre estuvo cuando lo necesitó. Ahora dudaba en llamarlo.
Desde que estaba de
licencia había recibido dos visitas del amigo.
―Viejo,
has vivido una historia de mucho estrés, hace los tratamientos y te vas a
recuperar.
―Vos,
a quien yo creía mi mejor amigo, me has traicionado.
―Todo
el tiempo te estabas peleando con las mujeres, alumnas, auxiliares…seguro por
la bronca contra Julia.
―¿Ahora
sos psicoanalista? ¿Me vas a interpretar?
―No
te enojés Carlos, siempre voy a estar con vos, en las buenas y en las malas,
sigo siendo tu mejor amigo.
Carlos buscó el teléfono
y llamó a Enrique.
─Amigo,
necesito tu ayuda.
─¿Qué
pasó? ─ Enrique escuchaba la voz agitada de Carlos al otro lado de la línea.
─Julia
volvió.
─¿Qué
te pasa? ¿Has estado bebiendo?
─No,
ella no tomó el avión.
Enrique
se quedó callado, necesitaba tiempo para asimilar esa noticia. ¿Estaría delirando? Al fin dijo:
─¡Qué
bueno! ¿Qué alegría? Tenemos que salir a festejar ¿En qué te puedo ayudar
ahora?
─Me saqué, le pegué mal.
─¿Está muy lastimada? ─Enrique
seguía dubitativo.
─No sé, se escapó.
─¿Cómo fue?
─Llegó como si nada, me
enfurecí, le pegué una trompada. Ella se refugió en el baño y de ahí saltó por
una ventanita al jardín. Pero no la encuentro, no sé si escapó por un agujero
que hay en la cerca de ligustros que da al vecino.
─Viejo ¿estás de nuevo
con la coca? Es importante que hagas un tratamiento con el doctor Marazza, es
un psiquiatra especialista en adicciones.
─No me crees, ─le dijo
Carlos sollozando.
─Calmate, viejo, todo
tiene solución en esta vida. ¿En qué te puedo ayudar?
─Decime ¿qué hago? Pensé
en buscarla por el vecindario, pero no sé. Quizás ella vuelva a irse con el
tipo, quizás me denuncie. Vení, por favor.
─Tranquilízate, salgo
para tu casa en cinco minutos.
Carlos colgó el teléfono;
mientras esperaba a Enrique volvió a revisar el jardín, percibió con sorpresa
que la manga derecha de la camisa estaba machada con sangre. ¿Cuán grave sería
la herida que había infligido a la esposa? Se dio cuenta del odio y la furia
acumulados durante esos meses. ¿Había sido un acto de venganza? Muchas veces se
había preguntado: ¿por qué su infidelidad le había afectado tanto? Incluso más
que su muerte. ¿Era por su amor propio herido? Esa explicación se la había dado
Enrique.
─Viejo, parece que tu
amor propio se fue por el inodoro ¿No me vas a decir que sólo se basaba en
Julia, su cariño y fidelidad? ¿No valorás tu doctorado? No cualquiera es
profesor de la facultad. Tenés un hijo.
Carlos comenzó a buscar
en el Alcanfor y la tierra manchas de sangre, estaba casi seguro que ella había
escapado por allí. Se preguntó ¿Podría
una persona herida treparse a un árbol y saltar sobre el cerco vegetal? Es el
instinto de supervivencia, concluyó. Más fuerte que cualquier otro.
Miró con detenimiento al alcanfor
y la hilera de ligustros, examinó de nuevo el hueco en un sector de la tupida
formación. Se acercó buscando huellas de pisadas o de sangre. No encontró nada.
Estaba en esas elucubraciones cuando vio a Toribio, el caniche de Julia, mover
la cola, su hocico apuntaba hacia una pequeña construcción donde guardaban los
elementos para cuidar el césped y podar las rosas. Era una casilla de madera
que primero había servido para los juegos de Joaquín. La habían instalado en
una gruesa rama del árbol, el hijo jugaba a que era Tarzán de la selva. Cuando
el chico creció, Julia le pidió que bajase la casita para usarla para guardar
herramientas.
Miró detenidamente al
perrito, muchas veces se refugiaban las ratas y el animalito se esforzaba por
cazarlas. De pronto vio un hilito rojo colarse por debajo de la casita y
manchar el césped.
Sintió
su propia sangre palpitar en sus sienes, la sorpresa lo paralizó. ¿Ella estaba
ahí? La tenía a su merced ¿completaría la faena? Quizás le perdonase la vida. Se
dirigió hacia allí, caminaba con sigilo, lamentó que Toribio ladrase armando un
gran barullo. No permitiría que Julia se escapase de nuevo. Cuando abrió la
puerta, la vio acurrucada en un rincón. Le llamaron la atención sus ojos:
estaban abiertos, inexpresivos. Se le acercó con lentitud, seguro se trataba de
una inmovilidad fingida. Carlos le sujetó
una mano, estaba laxa, puso sus dedos índice y medio en la muñeca para tomarle
el pulso, no sintió sus latidos, estaba muerta. Suavemente la alzó y la sacó de
ahí acostándola en el césped, observó que presentaba moretones y heridas en la
cara y en distintas partes del cuerpo.
Entonces tomó conciencia de la furia que lo había dominado.
Se
sentó a su lado con la mirada extraviada. Cuando se recuperó del shock, acusó al otro, a la bestia, por
el crimen. Entonces arrastró el cadáver hasta el baño. Con el mismo frenesí que
había matado a la esposa, comenzó la tarea de limpiar todo, un reguero de
sangre había trazado un camino desde el jardín hasta el baño. El único testigo,
Toribio, ladraba sin comprender nada.
Lo
más difícil vendría después: deshacerse del cadáver. En ese momento sintió el
timbre, era Enrique.
─Amigo,
necesito tu ayuda ─lo abrazó llorando.
─¿Qué
pasó? ¿Dónde está Julia? ─Enrique sonaba preocupado─ ¿Te lastimaste? Señaló
unos raspones que Carlos tenía en la cara y un brazo.
Con
un gesto, lo llevó al baño. Enrique quedó shockeado
cuando vio a Julia en el piso, ensangrentada, muerta. Todavía tenía los ojos abiertos,
inmóviles. Su rostro presentaba manchas moradas por los golpes recibidos, la
ropa estaba llena de sangre y la rigidez comenzaba a adueñarse de su cuerpo.
Tenía el aspecto de un maniquí apaleado.
Enrique le dijo:
─¿Cómo pudiste hacerle
eso?
Carlos no lo escuchaba,
repetía:
─La
maté…maté a mi esposa… fue un accidente.
Enrique
fue a sentarse, no lograba asimilar lo que veía y escuchaba. Parecía que estaba
teniendo una pesadilla y quería despertar.
─Tenemos
que llamar a la policía─ dijo luego de largos minutos.
─No,
no quiero ir preso ¿quién se ocupará de Joaquín?
─Pero…
¿qué pasó?
Discutimos,
ella se me abalanzó con un cuchillo y forcejeamos.
─Por
favor, llamá a la policía.
─No,
Enrique, por Dios ayúdame, tenemos que enterrarla. Ella está muerta
oficialmente desde que el avión se estrelló. ¿Te acuerdas de las fotos con un
tipo? Se fue con él de luna de miel. La
perra volvió, ─Carlos comenzó a llorar.
─Te
mandaste un cagadón, pero podés alegar emoción violenta. Después de todo, desde
que ella se fue vos no estás en tus cabales.
─Se
presentó hoy como si nada, me sacó de quicio. Necesito tu ayuda para
enterrarla.
─Llamá
a la policía, viejo, ─le respondió Enrique, todavía estaba bajo los efectos de
la escena que acababa de presenciar.
Carlos
le rogó que lo ayudase, insistía ¿acaso ella no estaba oficialmente muerta?
─Voy
a perderlo todo, fue un momento de emoción violenta. ─rápidamente había hecho
suyas las palabras del amigo.
─¿Crees
que es tan fácil deshacerse de un cadáver?
─La
podemos llevar a Ticucho.
Enrique
recordó los agrestes y aislados paisajes de las yungas y asintió. Se estremeció
al pensar que esas aventuras de pesca con Carlos ahora iban a ser el escenario
de una tumba anónima.
SEGUNDA PARTE: INVESTIGACION
27
El
comisario Córdoba se paró a mirar la vidriera del pequeño local ubicado en una
galería céntrica de San Miguel de Tucumán. Era una de las diez casas de
tatuajes que había en la Ciudad. La investigación de un crimen lo había llevado
a ese insólito lugar. Un logo daba cuenta de su nombre y actividad: K’ arma Tattoo Body Piercing. En el
escaparate sobresalía un dibujo: un ancla con una flor en el medio con la
leyenda Tatuajes Color 20% de descuento.
También exhibían infinidad de aros para piercings y fotos. Le llamó la atención
una de ellas: era de una mujer con el rostro tatuado y esos adornos de acero en
la nariz, la lengua, las orejas y las cejas. Parte de la cabeza, alrededor de
la oreja izquierda, estaba rapada para permitir que luciera un ramillete de
flores rojas. El comisario detestaba esta costumbre tumbera; definía a sus
acólitos como “locos y drogadictos”.
Empujó
la puerta vidriada y entró. Una campanilla sonó, anunciando su presencia. Del
interior salió un joven de barba, muy musculoso, con ambos brazos tatuados.
Córdoba había conversado con él por teléfono el día anterior y le pedía
colaboración para identificar a la víctima de un asesinato. El cadáver tenía un
pequeño tatuaje en el cuello: era el símbolo del infinito adornado con
diminutas manchas de colores, un corazón y las patitas de un perro.
Córdoba
le mostró las fotos de la occisa y las del tatuaje. Karma reconoció el dibujo y
a su portadora.
─Yo
hice el tatuaje a esa mujer y a su hijo; vinieron con el esposo de ella. Estuve
buscando entre mis papeles; son el señor Carlos Boba y su esposa Julia.
El tatuador fue a un mueble con cajones,
después de buscar entre unos papeles sacó un formulario firmado por el
matrimonio autorizando que le hiciese el tatuaje al hijo.
Si
bien era un símbolo del infinito era un pedido común, él solía escribir en la
piel una pequeña k, era su sello que, a simple vista, pasaba desapercibido. El
comisario Córdoba salió contento, esta información podía servir para
identificar el cuerpo que habían enterrado en su jurisdicción; la comisaría de
El Cadillal.
Recordaba
el día en que lo llamaron de la comisaría. Un denunciante anónimo había visto a
dos hombres llegar en una camioneta Toyota de color azul a un desolado paraje
camino a Ticucho. De la caja del rodado bajaron una bolsa negra con lo que
parecía un cuerpo. Él estaba en ese momento en su cabaña de El Cadillal tirado
en la cama mirando la televisión. Inmediatamente se levantó y comenzó a
vestirse.
El
oficial Reynoso lo esperaba en la puerta de la comisaría situada en la entrada
de la Villa. Reynoso le alcanzó un papel; en él había anotado una serie de
datos de la denuncia: la descripción de los hombres, del vehículo y del lugar
donde estaba enterrado el supuesto cadáver. Era en un punto de la ruta
provincial 312, un camino de tierra muy poco transitado y despoblado que
bordeaba el dique y terminaba en Ticucho.
─Lo
primero es hacer una inspección ocular, puede ser una denuncia falsa ─le dijo.
Con
ese propósito partió con su ayudante hacia el lugar indicado por el
denunciante. Buscaron durante dos horas hasta que, cansados, decidieron
emprender el regreso. Córdoba insultaba
por lo bajo: “Estos pelotudos con sus bromas pesadas”. Subido a la camioneta,
el comisario hizo una maniobra para retornar y vio, por el espejo retrovisor,
un montículo de tierra. Frenó y, de un salto, bajó de la camioneta. Alcanzó una
pala a Reynoso y lo puso a cavar. La tierra estaba recién removida y no resultó
difícil llegar al objeto enterrado: una bolsa negra. Con sólo mirarla se dieron
cuenta de que era un cuerpo humano.
─Precinte
la zona, voy a llamar a Criminalística, ahora es el turno de ellos ─le dijo.
El
apacible y agreste paisaje que ofrecen las yungas fue alterado ese día por la
visita de tres vehículos con policías y el equipo forense. Con las precauciones
del caso, se llevaron el cuerpo en una camioneta hacia la morgue.
***
Unos
días después del hallazgo del cadáver, Córdoba tenía en sus manos el informe de
Criminalística: era un caso de femicidio: una mujer de 39 años aproximadamente,
un metro setenta de estatura. Presentaba heridas de arma blanca en diferentes
partes del cuerpo. Las dos primeras en la garganta causaron su muerte. Se
recogieron muestras para analizar huellas biológicas de terceros en el cuerpo
de la mujer. A pesar de que se encontró semen, los médicos afirman que no fue
violada. Cursaba un embarazo de cuatro meses.
Córdoba
dejó el expediente, pensativo. Su oficina estaba en la planta alta de la
comisaría, desde allí observó el paisaje. Le gustaba ver cómo el camino trepaba
la pequeña y ondulante serranía. Los diferentes tonos de verde hacían contraste
con el techo rojo de las casas y daban una nota de color a la carretera que
llevaba al lago por la ruta 347.
Estaba
amargado, no tenía nada concreto. La prensa ya había comenzado a hablar del
asesinato: le llamaban “el crimen de las yungas”.
En
ese momento entró corriendo el oficial Reynoso.
─Jefe,
jefe ─decía exaltado─ Mire ─y puso ante sus ojos un celular con una imagen macabra.
─ Es el cadáver de la señora que encontramos en la ruta.
─Ya
no respetan ni a los muertos ─le respondió.
El
comisario observó las fotos: se veía la rigidez de la muerte, la cabeza y el
cuello de un color verdoso. Su rostro estaba irreconocible. Le llamó la
atención un pequeño tatuaje en el cuello.
Rápidamente
apartó la vista, estaba impresionado, si hasta le pareció oler los gases
nauseabundos de la muerta. Ya no llevaba la cuenta de cuántos cadáveres había
visto en su vida profesional. A veces soñaba con ellos, era como una película
de zombis, los muertos lo perseguían con sus movimientos rígidos y cuerpos
deformes.
Recordó que, cuando fue
trasladado desde la comisaría Segunda a El Cadillal, creyó que sólo se toparía
con robos menores y peleas de borrachos. Evidentemente, se había equivocado.
Hacía unos pocos meses que estaba trabajando en su nuevo destino y ya tenía que
investigar un crimen. Le resultó muy
conflictivo el cambio, pero era eso o perder el puesto. “Todo por culpa de esa
loca que me acusó de querer matarla”. Llamaba así a su ex esposa que lo había
denunciado por amenazarla con su arma reglamentaria. El comisario la acusó de
mentirosa y falaz, pero no pudo evitar que le quitasen el arma y lo
suspendieran. Fue a hablar con el jefe de Policía, su amigo, el Comisario
General Domingo González, Mingucho para los amigos. “No podemos tener más femicidios dentro de la
fuerza” le había dicho. Córdoba le confió que le gustaban las mujeres y salir
de noche, pero no había agredido a su esposa ni amenazado con un arma.
El
Jefe de Policía lo tranquilizó, le explicó que por protocolo tenía que ver a la
licenciada Mariela Espeche, para que certifique su estado de salud mental, si
informaba que podía controlar su impulsividad, podría seguir en la fuerza.
Dos meses después, le
llevó el certificado de la psicóloga a Mingucho. El jefe lo leyó atentamente.
─Está
bien, pero vas a tener que trasladarte a cumplir funciones en El Cadillal.
─¿Estoy
castigado?
─No
lo tomes así. Esos verdes paisajes te devolverán la tranquilidad. Y será sólo
por un tiempo.
Un
llamado interrumpió sus pensamientos, era de Romina.
─Hola,
estaba pensando en vos ─le dijo con voz cariñosa. Iba a salir esa noche con su
joven novia.
28
Las llamas parecían
querer devorarlo todo, el incendio se había iniciado en uno de los cubículos de
la unidad cinco del penal de Villa Urquiza. Allí convivían ochenta hombres
condenados por asesinato. Se observaban columnas de fuego salir de los
colchones de goma espuma sobre los que dormían los reclusos. Un grupo gritaba
pidiendo ayuda, el humo no permitía respirar y anulaba la visión.
Guillermo tosía refugiado
en un rincón del pabellón, las lenguas de fuego se habían iniciado en una
habitación alejada de la suya, al lado de la puerta de acceso. Muchos gritaban
¡Socorro! ¡Abran la puerta! Al igual que sus compañeros, esperaba auxilio externo
para salir. El sonido de unas sirenas
indicaba que la ayuda había llegado, los bomberos irían a apagar el incendio.
Pensar que podía morir en esa tumba maloliente le sobrecogía.
Todo empezó cuando tres
violetas entraron en la unidad. Los internos no podían concebir que se los
rebajase de esa manera. Tanto en sentido literal como figurado esa fue la
chispa que encendió el fuego. La llegada de las ambulancias y camiones de
bomberos en medio del incendio, produjo caos y desbande. Algunos aprovecharon
la confusión para huir.
Guillermo vivía en el
pabellón más prestigioso del penal. Pocos se atrevían a meterse con ellos. Todos los días a las siete de la mañana
debían levantarse, acomodar y limpiar sus cubículos para ir a desayunar. La
organización de los horarios en donde se establecía una rutina diaria hacía más
llevadera la vida en esa tumba. Por la mañana trabajaba en el taller de
carpintería, por la tarde en la biblioteca. Tenía dos recreos para salir al
patio a caminar o ir al gimnasio. Hace casi un año y medio que estaba allí,
quizás podría obtener su libertad antes de cumplir la condena completa. El
Chino lo visitaba una vez al mes y le daba esperanzas. Había aprendido a
soportar el encierro, pero la convivencia era difícil. No obstante, su
prestigio por haber matado con alevosía, según los corrillos de los internos,
Guillermo debía cuidarse. Su aspecto delataba otra procedencia y hábitos.
Mientras la mayoría de los presos tenían los cuerpos tatuados y andaban
semidesnudos, él vestía bien y no lucía ningún tatuaje. Pronto aprendió la
jerga y códigos tumberos para sobrevivir en esa cloaca. Los domingos eran sus
días preferidos ya que recibía la visita de algunos familiares.
En la biblioteca conoció
a un recluso, Panduro Méndez, se hicieron amigos y compañeros de lecturas.
Méndez tenía cien cicatrices, su cuerpo era una enciclopedia ilustrada, lucía un
parche negro en el ojo por un escopetazo que le dio un penitenciario durante la
represión de una pelea. Era capaz de leer filosofía y recitar a Descartes y
Nietzsche. “Lo que no te mata te fortalece”, le decía a Guillermo. “En este
ambiente te fabricás como una obra gigante de maldad”. El profesor sintió que
no todo estaba perdido si había un hombre en ese lugar que fuese capaz de
pensar. “Estoy detenido, pero en movimiento con la mente. La literatura me hace
libre”, repetía convencido.
Panduro y Guillermo
comenzaron a hablar con algunos internos, los invitaban a la biblioteca,
pequeña pero bien nutrida con cuatrocientos libros. “Yo sé que vos mataste,
pero acá somos personas, somos escritores” les decía Panduro. Él buscaba chicos en las aulas del penal. Los
otros internos les llamaban putos y los guardias se les burlaban. Habían creado
la Editorial cartonera Cuenteros,
Verseros y Poetas.
Guillermo y sus
compañeros de pabellón fueron rescatados del fuego. El mismo fue sofocado por
los bomberos. En la enfermería se encontró con Panduro y se abrazaron. El amigo
sonrió, dijo:
─Esta tumba es también un
infierno.
─Pensé que iba a morir,
se demoraron para rescatarnos.
─Este es tu primer
siniestro, cada tanto los muchachos se enojan y prenden fuegos artificiales.
Guillermo se calló, no le
parecía un motivo de broma. Podrían haber muerto asfixiados por el humo o
quemados.
***
Unos meses después ocurrió otro hecho que casi le
cuesta la vida. Fue el día en que Guillermo se levantó temprano y comenzó a
limpiar su celda junto a tres reclusos. En esa tumba la vida no valía nada y
los crímenes se sucedían con frecuencia ante los guardias que hacían la vista
gorda. Ellos tenían uno o dos sueldos extras debido a que participaban de los
negocios clandestinos del penal. Guillermo era acosado por los budistas,
molestos por su trabajo con Panduro en la biblioteca. La mayor inquina era con
su amigo, un jugador compulsivo que les debía dinero. Guillermo les temía,
consiguió que su familia le llevase plata para pagar protección de la banda
rival Los Monos. Éstos eran tipos de gran tamaño, tatuados con calaveras en
todo el cuerpo, tenían un culto: rezaban a San La Muerte.
La vida en la cárcel horadaba las entrañas de
Guillermo, el futuro que le aguardaba en esa cloaca se le aparecía como una
rutina sin fin. Un día comenzó a confeccionar una soga con los trapos que podía
conseguir, así solucionaría todos sus problemas. Su familia había sufrido demasiado
y ahora tenía que ayudarlo para comprar seguridad. La filosofía y sus teorías
sobre lo ineluctable, la contradicción, el amor y el sexo le parecían cosas
remotas y absurdas en esa lucha diaria por la supervivencia. En ningún otro
lugar podría encontrarse a seres humanos tan desahuciados, todos estamos
muertos, pensaba. Finalmente abandonó su proyecto suicida, no tenía el coraje
suficiente para acabar con su vida.
Por la tarde, cuando se
dirigía a la biblioteca, vio a dos reclusos abalanzarse sobre Panduro con facas
puntiagudas. Se acercó para detener la agresión, la pelea era desigual. En un
instante el amigo estaba en el piso, Guillermo reconoció a Chupete y el Chavo de
la banda del Buda inclinados sobre Panduro clavándole sus facas. Los filos entraban
y salían de su cuerpo a un ritmo enloquecido, la sangre brotaba manchando todo
de rojo. Guillermo se abalanzó sobre los agresores para detener la acción
homicida. Rápidamente lo redujeron de una trompada que lo tiró al piso. Cayó al
lado de Panduro y la sangre del amigo le mojó la espalda. Guillermo se levantó con
dificultad, en ese momento sintió una cuchillada en el hombro y otra en el
pecho a la altura del corazón. Las puntas se ensañaban sobre su cuerpo que
parecía un muñeco de trapo bamboleándose hasta caer de nuevo. Los hombres los
dieron por muertos y salieron corriendo del lugar. Sus zapatos, tintos en
sangre, dejaron las huellas de la huida. Fácilmente se podría conocer hacia
donde se dirigían, pero a nadie le interesaba aclarar la verdad. La banda del Buda controlaba las apuestas
clandestinas y quería mandar un mensaje a quienes quisieran desviarse de códigos
sagrados: nada de deudas con el juego ni la merca.
Cuando los guardias
llegaron a la escena del crimen, el espectáculo era desolador. Un charco de
sangre debajo de los cuerpos daba cuenta de la carnicería. Panduro estaba
muerto. Galindo aún vivía, lo llevaron al hospital en una ambulancia con
custodia. El herido estaba grave, pero peleaba por su vida. En la cárcel el
escándalo fue mayúsculo, el director debía obrar rápido para no ser despedido.
Un sumario administrativo podría develar los pactos secretos entre los guardias
y las bandas criminales. Él mismo era el capo de otra banda: la de los guardias
que recibían comisiones por los hechos delictivos cometidos en el penal.
En la sala de terapia
intensiva Guillermo se debatía entre la vida y la muerte. A pesar de su estado,
un guardia en la puerta lo vigilaba las veinticuatro horas. En realidad, lo
estaban cuidando, sabían que la banda del Buda había decidido terminar su
trabajo.
Por eso no sorprendió el
contenido de un sobre que alguien arrojó debajo de la puerta de la sala. Sólo el nombre de Guillermo estaba escrito en
letras de molde, el guardia lo abrió y leyó el mensaje, simple y claro:
Si
buchoneás sos boleta, puto de mierda.
Sabía de dónde venía la
amenaza, Guillermo era el único testigo del crimen de Panduro. Varias veces
habían ido de la fiscalía a tomarle declaración. Los médicos no habían autorizado
que hablara, “no está en condiciones de declarar”, decían.
***
Guillermo se despertó del
coma en un lugar desconocido, un extraño sopor lo envolvía. Una cánula
conectaba su brazo izquierdo con una bolsa con líquido que pendía de un soporte
metálico. Una enfermera se le acercó, le tomó el pulso y la presión.
─¿Cómo
se siente?
─Muy
mal, dolorido, un poco mareado ¿dónde estoy?
─En el hospital Centro de
Salud, ha perdido mucha sangre, es un milagro que esté vivo ─le respondió la
mujer mientras controlaba el goteo del líquido que pasaba por la cánula y se
introducía en su brazo izquierdo.
Galindo
observó la sala. Un letrero en la puerta decía: Terapia Intermedia. Acceso restringido.
¿Hace cuánto que estaría internado? Observó al hombre de la cama de al lado,
blanco como un cadáver, respiraba con dificultad. Estaba conectado a un tubo de
oxígeno. Guillermo sintió que le faltaba el aire y un dolor en el pecho lo
estremeció.
─¡Enfermera,
enfermera! ─gritó.
La
mujer se le acercó:
─¿Qué
le pasa?
─Me
siento mal, me falta el aire, tengo un dolor en el pecho, creo que voy a
infartarme.
─Tranquilo,
ya controlé sus signos vitales. Usted está con un ataque de pánico. Voy a pedir
al doctor que lo vea. Necesita un ansiolítico más potente.
Guillermo
se tranquilizó, ella era una mujer persuasiva y su voz suave sonó como un
bálsamo.
─¿Hace
cuando que estoy aquí?
─Dos
semanas, le tuvieron que hacer una cirugía de urgencia para extraerle una faca
que tenía clavada en el hombro, tenía varias heridas que le hicieron perder
mucha sangre. Primero estuvo en terapia intensiva con un coma inducido. Ya le dije: se salvó de milagro.
Guillermo recordó la
escena: Panduro atacado por gente del Buda, él queriendo salvar al amigo. Sólo
consiguió que lo hieran gravemente. Esos malditos…algún día iba a vengarse. La
mañana siguiente el Chino lo visitó en el hospital. Entró sonriendo:
─Amigo, te salvaste por
un pelo.
─Esos hijos de puta casi
me mandan al otro barrio ¿Qué sabés de Panduro?
─¿Tu amigo Méndez?,
falleció. Lo lamento.
Guillermo se quedó
callado, trataba de asimilar el golpe, sólo a Méndez apreciaba en esa cloaca
inmunda.
─De la fiscalía necesitan
tomarte una declaración.
─¿Qué quieren?
─Están investigando el
crimen de tu amigo y las heridas graves que sufriste.
Guillermo miró su cuerpo
lastimado, sintió una puntada en el hombro, pensar que le había sacado una faca
de allí le produjo escalofríos. El Chino esperaba una respuesta.
─Fueron los hombres del Buda,
pero yo muzzarella.
─¿No vas a declarar?
─Claro que no, vuelvo y
me rematan. Inclusive aquí mi vida corre peligro.
─No te preocupes, hay un
guardia permanente en la puerta. Voy a pedir que te pongan en una habitación
individual para mayor seguridad.
─Gracias, sos un amigazo
Chino.
29
Carlos se despertó esa
mañana con la cabeza embotada. Podía dormir gracias a los psicofármacos, pero
sus efectos le hacían sentir débil, como si viviese en un mundo irreal. Se
sentó en la cama y miró el lugar que Julia ocupara durante tanto tiempo. Ya habían
pasado casi dos años de su muerte y se sentía muy solo. Su familia estaba
destruida, su trabajo en la universidad se había terminado. Se esforzó para
sentarse en la cama con el fin de prepararse el desayuno. Buscó las pantuflas,
¿dónde estaban? Con seguridad las había dejado allí, sobre una pequeña
alfombrilla. Recordó la pésima costumbre de Toribio de llevárselas para
mordisquearlas en el jardín. La escena del fatídico día en que mató a Julia
apareció en su mente: el caniche moviendo la cola al lado de la casilla donde
la esposa se había refugiado de él, su asesino. Las imágenes de Julia jugando
con el perrito, bañándolo, sacándolo a pasear…se mezclaban con otras,
terribles, recordó cómo se avalanzó sobre la esposa, una vez recuperado de la
sorpresa de verla allí, en la cocina, sonriente y despreocupada.
Otro largo día se
presentaba ante sus ojos como una maldición. Ya no era capaz de apreciar los
colores de su jardín: los amarillos, rosados y blancos de las flores, los
verdes de las plantas y el césped…los marrones y amarillos de los gorriones y
benteveos que se posaban en el alcanfor. Sólo percibía tonos de gris.
¿Lo había perdido todo?
Recordó al amigo, Enrique, él siempre lo había acompañado en las buenas y en
las malas. Sus consejos siempre acertados, sus bromas...
Se levantó descalzo y
buscó el teléfono que se estaba cargando sobre la cómoda. Eran las nueve de la
mañana. Llamó a Enrique.
─Amigo, ─le dijo, ─necesito
que vengas a mi casa, no me siento muy bien últimamente.
Desde el otro lado de la
línea hubo un largo silencio.
─Estoy harto de esta
empresa, no te escucho amigo ─dijo tratando de calmarse.
─No es la línea, demoré
en contestarte porque revisaba mi agenda, creo que a medio día puedo pasar a
verte.
─Por favor, no me falles,
tengo que hablar con vos.
Carlos no había podido
recuperarse de la muerte de Julia a pesar del tiempo transcurrido. Se dormía
cuando el sueño y el cansancio lo vencían. Muchas veces tenía pesadillas:
soñaba con Julia, ella se le presentaba tal como el día de su vuelta a casa.
Vestía una camisa a cuadros y un pantalón azul, estaba hermosa. El color de su
piel era de un blanco transparente. A veces ella se acercaba y lo besaba. En
otras oportunidades le suplicaba por su vida, le decía: “He vuelto porque los
extrañaba”. Carlos se despertaba transpirado y con fuertes dolores en el pecho
Su rutina transcurría
dentro de las cuatro paredes de su casa, se amanecía viendo la televisión, luego
dormía toda la mañana. Se levantaba para almorzar a las dos o tres de la tarde.
A veces salía de noche, iba a los bares a juntarse con algunos amigos. Volvía
en un taxi, alcoholizado.
A la hora convenida el
amigo tocó el timbre, cuando salió a atenderlo Carlos no vio en él al sonriente
y bromista compinche sino a un hombre parco y serio. Luego de los saludos, lo
interrogó:
─Ya no vas a la facultad
¿Te pensás jubilar?
─Sí, ya contraté un
gestor para que me haga los papeles. No puedo levantarme de la cama, la
depresión me ha pegado fuerte, mi vida no tiene sentido.
Enrique no sabía qué
contestar:
─Tu hijo todavía es
adolescente…
─Joaquín me odia, siempre
estamos discutiendo. Hubiese preferido que el muerto sea yo, te imaginas,
perdió dos veces a la madre.
─¿Por qué me llamaste?
─Me quiero matar, por
favor amigo, prometeme que si fallo y quedo tullido vos me vas a ayudar a
viajar al otro mundo.
─¿Estás loco? ¿Vos qué te
pensás? Mataste a Julia, fui tu cómplice. Si se descubre voy preso por
encubrimiento. ¿Y ahora tengo que hacerme cargo de un supuesto fallido
suicidio?
Enrique estaba enojado,
no iba a seguir haciendo locuras por Carlos.
─Es que no veo la
solución, la cagué amigo. Hasta te estoy perdiendo, estoy solo.
─Carlos, ¿por qué no
confesás? Pagá tu deuda con Julia y la sociedad. Vas a poder dormir tranquilo y
reconciliarte con tu conciencia.
─Lo pensé, pero prefiero
suicidarme, la vida entre ladrones y criminales de baja estofa no es para mí.
─Vos sos peor que ellos,
mataste a tu esposa.
Carlos reaccionó
violentamente:
─Salí inmediatamente de
mi casa, no quiero verte más.
Enrique lo miró
fijamente, se levantó de la silla y salió. Carlos escuchó que la puerta de
calle se cerraba y comenzó a llorar convulsivamente.
***
Carlos se despertó esa
mañana con dolor de cabeza. Había deambulado por los bares tomando whisky y sufría
de una desagradable resaca. Miró, como todos los días, el lado de la cama en el
que Julia dormía, su mesita de luz. Se arrepentía de haber tirado las cosas de
ella. ¡Cuántos errores había cometido! Enrique tenía razón, debía pagar de
alguna manera el horrible crimen. Recordó la última vez que lo vio, la escena
volvía una y otra vez a su cabeza, lamentaba haberlo echado de su casa. En su
mente se formuló un propósito: pedirle perdón, recuperar esa relación de tantos
años.
Inundó el celular de
Enrique con mensajes de voz y de texto. En los mismos se observaban sus
oscilaciones y desvaríos. Luego de rogar por la amistad y el perdón, lo
insultaba de manera grosera y procaz. Enrique lo bloqueó, pero Carlos redobló
la apuesta usando las redes sociales para los mensajes. En ocasiones lo llamaba
por teléfono desde una cabina pública. El acoso era continuo. Un día, Enrique
resolvió enfrentar a Carlos y lo llamó.
─Por favor, basta ya de
hostigarme con mensajes y llamadas.
─Te pido perdón, te
necesito.
─Está bien, te perdono,
pero no vuelvas a molestarme.
─Sos mi amigo, no puedes
abandonarme en este momento.
─Carlos, esto es una
locura, ya conocés mi opinión: te tenés que entregar, pagá tu deuda, eso te
dará paz.
─Vos también estás metido
en este lío y vas a ir preso.
─¿Sos capaz de declarar
que te acompañé a El Cadillal?
─Sí, si hablo canto todo.
Enrique se quedó
pensativo, no podía soportar más la situación. Le dijo:
─Me metiste en tu lodo y
estoy dispuesto a asumir las consecuencias. No puedo dormir de noche, hasta
sufro de impotencia a veces, mi vida es un desastre…a pesar de que no soy un
asesino.
─Como dijiste, pagar por
lo hecho pacífica. ─La voz de Carlos era burlona, ahora él tenía la manija.
─¿Sabes? Te voy a hacer
un favor, yo mismo voy a ir a la policía a contar todo.
─Traidor, hijo de puta ─le
gritó Carlos y cortó la comunicación.
30
Cuando el portero del edificio ubicado en calle
Chacabuco 661 salió a baldear la vereda a las siete de la mañana, se encontró
con un espectáculo que lo dejó paralizado: un hombre estaba tendido boca abajo
en el techo de un auto estacionado en la acera. Vestía vaqueros y una camisa.
Al acercarse, notó la sangre que corría desde la cabeza y bajaba por la
carrocería hasta formar un charco en el cordón. Los cabellos blancos del herido
estaban teñidos de rojo. Cuando salió de su estupor, buscó el celular en su
bolsillo y llamó a los números 107 y 911.
Casi una hora después llegó el
comisario Córdoba al lugar, observó que el tránsito había sido cortado por dos
policías que estaban parados en la bocacalle con las motos alineadas como
barreras. Los bocinazos de los automovilistas y la gran cantidad de gente
hicieron recordar a Córdoba las kermeses de su infancia. ¿Acaso un muerto es
motivo de tanta curiosidad? ¿Preocupación o morbo? Los curiosos se agolpaban
detrás del precinto que había colocado la policía, muchos sacaban fotos con sus
celulares. Le informaron que la fiscal Lanús ya estaba en camino. La gente de Criminalística
buscaba huellas y evidencias en la escena del crimen. Con los debidos recaudos
se llevaron el cuerpo a la morgue.
Córdoba constató que se estaba
respetando el protocolo para estos casos. A su lado, el subcomisario Ruiz le
dijo:
―El tipo se tiró o cayó del edificio.
―O lo empujaron ¿Vive allí?
―Dice el portero que nunca lo vio antes ¿Estaría de
visita?
―Puede ser, necesitamos interrogar a los vecinos.
―Me dijeron que son como setenta departamentos: el
edificio tiene once pisos. Son de esas ratoneras que construye Leader House.… ―el oficial estaba fastidiado, le disgustaba esa tarea.
―Sí, pero vamos a entrevistar a los que dan al frente;
calculo unos treinta departamentos. Empiece por los pisos más altos.
Al día siguiente, mientras
planificaba los próximos pasos, la imagen del hombre sobre el techo del auto
con un hilo de sangre corriendo desde su cabeza hasta el cordón de la vereda lo
perseguía: ¿qué habría pasado?
―¿Qué sabe de los estudios de Criminalística?
―En unos dos o tres días van a estar listos.
***
Al día siguiente, Córdoba se
disponía a salir de la comisaría cuando entró Ruiz un poco agitado. Mostraba un
papel.
―¿Qué pasa? Le preguntó.
―Comisario, el señor Boba dejó una carta. El hijo se
presentó en tribunales con un escrito en un sobre cerrado dirigido a la fiscal
Lanús. Tengo un amigo en la fiscalía, él me consiguió una fotocopia.
Le alcanzó la carta, Córdoba la leyó en voz alta:
Sra. Fiscal Mirta Lanús:
Cuando usted lea estas líneas yo
estaré muerto. Que no se culpe a nadie de mi deceso, es una decisión que tomé
en pleno uso de mis facultades mentales. Me dirijo a usted debido a que llevó
adelante la investigación del crimen de mi esposa, la señora Julia Caramutti. Ha encarcelado a un inocente, yo la maté en
un arranque de emoción violenta. En el jardín de mi casa, al lado de un
alcanfor, encontrará el cuchillo que hundí en su garganta. Desde entonces lo he
perdido todo: mi hijo, mi trabajo, mi mejor amigo. Sobre todo, he perdido las
ganas de vivir. Aprovecho la ocasión para expresar mi última voluntad, quiero
ser enterrado al lado de mi esposa con una inscripción: Juntos para siempre.
Atentamente
Carlos Boba
***
Dos días después, Córdoba fue citado a la fiscalía.
Sospechaba que podía tener problemas, él había cargado con la investigación del
asesinato de Julia Boba, se había equivocado, ahora el marido se mataba y
confesaba.
Se lo comentó a Ruiz.
─Ese chico sospechaba del padre y tenía razón ─le
contestó el oficial.
Córdoba lo miró enojado.
─Claro, es fácil hablar con esta nueva evidencia, pero
no soy adivino. Usted también sospechaba de Galindo.
─No se enoje, jefe, pero cuando el chico se vino con
la multa usted estuvo lerdo.
Córdoba salió de la oficina sin saludar.
El comisario se trasladó en la camioneta del gallito a
la sede de tribunales penales, en Sarmiento y Laprida. Por la tarde había mucho
menos movimiento que a la mañana. Pasó la puerta de entrada del edificio de
ladrillo a la vista. Había un jardín cuadrado con bancos y plantas rodeado de
galerías. Se encaminó hacia la izquierda y se acercó al mostrador de la
fiscalía II. Una mujer estaba sentada frente a una computadora. Luego de
saludarla le dijo:
─Por favor, le dice a la fiscal que he llegado.
Lo hicieron pasar a los pocos minutos. La fiscal
estaba leyendo un expediente, a su alrededor había pilas de papeles, algunos en
una mesa, otros en el piso. Cuando Córdoba entró la fiscal lo invitó a
sentarse. Firmó el expediente que estaba leyendo y lo dejó a un costado.
─La causa del crimen de la señora Boba es un dolor de
cabeza. Es preciso reabrir el caso, la confesión del señor Boba lo amerita. Voy
a pedir al juez una orden para allanar la casa, pareciera que allí
encontraremos más pruebas y, si nos llevamos por la confesión de ese hombre, el
arma homicida.
Córdoba la miró, era una mujer dedicada a un trabajo
desgastante. Parecía cansada, quizás no había dormido desde que apareció la
nota del suicida.
─Usted sabe, doctora, que las pruebas apuntaban hacia
Galindo, el señor Boba tenía una coartada. Su amigo, el profesor Enrique Salinas,
mintió.
Córdoba aprovechaba la oportunidad para justificarse,
él había contribuido a meter en la cárcel a un inocente.
─Le voy a pedir que no haga ningún tipo de
declaraciones hasta tanto no se haya investigado a fondo los dichos del suicida
en su carta. La prensa va a usar esta causa para hablar por milésima vez de los
fallos de la justicia. Ya se va a comunicar con usted el jefe de policía.
La mujer se levantó de la silla con un gesto de
despedida.
─Lo dejo, me voy a una reunión ─dijo saliendo de su
despacho.
Córdoba se quedó un rato parado allí, solo, luego se
encaminó hacia la puerta. tenía que volver a la comisaría. Cuando entró vio a
Ruiz contento.
─Parece que le alegra que un tipo se suicide ─estaba
amargado y furioso, dispuesto a descargarse con el subcomisario.
―No, cómo me voy a reír del difunto, me alegro que lo
hayan identificado tan rápido gracias a que tenía su documento en el bolsillo
del pantalón. No voy a tener que ir departamento por departamento a investigar,
menos trabajo, jefe.
Era cierto lo que Ruiz le había planteado, estuvo
lerdo cuando fue el hijo de la Boba con la multa de tránsito. Finalmente
respondió:
─Pobre hombre, no lo reconocí, estaba desfigurado. Él
sufrió mucho por la esposa. Lo peor: el crimen y la traición, un combo mortal.
―Ahora está filósofo, se le pegó el señor… ¿cómo se
llama el ex amante de la señora Boba?
―Guillermo Galindo.
31
Era un día gris y lluvioso, un enfermero salía del
cuarto de Guillermo llevando una bolsa negra sobre una camilla. Se acababa de
realizar el cambio de guardia y comunicó al policía que el señor Guillermo
Galindo estaba muerto. Lo iba a trasladar a la morgue. El guardia miró el
cuerpo dentro de una bolsa negra con un cierre en su parte delantera. Observó
unos papeles que le tendía el enfermero y asintió. Debía informar a sus
superiores que ese día su trabajo en el hospital había terminado.
El enfermero no llevó al señor Galindo a la morgue del
hospital sino a una ambulancia que lo esperaba en la puerta. Explicó que debía llevarlo
a la morgue del Poder Judicial para una autopsia. La ambulancia partió sin
mayores inconvenientes. En lugar de encaminarse al destino declarado, el
vehículo se dirigió a un paraje apartado a unos kilómetros de la Ruta 9. En el camino, el Chino se había sumado a la
comitiva.
―Esto es una locura, Guillermo.
―Gracias por tu ayuda, Chino, no puedo volver al penal,
me la tienen jurada. Ya voy a arreglar cuentas un día.
―Hubieses declarado ante la fiscalía, esos tipos se van
a salir con la suya.
Ahora parece que querés liquidarlos. La venganza no te va a dar paz. No
quisiste denunciarlos, te hiciste el ignorante cuando te interrogó la fiscal.
Mi consejo de siempre: deschavá, vos
viste claramente quiénes fueron.
―Claro, si yo declaro van a darles más años de condena.
No entendés, es peor el remedio que la enfermedad. Más vengativos se van a
poner.
―Te lo dije, te podría haber gestionado un traslado.
―Chino, soy inocente, no puedo vivir ahí.
―¿Qué pensás hacer? Te van a capturar y vas a tener
cinco años más de cárcel.
―Me voy a ir a un lugar donde nadie me pueda encontrar.
―Guillermo, hace falta plata para huir. Pagar por tu
fuga salió un huevo. Ya no tenés nada para vender. Tu casa está hipotecada.
―Me porté mal con Fernanda, es de hierro.
―Después de todo es tu esposa y la madre de tus hijos,
qué menos podría hacer.
***
Escondido en una casucha en un paraje aislado cercano
a Pueblo Viejo, Guillermo preparaba su fuga hacia Bolivia o Paraguay.
Necesitaba nuevos documentos, crearse otra identidad, cambiar su apariencia.
La situación era difícil, pero era un hombre libre.
Había perdido muchas cosas y casi pierde su vida. Las ideas suicidas le
parecían ridículas ahora que su existencia había tomado otra perspectiva. Recordaba
con nostalgia sus bellas teorías sobre el amor y las metáforas sobre lo leve y
lo pesado. Quizás había querido justificar su apetito sexual utilizando a
Parménides, Nietzsche y otros filósofos. ¿Acaso no se había comportado como un
perverso? Recordaba a la chiquilla, Marcela, una alumna suya del secundario. No
había sido sincero consigo mismo ni con su esposa. Buscó excusas que calmaran
sus sentimientos de culpa ¿podría ser que él era arrasado por fuerzas que
escapaban a su control?
Una vez por semana su amigo le llevaba mercadería y
novedades. Un grupo muy íntimo lo estaba ayudando. Creían en su inocencia y su
sufrimiento les parecía injusto.
Cuando llegó el Chino un día diferente al pactado,
Guillermo se sorprendió, el hombre estaba exaltado. Entró a la cabaña casi
gritando:
―¡Tengo un notición!, ¿por qué no atendés el celular?
―Aquí casi nunca tengo señal ¿me conseguiste el pasaporte?
―No, la noticia es mucho
mejor: dentro de poco vas
a ser un hombre libre.
―¿Estás bromista?
―No, Guillermo, se descubrió la verdad, lo que vos
decías era cierto, el marido mató a Julia.
―¿Confesó?
―Post
mortem el hijo de puta.
Se mató y dejó una carta.
Guillermo comenzó a llorar convulsivamente. Cuando se
repuso le dijo:
―¿Qué hago? Me castigarán por la fuga.
―Tené paciencia ya hablé con la fiscal y los jueces,
están corroborando la verdad de los hechos. Buscan pruebas, piensan que el tipo
la mató en su casa y ya tienen una orden de allanamiento. Además, la policía
omitió dar a conocer un informe que presentó el hijo de la señora Boba. Eso
ahora juega a nuestro favor.
Guillermo se puso blanco, temblaba.
―Pero, ¿no es seguro?
―Tranquilízate, ―el abogado le dio una palmada en la espalda―. Es un hecho, en una semanita dejás esta casucha.
―¿Y qué voy a hacer cuando salga?
―Te tienen que reivindicar, fue una injusticia. Te
puedo representar para demandar al Estado por los daños causados. Hasta
corriste peligro de que te maten esos delincuentes.
Guillermo pensaba en la familia que había sido su peso
y ahora se había desmembrado. En Julia, muerta y enterrada. ¿Qué sería de sus
trabajos? ¿Podría volver a la Facultad, a su investigación? Estaba exaltado y
asustado pero la vida le daba otra oportunidad. La síntesis perfecta que había
conseguido con Julia había durado poco.
***
En ese departamento todo
era un caos: cajas con libros, canastos llenos de ropa, grandes cajones de
madera que contenían variedad de utensilios para cocinar. En un rincón, dos
cañas de pescar descansaban apoyadas contra la pared. Guillermo Galindo empezó
por trazar un sendero entre los objetos. Su esposa había hecho la mudanza por
él: estaba claro que todas esas cosas venían con un mensaje tácito, su
matrimonio había terminado. Nada de él debía quedar en la casa que habían
compartido con Fernanda durante tantos años.
Revisó someramente los
papeles ¿Acaso esperaba encontrar las fotos de la familia en tiempos felices?
Se las iba a pedir, al menos las fotos de los chicos, eso le debía ella.
Imágenes de la mujer pasaron por su cabeza; el día que la conoció en ese bar de
estudiantes, la boda…recordó una foto en que ella estaba embarazada de los
mellis. Se la había tomado el Chino, él le besaba la panza, ella sonreía.
Brillaban sus dientes blancos y sus ojos hacían juego con el paisaje: el cielo
y el lago de un celeste intenso.
Un lago, aguas
transparentes o barrosas…un ramalazo de angustia le oprimió el pecho, Julia
volvió a su mente. Nunca se iba, siempre estaba allí, presente. ¿Cuándo iba a
poder desterrarla? Sabía la respuesta o, al menos la intuía: “la venganza es un
plato que se come frío”. Cuánta sabiduría había en esos refranes populares. Si
los filósofos no se apartasen de ellos podrían hacer aportes más valiosos. Por
supuesto, eran la doxa, la opinión y no el saber. Había sufrido tanto que sus
elucubraciones filosóficas basadas en los presocráticos y otros pensadores eran
rechazadas como un recuerdo absurdo. En ese momento, sonó su celular, respondió
la llamada de su esposa:
─Hola, estoy bien.
Gracias por traerme mis cosas.
Fernanda parecía muy
animada, le dijo:
─Por nada, avísame si
necesitás a alguien que te vaya a limpiar. Mi mucama puede ir una vez por
semana.
─Gracias de nuevo.
Gracias por estar conmigo en los momentos más difíciles, sos una gran mujer.
Guillermo comenzó a lagrimear. Del otro lado de la línea la mujer le preguntó:
─¿Qué te pasa? ¿Estás
llorando?
─Quedé muy sensible, la
vida en prisión fue un infierno. Ahora todo me parece el paraíso. Valorás
muchas cosas que dabas por sentado: la libertad de hacer lo que quieras con tu
vida, hasta el aire que respiro es más puro.
─Yo también estoy feliz
que hayas podido salir de esa tumba. Aunque no estemos juntos siempre vamos a
ser una familia. Los chicos quieren verte.
─Yo también, los extraño,
acomodo un poco acá y los invito a pasar un finde conmigo.
Le habían prestado una
cama y algunos muebles. Acomodó rápidamente la vajilla en una alacena de la
cocina. Puso los libros en una estantería empotrada en la pared y colgó la ropa
en el pequeño placard. Terminada la tarea miró el monoambiente que sería su
hogar por un tiempo. Lo que más le gustaba era el balcón, por allí entraba la
luz quemante del medio día y podía ver el cielo. Le inundó una sensación de
libertad y felicidad.
El departamento era
pequeño, pero lo sintió confortable, ¿cuánto tiempo había vivido confinado con
otros tres hombres en una habitación estrecha? Ese lugar era sólo para él. Con
unos cuadros en las paredes y una cortina quedaría perfecto.
Los ruidos de su estómago
le recordaron que no había almorzado. Miró la hora: eran casi las tres de la
tarde. Bajó a comprar alimentos al mini súper del frente. Tenía que llenar las
alacenas y la heladera, pero el dinero era ahora un problema.
Tenía unos pesos que había
podido ahorrar trabajando en la carpintería del penal. Era un desocupado más,
sin ingresos y con deudas. Sentía culpa por haber esquilmado a su familia y
amigos. Otra vez tuvo que contener las lágrimas. Era maravilloso que tanta
gente hubiese creído en él. Nunca podría pagar su deuda con Fernanda y el
Chino, una deuda no sólo económica sino moral.
Fernanda se había ocupado
de alquilarle ese departamento a unas cuadras de su casa, su ex casa. El Chino
estaba haciendo las gestiones para que su nombre quedase limpio. Trató de pensar en positivo: tenía un techo
sobre su cabeza, un plato de comida en la mesa y salud. Se tocó la herida del
pecho, fue un milagro que se hubiese salvado de esa faca. Un milagro llamado
celular, no, no era un milagro sino obra de la casualidad. No le había llegado
el turno todavía. Ese día se había puesto el celular en el bolsillo izquierdo
de la camisa, siempre lo usaba en el derecho. Eso le salvó la vida: no haber
tenido tiempo de coser ese puto bolsillo. Esas pequeñas cosas, como un bolsillo
roto eran la diferencia entre la vida y la muerte. Mientras que en los últimos
veinte o treinta años de su vida estuvo abocado a explorar el enigma femenino,
ahora le inquietaba el misterio de la existencia y su futuro, pero ¿tenía
futuro? Se preguntaba en forma reiterada.
32
El comisario Córdoba fue citado por el jefe de Policía
esa tarde gris. Tomó por Lamadrid unas cuadras hasta la Avenida Alem. El
tránsito era denso cuando se acercó a su destino por la Belgrano. Al llegar a
la jefatura, encaró el ancho portón que llevaba a una playa de estacionamiento.
Dejó allí el auto y se dirigió a las construcciones que componían la
repartición., un grupo de galpones de la década del sesenta que iban a ser
destinados a una institución de salud. El proyecto fue abandonado al poco
tiempo. Cuando el gobierno decidió trasladar la jefatura de su ubicación en la
avenida Sarmiento y Junín a otro lugar, eligió esas dependencias. Por falta de
mantenimiento estaban viejas y deterioradas. Córdoba tomó por un ancho pasillo
hasta llegar a la oficina del jefe. La secretaria lo invitó a sentarse en la
amplia antesala. A esa hora sólo estaba la mujer detrás del escritorio,
tecleando en una computadora.
―Él está en una reunión ―le dijo mirando hacia la puerta con las cejas
arqueadas hacia arriba.
Córdoba se sentó a esperar, estaba tenso. El crimen de
las yungas volvía a los diarios. Un inocente preso y un culpable muerto en el
techo de un auto. La justicia y la policía en la picota ¿Le salpicaría este
culebrón? Su amistad con el jefe venía de lejos, se habían conocido en la
secundaria. Jugaban al fútbol, iban a pescar. Inclusive antes de casarse habían
compartido unas vacaciones en Mar del Plata. Confiaba en que Mingucho lo
ayudaría en estos momentos. Le había encomendado la investigación, pero la
fiscal, el juez de instrucción, la cámara, muchas personas también se habían
equivocado. Recordó el refrán “el hilo se corta por lo más delgado” y se tocó
el cuello en un gesto que usaba cuando estaba en una situación difícil.
Al fin, la secretaria le dijo que podía pasar, el
comisario encontró a su jefe y amigo sentado en el escritorio firmando unos
papeles. Cuando lo vio le indicó que se sentase. Le dijo:
―Roberto, ese Boba se burló de nosotros todo el tiempo.
―Si lo hubieses visto, se hacía el viudo doliente por
la muerte de la mujer y los cuernos que le ponía, no sé qué lo afectaba más.
Resulta que había sido un hijo de puta.
―Homicidios corroboró la versión de Boba, la carta que
dejó era auténtica, se encontró el arma homicida en el jardín de su casa.
―Lo sabía, me llegó
información sobre la gran cantidad de sangre que había en la casa.
─El luminol reveló una
verdadera carnicería. Sólo nos faltó encontrar el auto en el que trasladaron a
la mujer a El Cadillal.
El jefe de Policía miró a Córdoba, su cara denotaba
seriedad, le dijo:
―Estoy defraudado, dispuse que volvieras a la comisaría
segunda como querías, pero tu actuación últimamente ha dejado mucho que desear.
―Me felicitaste por encontrar el cadáver y descubrir a
quién pertenecía…lo que ocurrió después no estaba en mis manos, la justicia
condenó al amante.
―No me refiero a eso. Me enteré que el hijo de Boba fue
a verte para mostrarte una infracción de tránsito que inculpaba al padre.
Córdoba lo miró desconcertado ¿quién lo había
traicionado? ¿Sería el buchón de
Ruiz?
―Me pareció que era una prueba circunstancial…
―Lamentablemente ha trascendido y no puedo asegurarte
el puesto que va a dejar González en la Regional Sur.
―Es injusto, me lo prometieron.
─Ya sabés como funciona esto, a Galindo la condenaron
siendo inocente. El caso fue exhaustivamente revisado por las más altas
autoridades del Poder Judicial. En el expediente estaba una declaración del
chico, Joaquín Boba.
Córdoba se había equivocado, un caso puede reabrirse
si aparecen nuevas pruebas. Debía haber dado importancia a ese documento que el
muchacho le había llevado. Se despidió pensativo de Mingucho. La tristeza y la
resignación se dibujaban en su rostro.
33
Guillermo subió los
escalones del estudio casi saltando, en el primer rellano tocó el timbre. Una
voz le respondió del otro lado:
─Pasá y esperame.
Ingresó a una pequeña
sala de espera. Tenía dos sillas estilo Luis XVI y una estantería de madera con
libros y adornos. Sobresalían unos pequeños muñecos disfrazados de Arlequín.
Seguro que el Chino los había comprado en Venecia, en su último viaje a Europa.
Un ventilador de pie echaba un poco de aire a ese caldeado ambiente.
Luego de unos minutos, el
Chino salió de su oficina. Lo acompañaba un hombre de traje. Se dieron la mano
y el hombre salió. Entonces el abogado lo saludó efusivamente.
─Guillermo, querido
amigo, qué bueno que pudiste venir. ¿Qué tal el viaje?
─Sin inconvenientes,
siempre viajo en La Unión. Por ahora me instalé en un monoambiente, me lo
alquiló Fernanda. Me estoy acomodando, es irónico, pero me cuesta habituarme a
mi nueva vida.
─Claro, ahora me decís
que extrañás la prisión y te doy un sopapo para que despiertes del delirio.
─No, para nada extraño
esa cloaca. Es que estaba acostumbrado a las rutinas, el sistema decidía por
mí: a qué hora levantarme, cuándo comer y dormir. Ya sabes, no tener que
pensar, sólo obedecer.
─Ja, ja, vos siempre un
filósofo sin remedio. Ahora me vas a decir que no sabés que hacer con tu
libertad.
─Sí, hay un antes y un
después de la cárcel. Quiero olvidar lo que ocurrió en el medio, pero no puedo.
El antes me reconforta, era una vida hermosa la que tenía. A los cuarenta y
pico había logrado mis metas y todo estaba equilibrado.
Amigo, parece que estamos
condenados al desorden, pero en tu caso fue como caer de la cuerda floja al
precipicio. ¡Qué equilibrista desafortunado fuiste!
A Guillermo le gustaban
esas cosas del Chino, usaba metáforas tan inteligentes. Era un as en su profesión
y ahora podía ayudarlo a vislumbrar un futuro.
─Vamos a mi oficina
necesito que me firmés unos papeles.
Los hombres entraron a un
amplio despacho, estaba amoblado con buen gusto. Un escritorio antiguo con dos
sillas talladas, un juego de living color tiza, varias bibliotecas. El Chino se
sentó detrás del escritorio, sobre su cabeza colgaba su diploma en una pared
verde pastel. Una vez que Guillermo se hubo ubicado frente a él le alcanzó unos
papeles.
─Poné tu firma,
aclaración y documento donde está la cruz.
─¿Qué es esto?
─Notas a tribunales
penales. Te dije: vamos a limpiar tu nombre. Tu prontuario va a estar impecable
como si recién acabases de nacer.
─Lo necesito, no puedo
trabajar si tengo causas penales.
─Viejo, no te hagás
problemas. Estoy preparando otros escritos, vamos a conseguir una compensación.
El Estado va a tener que responder por esos incompetentes que te mandaron a la
cárcel.
─¿Estás seguro que me van
a indemnizar?
─Claro, amigo, estoy buscando
jurisprudencia. Además, vos no tenías antecedentes. Como dicen: ni una multa de
tránsito.
─Siempre fui recto,
intachable.
─Ja, ja, agradecé que el
adulterio no es delito porque no ibas a conseguir una moneda. Sólo hay
resarcimiento para los que se portaron bien.
Guillermo lo miró, no
sabía si enojarse o seguirle la broma. Ya se había reprochado miles de veces su
conducta infiel. Si hubiese sido un buen esposo su vida no estaría partida en
dos. Le dijo:
─Si todos los hombres
infieles deben pagar tan caro como yo pagué, las cárceles estarían
superpobladas.
─Tenés razón, hasta yo
estaría preso ja, ja. Mi esposa ni se huele que me fui con Amira a Europa.
─¡Qué caradura! ¿Cómo
hiciste?
─Compré un paquete, por
supuesto que estábamos en distintas habitaciones. Hay que cuidar el culo,
amigo.
─Claro, ¿quién se va a
dar cuenta de que hay movimientos de noche?
─No sabes con la cantidad
de gente con la que me cruzaba en los pasillos, pero todos estábamos en la
misma así que nadie cantaba.
─Te felicito, sos mi
ídolo.
─Te cuento un percance,
fue en Florencia. El pelotudo del guía resolvió separar al grupo para dormir en
hoteles diferentes. Parece que habían hecho mal las reservas.
─¿Qué hiciste?
─Me mandé un quilombo… te
imaginás, gasté una fortuna en ese viaje no iba a desperdiciar una noche con
Amira por esos ineficientes.
34
La mesa rebozaba de
recipientes de diferentes tamaños. Algunos cuencos con maíz y poroto en remojo,
una bandeja con huesos y cueros de chancho de color rosado, una ensaladera con
choclos amarillos cortados en rodajas, unos dados grandes de zapallo que
sobresalían de una gran fuente. Isaura miró los ingredientes con satisfacción,
sólo faltaban los chorizos, se había olvidado de comprarlos y el locro no sería
lo mismo sin ellos. El domingo tenía muchos invitados, hijos y nietos se iban a
dar un festín. Gritó llamando a Rigoberto, el muchacho acudió a su lado, le
preguntó:
―¿Qué necesita abu?
―Por favor, comprame seis
chorizos colorados en lo de Zacarías ―dijo mientras buscaba su monedero. Miró
la hora―, rajá ya mismo porque en un
rato el viejo cierra.
Isaura siguió con los
preparativos que había iniciado el sábado. Un buen locro santiagueño requería
un tiempo. El maíz y el poroto comenzaron a hervir en la gran olla del patio,
allí el marido había hecho un fuego con quebracho colorado. Isaura lo miró con
rabia, estaba sentado tomando un vino y recién eran las 11 de la mañana. Cuando
la comilona terminase estaría borracho.
Trató de apartarlo de sus
pensamientos, el domingo era su día de felicidad, siempre bregó para conservar
a la familia unida y era su mayor satisfacción. Poco a poco los comensales
fueron llegando, besaban y saludaban a Isaura. Entre los nietos, Rosaura y
Rigoberto eran sus preferidos, Rigo como le llamaba era el más compañero y
cariñoso.
Cuando el almuerzo
terminó, los comensales volvieron a sus casas. Isaura se quedó con el Eulogio y
Rigo. El marido dormía en una silla roncando ostentosamente con silbidos y la
boca abierta. El muchacho se dirigió a su abuela:
―Abu, estuve viendo por
Internet unas noticias.
―¿Qué cosa?
―Usted me dijo que le
interesaba saber de una señora Julia Boba y el hombre… ¿cómo se llamaba?
―El que la mató,
Guillermo Galindo.
―¿Sabe que él no está
preso?
―Pero si me leíste que lo
mandaron a la cárcel.
―Hay otras noticias, más
nuevas.
―Pasame las novedades.
El muchacho buscó en su
celular una noticia más reciente sobre el crimen de la señora Julia Boba.
―Esto publicaron en El
Tribuno:
Un
hombre estuvo casi dos años preso por un asesinato que no cometió. El señor Guillermo Galindo fue condenado por
el tribunal de la Sala 2 del Crimen de la capital tucumana, por femicidio en
prejuicio de a la señora Julia Boba. Ellos eran amantes y la fiscalía acusó a
Galindo de haberla matado con agravantes de alevosía y violencia doméstica. Se
basaron en numerosas pruebas, especialmente de los dichos de una testigo que lo
vio con la señora Boba en horas cercanas a su asesinato. La verdad fue revelada
por el señor Carlos Boba quien dejó una nota confesando que él mató a su esposa
en un rapto de emoción violenta. Luego se suicidó, arrojándose de la terraza de
un edificio en barrio Sur, en San Miguel de Tucumán. El abogado del acusado,
doctor Eusebio Lugones declaró a este diario que su cliente sufrió daños
físicos, económicos, morales y psicológicos por lo que demandará al Estado para
que reciba un resarcimiento.
La cabeza de Isaura
trabajaba a mil, observó las fotos de la señora Julia, el marido y el amante.
El señor Galindo era el único sobreviviente de la tragedia familiar. Recordó
con cariño a Joaquín que ahora era huérfano de padre y madre. Estudiaba el
rostro del señor Galindo. Rigoberto le habló:
―Abu, ¿ya puedo irme con
mis amigos?
―Claro,
pero necesito otro favor ¿me podés conseguir una foto del tal Galindo?
―Yo
se la consigo, abu. En el quiosco de don Zacarías tienen una impresora, hago
que bajen la noticia de Internet y le hagan una copia.
Isaura
le dio unos billetes a Rigoberto.
―Tomá
para los gastos.
―Pero
no sale tanto
―El
vuelto es para vos, gracias por tu ayuda, no entendí nada de lo que me
explicaste que vas a hacer en lo de Zacarías, pero no importa, el asunto es que
me consigas lo que te pedí.
El
chico le dio un beso y salió corriendo con los billetes en la mano. Isaura
pensó que tenía que juntar plata para el cumple de quince años de Rosaura,
quería hacerle una gran fiesta a su nieta preferida. Después de todo la chica
se iba a convertir en señorita y eso era muy importante. Tenía una corazonada,
si no fallaba hasta podría contratar a Los Manseros para animar el festejo.
Nilo se acercó corriendo
a Isaura. ella estaba sentada en un banco de la plaza esperándolo. Lo había
mandado a llamar por medio de uno de sus nietos.
─¿Cómo está doñita? ─La
saludó cariñosamente el muchacho.
─Bien, ¿sabés me quedé
pensando en lo que me contaste?, quiero que me ayudés con el hombre que me
atacó y me metió en el auto.
Doñita, yo le i’dicho todo lo que vi ese día.
─El Rigo me ayudó mucho
para saber más, el changuito hace magia con la computadora.
Nilo estaba impaciente,
le dijo:
─¿Qué se le ofrece
doñita? Mi mama quiere que le lleve
unas cosas para cocinar ─decía mientras mostraba un papel con una lista.
─Te llamé porque quiero
que veas una foto, quizás conozcas a ese señor.
La mujer le mostró una
hoja impresa en la que se veía un hombre salir del edificio de tribunales de
Tucumán. Nilo observó detenidamente la
fotografía.
─Es ese, el hombre que le
pegó en la cabeza, está un poco más flaco y más pelado, pero es él.
Isaura le dio un billete:
─Tomá, para que compres
alguna golosina, ¡nada de cigarrillos!
Había visto fumar al
chico y no le gustaba. Cuando Nilo se fue, Isaura se quedó pensativa: “el
diablo sabe por diablo, pero más sabe por viejo”, se dijo, sus sospechas
resultaron ciertas. El amante de la señora Julia la había aporreado y atado.
Recordaba su sufrimiento en ese baúl, envuelta en la colcha, transpirando y sin
aire, luego los barquinazos y el vuelco. Fue un milagro que saliese con vida de
ahí.
El Nilo podría ser su
testigo si hacía una denuncia, pero no ganaba nada con eso. Más le convenía
conseguir un dinero, lo que había ahorrado para la fiesta de la Rosaura era muy
poco. La chica se merecía un quince con luces, baile, un gran salón, torta,
empanadas, humita, sándwiches. Un premio por ser tan buen alumna y excelente
nieta.
35
Guillermo atravesó el
amplio patio del Colegio Belén, numerosas macetas con flores lilas, rosas y
amarillas jalonaban los enormes baldosones de cerámica. Vio a una mujer con
delantal celeste que llevaba una escoba y una palita, la detuvo para
preguntarle por la oficina del director. Luego de recibir las indicaciones se
encaminó hacia allí.
En ese momento sonó el timbre del recreo y
gran cantidad de chiquillas con polleritas tableadas y corbatas haciendo juego
salían de las aulas. De pronto, el patio cobraba vida y movimiento, las
adolescentes parloteaban y se dirigían en grupos hacia un quiosco en el
interior del edificio. Guillermo vio un letrero en bronce, decía “Director”.
Tocó la puerta y entró a una gran habitación donde un grupo de empleados de
uniforme blanco con vivos azules estaban sentados detrás de sus escritorios.
Comprendió que era la antesala del despacho del director. Le hicieron esperar
unos minutos hasta que pudo pasar. Llevaba una valija cuadrada de cuero negro
que puso sobre su regazo al sentarse. Conocía a su interlocutor, el licenciado
Rosales, por haber cursado juntos algunas materias del doctorado.
─Hola, ¿cómo estás? ─fue
la cálida bienvenida que incluyó un fuerte apretón de manos.
─Bien, está lindo el
Colegio. Cursé la primaria aquí.
─Un ex alumno, qué bien.
Estamos modernizando las instalaciones y la currícula. Trabajo aquí hace como
diez años. ¿A qué obedece tu visita?
Guillermo abrió la valija
y sacó una carpeta.
─Le expliqué a tu
secretaria, busco trabajo. Aquí está mi currículum vitae.
El director tomó la
carpeta y la puso sobre el escritorio.
─Lamentablemente las
materias humanísticas son muy pocas en el programa, ya sabes: parece que inglés
y matemáticas son lo más importante.
─Entiendo, no tienes
horas para mí.
─Creo que la filosofía
debería ser prioritaria ¿qué hacemos con generaciones que no piensan? ¿Qué no
se preguntan ni dudan?
Guillermo entendió que
estaba perdiendo el tiempo. Cortésmente saludó y se fue. No sin antes oír la
promesa de que iba a ser llamado.
Era el quinto colegio
secundario al que concurría. ¿Estaría empestado? Todos sabían que había estado
en la cárcel, Santiago era muy chico y los chismes corrían. Su reputación había
caído tan bajo como el penal de Villa Urquiza donde purgó su condena. No tenía
más alternativa que irse a vivir a Tucumán, quizás allá no se acordasen de su
pasado. Además, podía seguir de cerca los trámites que el Chino estaba haciendo
para la indemnización. No podía vivir así, sin trabajo ni dinero.
***
Guillermo miraba la plaza
desde el gran ventanal de Café 25, ubicado en el corazón de barrio Norte en San
Miguel de Tucumán. Le gustaban los árboles y plantas, los juegos de los chicos.
Un grupito de adolescentes hacía equilibrio sobre unas pequeñas tablas con
cuatro ruedas. Las chicas pasaban en sus patines, unos rollers rosados, a gran velocidad mirando por el rabillo del ojo a
los varones. Gente de todas las edades caminaba o corría alrededor de la plaza
Urquiza. Un lugar medianamente seguro por su cercanía con tribunales y el Poder
Legislativo, edificios con custodia policial las veinticuatro horas.
Desde que había salido de
la cárcel su vida se había transformado en un gran signo de pregunta. Tendría
que establecer alguna rutina, ocuparse de algo. Mirando distraídamente el
paisaje de la plaza pensó en su tesis doctoral a medio terminar. También en
otra investigación inconclusa: el enigma que significaban las mujeres para
él. Su vida social antes de ir preso era
intensa, tenía trabajo, mujeres, una familia. Ahora sólo debía ocuparse de sus
hijos adolescentes, ellos lo ignoraban y siempre ponían pretextos para no
verlo: sus estudios, las fiestitas, los amigos.
Había perdido a Julia
primero y luego a Fernanda, justo cuando había logrado el punto de equilibrio.
¿No sería una muletilla para darse manija y no pensar en el futuro? ¿Tenía
futuro?
Recordó el sueño que
Julia le había contado la última noche que estuvieron juntos. Ella estaba bajo
tierra, él la desenterraba y le limpiaba los ojos. Le precedía una escena entre
macabra y romántica que luego vería como una premonición: Guillermo visitaba su
tumba, golpeaba con los nudillos la lápida de mármol negro. Ella salía a la
superficie abriéndose paso por una especie de túnel escondido debajo de la
tierra y el césped.
Él mismo no estaba vivo
en realidad, la cárcel le había quitado toda ilusión, ¿cómo creer en el ser
humano después de haberse hundido en esa cloaca? Todas las noches tenía
pesadillas, no le sentía gusto a la comida, así era su vida, como el agua no
por lo transparente sino por lo inodora, incolora e insípida. Recordó la
“receta” del Chino.
─Buscate una mina, ya vas
a ver cómo se te pasa la depresión.
─¿Es tu remedio para
todas las enfermedades?
El Chino comenzó a reír,
le dijo:
─Me extraña, amigo,
¿dónde quedó el Don Juan que salía de cacería todos los fines de semana?
─Quizás ese fue mi
problema, ya sabes, me enamoré de Julia.
─Viejo, olvídate de ella.
Ahora sos libre, no tenés ataduras con nadie y la cárcel pertenece al pasado.
Guillermo se le acercó y
llevó su brazo derecho cerca de la cara del amigo.
─¿Olés algo?
─Te echaste mucho perfume
─le contestó mientras hacía un gesto con la mano como si quisiera disipar ese
aroma.
─Sí, pero no me refería a
eso. ─Volvió a acercar su brazo─ es otro olor ¿lo sentís?
─No ¿de qué hablás?
─Se me pegó el olor de la
cárcel, es una horrible una mezcla de excrementos y barro podrido.
El Chino lo abrazó:
─Estás un poco loco,
amigo.
36
Guillermo miraba la plaza
Irigoyen tomando un café en el ABC, el bar había sido remozado para cumplir con
las ordenanzas sobre la prohibición de fumar en lugares cerrados. Se ubicó en
el sector para fumadores y prendió un cigarrillo. Ese día estaba desanimado, los trámites
judiciales iban lento y su indemnización requería de más documentación que la
que el Chino le había pedido.
Estaba rumiando esos
pensamientos cuando llegó el abogado sonriendo; Guillermo lo envidiaba, estaba
siempre de buen humor. Vestía un traje verde oscuro y camisa blanca, la corbata
a rayas rojas y verdes desentonaba con el elegante atuendo. El Chino tendría
unos cincuenta años, era pelado, de nariz aguileña y ojos celestes.
―Hola, ¿cómo estás,
amigo?
―Mal, ya no aguanto más
esta situación.
―Vas a tener que armarte
de paciencia, ya sabés, la justicia es lenta. Tu expediente marcha.
¿Conseguiste el trabajo?
―Fui al Instituto Guido
Spano y llevé tu carta al director, me atendió muy bien. Le conté que yo había
estudiado allí.
―¿Y? ¿te dio el laburo?
―Me dijo que me va a
llamar. Siempre me dicen lo mismo.
―No te preocupes, voy a
reforzar tu gestión. El Chueco Ramírez es muy amigo mío.
―Gracias, Chino, vos
siempre un amigazo.
―Fernanda me pidió que me
ocupe del divorcio. Eso va a ir rápido con el nuevo código. Además, lo hacemos
de mutuo acuerdo ¿te parece?
―Sí, no hay nada para
repartir. Cuando cobre la indemnización voy a levantar la hipoteca de la casa.
La vamos a poner a nombre de los chicos.
***
Era un día primaveral en
el Parque 9 de Julio, varios transeúntes habían salido a caminar solos o en
grupos. Otros corrían y el esfuerzo se reflejaba en sus caras rojas y la ropa
mojada por la transpiración. El césped recién cortado y los árboles con sus
copas floridas creaban la ilusión de alejarse de la ciudad hacia un ambiente
natural. A pocos metros, las avenidas bullían con su tránsito incesante.
Guillermo había elegido ese parque para salir a correr dos veces a la semana.
Le gustaba ir a la Pérgola donde unas señales amarillas le permitían medir sus
progresos. Quizás participase en la maratón de Don Orione.
Ese día el Chino lo acompañaba y la rutina se
había transformado en una tranquila caminata.
─Estoy fuera de forma, ─le
dijo el amigo─ Tengo que adelgazar unos cuantos kilos.
─Salí a correr todos los
días, comé y chupá menos y vas a ver resultados muy rápido.
─El Chino se acarició la
panza.
─El alcohol fija las
grasas, no soy de mucho morfar, pero
me gusta regar con vino y champán las comidas.
Guillermo no sabía cómo
arrancar para contarle un problema a su amigo.
─Vos sabés, aparecieron
unos coletazos de lo ocurrido en Monte Quemado.
─No me digás ¿qué pasa?
─¿Te acordás de esa mujer
que extorsionaba a Julia?
─Sí, me dijiste que por
eso tu novia tuvo que volverse a Tucumán.
─Ella se presentó hace
unos días en la casa de Fernanda, me está buscando. Mi ex no quiso darle
información sobre dónde vivo.
─¿Sabés qué quiere?
─No exactamente, no te
conté, pero con Julia pensamos en un plan para que terminara con sus aprietes.
La metimos en el baúl de mi auto, pero todo salió mal.
─¿Un secuestro?
─Algo así, era para
asustarla, pero el auto volcó y ella terminó huyendo. Entonces decidimos salir
de Monte Quemado. Yo me volví a mi casa y Julia a la suya. Lo demás ya lo
conocés.
─¡Qué cagada! Esa mujer
te puede denunciar.
─Sí, denunciarme o
extorsionarme como hizo con Julia.
─¡Qué hija de puta! ¿Cómo
vas a zafar?
─No sé, espero que no me
encuentre.
─Justo ahora que está por
salir tu indemnización, calculo que serán unos cuantos millones. Si la tipa te
denuncia perdemos todo.
─¿Por qué? Son dos temas
distintos.
─Es que para cobrar tenés
que estar limpio, una demanda ahora paraliza el expediente. Ya los conozco a
esos garcas.
Guillermo estaba
preocupado, se había olvidado de Isaura cuando salió de Monte Quemado. Ahora
ella volvía a su vida para entrometerse de la peor manera.
─Fue una locura ese
secuestro, Julia tenía mucha influencia sobre mí, cuando me pedía algo no se lo
podía negar.
─Te entiendo amigo, eso
pasa cuando uno está enamorado, hace locuras. Creo que te conviene tirarle unos
pesos a esa santiagueña y que se vuelva al monte.
37
La fachada del colegio
delataba su antigüedad a pesar de las refacciones realizadas a lo largo de los
años que daban un toque ecléctico a la construcción. Sobresalía su ancha puerta
a la que se accedía subiendo cinco escalones de mármol y pasando un pórtico
semicircular. Sobre dicho pórtico se leía Instituto
Carlos Guido Spano. Guillermo llegó
temprano a trabajar, se dirigió a una de las aulas a dar su clase. A pesar de
haber sonado el timbre de entrada, un grupo de chicos seguía en el patio como
esperando que el preceptor los conminara a ingresar al aula. Guillermo recordó
con nostalgia su adolescencia en el instituto. ¡Qué días felices! Tan
despreocupados. A su padre lo habían trasladado a Tucumán como gerente de la
empresa Tarjeta Azul. Durante mucho tiempo extrañó su barrio en Santiago del
Estero. Ahí quedaron sus amigos, sus compañeros del Colegio Belén. De a poco se
fue adaptando y había hecho nuevas amistades.
Entró al aula, los
alumnos comenzaron a acomodarse en sus bancos cuando lo vieron. Los saludó
formalmente y les pidió que sacasen una hoja, ese día debía tomar examen para
la libreta. Era un grupo de treinta estudiantes, luego de repartir las
preguntas de la prueba se sentó en su escritorio. Se preguntó ¿qué estarían
haciendo sus hijos en ese momento? Los chicos iban a la secundaria y eran
buenos alumnos. Se habían vuelto muy indiferentes con él. Apenas contestaban
sus mensajes. Recordó su adolescencia, a unas cuadras de allí había conocido a
Fernanda. A veces no entendía por qué se había casado con ella. La recordó cuando se conocieron, ella era muy
joven, tendría unos diecisiete años, iba siempre a un bar en la 25 de Mayo y
Córdoba. Él la miraba desde otra mesa mientras tomaba un café. Fernanda rehuía
su mirada al comienzo. Luego, sus ojos se clavaban en los suyos con sus pupilas
azules, casi transparentes. Había en esa actitud un desafío que conmovió a
Guillermo.
Ese bar era un lugar de
encuentro de estudiantes secundarios que fumaban y tomaban cerveza barata en
mesas despojadas de manteles y adornos. Los chicos entraban y salían riendo y
haciendo bromas como si fuesen el centro del mundo. En ese entonces Guillermo
estaba en el último año de la secundaria en “el Guido” como le llamaba a su
colegio. Por su uniforme blanco con logo, sabía que Fernanda estudiaba en la
escuela Normal. ¿Se le acercaría un día? ¿hasta cuándo duraría ese duelo de
miradas? Finalmente decidió tomar la iniciativa y se sentó en la mesa de
ella.
Tantas cosas habían
pasado desde entonces. Vinieron los chicos, las rutinas, las discusiones, la
indiferencia…habían establecido pactos tácitos. Los hijos eran su proyecto
común, ellos los mantenían unidos ¿Tendría algo que ver ese pacto con su
historia? ¿Sería porque él había sufrido por la separación de sus padres? ¿O
habría otras razones más egoístas? En su casa tenía un lugar de prestigio
porque era jefe de familia, el hogar que había formado con Fernanda era su
ancla y su peso. Volaba de flor en flor, pero siempre volvía al nido. La rutina
de su matrimonio se complementaba con la novedad de los amores esporádicos. Julia había llegado a su vida para trastocar
toda su existencia. ¿Quién diría que él volvería a Tucumán para ejercer la
docencia en el Guido Spano?, otro favor que le debía al Chino. Su vida había
sido un ir y venir de Santiago a Tucumán y viceversa. Cuando sus padres se
separaron volvió a Santiago con su madre y hermanos.
En el colegio enseñaba
filosofía, esas horas le permitían pagar sus gastos, agradecía tener ese
trabajo y ocupar su tiempo. A pesar de
que había muchas cosas que no le gustaban del instituto, él no podía
comportarse como un profesor antisistema y trasgresor. Tampoco le interesaba,
era otra persona, un amargado que no creía en nada.
Cuando recuperó su libertad estaba feliz, no
había nada mejor que salir de esa tumba donde las circunstancias e injusticias
lo había enterrado. Pero estaba vacío, no podía dormir sin que las pesadillas
lo asaltaran, Julia saliendo de su tumba, un esqueleto que escupía en la lápida
del esposo y arrancaba las letras de la leyenda Juntos para siempre. Otras veces soñaba que estaba en una playa
desierta, dos hombres atacaban a Panduro, él lo rescataba y disparaba contra
ellos.
El Chino le había
recomendado una psicóloga, pero él no creía que pudiese ayudarlo. Preferiría ir
a un psiquiatra y tomar medicación, pero lo detenía el temor a volver a
antiguos hábitos tumberos, sólo drogándose podía aguantar la vida en esa
cloaca.
De a poco los chicos iban
entregando sus exámenes y saliendo. Él había escrito en el pizarrón el día y la
hora de la recuperación. Ahora las notas las publicaba en un aula virtual de su
asignatura. Cuando hubo terminado la evaluación tomó todas las pruebas y las
metió en su portafolio. Ahora debía dedicarse a corregirlas para dar cuanto
antes el resultado a los alumnos. Salió del colegio rumbo a su departamento,
caminó hacia barrio sur atravesando el centro de la ciudad. La Capital de
Tucumán siempre le había parecido bulliciosa y su tránsito caótico.
Cuando llegó a su
departamento y abrió la puerta vio un papel en el piso. Le llamó la atención la
letra, era propia de una persona sin instrucción, la escritura era un extraño
jeroglífico. Estaba firmado por Isaura.
Guillermo se puso tenso ¿cómo había hecho esa campesina para dar con él? Con
mucha dificultad descifró la letra de la mujer.
Señor
Galindo, no sé si se acuerda usted de mí, yo trabajé para la señora Julia, hace
un tiempo usted me agarró de atrás, me pegó y me encerró. De milagro me salvé
de morir, doña Julia me quería difunta, casi paso de largo por el picor de una
yarará. Desde que me encerró en el auto estoy mal, un poco renga e inútil. No
voy a la policía porque pienso que usted podrá darme una ayuda.
La nota contenía un
teléfono celular y una cifra que, para el presupuesto de Guillermo, era
exorbitante. La maldita extorsionadora iba por él luego de hacerle la vida
imposible a Julia, pensó con bronca.
***
Esa tarde fue al estudio
de su abogado. Miró su reloj antes de tocar el portero eléctrico, calculaba que
el amigo ya estaría allí. A los pocos minutos lo atendió y abrió la puerta.
Guillermo subió la escalera con agilidad, las bicicleteadas y el footing lo mantenían en forma. No bien
entró al estudio el Chino le dijo exaltado, casi gritando:
─Amigo, todo va bien en
el expediente por tu indemnización.
El profesor lo miraba
incrédulo, le dijo:
─¿Sí? ¿Ya no falta nada?
El Chino se desinfló un
poco.
─Estamos cerca, el juicio
ya llegó a la Corte, te imaginás “la Corte”. Lo que falta es mínimo. Nos piden
actualizar los exámenes físicos y psicológicos. Vos sabés, hemos pedido
resarcimiento por los daños en tu salud mental producidos por la cárcel y por
las lesiones que casi te llevan al otro barrio.
─Bueno, espero que esto
sea lo último.
─Claro, ya casi llegamos
a la meta. Tomá ─le dijo alcanzándole unas tarjetas─ ahí tenés la data de los
profesionales que te van a atender. Háblalos de parte mía.
El abogado lo miró fijo:
─¿Qué te pasa? Estás raro
hoy.
Guillermo sacó un papel
de su portafolio y se lo extendió.
─¿Qué dice aquí? ¡Qué
letra!
─Es una carta de Isaura,
la santiagueña de Monte Quemado. Ya me localizó y quiere plata.
─¡Justo ahora! Hay que
pararla.
─¿Se te ocurre algo?
─No sé, hay que sacarla
de circulación, no nos podemos arriesgar, te lo dije: una mancha en tu
prontuario y no cobramos un peso.
El abogado se acariciaba
el mentón pensativo, finalmente expresó una idea:
─¿Y si la convencés de
que espere un poco? Explicale que le querés pagar pero que no tenés plata
ahora.
─¿Qué me espere hasta
cuándo?
─Amigo, los tiempos de la
justicia nadie puede saberlos. Lo importante ahora es que vos hagás esos
trámites, tenemos que presentar urgente los informes.
─¿Qué le digo?
─Mirá, vos citala a tu
departamento yo me ocupo del resto. Sólo me tenés que avisar el día y la hora.
─¿Qué pensás hacer?
─Te lo dije, déjalo en
mis manos. La meta está cerca y esa Isaura no nos va a arruinar la fiesta. ─El
Chino había recuperado la sonrisa y volvía a estar exultante.
─Muy misterioso, amigo.
─Ja, a su debido momento
te lo voy a contar.
Guillermo salió aliviado
del estudio del abogado. Él siempre lo acompañaba en las buenas y en las malas.
Si cobraba los millones de la indemnización el Chino se llevaba un buen porcentaje.
Le parecía justo. ¿Qué haría con tanto dinero? Volvió a pensar en la felicidad
¿Acaso podría ser feliz con esa plata? ¿Sería más libre? ¿Podría viajar? Por
primera vez en años sintió algo parecido a la alegría.
38
Guillermo caminaba muy
rápido, casi corriendo; se dirigía a un edificio en la calle Lamadrid al 300, en
barrio sur, a dos cuadras de Tribunales. Vio en el cielo nubes negras que
presagiaban una tormenta. Recordó con preocupación que no había cerrado las
puertas del balcón: la lluvia iba a inundarlo todo.
Dejó de lado estos
pensamientos cuando llegó a su destino. Luego de comprobar la dirección que
había anotado en un papelito, subió tres escalones y se aproximó al portero
eléctrico de un bronce desteñido. Tocó el timbre de un consultorio ubicado en
la primera planta. Mientras esperaba ser atendido, miró su reloj y corroboró
que llegaba puntual a la cita. Se arregló el cabello que el viento había
despeinado utilizando un paño del vidrio de la puerta de entrada que reflejaba
su imagen. Me estoy quedando pelado, pensó. Al fin, escuchó la voz de la
psicóloga por el portero eléctrico.
─Buenas
tardes, ya le abro.
La
Licenciada Mariela Albornoz le abrió la puerta del edificio, era una mujer de
largos cabellos rubios enrulados, ojos grandes, nariz recta, boca carnosa. No
coincidía para nada con la imagen que se había hecho de ella por teléfono. Le
llevó hasta el ascensor, estaban parados muy cerca en esa caja pintada de gris.
Iban en silencio, Guillermo recordó con nostalgia su pasado, eran tiempos felices.
Bastaba con mantener a Fernanda alejada e ignorante y todo andaba sobre rieles.
Sentía que la muerte y la cárcel lo habían secado por dentro, había perdido la
alegría de vivir.
El ascensor se detuvo y
la psicóloga salió tomando por un pasillo hasta una puerta de madera que decía
B, abrió y se encontraron en un pequeño hall que daba a tres habitaciones, a la
derecha se veía la cocina y a la izquierda el baño. Fueron hasta el consultorio
que estaba al lado del baño. Guillermo observó la habitación: había un
escritorio pequeño, de madera clara, un juego de sillones bermellón. Parecen
cómodos, pensó. Vio también una cama turca forrada en cuero rojo y adornada con
almohadones de todos colores. Una lámpara arrojaba una luz tenue sobre el
pequeño espacio. Las paredes, pintadas de un verde claro, estaban adornadas por
cuadros de autores impresionistas. La psicóloga le indicó uno de los sillones y
se sentó frente a él, vio cómo acomodaba su celular en la mesita de la lámpara
ubicada al lado suyo.
─¿En qué puedo ayudarlo?
─Como le dije por
teléfono, soy cliente del doctor Lugones, él necesita un informe psicológico
para presentar en Tribunales.
Guillermo sacó un papel
doblado en cuatro de su saco y se lo extendió. Eran los puntos que no podían
faltar en un informe, especialmente el daño psíquico que la cárcel le había
infringido.
─Cuénteme ─le dijo.
Guillermo comenzó su
historia desde la muerte de Julia. Es como si hubiese un antes y un después de
ese trágico suceso, le dijo. Le pareció que la psicóloga debía saber sobre ese
paréntesis que había sido la cárcel. Mientras hablaba se dio cuenta de que no
había sido un paréntesis porque llevaba el olor de esa cloaca pegado a su piel.
Él estaba mal, sucio y vengativo. La vida no era lo que él había creído: un
campo de experimentación del alma femenina. Había ingresado en el submundo de
lo feo y lo atroz y no podía salir.
─Es una contradicción,
estoy afuera, pero siento que llevo a todas partes esa cloaca, no sé si me
entiende, las imágenes del penal me persiguen, se presentan cada momento.
─Usted va a tener que
hacer un tratamiento, vivió cosas muy fuertes. El doctor Lugones me pide un
psicodiagnóstico. Voy a necesitar verlo unas cuatro veces para hacer el
informe. Cuénteme sobre su vida antes de la cárcel.
Guillermo recordó su
infancia en Santiago, su adolescencia en Tucumán, la separación de sus padres,
su matrimonio, recordó a Fernanda con cariño. Le había fallado y a los mellizos
también.
Luego de cincuenta
minutos, la licenciada le dijo:
─Lo dejemos aquí, ─se
paró y lo acompañó a la salida. Guillermo se fue con una sensación fea en el
estómago, “revolver la mierda me hace mal”.
Se fue a un bar cercano,
el ABC. Se ubicó en un ventanal que daba
a la plaza Irigoyen, comenzaba a anochecer y las nubes se habían disipado.
Pidió un café. Mientras esperaba llamó al Chino.
─Hola, acabo de salir del
consultorio de la licenciada Mariela.
─¡Qué bien!, haciendo los
deberes. ¿cómo te fue?
─Quedé mal, le conté
muchas cosas, ¿Podés hacerla corta?
─Necesito un psicodiagnóstico
para presentar en la Corte, pensá en todo lo que pasaste, no te vas a achicar
porque una mina te pida que le hablés de tu vida.
─Te equivocás, lo mío no
es vida.
─Con unos millones en tu
cuenta bancaria vas a ver las cosas de otra manera.
─Para vos la guita y las
minas son el secreto de la felicidad.
─Claro, de la felicidad y
del éxito.
Resignado, miró un papel
que le había entregado la psicóloga, debía volver al consultorio la semana
siguiente.
39
Córdoba se levantó antes
de que sonara el despertador, los rumores sobre el trámite que estaba haciendo
Guillermo Galindo para cobrar una indemnización por su estadía en la cárcel y
daños colaterales lo tenía preocupado. Él había mandado preso a un inocente. Miró la hora, era muy temprano para ir a
trabajar, pensó en dormirse de nuevo. Intentó hacerlo, daba vueltas en la cama.
Al final resolvió levantarse, una ducha lo despejaría. Luego de afeitarse y
vestirse, fue al bar donde desayunaba todos los días. El mozo lo saludó.
─Buenos días, ¿cómo está?
¿Le traigo lo de siempre?
─Buenos días, tráeme un
café bien cargado, no dormí bien.
Terminado su café,
Córdoba se encaminó a la comisaría. Era viernes y había arreglado las cosas para
descansar el fin de semana. Quizás pudiese viajar a algún lado con Romina. Ya
en la comisaría, se instaló en su oficina. Estaba revisando unos papeles cuando
Ruiz le habló.
─Jefe, vino una parejita,
dice que aquí cerca vieron cómo se llevaban a una mujer a la fuerza.
─¿Le tomaron la denuncia?
─Sí, Figueroa se la tomó.
─¿Se fijó si está
completa, con todos los detalles?, especialmente la descripción de la mujer y
los secuestradores.
─Sí, la señora
denunciante tuvo el tino de anotar la patente del auto. Eso puede ayudar
Entonces Ruiz salió de la
oficina y volvió con una hoja.
─Compruebe por usted
mismo, jefe, ─y le alcanzó el papel.
Cuando el comisario
concluyó la lectura, le preguntó:
─¿Están todavía en la
comisaría?
─Sí, les pedí que no se
vayan, pensé que usted querría hablar con ellos.
Ruiz invitó a la pareja a
entrar a la oficina del comisario. Córdoba
los saludó y ellos se sentaron frente al escritorio. En sus años en la Policía
sabía que era importante repreguntar. Los cambios en la versión de los hechos,
aún los más pequeños, podían dar fe de la veracidad o no de los dichos de los
testigos. Les interrogó:
─¿Qué es lo que vieron
ustedes?
─A dos cuadras de aquí
han secuestrado a una mujer, nosotros veníamos caminando por la calle San
Lorenzo al 500 y lo vimos ─dijo el muchacho.
Su esposa intervino:
─Una mujer morocha, con
una leve renguera. No me acuerdo si usaba bastón.
─Un auto se paró al lado
de ella y bajaron dos hombres. Parece que discutían. Nosotros nos detuvimos a
ver qué pasaba. ─Siguió el hombre explicando.
─Ellos se la llevaron por
la fuerza─ volvió a interrumpir la mujer. Se la veía alterada.
─¿Ustedes la conocía?
─No, vinimos a denunciar
porque ella nos pidió ayuda y nosotros no pudimos hacer nada. Todo fue muy
rápido.
─Voy a necesitar su
colaboración para un identikit, por favor no salgan de la provincia porque los
vamos a llamar ─dijo el comisario dando por terminada la reunión.
Cuando la pareja se hubo marchado, le dijo al
subcomisario:
─Vaya con dos agentes al lugar del secuestro, o
presunto secuestro, e investigue. No me ha convencido esa gente.
─¿Por qué cree que mienten?
─No sé si mienten, pero ¿vio los aritos de él? ¿Y los
tatuajes de la mujer? Son raritos ¿no?
Fue así que Ruiz salió con dos policías rumbo a la
calle San Lorenzo al 500 en búsqueda de otros testigos del hecho denunciado.
Esa tarde Ruiz realizó un informe de lo investigado al
comisario.
─Sí, es cierto lo del secuestro. Conversamos con dos
mujeres. Una comentó que estaba en la ventana mirando a la calle y vio que
llevaban a una señora a un auto. No estaba segura si la estaban forzando, le
pareció que la tomaban dos hombres de los brazos por alguna dificultad de la
anciana para subir. Describió la ropa que llevaba y coincide con los dichos de
la pareja que hizo la denuncia.
─Está bueno, confirma la declaración que tenemos.
Ruiz prosiguió:
─Otra mujer escuchó unos gritos a la hora en que
ocurrieron los hechos, cree que eran de una mujer que pedía ayuda, pero cuando
salió a ver ya no había nadie.
Fue así que en la comisaría hicieron las gestiones
para que un dibujante de la policía hiciera el identikit de la víctima y sus
agresores con la colaboración de los testigos. Convocaron a la pareja
denunciante y a la vecina que había visto por la ventana a la anciana.
Cuando estuvo listo el retrato
hablado, Córdoba envió la información a la División de Relaciones Institucionales
que se ocuparía de la difusión. Tenía la esperanza de recibir novedades, se
había habilitado una línea para denuncias.
El comisario estaba
satisfecho, había cumplido con el protocolo, tenía, además, los datos del auto del
secuestro. El dueño, era un abogado de nombre Eusebio Lugones, quien había
denunciado el robo del rodado el día anterior. Córdoba también se había ocupado
de que los datos del vehículo fueran difundidos y las unidades de la policía
local y de provincias vecinas estuviesen alertas.
***
Dos días después, un
hombre se presentó en la comisaría, tenía el aspecto terroso de los campesinos
y la cara roja de los alcohólicos. Llevaba un sombrero en la mano e ingresó pidiendo
hablar con el comisario. Se presentó;
─Soy Eulogio Orellana, mi compadre me dijo que
ustedes están buscando a mi esposa, que fue secuestrada.
El comisario Córdoba lo
hizo pasar a su oficina, el hombre estaba agitado. Le ofreció un vaso de agua.
─Me vine de muy lejos,
nosotros somos de Monte Quemado, no sé si usted conoce.
─No, nunca anduve por ahí
─le respondió cortésmente Córdoba.
Ruiz
entró con un vaso con agua y se lo ofreció a Eulogio que lo bebió de
un trago. El hombre continuó con sus
explicaciones.
─La Isaura me dijo que
tenía que viajar a Tucumán para cobrar una plata, que un señor Guillermo
Galindo le iba a pagar. Fue hace unos cinco días.
Córdoba le mostró el
retrato hablado de la mujer secuestrada.
─¿Es esta su esposa?
─Sí, casi igual. Ella
tiene unas cuantas canas y su nariz es más chata.
El hombre comenzó a
llorar, sacó un pañuelo de su bolsillo. Estaba angustiado por la situación.
Isaura era el centro de su mundo y de la familia. Quizás ella se había metido
en algún lío con un prestamista. Nunca le explicó de dónde había sacado la
plata para arreglar la casa. Ahora daba y temaba que le iba a hacer una gran
fiesta de quince a la nieta Rosaura.
─¿Hace cuánto que falta
de su casa? ─Interrumpió Córdoba al viejo.
─El miércoles se vino a
Tucumán en el primer ómnibus que pasa por el pueblo.
─Estamos investigando,
cuando tengamos noticias de su esposa lo vamos a llamar, ─le dijo Córdoba
despidiéndose.
***
Guillermo estaba contrariado.
Sentado en la cama de su departamento miraba un papel. Era un formulario de
media página con sellos y firmas. Lo citaban de la Comisaría Segunda, temía lo
peor ¿Habría ido Isaura a denunciarlo? Llamó inmediatamente al Chino para
contarle.
El amigo no respondía,
¿dónde se había metido? Una voz femenina decía “el número al que usted llama
está fuera del área de cobertura”. Trató de calmarse, el Chino no le iba a
fallar. Decidió darse una ducha y afeitarse. Cuando salía del baño sonó su
celular. Casi corriendo fue hacia la mesa de luz donde había puesto a cargar el
aparato. Era el Chino.
─Amigo, me llamaste.
─Sí, está todo mal, me
dijiste que te ibas a ocupar de Isaura, no sé si secuestrarla fue buena idea.
Un dibujo con su cara está en todos los medios y ahora me citan de la Segunda.
─Tranquilízate, viejo,
está todo controlado.
─¿Dónde la llevaste?
─Tengo una cabañita en
Pueblo Viejo, ¿te acordás cuando te sacamos del hospital?
─Sí, claro, está lejos de
todo. Buen lugar. ¿Hay alguien con ella?
─Sí, vengo de allí, está
todo bien, tengo gente que la cuida.
─¿Has pensado en
liquidarla?
─No, ¿cómo se te ocurre?
Ya sé que le hizo daño a Julia y es una extorsionadora, pero no hace falta
mancharse las manos, ella va a salir vivita y coleando de ahí.
─¿Qué hago con la
citación?
─Preséntate, explicá que
la mujer quería trabajar en tu casa como en una época había trabajado para
Julia. Hicieron una cita, pero nunca
llegó. Vos no sabés nada más.
─Ok, Chino.
─Primero lo primero:
traéme los informes que te pedí. Lo adjunto al expediente y sólo nos queda
esperar el fallo de la Corte.
─Eso marcha.
─ ¿Y? ¿cómo la llevás con
la psicóloga?
─Bien, calculo que en dos
visitas más ya terminamos.
─¿Es linda, no te parece?
─Sí, muy linda.
─¿Te gusta?
─Claro, ¿a quién no?
─Te paso un dato: es
divorciada, sin hijos.
─No tenés remedio, amigo,
ahora querés ponerme de novio. Ya te dije: no puedo olvidar a Julia.
─Un clavo saca a otro
clavo. Vos hacé lo que papá dice y vas a ser de nuevo un hombre feliz.
Guillermo se quedó
callado, luego dijo:
─Gracias, amigo, nunca
podré pagarte por todo lo que hiciste y hacés por mí.
Cortó, la imagen de la
psicóloga comenzó a merodear en su mente. La buscó en las redes sociales. Vio
fotos de ella en la playa, con amigos y familiares. Se fijó en su estado, había
puesto soltera. Depositó el teléfono en la mesa de luz y fue a la cocina a
prepararse un sándwich para cenar. Esa noche soñó con Mariela, fue un sueño
agradable, se despertó excitado. ¡No más tumbas ni muertos! Se prometió.
40
La gran sala de reuniones
de la Corte Suprema de Justicia estaba colmada, un mueble de madera que hacía
las veces de escritorio de los cortesanos brillaba con sus repujados. Detrás,
tres sillas de roble talladas con el escudo de la república argentina,
esperaban a los jueces que entrarían en unos minutos a fin de presidir la
ceremonia.
En las paredes
predominaban listones de maderas nobles, en la cabecera, detrás de los cortesanos
la madera se extendía a casi toda la pared. En lo alto, un Cristo en una cruz
de bronce se emplazaba como observando el acto. En una esquina, sobre un
trípode, un camarógrafo filmaba la audiencia.
Una hilera de bancos,
como los de las iglesias, albergaba un público variado entre los que estaban
Guillermo con sus familiares, amigos y colegas.
Desde un atril, un micrófono estaba preparado para difundir la sentencia
de los magistrados que un vocero iba a leer en unos minutos.
Cuando entraron los
jueces todos los presentes de pararon, era la forma ritual de reconocerlos y
saludarlos. Guillermo recordó las ceremonias religiosas, sólo que el cura y los
monaguillos eran reemplazados por hombres de traje.
Entre los conceptos del
fallo de la Corte, Guillermo recordaría los más importantes.
Ninguna
cantidad de dinero puede compensar lo que le sucedió al señor Guillermo
Galindo. Lograr un acuerdo en este caso es lo correcto para él y la comunidad.
El señor Galindo ha sido un preso modelo, trabajaba en la carpintería del penal
y fue maestro y coordinador de una editorial carcelaria que atrajo a muchos
jóvenes a la lectura y la escritura. El señor Galindo ha pasado dieciocho meses
injustamente privado de libertad, además no ha podido ejercer su profesión en
ese período. Se ha considerado también conceder un resarcimiento por los daños
psicológicos, morales y físicos sufridos a consecuencia de la vida en prisión.
La indemnización será asumida por la provincia, el Estado Argentino y varias
compañías de seguros y asciende a ocho millones de pesos.
El público presente
apenas pudo retener su estado anímico al concluir el vocero la lectura. Muchas
sonrisas se dibujaron y alguien aplaudió. Todos se dieron vuelta para mirarlo,
era un colega de Guillermo. Cuando los
jueces se retiraron los presentes dejaron dar rienda suelta a su satisfacción
por la suerte del profesor. En unos minutos la algarabía reinaba en esa sala oscurecida
por la madera y el boato. Guillermo abrazaba al Chino, a Fernanda, a sus hijos,
amigos y colegas. Se sentía feliz. La
libertad de nuevo, pensaba. Libre de los barrotes primero, libre de las
privaciones económicas ahora. Eran momentos de euforia y reivindicación. Quizás
volvería a creer en la justicia. Sensaciones encontradas lo dominaban: la frase
“Ninguna cantidad de dinero puede compensarlo por lo que le sucedió al señor
Galindo” retumbaban en sus oídos. Quizás tendría que cerrar el paréntesis de su
vida en prisión y abrir otro: el futuro había llegado. De pronto, un abrazo
perfumado interrumpió sus pensamientos, era Mariela, su psicóloga.
─Qué felicidad, estoy muy
contenta por vos
Guillermo le agradeció,
tenía razón el Chino, debía darse una oportunidad, él también era soltero,
libre.
─Cuando salgamos de aquí
vamos a ir a La Leñita para almorzar, me gustaría que nos acompañes.
Estaba exultante, en unos
días, el pasado iba a quedar definitivamente atrás. Pero el paréntesis aún no
se había terminado de cerrar. Había un asunto pendiente que tenía que resolver.
41
Esa mañana el cielo estaba gris, Córdoba salió de su
casa de la calle Bolívar al 700 y se encaminó hacia la comisaría. Eran unas
pocas cuadras, tomó un pequeño desvío para desayunar en un bar frente a la
plaza San Martín. A Córdoba le maravillaba ese movimiento de personas y autos
que, desde temprano, daban vivacidad al paisaje urbano. Se sentó en una mesa
que dos hombres acababan de desocupar al lado de la ventana con vista a la
plaza. Observó la estatua del prócer en lo alto de un gran pedestal blanco
lleno de placas de bronce. Recordó la denuncia que la parejita había hecho, el
presunto secuestro había sido a unas cuadras de allí ¿podrían haber secuestrado
a una mujer a plena luz del día? Todo era extraño, aunque otros testigos habían
dado cuenta del hecho.
Pagó y salió rumbo a la comisaría, llegó allí a las
nueve de la mañana. Vio que los policías estaban trabajando con denuncias y
certificaciones. Algunas personas esperaban sentadas en los bancos del patio
alrededor del cual se emplazaban las oficinas. Le llamó la atención una mujer,
no tenía la apariencia de ser de la ciudad y sus alrededores, su cara curtida
por el sol, el cabello atado hacia atrás con un rodete, daba la impresión de
ser del interior, de una zona rural. Se parecía al identikit de la secuestrada.
Ruiz estaba cebando mate en la oficina, le convidó uno.
Córdoba le preguntó:
─¿Y esa mujer?
─Ella es la supuesta secuestrada, dijo que venía a
aclarar algunas cosas. Me pareció mejor que usted hablase con ella.
Córdoba se sorprendió, ¿la habrán liberado? Muy raro todo,
se quedó pensativo. Buscó un papel donde el dibujante había realizado el
retrato hablado. Le dijo a Ruiz:
─Hágala pasar.
La mujer entró rengueando y se acomodó en una silla al
frente del escritorio donde se sentó el comisario. Antes que nadie preguntase
comenzó a hablar.
─Soy Isaura Orellana y he venido porque sé que me
están buscando.
─¿Cómo está? Pensamos que usted había sufrido un
secuestro.
─Me enteré de lo que andaban diciendo, fue un
malentendido. Ustedes tendrían que estar buscando a esa mujer secuestrada, si
es que eso pasó de verdad.
─Vino su marido muy preocupado.
─El Eulogio se enteró que andaban buscando a una mujer
parecida a mí y como nunca salgo del rancho pensó que era yo.
─Usted estuvo desaparecida varios días.
─Mire, soy grande y me fui a meditar, no sé si usted es
casado…
─No, ─le respondió Córdoba un poco molesto, ¿a qué venía ese
comentario?
─Claro, usted es soltero, no me va a entender.
Necesitaba tomar un respiro, descansar del Eulogio, aunque sea unos días.
─Su marido nos dijo que usted se venía a Tucumán para
hablar de trabajo con el profesor Guillermo Galindo.
─A ese hombre lo conozco de vista, vi unas fotografías
de él en los diarios. ─En ese momento la mujer puso cara de pícara como
buscando la complicidad del policía, siguió en un tono de voz más bajo, ─. Él era amante de doña Julia Boba, yo trabajé para
ella cinco años ─mientras lo decía extendió la mano derecha abriendo
los dedos.
Córdoba se dio cuenta de que había gato encerrado,
pero no iba a sacar nada en limpio de esa mujer.
─Lo importante es que usted está bien y todo fue una
confusión.
Isaura se retiró a paso zigzagueante de la comisaría. El
comisario pensó que era momento de hablar con el jefe de policía, después de
todo él había solucionado el caso y merecía una recompensa, quizás podrían
considerar un ascenso de jerarquía.
El crimen de Julia Boba le había deparado
felicitaciones, pero la confesión del marido lo había perjudicado, ahora había
resuelto un presunto secuestro. Por detrás del caso había citado a Guillermo
Galindo. Cuando fue a la comisaría él le dijo que la vieja lo había llamado
para trabajar en su casa, pero no supo más de ella.
Le había tomado cariño al profesor, se alegraba de que
la mujer se hubiese presentado a aclarar las cosas.
42
El cementerio, un lugar para el
reposo eterno, estaba ubicado al pie del cerro San Javier. Guillermo observó
con agrado la planicie en la que el césped contrastaba con la variedad de los
rosales. Rosas rojas, blancas y amarillas. Una cerca de alambre rodeaba el lado
derecho del predio, dejando ver un barrio en el que casas nuevas de techo a dos
aguas estaban dispuestas en damero. Unos niños jugaban en las cercanías a la
pelota. La vida y la muerte, tan próximas, tan naturales.
La entrada del cementerio consistía en un muro pintado de blanco y una
pequeña capilla en la que sobresalía una cruz. En ese muro, un logo verde
rompía la monotonía de la construcción: una media luna en cuyo espacio vacío
una paloma parecía levantar vuelo. Debajo decía Parque de la Paz, renaciendo a una nueva vida. Una nueva vida, se
dijo, eso es lo que voy a empezar. Dudaba,
la nostalgia lo invadía, había ido con la intención de despedirse de Julia. ¿Podría
dejarla atrás? Sentía una mezcla extraña de culpa y felicidad. Culpa por el
pasado, felicidad ante lo que podría ser un futuro promisorio. Julia y Fernanda
habían sido las mujeres más importantes de su vida, ahora había decidido darse
una nueva oportunidad, estaba enamorado de Mariela. Las ideas de venganza
habían quedado atrás, el Chino tenía razón: la felicidad estaba en el porvenir,
debía dejar atrás el pasado.
Guillermo suspiró, había recorrido en bicicleta los casi diez kilómetros
que separaban su casa de ese lugar y estaba cansado. Tucumán, su “patria”
adoptiva tenía tantos contrastes…mientras más se alejaba del centro por la
Avenida Mate de Luna hacia Yerba Buena más hermosas eran las casas. En la
Avenida Aconquija los verdes y las mansiones eran una constante. ¡Cómo quisiera
vivir en esas construcciones con espacios verdes, piletas y grandes galerías!
Confinado en un mono ambiente sólo el balcón le daba un respiro y allí se
acomodaba en una reposera a tomar sol.
El portero le había hecho un
comentario:
―Don Galindo, cuando usted sale en short
al balcón las vecinas se babean.
Guillermo no sabía qué contestar.
¿Quién le había dado confianza a Manolo para que le hable así? Por otro lado,
le halagaba que las mujeres lo mirasen, la cárcel no había acabado con él. Ya no filosofaba sobre el peso y la levedad en
sus relaciones, la investigación del alma femenina había quedado atrás para
siempre. Le respondió:
―Quizás tenga que ir a otro lado a tomar
sol.
El portero lo miró sorprendido, luego
tomó la escoba y salió a barrer la vereda.
Una voz lo sacó de sus pensamientos, era
un guardia que estaba en la puerta de acceso al cementerio:
―¿A quién busca usted?
―Vengo a visitar a la señora Julia
Caramutti de Boba ―le respondió. Le pesaba nombrar al esposo, ese sádico
asesino, pero le pareció que debía dar la información completa.
El diálogo con el guardia le hizo
sonreír, reflejaba un contrasentido, hablaban como si Julia estuviese viva y él
fuese una visita. El hombre fue hacia una mesita a buscar algo. Guillermo
aprovechó para amarrar la bicicleta a un árbol y extrajo del canasto un ramo de
flores que había comprado en una florería cercana. El guardia sacó un papel de
un cajón de la mesita, lo observó y le dijo:
―Siga derecho hasta el rosal grande que
está ahí ¿lo ve? ─Señaló una hermosa planta que se destacaba sobre el resto.
―Sí ―le respondió mientras aguzaba la
vista para distinguir el rosal.
―Desde ahí doble a la izquierda y cuente
cuatro tumbas la; quinta es la de la señora Boba.
Guillermo siguió las indicaciones y
comenzó su camino por el piso de grava que crujía bajo sus pasos. Observó una
hilera de cipreses delimitando la cerca de la izquierda del camposanto. Se
detuvo ante una lápida de color negro donde estaban grabadas en dorado el
nombre y las fechas de nacimiento y muerte de su amada. En una pequeña
plataforma había un jarrón con flores marchitas. Se dio cuenta de que tendría
que acarrear agua para llenar el recipiente y colocar el ramo que había
llevado. Recordó el sueño de Julia y golpeó con los nudillos el mármol. Sólo en
los sueños las personas pueden salir de la tumba, o en los milagros, como el
caso de Lázaro.
De pronto la vio, una lápida negra
al lado de la de Julia, decía: Carlos
Boba y una frase Unidos para siempre.
¿Cómo podía ser que el criminal estuviese enterrado al lado de su víctima? Le
pareció un despropósito, aunque fuese la última voluntad de un suicida
arrepentido. Arrojó las flores sobre la tumba y salió del cementerio, dolido.
EPILOGO
París era una fiesta. En lo alto de la torre Eiffel,
Guillermo y Mariela brindaban por una nueva vida en la Ciudad Luz. Desde su
ubicación privilegiada podían ver el Sena, los Campos Elíseos, el Campo de
Marte, el Arco del Triunfo…Guillermo era feliz, otra vez la vida le sonreía. La
fortuna y el amor eran los ingredientes que curarían sus heridas y le
devolverían las ganas de vivir.
Pronto llegaría el Chino a París, había decidido dejar
a su esposa para casarse con Amira. Estaban de luna de miel.
En Monte Quemado, Isaura había hecho una fiesta de
quince a Rosaura que habría de quedar en la historia del pueblo como una de las
más ostentosas por la comida, la bebida y la música. Había contratado a
conjuntos folklóricos locales y pagado un viaje a Bariloche para la nieta. El
Eulogio nunca entendió el golpe de fortuna de su mujer a pesar de que ella le
había asegurado que ganó en la quiniela. Le había apostado al 15.
En la pensión, doña Anita
tiene una boleta que quiere cobrar a la señora Clara Torres, por el mes que
dejó impago. Como no pudo dar con su paradero, se quedó con las golosinas y
artículos varios del quiosco de la escuela.
El hijo del matrimonio Boba,
Joaquín, vive solo en la casa. Ahora puede hacer fiestitas con sus amigos sin
la censura de su padre. En las paredes sólo hay retratos de él con su madre. Se
observa que una de las fotografías ha sido recortada: Julia tiene una mano en el hombro, pero el
dueño de la mano ha sido censurado por la tijera. Los que conocen a Joaquín
pueden imaginar que ha omitido a su padre.
Enrique no fue investigado
pese a las sospechas de que había acompañado a Carlos Boba a enterrar a la
esposa y había dado una coartada falsa al asesino. En la fiscalía no
insistieron, el decano tenía amigos poderosos en el gobierno y no quería una
mancha más en su unidad académica.
El comisario Córdoba sigue trabajando en la comisaría
segunda de Barrio Sur, aún no ha logrado el ascenso a un cargo de mayor
jerarquía. Algunos domingos va a pescar con su amigo, el jefe de policía, a El
Cadillal. En el camino hacia Ticucho, suelen detenerse un momento frente a la
que fue la primera tumba de la señora Julia Boba.
Beatriz Elena Polti
DNI.
11.708.288
Lugar
de nacimiento: San Miguel de Tucumán. Argentina
Nacida:
11/03/1955
Dirección:
Balcarce 903 1 D – San Miguel de Tucumán – Argentina
Teléfono:
54 381-6013729
E
mail: beatriz.polti@gmail.com
Reseña Biobibliográfica
Beatriz Polti es Licenciada en
Psicología y Máster en Sociología, se
desempeña como presidenta de la
Fundación Gandhi que trabaja con las víctimas de violencia familiar.
Ha publicado numerosos trabajos científicos
y ganado concursos de ensayos, entre ellos: “Las
mujeres y el trabajo, reflexiones sobre una revolución estancada”, Humanitas,
revista de la Facultad de Filosofía y Letras, UNT, 2008, año xxvi, nº 34.” La
insoportable levedad del ser. Vínculos e identidad en las redes sociales”
Premio Homenaje Jorge Bianchi, V Congreso Internacional de Psicología, Tucumán,
setiembre 2017 (en prensa). “Tecnología
y relaciones”, Premio Limaclara Internacional de Ensayo 2019 y “Con los ojos
siempre abiertos”, primer premio revista mejicana En Sentido Figurado, agosto
de 2019. En cuanto a ficción, ha
recibido una Mención de Honor por su cuento “El crimen de las yungas”, otorgado
por la Municipalidad de San Miguel de Tucumán, 2018, su cuento “Un paseo por el
horror” fue elegido para integrar la Antología Retrato de Mujeres, Secretaría
de la Mujer de Tucumán, año 2000. Ha publicado numerosos cuentos, entre ellos:
“El día en que Francisca Habló”, “Vecinos”, “El hombre que hablaba con los
muertos”, “Las dos vidas del señor Soldati” y la
novela “Las dos muertes de Julia” (2000). Realiza su formación en el Taller
Literario Tucumán, del profesor Juan Ángel Cabaleiro.

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